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¿Quién dijo fin del relato?

Por Nicolás Pontaquarto

“Toda verdad tiene una estructura de ficción”
Jacques Lacan, La cosa freudiana, 1955

 

Ante la rabia de los apocalípticos, publicistas del fin, Majules y demás aduladores seriales de la globomanía: volvió, al terreno público, Cristina Fernández de Kirchner. Esa mosca que, en disenso con Carnota, molesta al poder judicial, mediático, económico. La irrupción de la ex presidenta  como desciframiento espontáneo de la segunda historia en medio del medido y escueto relato macrista. Segunda historia que, como diría Piglia, genera un inesperado efecto sorpresa en el momento más insólito del relato.

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El semiólogo francés Roland Barthes publicó en 1966, una introducción al análisis estructural de los relatos. Básicamente, nos dijo en ese entonces que la humanidad es inimaginable fuera del relato. Bien les serviría de calmante existencial, Barthes, a quienes  rezongan de la necesidad de los gobiernos de construir relatos. Porque, estimado lector, unos minutos cósmicos antes que el kirchnerismo o el macrismo, existió la necesidad del hombre y de la mujer de relatarse.  Fruto de la capacidad de aprehender y producir enunciados (afirmación que nos acerca un poquito a Chomsky). Lo innegable, entonces, determina nuestro campo de acción: el análisis.

Barthes afirma que todo elemento presente en un relato está dispuesto voluntariamente, no hay azar al que el escritor libre sus palabras como no hay azar al que el político libre sus actos. Cristina Fernández de Kirchner fue citada el miércoles  13 de abril a los tribunales de Comodoro Py por el juez Bonadío. Líbrese esta nota de narrar lo que narran en 24/7 los medios masivos: el supuesto fraude al Estado, el dólar futuro, Kiciloff con fueros, Vanoli y Cristina sin fueros, la masiva concentración frente a tribunales, las chicanas alrededor de los $500 como alfiles de las operetas de Clarín. Librada de todo enunciado fast-food de show-business garbarinista y fragmentador de conciencia, esta nota pretende analizar el discurso de la ex presidenta como unidad narrativa, como elemento (¿ruptura de la isotopía estilística?) discordante con el relato macrista, como aluvión semiológico ante la vacuidad de las imágenes publicitarias de la derecha moderna que hoy ocupa el poder ejecutivo.

Cristina se presentó sin fueros ante Claudio “cachafaz” Bonadío (como acertadamente lo nombra Víctor Hugo Morales).  Para no sólo permitirse desafiar al poder judicial (“me pueden citar veinte veces más, me pueden meter presa, pero lo que no van a poder hacer es callarme y hacer que deje de decir lo que pienso”) sino también brindar una breve lección de historia proponiendo, a su vez, una suerte de revisionismo acorde a la citación de la justicia, motivo del acto que se desarrollaba. El histórico enfrentamiento de la derecha en complicidad con el poder judicial con figuras que encarnaron “el movimiento nacional y popular” tales como Yrigoyen, Perón y Evita; la consumación de los atropellos, las entregas, las desgracias sobre el pueblo con el apoyo de la justicia; y finalmente, remarcó la imparcialidad explícita de este poder en casos como el de la familia Gravier o el de Papel Prensa que aún “siguen en este edificio, adentro de este edificio en algún despacho, en algún cajón”.

Esta catarata de símbolos entre referentes populares y entregas de la soberanía fue enhebrada para devenir en la proscripción del peronismo y aportar actualidad a la tan mediática apreciación del Papa Francisco relacionada con el clima de revanchismo que se vive en la Argentina que le recuerda “al del año 55”. Haciendo uso de la intertextualidad, la ex presidenta ironizó respecto a la actual persecución a trabajadores del Estado que están afilidos al PJ o militan en organizaciones políticas que: “si pudieran prohibir la letra K del abecedario lo harían”.  Dejó a las claras, desde su narrativa, que el hilo conductor de estos “procesos moralizadores” es atentar contra los derechos conseguidos por los proyectos políticos nacionales y populares. Siendo ella, como ex presidenta y conductora política, el obstáculo principal.

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Ricardo Piglia, escritor y crítico literario, afirma en su “Tesis sobre el cuento” que todo relato narra simultáneamente, por lo menos, dos historias. Una de ellas se nos presenta en la superficie y la otra permanece oculta, está cifrada. Tanto el kirchnerismo como el macrismo, con sus marcadas diferencias de estilo, se han relatado a sí mismos haciendo uso de estas categorías.

La historia superficial, la historia de los medios masivos, la historia de la opinión privada -como dice Bourdieu- que se transforma en opinión pública, la historia de los manuales escolares es análoga a las manifestaciones de la consciencia para la psicología, es decir, lo aprehensible por medio de la observación de la conducta. Observación que se legitimó como completa hasta que el viejo Freud nos contó del inconsciente. Piglia refresca, en este sentido, la unilateralidad de nuestra primera percepción, la limitada lectura que hacemos de los relatos al decirnos que todo relato, indiscutiblemente, cuenta dos historias.

Por lo tanto, esta segunda historia, sólo descifrable por medio de indicios irrumpe sorpresivamente. La segunda historia, el relato que emerge disruptivamente es el que tiene como protagonista a Cristina como sujeto político, como dirigente político, como mujer militante que irrumpe para recuperar una narrativa y un modo discursivo que hace énfasis en las ideas, en los conceptos, en la circulación de tesis y antítesis. Acostumbrados a la historia oficial del relato oficialista actual, a los escuetos y monótonos eslóganes como “pobreza cero”, “lucha contra el narcotráfico” y “unión de los argentinos” (gastado por Videla y De la Rúa), volvimos los espectadores de los canales de aire y cable a leer un relato que contempla la multiplicidad, la heterogeneidad, la polifonía de voces de un sector amplísimo del electorado argentino que, tras la censura a programas y periodistas críticos, estaba relegado de la agenda mediática cuando no dependiente de los intermitentes programas de Economía Política de los domingos.

La ex mandataria, entonces, sigue siendo esa unidad narrativa siempre nuclear, ese enunciado siempre rupturista del discurso oficial, ese objeto semiótico que a la vez semiotiza asignando sentidos a una gran masa de ciudadanos, esa hablante que dice Jornadas Nacionales de Reflexión con la misma precisión que escribe sobre la importancia de las relaciones bilaterales con China o la integración regional latinoamericana. Cristina volvió como ese símbolo referente no sólo de su propia narrativa, no sólo de sus lectores cotidianos, sino también de los arrepentidos de comprar el Best-Seller, la novela de moda, el globo amarillo que bien saben venderte en la playa o en la estación de colectivo pero que se desinfla antes que llegues a tu casa y prendas la luz.

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Pero ante esta irrupción, medida y planificada desde el núcleo duro del kirchnerismo, surgen inevitablemente, como intuición y luego como percepción política analizable, búsquedas emergentes, ¿por qué poner a la “mejor jugadora” en la cancha? ¿Por qué echar toda la carne al asador (con lo cara que está)? Tras el voto a favor por el pago a los buitres de una gran cantidad de sus diputados y senadores y la definición de la llamada lista de unidad de Gioja-Scioli en el Pj sin participación de La Cámpora, ¿se avecina una redefinición del estilo narrativo del kirchnerismo?

Una ruptura producida por un elemento significativo de una narrativa específica sólo puede devenir en una o más continuidades graduales o radicalmente distintas a la anterior. Por esta razón, la ex presidenta  presenta la consigna de Frente Ciudadano con el desafío de interpelar a una gran masa de electores, posiblemente a sabiendas de la frágil posibilidad de concretar nuevos liderazgos con viejos conocidos (Gioja o Scioli) y la progresiva pérdida de legitimidad de un gobierno que no ahorra tinta a la hora de ejecutar medidas antipopulares.

Hacia dónde vamos es un interrogante que todos nos hacemos, contemplando incluso los indicios que presenté en esta nota. Narrativas contrapuestas, simbolismos claramente antagónicos, grietas que dividen no sólo ideas sino formas de ser y estar en el mundo. Las soluciones rápidas: análisis que pretenden totalizar la realidad desde una o dos perspectivas, paradigmas, cosmovisiones o modelos. Análisis que son carroñeros de la circulación de ideas, buitres del avance de la conciencia de los pueblos. Por lo tanto, bienvenido sea el debate desde la honestidad intelectual y la comprensión de las limitaciones de la interpretación parcial que cada uno hace. Quizás es este, el verdadero diálogo creativo, el intercambio profundo de concepciones, la búsqueda siempre inacabada. Quizás es este, el camino para escribir por fin nuestra propia historia.

 

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