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Infierno

Por Sergio Fitte

Un sábado por la tarde luego de un buen asado en familia. Un sábado que parece tan lejano que quizás no haya existido nunca. Me vinieron a buscar. No me dijeron nada ni me dejaron decir. Me llevaron y listo. Hombres correctos. Amables. Disciplinados y firmes. Hombres como todos los hombres. Viajamos no sé hasta dónde. Algunos me hablaban, otros no. Finalmente un día otro hombre vestido de traje leyó durante un buen rato un papel.

-Ahora lo van a conducir- me dijo para terminar y me palmeó el hombro.

No sabía si contestar y decidí que lo mejor era guardar silencio.

Dos muchachos más jóvenes que yo que se reían todo el tiempo, más el que manejaba, me trasladaron hacia un lugar nuevo.

-Acá te bajás, amigo.

Obedecí.

Me condujeron por unos pasillos. Cuando se abrió la última puerta me despidieron amablemente.

-Bienvenido al infierno muchacho- fueron las palabras de un viejo que se encontraba en uno de los rincones de la habitación.

El viejo estaba sentado en el suelo. Parecía que le faltaba una pierna o las dos. Una sustancia viscosa compuesta por meada y diarrea lo mantenía bien humectado. Enseguida me instó a que me ubicara cerca de él. Tuve que ayudarlo a pararse. Me sorprendió comprobar que tuviese las dos extremidades inferiores completas y que fuese tan alto. Se reía de cualquier cosa y hacía chistes en forma permanente.

Yo, en cambio, no decía nada. Ni dije una sola palabra hasta mucho tiempo después de haber ingresado a aquel lugar.

Quién sabe el tiempo que transcurrió hasta que un tal González, así decía el cartelito del que colgaba su nombre y jerarquía, me viniera a buscar.

Me dijeron “señor” por primera vez en mucho tiempo. Se abrieron algunas puertas. Más “señor” de aquí y “señor” de allí. Hasta que por último me estacionaron delante de un escritorio comandado por un hombre de corbata roja y bigote finito.

-Tome asiento, amigo.

Tomé.

-Quiere un café.

Quiero.

-También tráigale un sándwich.

Trajeron.

Me sentía demasiado confundido y tenía suficiente hambre como para no entender del todo qué era lo que el hombre me explicaba.

Lo sentimos. Le damos nuestras disculpas. Y algún que otro vocablo suelto. Es lo que recuerdo de aquella improvisada reunión.

Apareció una bolsa de plástico con cosas que alguna vez fueron mías. Un reloj. Un billetera con un par de billetes. Un cinturón. Un vaquero. Y una remera.

Me vestí. Tal cual estaba la última vez en mi anterior vida. Metí la mano en el bolsillo de atrás del pantalón para guardar la billetera. Algo que había allí dentro me impedía la maniobra. Saqué ese algo. Estaba bien doblado en cuatro. Lo desplegué. Lo miré. Una catarata de recuerdos me llenaron los ojos de lágrimas. Unos garabatos de diferentes colores hecho por mi hijo unos cinco años atrás descansaban tranquilamente a la espera de que alguien los admirara.

Me acompañaron hasta la calle y quedé del lado de afuera del infierno. De uno de los infiernos.

La luz del sol. El sonido de la calle, aunque hay poco movimiento, me marean. Con cierta dificultad cruzo la calle y me voy a sentar en un banco que se encuentra junto a un árbol. Por un buen rato solo me concentro en respirar. Qué rico es el aire cuando no tiene olor a nada. Luego de un momento me largo a caminar sin rumbo. En cualquier dirección. Todo parece ser lo mismo. Pero no, no lo es.

En poco tiempo me ubiqué. Jamás hubiera creído que me encontraba tan cerca. Poco más de unas veinte cuadras. Me deseo suerte y fuerzas mentalmente. Decido que lo más conveniente es dirigirme hacia allí. Pese al dolor del cuerpo y alma, el corazón se mantiene tranquilo. Contento.

Nadie sabe nada, ni siquiera ellos, los míos. No me queda otra que aparecerme de sorpresa en mi casa. O lo que fue alguna vez mi casa. Con lo que me dejaron en la billetera alcanza  para comprar una pelota de goma, de las más ordinarias. Y lo hago. La llevo bajo el brazo. Ahora camino un poco más balanceado. Continúo con mi avance lento, aunque más firme que antes. Hacía mucho que no caminaba. Doblo a la derecha y poco más adelante a la izquierda. El corazón repiquetea dentro del pecho pidiéndole al resto del cuerpo alguna explicación. Nadie le contesta ni le dice nada. El corazón no se da por aludido porque el no entiende de razones. Avanzo. Avanzo. Avanzo. Hasta quedar tan cerca del timbre que solo necesito levantar un brazo y apretar el botón. De inmediato la puerta se abre, él la abre. Como si se hubiese quedado todo este tiempo esperando a que yo tocara aquel timbre. Lo miro a los ojos. Está grandote. Ya es todo un hombrecito. Trato de mostrarle una sonrisa, pero no me sale, creo que me olvidé como se hacía. El tiempo pasa aceleradamente o se detiene para siempre en su mirada infantil. Me doy cuenta de que no me reconoce. Tenía 18 meses la última vez que lo vi. Le di un beso ruidoso en su frente calva, hoy llena de rulos rojizos como supe tener yo algún día, antes de partir de visitas al infierno. Le extiendo la pelota. La agarra con las dos manos al tiempo que se le ilumina la cara. Ninguno de los dos dice una palabra. Si alguien estuviese observando la escena desde una cierta distancia afirmaría que nos entendemos a la perfección. Como toda madre que cuida bien a su cría termina apareciendo la mamá que me mira distraída.

-Qué te dije de andar abriéndoles la puerta a desconocidos- lo regaña, antes de volver a mirarme con más detenimiento.

Voy buscando en la profundidad de sus pupilas aquellos recuerdos que me mantuvieron vivo en mis peores momentos.

Mientras, allí estamos. Yo. Ella. Él. Y la pelota.

 

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