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La jaqueca

Por Miguel A. Vilche | Dibujo: Mónica Salvatori

 “Los crímenes mas crueles suelen
cometerse en nombre del amor”

 

Despierto sobresaltada con una exhalación seca y monocorde; parece la respiración que antecede al grito primal, aquella que hacemos al salir del vientre buscando con desesperación un poco de aire, como a la leche materna cuando tenemos hambre.

Acostada boca arriba, extraviada, me siento extraña ya que nunca duermo en esa posición porque alienta a las pesadillas, tan recurrentes y tangibles. Con mareos crónicos, puedo identificar el techo de mi habitación de un color ocre oscuro tamizado por una fina capa de liquido incoloro; en los rebordes están los ornamentos neoclásicos que tanto gustan a mi padre, gran conocedor de la arquitectura clásica y neoclásica, del barroco shakespeareano y del posmodernismo más furioso.

Siento la piel áspera ante la primera reacción, sobre todo en la yema de los dedos. Levanto las manos hacia el rostro y veo que están cubiertas de sangre seca enquistada en cada línea epidérmica, hasta debajo de las uñas; el cuadro me resulta curioso, la mezcla de la paleta de texturas. Imágenes que anuncian, sensaciones que dictan.

Cuesta incorporarme pero lo hago con la fuerza del susto; también mis ropas están manchadas con el mismo líquido viscoso y pesado; la sangre aparece esparcida provocando un intenso olor a morgue, a cementerio viejo, el mismo que disfruto cuando visito a mamá.

No, esta vez no es una pesadilla, al menos no la que vivo a diario.

¿Cómo llegué a esta situación? ¿Qué es lo que pasó antes? ¿Fue durante mi estado de inconsciencia? Todo esto es novedoso, a pesar del frecuente tono infernal de mi casa.

Perdí el conocimiento por un buen rato, puedo darme cuenta de eso porque estoy tan aturdida que mi cabeza parece a punto de estallar. Sé que la sangre no es mía porque revisé cada centímetro de mi cuerpo y no estoy lastimada, tampoco sufro dolores salvo el de la jaqueca. O quizás ella es tan intensa que quita sensibilidad en otras zonas.

Trato de despabilarme meneando la cabeza con velocidad de un lado a otro, quiero enfocar algo, algún objeto que me sirva de sustrato en medio de esta macabra puesta que horroriza a tal punto que no me deja rememorar. El dolor es tan intenso que pareciera que el cráneo fuera comprimido por una fuerza sobrenatural, por tenazas oxidadas de algún ser metafísico. No para de latir al ritmo del corazón en una sinfonía de bajos y graves que oscurece el panorama. Estoy descalza pero vestida como para ir a una fiesta elegante.

Situación onírica, lúdica.

¿Acabo de despertarme? Ya de nada estoy segura, nada puedo afirmar; no tengo asideros para teorizar sin miedo a tergiversar o apelar a situaciones inverosímiles.

No me animo a salir del cuarto. Alguien o algo tienen que haber provocado el dantesco mar de sangre. Temo abrir la puerta y enfrentar una realidad desfigurada, instantáneas de violencia justificada por alguna razón pasional. ¿Y si el escenario se amplía? ¿Si hay más actores?

Un inquietante pensamiento intensifica el pánico en el medio del fragor inmanente de mi cabeza: ¡Mi familia! ¿Qué paso con el resto de mi familia?

La inquietud asiste a mis energías; me incorporo torpemente buscando estabilidad; muevo los pies en puntillas hasta la helada puerta de madera maciza para apoyarle sutil y tímidamente la oreja exhalando un suave hilo de vapor que sale de mi boca como de la chimenea lejana de una cabaña en la gélida estepa rusa. Estamos en invierno y parece que la calefacción esta cerrada porque el frío quema mis entrañas y me pone la piel de gallina. Aunque es difícil saber si es eso o el miedo, o ambos provocando similares sensaciones.

Nada se escucha del otro lado, solo el eco lúgubre de las casonas viejas y grandes, de pasillos largos que terminan en ventanales grisáceos con cortinas múltiples. Giro la perilla evitando provocar un solo sonido, incluso busco respirar pausadamente para pasar inadvertida; otra vez el frío que sube por mi espalda, recorriendo la médula espinal; mi pecho se ahoga de angustia y esta vez no cede el dolor. Estoy aterrorizada, casi congelada de nerviosismo.

La casa es demasiado grande, antigua y desangelada, con una estética que la asemeja a los viejos museos o a las grandes librerías paganas. El mínimo ruido suele generar una especie de eco tenebroso que se contagia por sus corredores, que se sujeta de los candelabros y se adhiere en las alfombras. Siempre me infundió un respetuoso miedo, cierta inquietud que excede la inocencia de lo infantil. Pero es el lugar ideal para que mi padre reciba a sus importantes y diplomáticas visitas, y para que mi madrastra pueda presumir y ostentar con todas sus vanidosas y frívolas amistades, tan superficiales e insustanciales como ella.

Me detuve frente a la inmaculada pared blanca que simboliza nuestra tortuosa vida; ella la utiliza para ejemplificar como debe conservarse la casa, como se mantiene la higiene y de paso, tácitamente, el alma y la moral; uso los dedos para dibujar en rojo, para pintar una dinámica interna que no reproduce la vida burguesa, el paradigma que se empeñaba en ofrecer mi padre al resto de la sociedad. Esa maldita pared; “si la manchan, se mancha nuestra cultura, ensucian su porvenir; es así como quedará para siempre: inmaculada, clara, impoluta. Es menester que se comprometan a mostrar al mundo la claridad de sus corazones, la virtud como prioridad actoral. Nada más importante que la imagen que entregamos a la gente. Consideren estas instrucciones como vitales, habrá castigos muy severos si no lo hacen. La conducta es innegociable en esta casa mientras yo viva”.

Quiero dibujar pero la sangre está seca; la necesito fresca, líquida, que ensucie y permita graficar la mugre intrínseca de nuestros días, la cara invisible, sublimada, de la mierda que nos corroe desde la cuna. Ella se enojaría mucho y eso es bueno. Justo en su bendita pared.

Atravieso con cuidado el umbral de la puerta que abrí con lentitud pasmosa; el pasillo está oscuro y desierto, parece que se va alargando a medida que lo recorro con la vista; me deslizo descalza en la alfombra y con la espalda pegada a la pared hasta llegar a la puerta de la habitación de mis padres que está insólitamente semiabierta ya que siempre gustan de mantener una intimidad que me parece extrema, pero que atenúa los gritos lujuriosos.

-¡Papá!… ¿Estás ahí?

Mi pregunta se pierde en la inmensidad; a pesar que uso un tono bajo, el eco reproduce las palabras aumentando el volumen. El silencio obtengo como única respuesta.

Decido empujar la puerta con gran dificultad usando la punta de los cinco dedos, es muy pesada aunque esté a medio camino. Un crujido tímido aguijonea mi jaqueca, incrementa el dolor, el filo de la cuchilla.

Mis sospechas más pesimistas se confirman.

Contemplo el letargo de un lugar sin vida, aciago y funesto como pocos. El escenario de las peores pesadillas que una niña de quince años pueda tener. Solo hablan las paredes, los cuadros colgando como testigos de la sed, los cortinados imponentes y tersos, los muebles pesados heredados de la larga estirpe.

El olor es la primera manifestación que mis sentidos reciben como prueba que mis padres están muertos; sus cuerpos yacen, inertes, en la enorme cama matrimonial con sendas cabezas partidas en dos; las blancas sabanas de tersa seda española perdieron su hermoso color por la gran cantidad de sangre vertida. Las gotas, que siguen cayendo en tiempos perfectos, armoniosos, son la prueba de la cantidad expulsada de los cadáveres. Si no fuera por el hacha con restos de masa encefálica, pelos y sangre que se encuentra tirada al costado en la alfombra, podría hasta simpatizar con la puesta en escena. Los ojos de mi madrastra (la segunda y joven esposa de mi padre) están abiertos con las pupilas inyectadas en finas espigas rojas; en ellos se puede ver el horror, a pesar de estar ya dilatados y sin vida. Puede resultar curioso cómo algo inanimado tiene la capacidad de entregar tanta información vital.

Mi padre seguro fue ultimado mientras dormía. Esta en posición fetal, como siempre, con un brazo bajo la almohada; solía contemplarlo cuando yo era apenas una niña precoz de trenzas largas y sueños limpios. Dormía con él y mi verdadera madre, hace ya mucho tiempo, cuando era hija única y ella vivía rebosante de felicidad, repartiendo afecto por todo mi cuerpo, sin cobrarse uno solo de sus abrazos.

Me arrodillo junto a la cama tomando la mano que está fría y avejentada de mi padre cuyo rostro permanece de un pálido azulado, imperturbable. Maldigo al asesino, rezando y paralizada por el miedo, el estupor y más que nada, la ira. Delineo los surcos de las arrugas, el recorrido de cabellos que usan su finura para reposar sobre las mejillas. Cada contorno, cada textura, la conozco de memoria por haber vivido retozando en su pecho.

La cabeza me estalla de dolor. Es esta vieja jaqueca que está más agresiva que nunca, que presiona como para que no la olvide.

Entre sollozos una imagen parpadea ferozmente mi conciencia; es mi madrastra gritando desquiciada, pidiendo piedad con su rostro plagado de sorpresa y espanto.

Sonrío.

¿Por qué no?

En otro efímero rapto de lucidez me permito recordar a mis pequeños hermanos que deberían estar durmiendo en las habitaciones de la tercera planta. Me levanto sin dejar de mirar a mi papá una vez más, su cara, su cuerpo entero abandonado. Pequeñas lágrimas se apoderan de la comisura de los ojos, se contienen unos segundos y comienzan a rodar por mis pómulos.

Trastabillando salgo corriendo, respirando con dificultad. Ya no me importa hacer ruido, es más, mi odio crece en proporción en que decrece el temor y con él es que me transfiguro en una especie de heroína que busca venganza; espero encontrar al asesino para enfrentarlo aunque no sepa cómo vencerlo; quizás esperando que tanto odio, tanta historia me provea de recursos. La verdad absoluta es que ya no me importa, mi padre no existe. ¿Para qué seguir viviendo?

Subo los escalones de dos en dos gritando los nombres de mis hermanos intercalados, uno por uno, a punto de quedar afónica y escupiendo las letras remarcadas.

Son fruto de la relación de mi padre con mi madrastra, tan joven, elegante y hermosa como trepadora y arpía. Su semblante monárquico la ennoblecía ante las personas, pero bajo la piel tenía carne de lobo. Una muestra inequívoca del egoísmo humano, de la baja autoestima, de la más antigua de las formas de prostitución, la que tenía un único cliente. No sé todavía cómo mi papá cayó en las telarañas de su embrujo. Me cuesta darle tanto crédito solo a la belleza y la lujuria.

Mi madre falleció cuando yo tenía apenas once años. Una larga y tortuosa enfermedad la hizo sufrir más de lo que pensaba que una persona podía llegar a soportar, pero expresado con todas las formas humanas posibles: gritos, alaridos, ataques de violencia, risas esquizofrénicas. A tan solo un año mi padre se volvió a casar después de un luto que fue más interno que expresivo; lo hizo con la hija de un importante compañero de negocios. Era muy joven, apenas unos años mayor que yo. Una plebeya con aires de aristócrata.

Apenas se presentó por primera vez ante mí, caí en la cuenta que se trataba de una mujer sin escrúpulos, interesada en las riquezas materiales y el bienestar burgués que mi padre podría proveerle. Dueña de esas miradas misteriosas y ambiguas, de ojos que esconden intenciones inmorales y poco éticas, de preocupaciones subyacentes en las superficies. De besos y caricias frugales. No, no era una dama, no la que mi padre merecía.

No era el reemplazo ideal de mi madre.

Entonces nació mi primer “hermano” que me daba momentos felices, pero solo pequeños instantes, parches en medio de la crisis existencial y eterna que provocaba la tristeza. Lágrimas que inundaban mi vida embarrando la felicidad utópica que solía tener, invitándome a saborear asqueada la crudeza de un mundo que no movía un dedo por mí.

Y luego siguieron los otros dos en un orden casi cronometrado, calculado, planeado estratégicamente.

Esa perra era tan inteligente como delgada.

Al llegar a la primera habitación, la que ocupa el mayor de mis hermanos, empujo violentamente la puerta con ambas manos haciendo que pegue contra la pared disparando un estruendo que confiesa que la misma se dañó; tengo que frenarla para que no se cierre de nuevo por el rebote.

Entonces, caigo de rodillas meneando la cabeza; sigo sollozando estremecida por lo que mis ojos muestran, los mismos que no pueden aguantar tantas lágrimas juntas. ¿Algún corazón recibió entrenamiento para soportar imágenes como esas?

Matías está casi desfigurado. ¿Cuántos golpes de hacha en la cabeza y en la cara tiene que haber recibido para quedar así? El asesino es un verdadero monstruo de indescriptible manía, de ferocidad rústica. Las paredes y los pisos están cubiertos de la misma sangre que corre por la venas de la ramera. Sus afiches de afamados músicos y bandas de rock, sus ya proscriptos juguetes y sus adornos caros parecen testigos perversos de la escena. Solo atino a observar sin tocar nada. Lo reconozco gracias a su ropa, al lugar, por referencias ya que nada en su rostro puede darme información. El estómago se revuelve de repulsión, la angustia es extrema. Y la jaqueca, la eterna jaqueca no me da un segundo de tregua.

Otra vez imágenes apenas reconocibles, de gritos. Y Matías en su cama mirándome sorprendido.

Todo se mezcla en una mente plagada de confusiones. Debo haber recibido un buen golpe. ¿El asesino habrá creído que estaba muerta y por eso escape de sus garras?

Pero ¿Y las heridas? Solo tengo un moretón en la frente. Poca cosa para el mismísimo Diablo.

¡Pobre Matías! Él quería mucho a su madre, la defendía con uñas y dientes. Me parece bien, hay que defender siempre a las madres. No podía ver lo que yo veía en ella. Estaba cooptado por sus encantadoras manos, por sus frágiles brazos de muñeca artesanal. Por ese perfume que nunca se iba de la casa, que la infectaba para siempre.

Me levanto pero resbalo para caer con pesadez sobre mis nalgas por culpa de la sangre todavía húmeda de la alfombra y de la celeridad caótica que se presenta cuando busco salir corriendo. Con agilidad envío misivas a mi cuerpo para poder reincorporarme y dirigirme hacia la habitación contigua en busca de Hernán, mi otro medio hermano. Me cuesta levantarme más por la impavidez resultante del shock que por la falta de fuerzas.

La puerta estaba abierta de par en par con el aire viciado de juventud, de pubertad, con esos olores secos tamizados de muchas variantes e inhóspitas recetas. El cuerpo de Hernán se encontraba en el medio de la entrada del umbral, tirado con la espalda hacia arriba y la cara incrustada, literalmente, en el piso; la viñeta delataba que había intentado escapar del asesino y este lo habría estoqueado antes que pudiera hacerlo, por detrás, sin que atinara a poner las manos al caer provocando que la nariz le estallara en pedazos al golpear contra la alfombra, junto a los dientes delanteros. El hachazo había sido preciso, elegante y limpio. Tenía una abertura justo por debajo de la nuca que dejaba ver el blanco de ciertos huesos, al comienzo de la espalda, entre los omóplatos. Era una herida seca, no demasiado grande pero eficaz. Casi sin sangre. Esto hacía que la escena fuera muy extraña, artística; todo se encontraba en orden, parecía que nada hubiese ocurrido esta noche.

No se por qué enfermiza razón el culpable de todo ésto no se ensaño con él. No siguió con su furia histriónica de golpes iracundos. Una leve y efímera sensación de alivio se interpone en el medio de tanto terror y migrañas. Estaba mitigada por la sensación de que Hernán se había marchado sin tanto dolor, solo con la angustia que antecede al fin de un camino. Todo tiene un cierre, un corte, que impide la perpetuidad; de una forma u otra te alcanza la desazón del telón que baja, sea que la obra haya sido buena o mala, sea que la historia haya tenido un narrador estable. Me llevaba bien con él y me sentiría aun peor de lo que estoy si supiese que sufrió más de la cuenta. La angustia es la misma para todos, no tiene niveles ni deontologías. Podés morirte de amor o de odio, de ausencia o de desborde, de soledad o de hastío, de aburrimiento o de vértigo.

Él entendía mis temores y odios. No me trataba como una orate ni como un fenómeno de circo. Me prestaba atención y dispensaba todo su cariño a nuestra relación. Cedía como nadie a mis requerimientos de contención. Una mano suya en mi mejilla era suficiente. Sus abrazos conservaban la temperatura ideal, configuraban la estrategia que me llevaba hasta aquel paisaje que necesitaba ver.

Voy a extrañar el tono de sus palabras y la calidez de sus intenciones.

¡Tobías! El más pequeño de los tres, de apenas cuatro años, ¿ha escapado? ¿Aún está en peligro?

Debo correr. Sí, debo correr por él también.

La búsqueda comienza por su cuarto, sin lugar a dudas el más bello no solo de esta casa sino de muchas a la redonda; recibía gran atención a la hora de decorarlo e imprimirle en su elaboración todo el amor y la dedicación posible; en sus paredes debía verse ese esfuerzo, esa diferencia de actitud en la voluntad. Era muy lúdico y me hacía mucha gracia visitarlo. Olor a bebé, temperatura ideal, calidez de madre, ambiente mágico, de juguetes, de aventuras inocentes e interminables, de estantes geométricos, de superficies suaves y reflejos somnolientos. Todo era sobrecogedor y remitía a mimos y abrazos. Puras risas y llantos solo de exigencias.

Pintado con una amplia paleta de colores a modo de arco iris, a diferencia de mi gélida y acética habitación que hace lo que puede para contener mi despojo, lo desahuciada que quedé cuando perdí la mitad de mi corazón.

Los peluches y juguetes son muy caros, están llenos de etiquetas que cuelgan valorizando todo. Tobías tiene un verdadero parque de diversiones. Yo nunca tuve semejantes juguetes, y no porque mi padre no quisiera. Tenía otra idea del fetichismo y la ostentación material por aquel entonces, algo que cambió profundamente tras la muerte de mi desinteresada madre y la aparición de la aspirante a mujerzuela que ocupo su lugar.

Pero el pequeño no estaba en su cuarto. Todo estaba en orden salvo por la cama deshecha que delataba que ahí había dormido. Seguro pudo escapar, se debe haber escondido en algún lugar al descubrir al asesino. ¡Pobrecito! ¡Cuanto miedo debe haber experimentado para huir y esconderse! Quizás hasta vio los cadáveres de sus hermanos y padres.

Lo imagino respirando entre sollozos y pedidos de ayuda.

Un feroz e intenso dolor de cabeza me sacude y me hace tambalear. Caigo golpeando las rodillas con las manos apoyadas hacia delante, temblando estremecida, casi a punto de volver a desmayarme. Pero no puedo hacerlo, no puedo darme ese lujo otra vez. Vomito brevemente sobre la alfombra celeste con dibujos de animales que cubre el piso de cualquier golpe o resbalón.

Debo reponerme y buscar a Toby para rescatarlo.

Indago en la habitación metro por metro, caja por caja. Aprovecho para desangelarla un poco, romper algunos juguetes, tirar estantes, oscurecer lo edulcorado del panorama, la patología cursi de las madres expositoras. Este chico deberá aprender de la vida, la dureza, los nubarrones que anteceden las tormentas y la falta de pronosticadores. Nadie te avisa que te va a lastimar, nadie oficia de paraguas cuando la lluvia cae sin parar inundando corrosivamente cada hueco.

Lo mismo en el resto de la casa; recorro todos los recovecos de la mansión, las habitaciones planta por planta. En la espaciosa cocina miro dentro de las alacenas, en el frugal y vulgar cuarto de servicios que está vacío pues la maltratada mucama tiene su día libre donde no deberá soportar las ansias de mi madrastra por demostrarse y demostrarle que ahora es superior; la biblioteca plagada de libros de gran tamaño, lomos rígidos y de todos los títulos universitarios y doctorados de mi educado padre. La sala de estar de un perfil protocolar que facilita la solemnidad con que mi familia se reúne con amigos, el living mullido y cálido para pasar las horas al filo de la chimenea, el comedor oneroso que exhibe toda la altura de clase por su vajilla fina y sus muebles pesados y barrocos.

Pero no logro dar con él.

El letargo del lugar, su frialdad inconmovible me provocan el enésimo escalofrío que a pesar de su intensidad no logra superar mi desesperación y furia hacia el victimario. Una funesta imagen se presenta fugazmente antes mis ojos. Es Tobías corriendo desesperado, descalzo.

Empiezo a perder las esperanzas de encontrarlo vivo; ese maldito no hubiera tenido piedad solo por verlo pequeño, no después de lo que hizo con el resto de mi familia.

Sí, mi familia.

Es un concepto prosaico para mí, pero no lo dejé atrás aún y no creo que lo haga. De alguna manera mi padre se ocupó de que no llegue a ese límite, a ese nivel de marginación que la soledad reviste. De alguna manera lograba la redención.

Más imágenes, a modo de flash golpean mi cabeza acompañando el dolor. Son mis hermanos, se entremezclan los momentos felices con los aciagos.

¡Pero claro! El escondite secreto de la casa. Toby lo usaba para escapar de la crueldad que suelen tener los hermanos mayores para con el menor, esa que es tácita en todas las relaciones de hermanos que vienen acompañadas de celos y pensamientos negativos, nacidos en esa especie de destierro que provoca y sufren los mayores ante la irrupción de un nuevo bebé en la familia.

Me había contado del escondite solo a mí, en medio de uno de nuestros fraternales y compinches abrazos mientras jugábamos a sus juegos favoritos. Mientras imaginaba que era feliz.

Es en el altillo, el lugar más sombrío de la casa.

Deslizo una escalera hasta la puerta, que está en el techo del segundo y último piso. Tiro del cordel para poder bajar la tapa y subo con dificultad. Debo empujar con fuerza para correr otra tapa que oficia de entrada. Está muy oscuro, sabía que así sería por lo que llevo una linterna conmigo.

Nunca entendí cómo este lugar no le produce temor a mi pequeño hermanastro, es tenebroso y sombrío. Cubierto de enormes telas de arañas en los rincones, con capas de polvo que dejan marcadas cada una de las huellas. Poblado de maniquíes cubiertos de viejos ropajes en desuso que parecen figuras espectrales, con sus caras blancas, sin ojos ni gestos; espejos rotos, muchas cajas y muebles pequeños y anticuados bloquean los espacios, trazan un laberinto. Para completar la imagen, las pequeñas ventanas tienen ciertas roturas que dejan pasar hilos de viento y aire que provocan un sonido espantoso, una especie de eco gutural; la acústica correcta para una fantasmagórica sinfonía.

El haz de luz juega por todos los rincones de formas coreográficas, dibuja un estambre de reflejos que se pierden en la inmensa humedad de un sitio olvidado y dejan ver el polvillo invisible para los ojos. Es curioso pensar que los objetos siguen estáticos cuando no estamos, siguen en su función gélida sin interactuar. Entre todos esos viejos trastos los pensamientos se desvanecen.

Detrás de un gran arcón donde guardamos los objetos simbólicos más antiguos de la historia familiar, entre telarañas abandonadas y tierra de otro siglo, puedo ver un pequeño pie abrigado con una media con dibujos de ositos sonrientes.

Es Tobías, escondido.

Otra vez la jaqueca aparece irrumpiendo como un feroz golpe en la nuca, preciso. Esta vez no tambaleo pero eso no significa que sea menos dolorosa. Simplemente estoy tan extasiada que ningún sentido podría ser afectado por otra cosa que no tenga relación con mis motivaciones.

Pronuncio su nombre en voz apenas audible pero con el tono firme y el volumen adecuados para no asustarlo y aclarándole que todo estará bien ahora, que de nada debe asustarse; pero no responde. Vuelvo a llamarlo acercándome un poco más. Sale corriendo y se vuelve a esconder, esta vez tras otra pila de cajas.

¿Por qué lo hace? ¿Por qué no responde a mis llamados? Puedo escuchar su asustada respiración y sus sollozos por lo menos a trescientos metros. ¿Por qué me hace asustar con su duda? ¿Por qué no vino a despertarme buscando mi protección?

La jaqueca es cada vez mas intensa, el dolor se mezcla con furia y confusión.

Miro mis manos; están ocupadas. En una sostengo la linterna, en la otra una verdadera declaración de principios; la llave para abrir la bóveda que guarda el misterio que parecía insondable.

No puede ser, no.

Traigo el hacha ensangrentada empuñándola con firmeza. ¿Cuándo la agarré? ¿Lo hice para ajusticiar al asesino? ¿Para proteger a mí hermano menor? No recuerdo nada, y mi confusión crece al ritmo del dolor que deshilacha mi cerebro.

Pero, ¿Tobías merece mi protección? Al fin y al cabo por algo huyó de mí y se esconde de cada abrazo, sin importar si el mismo es obligado a pesar de mi desdén. No me responde. No confía en mí y nunca lo hizo. Siempre corrió tras los brazos de su detestable madre arpía y ramera. ¡Dios! Es tan parecido a ella, los tres lo eran en diferentes niveles, en actitudes y morfologías. Y los tres se llevaron todo el amor de mi padre, logrando que se olvidara de mi hermosa madre, y su rostro lleno de contornos que hacían juego con la vida; sin mí ella se descompone en un sinnúmero de eventos sin sentido, de poemas sin rosas, de amores sin corazón, de cuerpos desalmados.

Me acerco con una mezcla de furia y tristeza. Puedo sentirlo temblar y gemir mientras espera que lo salven. Mirándolo directo a sus pequeños y húmedos ojitos, levanto el hacha tomándola con ambas manos con habilidad asombrosa. Siento el sonido de la misma deslizándose, veloz y ágil desde atrás de mi cabeza, surcando por encima y cayendo con violencia y precisión por delante, justo al objetivo. Justo a la inocencia.

Y al cabo, el golpe; estridente y sonoro, áspero. Se parte el hueso frontal en dos. Y luego el placer de ya no sentir el dolor, el placer de la liberación, y el silencio, crudo.

Ahora puedo recordar algo.

Puedo recordar el placer, la ira, la saña, el sufrimiento, los celos, el rencor y la soledad. Lo marchito del futuro y lo nostálgico del presente. Me han robado el pasado, no tengo ni siquiera qué extrañar.

Mientras paso una cuerda alrededor de mi cuello, parada sobre el viejo arcón histórico donde duermen los viejos vestidos de mamá, puedo recordar los pocos momentos felices junto a mi nueva familia.

Solo los felices.

Mi jaqueca se detuvo instantáneamente como si nunca hubiese existido. Una última imagen con el rostro de mi amada madre sonriendo con los brazos extendidos listos para abrazarme se presenta ante mis ojos.

Angelical, única, desposeída.

Ya puedo saltar hacia ella, hacia una felicidad que será eterna.

 

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