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Porno

Por Martín Gagliano

Mediodía.

Estoy sentado frente a la pantalla en blanco de mi computadora. Alrededor mío, la oficina hierve de actividad. Todos están haciendo algo menos yo. Al lado mío suena un teléfono. Una y otra y otra vez. Podría atenderlo, pero no lo hago. Entrecierro los ojos, dejo que el aire de mis pulmones se escape entre los dientes. Imito al aire acondicionado. Me concentro en aislar del ruido general, el murmullo del aparato. Soy el aire acondicionado. Mi pecho se mueve mecánicamente, como él. Exhalo al tiempo que él lo hace. Respiro de nuevo al ritmo del cursor en la hoja de Word completamente vacía. Escucho, no oigo. Veo sin mirar más que los doscientos mil millones de puntos de luz aparentemente blanca. No lo soporto, pero no puedo romper el movimiento inerte.

Me levanto, cruzo el espacio hacia la salida. Descuelgo el saco del perchero sin decir nada a nadie. La secretaria me mira un tanto confundida. Alguien me habla, pero no me detengo. Empujo las puertas de vidrio y por el reflejo veo que mi jefe habla con su asistente, lo distingo un tanto alterado.

La calle hierve. La gente me empuja al caminar por la nueva peatonal. Hablan, gritan, ríen, comen, discuten, putean. Miro el asfalto mientras doy un paso sobre el otro.

Hipnótico.

Entro a un cine porno. El fresco del lugar me renueva la mirada. Me acomodo en una butaca, tengo los ojos fijos en la pantalla. La incierta rubia pega alaridos de placer mientras sube y baja sobre un negro de piel lustrosa. Sé que su placer es falso, pero elijo creérmelo, le concedo el momento de inocencia propia solo por el esfuerzo que tiene que hacer para meterse esa lustrosa e imponente verga.

La cámara hace zoom a los genitales. La pantalla enorme encaja la sala completa adentro de los labios de la rubia. Los pocos que somos estamos contenidos, atrapados mejor dicho, por el invariable ir y venir de dura carne oscura. Algo incontrolable. un sopor no deseado me invade. Lucho. Resistirme es inútil e incluso desesperante. Los párpados caen.

Las manos que me acarician son húmedas y saben lo que hacen. Las intuyo detrás de mis ojos aun cerrados. Flash.

Abro los ojos de nuevo, miro el piso y veo dos zapatos negros. Pueden ser los míos, quizás lo sean, seguro lo son. Flash.

Alguien ­o algo­ gime cerca mío. Movimientos de tela, olores rancios. Distingo algo que parece una cara. Dos. Tres. Gente que se agolpa. Movimientos acompasados, que suben de intensidad casi tan escandalosamente como los de la morocha de ojos verdeazulados que, en la pantalla, disfruta de dos jóvenes bomberos rubios, marcados, aceitados y pijudos.

Todo se mezcla adentro y afuera del rectángulo de luz.

Los dos hombres musculosos, inexpresivos, repiten su tarea mecánicamente.

Embestida­gemido­embestida­gemido­embestida­gemido­embestida.

Me siento prisionero del vaivén de mi cuerpo con los suyos y vuelvo a caer dormido.

Despertar del todo es siempre traumático. La sala está oscura. En la pantalla pasan hacia arriba los créditos de la película que terminó.

No tengo noción del tiempo, soy apenas consciente de donde estoy.

Miro hacia abajo, no tengo puestos mis pantalones. No tengo la billetera ni el teléfono.

Solo la camisa y el saco, donde quedaron las llaves de mi casa.

Noto el cuerpo pegajoso y elijo pensar que lo que lo impregna es el sudor de la pesadilla. En la butaca de al lado están mis jeans. Me visto torpemente mirando hacia los lados, pero la sala está vacía.

Salgo a la calle en pleno anochecer. La gente dejó de empujarse y aprendió a caminar más lentamente, disfrutando la brisa que se instala en medio de la calle.

Llego a mi casa, abro las ventanas, combato el olor a encierro.

Me tomo un paracetamol, un ibupirac y un valium.

Todo se desenfoca un poco. Me miro las manos, esperando que tiemblen. No sucede nada.

Me meto a la ducha y dejo que el agua corra sobre todo el cuerpo. Miro mis pies, y el chorro que se desliza por el piso de la bañera. Trato de no pensar qué es lo que arrastra consigo.

Las sábanas están arrugadas y usadas pero no me molesta en lo más mínimo, encajo mi cuerpo en medio del colchón.

Abro la computadora, surfeo por los 20 mails que mi jefe me mandó durante la tarde. Todos están escritos en mayúsculas.

Me dejo llevar de nuevo al porno, paso página tras página y encuentro una orgía de jovencitos ucranianos que me intriga por una razón que no comprendo.

Son seis, en una cama gigante. Los veo desnudos. Se buscan, se unen, se acoplan.

Suspiran, lamen, muerden, chupan. Cojen.

Me acerco a la pantalla mientras me masturbo violentamente.

Me fijo en el más alto de los seis, lo investigo. Sus ojos son idénticos a los de la morocha que los bomberos se cogieron esta tarde en el cine del centro. Me hipnotiza su color, verde azulado. El chico mira a cámara, se muerde los labios y me hace acabar.

 

 

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