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Un genocidio under

Por Carolina Abella

 

El 24 de abril se “celebra” el Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos, que conmemora el genocidio armenio perpetuado por el gobierno turco. ¿Genocidio armenio? Seguro suena como algo nuevo, y no sorprende para nada que así lo sea. La masacre (ya que de otra forma no se puede nombrar) ocurrida hace 101 años es tan poco conocida y divulgada a nivel mundial que sorprende encontrarse con personas que sepan del asunto. ¿Pero por qué es así? Simple: sólo 22 países la reconocen como genocidio. Fuertes presiones políticas y comerciales se interponen entre Turquía y el resto de los países que siguen sin reconocerlo. Por ejemplo, el 29 de octubre del año pasado, Paraguay reconoció oficialmente el genocidio, y a los pocos días, el gobierno turco amenazó con frenar las relaciones bilaterales con el país paraguayo. Algo parecido pasó cuando el papa Francisco, unos días antes de que se conmemore el centenario del suceso, usó explícitamente la palabra “genocidio”, y calificó a los hechos ocurridos como “ un exterminio terrible y sin sentido”, dichos que desencadenaron en el retiro del embajador del Vaticano en Turquía. Sin ir más lejos, nuestro querido país recién lo reconoció recién el 11 de enero de 2007, mediante la sanción de la ley nacional 26.199.

Se recuerda el 24 de abril porque ese día, allá en el 1915, alrededor de 250 intelectuales y religiosos armenios fueron arrestados y deportados por los llamados “jóvenes turcos”, y obligados a marchar sin sus pertenencias por el desierto de Siria. Ese fue el comienzo de una matanza a mansalva y sin miramientos de toda una comunidad. En aquél entonces, el poder estaba en manos del Imperio Otomano (lo que el día de hoy sería Turquía) y bajo éste, convivían distintas comunidades, en su mayoría musulmanas, excepto los armenios, que no eran todavía nación, sino que estaban integrados al Imperio. En intentos de conformar la nación turca, y con un fuerte sentimiento nacionalista, los jóvenes turcos, que se encontraban recientemente al poder del Imperio, llevaron a cabo un plan de exterminio masivo contra aquéllas comunidades que no coincidían con los postulados ideales de la nación a conformarse, que buscaba integrar una población homogénea de musulmanes turcos. Así, y con las fuerzas armadas y organizaciones milicias nacionalistas, se fueron deshaciendo de los armenios, mediante campos de concentración, violaciones y asesinatos al azar, violentas marchas a lo largo del desierto en las que la mayoría de las personas perecían de hambre o cansancio, y trabajos forzados a los hombres jóvenes de la comunidad. Para el año 1924, se calcula que entre un millón y medio, y dos millones de armenios fueron asesinados, por lo que sólo quedaron vivos mucho menos de la mitad de la población, la mayoría de los cuales se vieron forzadas a exiliar a otros continentes que los reciban.

Se podría pensar (aunque ingenuamente) que resarcir y reconocer algo ocurrido hace más de 100 años es un sinsentido, ya que ni siquiera siguen vivas las personas que vivieron esos momentos. Que reconocer una mancha más en el inmenso telar de batik de sangre del mundo no va a hacer la diferencia, pero ciertamente esto no es así. Desmembrar las mentiras globales, sacar los trapitos al sol, aunque sean trapos viejos y roídos, ayuda a poner los oídos alerta al eco de los gritos de voces actuales, a tantas matanzas que ocurren hoy en día que no salen por los medios, porque cientos de inocentes muertos no tienen el mismo rating que la Xipolitakis manejando un avión.

 

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Es muy difícil leer esa parte de la historia mundial sin que nos venga a la mente sucesos más recientes, un genocidio mucho más estudiado y abiertamente reconocido a nivel global. De hecho, el mismísimo Hitler tuvo en cuenta al genocidio armenio a la hora de planear su terriblemente macabro plan de exterminar a millones de inocentes. En un discurso del 22 de agosto de 1939, en la ciudad de Obersalzberg, una semana antes de la invasión a Polonia, el líder nazi exponía las razones y justificativos de su propósito de “limpiar” la nación alemana y, frente a la posibilidad de que el resto de las naciones descubran sus actos, pronunció: “¿Quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los armenios?”

Esto deja mucho para pensar, echa una luz distinta a los problemas actuales y hace que resuene el golpe de la responsabilidad de los que vivimos hoy en día, responsabilidad de saber, de enterarse y tomar postura frente a lo que pasa en el mundo. Y para enterarse de este tipo de sucesos ya no hace falta internarse en bibliotecas y quemarse las pestañas leyendo densas monografías de historiadores de antaño. La cultura actual posibilita un activismo político moderno, con documentales hechos por gente joven y comprometida. “Screamers”, el documental de Carla Garapedian, es un buen ejemplo de esto. Tomando como foco del relato a la banda System of a Down, cuyos integrantes tienen raíces armenias, el documental hace un relato vívido del infierno que presenciaron los sobrevivientes del que es considerado por muchos el primer genocidio del siglo XX, y habla también acerca de genocidios más actuales y mucho menos conocidos, como el de Ruanda y Darfur. Por su parte, la banda comandada por Serj Tankian es conocida, no sólo por su excelente música, sino también por su fuerte activismo político y por sus esfuerzos constantes por la difusión y el reconocimiento del genocidio que aniquiló a sus antepasados y que sólo dejó a sus abuelos para que cuenten la historia. El año pasado, en el marco del centenario del genocidio, la banda tocó por primera vez en Armenia, en el tour “Wake up souls”, en el que entremezclaron exitosamente reclamos genuinos de su nación con lo mejor del metal alternativo.

 

En la letra de la canción “Holy Mountains”, escrita por el guitarrista de la banda, Daron Malakian y el cantante Serj Tankian,  se ven claras alusiones al genocidio armenio. En las melodías, se pueden percibir sentimientos de impotencia y dolor a tal punto que ponen la piel de gallina. Frases como “La boca de alguien dijo: píntenlas todas de rojo” (refiriéndose a pintar de sangre a las “montañas sagradas” que hacen alusión al Monte Ararat, símbolo fundamental de la cultura armenia), o “hemos aprendido que no tienen honor, asesinos sodomizadores” (hablándole al estado turco, que hasta el día de hoy sigue negando la perpetración del genocidio)  abundan en esta canción que deja de ser solamente un hit metalero, sino que se convierte en el grito desgarrador de bronca de toda una comunidad casi borrada del mapa.

Asimismo, uno de los temas del primer disco de la banda, “P.L.U.C.K.”, cuyas siglas significan Politically Lying, Unholy, Cowardly Killers (políticamente mentirosos, profanos, cobardes asesinos) hace una alusión mucho más directa del asunto a lo largo de toda la canción. El estribillo, por ejemplo, dice “el plan fue dominado y llamado genocidio, tomaron todos nuestros niños y luego morimos, los pocos que quedaron nunca fueron encontrados”, y al modo de frutilla del postre, en el folleto del álbum, antes de esta canción, aparece la siguiente dedicatoria: “System of a Down quisiera dedicar esta canción a la memoria de 1,5 millones de víctimas del genocidio armenio perpetrado por el gobierno turco en 1915”.

Falta mucho por delante, los objetivos perseguidos son de una escala inimaginable a nivel mundial, pero no todo el panorama es oscuro. Hay pasos que parecen pequeños, insignificantes, pero que mirados en perspectiva dan cuenta de un potencial futuro enriquecedor. El 17 de noviembre del año pasado, el Ministerio de Educación presentó el libro “Genocidio Armenio. Preguntas, respuestas y propuestas para su enseñanza”, un manual didáctico para guiar a los docentes acerca de cómo abordar la temática del genocidio. Hecho que no sólo marca un interés por parte del Estado, sino también la esperanza de una visibilización del conflicto mucho mayor a la que existe actualmente.

Dar cuenta de lo ocurrido, reconocer una realidad que marcó a millones de personas y sancionar hechos que manchan de sangre la historia de la humanidad es un deber de cada uno de nosotros para evitar que vuelva a ocurrir y para alertar que sigue ocurriendo y seguimos sin enterarnos de ello.

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