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El pueblo elegido

Por Andrés Pinotti

No fue casual que lo fueran a buscar. Todos sabían que el tema le interesaba desde la adolescencia, o quizás desde antes. Y si bien no era un experto, era el único que podía tener una opinión medianamente autorizada sobre el asunto. Al comienzo supuso que sería otro chisme de los viejos del pueblo, los que se juntaban en el boliche a combatir el aburrimiento con litros de ginebra y terminaban inventando versos o tejiendo hipótesis sobre cualquier tema. Pero no, esta vez la cosa venía en serio. La segunda persona que lo fue a buscar fue Mario, el muchacho que, a veces, cuando había mucha demanda por las fiestas, le daba una mano en la panadería.

-Ya son tres los casos, parece. Y en una semana nomás- le dijo Mario.

-¿Y qué más comentó el viejo?

-Que él vio cuando llegaban y que después apareció desorientado en el medio del campo.

-Lo más probable es que estuviese en pedo.

-Sí, seguro que estaba pedo. Pero debe ser verdad porque en otros lugares dejaron las huellas.

El panadero fue al depósito, agarró unos sobres que tenía clasificados en una caja, los metió en un bolso y enfiló hacia la calle. Se subió a la Ford con una sensación extraña en el estómago, como de una náusea incipiente. En diez minutos estuvo sobre la ruta 51, y antes de llegar al puente Herrera se recostó hacia la derecha y bajó por el camino de tierra recto que lo depositaba en la entrada del campo de José Moro. La tranquera estaba abierta así que ingresó y dejó la camioneta debajo de uno de los eucaliptos que escoltaban la casa del viejo. Cuando bajó escuchó el trote de dos perros y los vio acercarse furiosos con las orejas en alto. Antes de que se le abalanzaran apareció la mujer de Moro y los detuvo con un grito que hizo volar todos los pájaros de los árboles.

-¿Qué anda haciendo por este lado, joven?

-Lo busco a José, el otro día quedamos en que iba a pasar a charlar unos asuntos. ¿Lo podré molestar o está ocupado?- preguntó.

La vieja frunció el ceño y se tomó unos segundos para pensar. El panadero tuvo ganas de dar la vuelta y volver en otro momento. No podía explicarle el verdadero motivo de la visita porque ni siquiera sabía si había un motivo real. Pero de pronto la vieja sonrió.

-Sí, sí, cómo no, pasá que está adentro- dijo, y ni bien se dio vuelta en dirección a su casa José Moro empujó la puerta mosquitero y se hizo presente. Movía su boca y sus mejillas como si en el interior se limpiara restos de comida con la lengua. Los bigotes anchos bailaban arriba de sus labios morados

Moro era hombre de pocas palabras, salvo cuando estaba entonado. Saludó al panadero levantando las cejas y le hizo señas con la mano para que lo siguiera. Lo llevó hasta el lugar donde había una bomba de agua, a un costado del rancho. El viejo se arremangó, bombeó tres veces la manija y cuando salió un chorro grueso de agua, se agachó y se lavó bien fuerte la cara. Después se incorporó despacio y, así como estaba, empapado, levantó los ojos al cielo, esperó unos instantes y dijo, de espaldas al panadero:

-No sé si me estaré volviendo loco, pero me lavo la cara todas las mañanas en esta misma bomba, desde que mi finada madre me parió…

El panadero lo escuchaba en silencio. De repente oyó un ruido como de una madera que se quebraba y se dio vuelta sobresaltado. A unos metros, uno de los perros le clavaba los dientes a un hueso de vaca.

-…y nunca, pero nunca, me pasó nada igual.

El panadero no pudo decir nada. El viejo se dio vuelta y los dos se miraron. Otra vez se escuchó el crack de los dientes rompiendo el hueso.

-Fue hace dos días –retomó el viejo-. Me levanté a eso de las seis, puse el agua para el mate, lo de siempre. Agarré una toalla y caminé hasta acá. Dejé correr un poco de agua para que saliera bien limpia y me la tiré en la cara. Cuando abro los ojos el campo estaba azul. Se iluminó todo. Todo azul.

– …

– Cuando me despabilé estaba sentado allá –señaló con el dedo un molino, a unos doscientos metros– y no me preguntes cómo llegué ahí porque no lo sé.

Después de la visita a Moro el panadero manejó hasta otro campo vecino. En la bajada que va a lo de Spinelli, enseguida, después de la tercera curva, le habían dicho. Se bajó de la Ford y empezó a buscar en la tierra del camino real. Buscaba agachado y pateaba la tierra y escarbaba con la punta de la alpargata. Hacía bastante que no llovía y una fina capa de tierra seca y ligera tapaba la parte más dura del camino. La primera marca apareció a un costado, donde crecían los yuyos guachos. Era una mancha negra, como si la tierra estuviese quemada. Siguió su recorrido. La mancha crecía y se ovalaba, cruzaba el camino y se internaba un poco en un campo, más allá del alambrado, pero después volvía redonda del otro lado y cruzaba otra vez el camino. Era un círculo. El borde de un círculo inmenso en la tierra dura y seca. El panadero sintió que el corazón le palpitaba muy rápido y vivió algo parecido al pánico. La sensación lo asustaba pero le gustaba. Corrió hacía la camioneta y buscó los sobres dentro del bolso. Abrió uno y sacó unas fotos. Las miró con la boca abierta. Después cerró la puerta de la camioneta, puso primera y salió disparado hacia la parcela donde estaban los restos de la escuela.

Allí lo recibió Gladys, una viejita que había sido maestra y que se quedó viviendo con una hija en ese mismo campo, en una casita que estaba detrás de un minúsculo establecimiento educativo que había funcionado hasta mediados de los ochenta. El panadero se sorprendió al ver que en la entrada todavía estaba clavado el palo con el cartel que decía Escuela Rural de General García. “Vengo por el peral”, le dijo a Gladys mientras bajaba de la camioneta. Y no hizo falta que se lo señalaran porque lo vio enseguida. Caminó hasta el lugar donde estaba el árbol. Metió la mano en el bolso, sacó una cámara de fotos, se la puso en un ojo y gatilló. El peral estaba carbonizado desde el lugar donde nacía el tronco hasta la última hoja. “Habrá sido un rayo, quién sabe, aunque ni ha llovido”, dijo la viejita. “Sí, un rayo”, repuso el panadero sin dejar de mirar las pequeñas peras recién nacidas, que ahora parecían higos secos.

El rumor viajó por toda la zona y cruzó la provincia. El panadero sabía que en algún momento eso iba a suceder, por eso los días previos puso un cartel en la puerta de la panadería y se encerró en el depósito para repasar videos e información de distintas revistas que había coleccionado y estudiado durante años. El primer medio llegó un martes a mitad de mañana. Canal 9 de Rosario. Después vinieron de Santa Fe, de Córdoba, de Buenos Aires. Los titulares hablaban de la luz mala, de ovnis y de seres extraterrestres. General García era noticia en la televisión y en las radios de distintas partes del país. La gente del pueblo, confundida, daba sus versiones y después pasaban el dato: Esteban, el panadero, él sabe. Entonces los movileros y periodistas tocaban la puerta y el panadero hacía sus declaraciones ensayadas, mostraba las fotos y acompañaba a las cámaras para que vieran la tierra quemada y los árboles incinerados sin aparente razón. Después iba a su casa y se miraba en los noticieros de las nueve de la noche.

Durante todo ese tiempo no abrió la panadería. Vivió del dinero que les cobraba a los medios por prestar sus declaraciones y hacerles ver los fenómenos en los distintos campos. Pero cuando la vorágine mediática cumplió las dos semanas, el panadero sintió que era suficiente. Así que torció de pronto su discurso para alejar a las cámaras. Comenzó a hablar de chismes, de los borrachos del pueblo, de mentiras para atraer a la gente. Los vecinos lo empezaron a mirar mal y varios le quitaron el saludo, porque no sólo los había privado del pan –que tuvieron que ir a comprar a un pueblo vecino– sino que ahora armaba una farsa que desprestigiaba al pueblo. El día que el panadero alejó al último periodista, se largó a llover. El viento amagaba con arrancar los techos de las casas y los ranchos. Los caminos se inundaron como hacía años no sucedía. Esa noche el panadero hizo sopa. Picó cada verdura en una tabla de madera y las hundió dentro de la olla con agua. Mientras cenaba intentó escuchar la radio, pero las transmisiones se entrecortaban. Cuando terminó el plato de sopa fue hasta la heladera y agarró una botella de vino y un vaso de la alacena, y volvió a la mesa. Se sirvió despacio y girando la botella cuidó que la última gota no se cayera sobre el mantel. Antes de dar el primer sorbo quedó hundido en la oscuridad. Con la luz cortada, sólo se escuchaba cómo afuera el viento zumbaba rabioso. Entonces sintió el corazón acelerado y la sensación de pánico. Pensó en un castigo. “Castigo”, dijo. Y después se tomó el vaso de vino de un solo trago. Se incorporó despacio, y con la punta de los dedos tanteó sobre la mesa hasta que agarró las llaves de la camioneta. Después hizo lo mismo en un respaldo de la silla y se puso la campera. Afuera sintió los pies mojados y helados. El camino era barro y agua y no podía manejar. Tuvo que caminar en el fango procurando no caerse durante media hora, hasta que llegó a la ruta.

Del cielo bajaban las luces de los relámpagos e iluminaban los campos.“Flashes”, pensó. Entonces sintió otra vez el cuerpo helado. El panadero se preguntó con los ojos al cielo, bajo la lluvia violenta, por qué habían elegido a General García. Y un relámpago lo iluminó todo de azul, como si alguien desde el cielo gatillara una foto con la intención de congelar el momento en que el pueblo ignoto de provincia volvía otra vez a su decadencia perpetua.

 

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