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Bicentenario macrista: ficción sin guión

Por Federico Capobianco

El Bicentenario de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata es quizás la fecha que más deba celebrarse, conmemorarse, recordarse y reflexionarse en relación a la creación de nuestro país. Ante el aniversario de cualquier acontecimiento histórico de trascendencia las preguntas que surgen, y casi obligatoriamente deben responderse, son: ¿para qué sirve?, ¿qué hacemos con eso?, ¿cómo elegimos contarlo? La mirada naif y positivista de que la historia sirve para entender el presente y proyectar un mejor futuro ya quedó relegada. Principalmente porque dicho objeto histórico dejó de existir el mismo instante que sucedió. En este caso, la declaración de la independencia pasó a ser otra cosa luego del 9 de julio de 1816; después de ese día y hasta hoy, cada mención es una construcción ideológica. El pasado no sirve para entender el presente, sino al revés. El presente sirve para interpretar el pasado y cada interpretación está definida según los intereses de quien lo construye. Por tanto, la historia deja de ser una mera idea teórica y pasa a ser un objeto pragmático; y como sobre todas las cosas, la historia occidental es política, es lo que la política hace con ella en el presente.

Fogwill, en una especie de prólogo de Runa, escribe que la historia occidental es “una compilación de escritos” destinados a “legitimar a unos, descalificar a otros o explicar las causas de su escritura y las causas de los acontecimientos que entre tanto papiro, tablas, papel y microfilms subsistían como relatos de algo que pudo suceder”. ¿Está desestimada la interpretación? “Hay un abismo entre lo sucedido y lo que pudo suceder”, detona en la línea siguiente. Y el gobierno de Mauricio Macri parece tener en claro lo que quiere que suceda, en su intención de “no generar discordias” y “cerrar la grieta” su único objetivo es deshistorizar a través de la eliminación del contexto y su consecuente interpretación.

Cuando Alvear abandonó el Directorio, la elite porteña –el grupo con más poder y autonomía a la hora de tomar decisiones y que, por tanto, lideraba cualquier movimiento- entró en crisis y tuvo que dar un giro en la política reuniéndose nuevamente en asamblea legislativa –el famoso Congreso de Tucumán- con las demás provincias a fin de volver a tejer relaciones con los líderes provinciales que habían desestimado y relegado anteriormente. Así, las mismas presiones inglesas para no declarar la independencia que había aceptado, por miedo a represalias, la Asamblea de 1813 –el primer gran congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, mayormente liberal y revolucionario, que proponía, de la mano de los diputados de Artigas, la independencia y la constitución de una república federal, ideario que fue desestimado de raíz, y rechazados los diputados artiguistas, por los unitarios porteños-, eran desoídas en 1816 con la voluntad de “investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”. Paradoja de la historia argentina: un congreso reaccionario, conservador y monárquico proclama la independencia a la cual no se ha atrevido una asamblea revolucionaria y republicana. Segunda paradoja, dice Waldo Ansaldi, la primera fue la revolución anticolonial de 1810 para salvaguardar los territorios de un rey absolutista preso. Unos días después, el 1° de agosto de 1816, el mismo Congreso redacta un manifiesto donde declara: “fin de la revolución, principio del orden”, intentando reducir semejante hecho político a una trámite administrativo y que de repente todas las tensiones previas al 9 de julio desaparecieran, como si las provincias unidas fueran nación realmente y en un instante.

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Orden no hubo, prácticamente nunca en su estado absoluto. A las luchas entre revolucionarios y realistas de las guerras de independencia se le habían sumado las diferencias entre unitarios y federales que empezaban a ponerse espesas. Al momento de la independencia, Pueyrredón quería reunir recursos para ayudar a San Martín en su causa americana pero la amenaza realista en el norte y la oposición artiguista al este, se lo impedían. El pedido obligado de contribuciones a la elite porteña lo puso en jaque y ante la negativa de San Martín de ayudarlo a controlar la situación interna para la formación de un estado todavía ausente lo llevó a renunciar ante la incapacidad de hacerlo solo. Rondeau asumió meses antes de una Batalla de Cepeda que convirtió a la anhelada nación en una anarquía provincial. Por lo que nación tampoco hubo, al menos hasta casi 40 años después. Y en aspectos culturales podría decirse que tampoco hoy existe. Christian Ferrer retoma el concepto de Martínez Estrada de “monstruo sin cohesión” para describir al país. Y es que los límites geográficos impuestos políticamente en la construcción de un Estado no se parecen en nada a los límites culturales que se gestan a partir de los agrupamientos humanos que permite la geografía natural. Ahora bien, insistiendo, ¿qué hacemos con eso?

En 1916, la oligarquía gobernante hizo poco por conmemorar el centenario. Unos meses antes, una comisión popular tucumana empezaba a reunirse para organizar los festejos pero el salteño Victorino de la Plaza, presidente del país en ese momento, la desestimó. Se lo acusó de tener rivalidades lugareñas y de otras cosas. Lo cierto es que “don Victorino” ni siquiera visitó Tucumán.

La conmemoración del Centenario se denominó por la historiografía como “Buenos Aires se celebra a sí misma” -asentando con más fuerza la predominancia de Buenos Aires en el hacer y crear la historia del país- siendo en realidad “la elite se celebra a sí misma” como forma de festejar un progreso realizado –desde 1880- y totalmente palpable en comparación a la situación de los años anteriores pero que todavía se encuentra en debate por generar, también, una sociedad más jerarquizada y desigual.

Victorino de la Plaza liderando los festejos del Centenario (1916)

Victorino de la Plaza liderando los festejos del Centenario (1916)

El Bicentenario llega con una propuesta más federal y austera. Pero con un enfoque un tanto particular: la eliminación del contexto se haya en la decisión de establecer un relato que pone foco en el futuro más que en rever y repensar lo ocurrido. Su presencia en Tucumán será para firmar un documento con gobernadores “que apuntará a los próximos 100 años”. Centrarse en un futuro desde un presente que no reconstruye –en términos de interpretación- el pasado es algo parecido a una fantasía. ¿En qué se basan si no? Trayendo nuevamente a Fogwill, acá no hay sucedido ni lo que pudo suceder, no hay pilar teórico para intervenir una práctica política que indefectiblemente debe tener un sustento histórico para al menos justificar que se toman decisiones diferentes. De esta forma, el gobierno de Cambiemos se presenta como algo nuevo, inédito, pero que sin embargo toma decisiones políticas, económicas y culturales –ajuste, paritarias que corren por detrás a una inflación desbocada, apertura de importaciones, liberación de retenciones a los grandes productores, entre otras- son bastante conocidas.

Pareciera ser que la diferencia entre los festejos de 1916 y 2016, de visitar o no Tucumán pareciera ser anecdótica. El gobierno del centenario fue más honesto incluso, a ellos no les importaba Tucumán por lo tanto no fueron. La farsa de la federalización tiene casi la misma edad que la independencia. Las decisiones que crearon al Estado y la “Nación”, y los fueron moldeando, desde 1810 hasta la fecha, fueron tomadas desde Buenos Aires. El gobierno actual refuerza la postura después de aplicar tarifazos en los servicios que aumentan a medida que nos alejamos de la Capital Federal y que ahogan a los habitantes del interior; o después de, apenas asumido, aumentar de 1,4% a 3,75% los fondos por coparticipación que Nación le envía a la Ciudad de Buenos Aires y negar la discusión por el aumento de la misma a las demás provincias, decisión que después tuvo que reverse ante la presión de gobernadores.  Además, parece retornar la idea de convertir a la independencia en un trámite administrativo. La creencia de que festejar los 200 años de una independencia que se realizó entre balas, sangre, e intereses encontrados entre diferentes elites, es una ocasión ideal para “comenzar a cerrar las grietas y las divisiones de los argentinos”. Para eso, al acto no está invitado ningún expresidente para “no generar discordia” pero sí Juan Carlos I, rey de España hasta el 2014. No es chiste y no da gracia, menos después de que Prat-Gay haya pedido disculpas, meses antes, a empresarios españoles por los “abusos de todo tipo” dados en los últimos años kirchneristas. Imaginen ustedes a Rondeau pedirle disculpas a Fernando VII luego de la independencia. También, vuelven las Fuerzas Armadas a desfilar en un acto importante, quizás sea para desempolvar a una inservible y desprestigiada –con total validez- institución. Aunque ese mínimo interés ya sea cuestionable.

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La idea de que la historia se repite viene en este caso con un plus: la independencia la decidieron unos conservadores liderados por los unitarios porteños, el centenario cayó con la elite al poder, y el bicentenario con la suma de eso, el PRO.

El historiador braliseño Décio Freitas escribe en la solapa de La revolución de las clases infames lo siguiente: “el pasado es producto del presente y no al revés, como se alega. No es casual que cada nueva generación de historiadores reescriba la historia según la ideología de su tiempo. Los hombres construyen el pasado que necesitan y que les conviene, lo que vuelve bastante tenue la división entre historiografía y ficción”. Sólo esperemos, entonces, que la ficción que se plantea para los próximos 100 años no se financie con los de abajo.

 

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