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La ética de la tecnología

Por Luciano Sáliche

Se habla de un mundo posthumanista, postapocalíptico y postideológico. De la manera que sea, estamos transitando la primera vértebra en la larga y huesuda columna vertical de este nuevo milenio. Sin embargo, el último siglo del milenio anterior fue demasiado complejo. Hoy, sin guerras frías o modelos antagónicos de estructura social, incluso sin gigantescas teorías que intenten explicar y aplicar la libertad, ¿dónde estamos? Buena parte de la literatura ha planteado -con diferentes niveles de obviedad- una bisagra de corte humanista que nos interpele sobre un apocalipsis que ya pasó y lo que hoy tenemos que hacer es reconstruir este planeta devastado. El capitalismo ha evolucionado, se ha tecnologizado, se ha vuelto líquido, casi imperceptible a la hora de ocultar sus líderes, y ha atomizado a los ciudadanos transformándolos en usuarios, además de consumidores. La individualidad frente a su espejo: la soledad. Es imposible escaparle a la pregunta ética que se modifica de acuerdo al tiempo y el espacio, y sin embargo se presenta como invariable y verdadera. Fernando Savater, en su libro publicado en 2002, Ética y ciudadanía, ya percibía los grandes cambios y aseguraba que había que cultivar tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir. Al fin de cuentas, el mundo siempre fue un desierto despiadado, eso sí es invariable.

La técnica, es decir, la forma en que el hombre interviene en la naturaleza, ha tenido puntos altísimos: grandes revoluciones culturales provocaron la imprenta, la pólvora, la fotografía, la electricidad, Internet. Pero en medio de todo esto, pensándolo de forma más cruda, aparece la idea de un ser humano intervenido, que se objetiviza para intervenirse. Tal como pensó Jürgen Habermas en su aclamado texto Un argumento en contra de la clonación de los seres humanos, los avances de la medicina progresiva tienen sus límites morales, porque la naturaleza no prohíbe clonar personas, hacerlo o no es una decisión calculada, aunque difícil. ¿Cómo se autoconcibe un sujeto clonado?, se pregunta Habermas metiendo el dedo en la llaga eterna del capitalismo: confundir sujetos con objetos, un callejón sin salida al problema de la utilidad. Un ejemplo novedoso son las impresoras 3D, que funcionan como el dedo de un Dios que señala el aire y crea estructuras volumétricas. No necesita un molde, todo sale desde la computadora. Cualquier cosa puede ser creada por esta tecnología, incluso se han fabricado armas automáticas (¿cuántos países estarán perfeccionándolas para que sean usadas por sus ejércitos?). En un reciente estudio publicado por la revista Nature, mediante la impresión 3D ya se puede crear huesos, cartílagos y músculos para humanos. El sueño ciborg que alguna vez pensó Donna Haraway está cada vez más cerca. Pero, ¿hay un límite ético?

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Viendo el asunto desde el ángulo opuesto, Masami Kurumada creó Beta X, un dibujo animé repleto de ciborgs que llegó recién a la Argentina en 1999 mediante el canal Magic Kids. Casi 20 años antes, el magaka japonés usó exactamente el camino inverso al de los científicos que implementaron la impresora 3D en la medicina regenerativa. Si bien los diálogos son insoportables -la cursilería, la sobreactuación de los pensamientos, los cronolectos y el doblaje neutro-, el argumento y la forma en que avanza la historia tienen su encanto. Michel De Quevedo es un científico especializado en robótica que crea un sistema capaz de tener la voluntad de operar con el proceso de los seres humanos. “En otras palabras, será un robot viviente”, dice en una conferencia donde es secuestrado por un grupo pseudoterrorista que mata a sus diez mil espectadores. Su hermano Marlon, el protagonista del animé, es un guerrero, y su misión es rescatarlo. Pero no está solo, tiene un beta. “Un B’t es la forma final de inteligencia artificial robótica diseñada para combate” se lee en Wikipedia intentando describir esas extrañas criaturas. Beta X es el beta de Marlon, tiene la forma de un Qilin (una criatura extraña de la mitología oriental: cuerpo de león, piel de pez y cuernos de ciervo; pero en realidad se parece a un caballo con alas) y cuenta con sus propios pensamientos, solo que vive alimentándose de la sangre de su dueño y es en ese proceso donde se genera -cualquier líder peronista se regocijaría con la idea- una ciega lealtad para con su amo.

Esta serie de ciencia ficción que apenas tiene 39 episodios (Kurumada es también el creador de Los Caballeros del Zodíaco) muestra un mundo caótico y futurista donde la tecnología tiene el doble juego de la redención y la amenaza. La adrenalínica canción de apertura es realmente buena: “La maquinaria, la tecnología, las herramientas de revolución… computadoras, calculadoras, cada invento nos acerca a la destrucción”, dice la letra mientras en las imágenes se muestra el brillo metálico de caballos de acero, y sigue con un fraseo melódico: “Algún día nuestra creación logrará despertar, y yo no creo que su mente deje que un ser inferior la pueda controlar”. Marlon de Quevedo tiene que rescatar a su hermano, el científico más importante del mundo, que está secuestrado por el Imperio de las Máquinas. ¿Por qué lo secuestran? ¿Qué es el Imperio de las Máquinas? Una serie de científicos desarrolló el beta máximo, una máquina monstruosa, una suerte de Kraken o Cthulhu. Comenzó como un huevo pero empezó a crecer de forma orgánica alimentándose de plantas, animales y humanos. Crece y crece, desbocado. El temor del Imperio es la falta de control, porque saben que pronto va a ser una amenaza, incluso para ellos mismos. Mientras tanto, Marlon avanza por un desierto de arena y chatarra montado en su Beta X luchando contra los Guardianes Espirituales del Imperio intentando llegar al centro del lugar, a la base, donde está su hermano y rescatarlo.

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Si el imaginario social es -como decía Cornellius Castoriadis- una creación indeterminada que pendula entre nuestras subjetividades presentes y pasadas, hoy ese imaginario tiene un nuevo y poderoso elemento cotidiano: la tecnología, motor del avance productivo y del tejido sólido de la comunicación. Sin embargo, este nuevo panorama conlleva una fascinación inicial que resulta enceguecedora. Cuando un elemento de esta magnitud aparece en un sistema social determinado lo modifica, lo moldea, lo transforma pero nunca lo subvierte, al menos en primera instancia. Lo importante, en todo ejercicio crítico, es mantener la distancia para abordar el fenómeno y, como sugiere Jacques Derrida, deconstruirlo. La mediación que sugiere toda tecnología específica de la comunicación plantea un debate o, para ser más directo, un ocultamiento. Las personas disfrazadas de usuarios comunicándose a través de redes sociales forman parte de una idea de igualdad, de democracia performativa, donde todos somos eso: perfiles flotando en el limbo de un océano digital. Esa desterritorialización inicial que nos vuelve un contacto en una red de contactos invisiviliza los rasgos de clase social atomizando a la población, volviéndola un ejército de números, una audiencia, que queda lista para ser captada por otros contactos que son las empresas. Travestidos los roles en el mercado, el viejo y arcaico momento de la transacción queda supeditado a un intercambio de información, un mero acto de consumo. Es allí donde se pone en evidencia, como el resurgir de un ave fénix inmortal, la materialidad del usuario, es decir, la persona. En un mundo atomizado, el consumo es el momento que construye la identidad, reivindicando prácticas y costumbres culturales, agrupando en sectores sociales a las personas que parecían adormecidas por la luz tenue de la democratización tecnológica. Luz que también oculta a las grandes corporaciones detrás de una etiqueta vaciada: la tecnología.

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“¿Cómo va a crecer la economía si está conectada a infraestructuras del pasado que alcanzaron la cumbre de su productividad en los años noventa?” El que habla es Jeremy Rifkin en una entrevista con El País. Su planteo es concreto: según el sociólogo y economista, autor de El fin del trabajo (1995), estamos atravesando el nacimiento de una era postmercado con desempleo estructural y, a partir de la crisis del 2008 donde el petróleo alcanzó su precio máximo histórico, todo conlleva a replantearse la relación entre economía y tecnología. Para Rifkin, la economía colaborativa de Internet representa un “nuevo sistema económico, como lo fueron el capitalismo y el socialismo”, por eso piensa a futuro, divisa un mundo utópico con energía eólica desarrollada, autos sin conductores y ciudades verdes, y anuncia “el final de las energías fósiles”. Si finalmente todo es como dijo Michel Foucault, que la libertad es la condición ontológica de la ética, tenemos que divisar un futuro redentor. ¿Es posible? ¿Hacia dónde va la humanidad?

Puede que este momento histórico no sea otra cosa que un capitalismo nuevo, su última metamorfosis. La imagen podría ser esta: la sociedad en un tren a toda velocidad que se desliza por una nueva vía. Sus dos rieles: por un lado, un capitalismo frío y financiero que vuelve líquida e imperceptible las grandes fortunas, y por otro lado una democracia liberal que mantiene a rajatablas el modelo de propiedad privada. Firmes, los dos rieles están unidos por millares de traviesas que, siguiendo la metáfora, son la tecnología: el avance de la ciencia y las posibilidades del progreso. ¿Hacia dónde va la humanidad? ¡Ah! el truco de la sesuda predicción. Quizás saber hacia dónde vamos es lo de menos; quizás lo realmente importante sea jamás olvidar que en ese tren van personas, sujetos, nosotros, todos.

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