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Nada como la tranquilidad

Por Giovanny Jaramillo Rojas | Foto: Dahian Cifuentes

¡La puta madre! Dejé los libros de Benjamín. En mi mesa de noche deben estar bien. Idiota. El avión saldrá en dos horas. Es posible que mi madre vaya a casa en un momento y me los traiga. Señor, perdón, ¿es tan amable y me cuida el puesto? I’m sorry, I don´t speak spanish. Ok. Gringos de mierda. Uno va allá y sí o sí le toca hablar inglés y ellos vienen y ni se preocupan. Podría responderle pero no quiero. Simplemente no quiero volver a escuchar su voz. En fin. El celular. Claro. Aló, aló, hola madre, sí todo bien, hay mucha fila, no, no te preocupes que voy a tiempo. ¿Todavía estás ahí afuera? ¿Tan rápido? Ah no, sólo pensé que quizá podríamos habernos tomado otra foto, yo que sé, como para tenerla de recuerdo. No má, eso no quiere decir que te vaya a olvidar. Es un recuerdo. Sólo un recuerdo. Sí, sí, yo sé. Yo también. Apenas llegue te aviso. Seguro. Apenas llegue. Sin falta. No, no se me va a olvidar. Saludos a la abuela. Dale. Un beso. No fue capaz de esperar diez o quince minutos como hacen todos los familiares. Estoy hecho.

Juan, Juan, él me hace el favor. Seguro. Él descansa los miércoles  y se demora más prendiendo la moto que viniendo. Aló ¿Juan? Juan, necesito un favor. De vida o muerte. Sí, ya sé, pero todo bien. No sea así. Es traerme los libros de Benjamín. Pues al aeropuerto. En una hora está de vuelta. No se demora más ni menos. Son las diez menos cuarto. A las doce en punto sale el avión. Hágame el favor. No sé, se me olvidó. Sí, son importantes. ¿Qué importa eso? No. Es personal. Ábrase. Venga, hágame el favor. ¿Por qué es así? ¿Qué le cuesta? Después pídame todos los favores que quiera y verá. Sí, pero dos años se pasan volando. Nos vemos. Chao. Tengo que colgar. Faltón.

Señor, ¿para dónde viaja? A México. Motivo del viaje. Estudio. Ponga su dedo índice derecho acá. Buen viaje. Gracias. Benjamín me va a matar. Qué más da. Que me los manden por correo. Un correo debe ser carísimo. Pesan como tres kilos. Mierda. De lo único que me acuerdo es de todo lo que olvido. Baboso. Señores pasajeros les pedimos que presenten sus pases de abordar a nuestro personal y se dirijan  al avión.  Obvio, si no me olvidara de las cosas no tendría por qué demonios recordarlas. Señores pasajeros les pedimos que ajusten sus cinturones para el despegue. Sí, es obvio. Uno solo recuerda lo que olvida. El recuerdo es la parte más fundamental del olvido. Seguro. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Basta. No más. Benjamín no va a entender nada. Es ingeniero. Tendría que inventar una fórmula. A más A multiplicado por B menos C es igual a D. D de descuido. No, descuido no. Distracción me gusta más. Metámosle un tren a este asunto. Eso lo divertirá y evitará que se disguste. Un tren que va a tanta velocidad y choca de frente con otro que viene a la mitad de la velocidad. ¿A qué velocidad chocan? No. Mejor, ¿si un tren viaja a una velocidad constante de 72km/h por una carretera de 360 Km? ¿En cuánto tiempo llegará? Estúpido. Los trenes no andan por las carreteras, en las carreteras solo circulan vehículos. Vías. Son vías. Tengo que dividir la distancia y el tiempo y eso me da la velocidad. No. Simplemente no me alcanzó el tiempo. Olvidé los libros porque todo lo hice muy rápido y México queda lejos. No es un país vecino. Nada que ver. Qué creativo que soy para pensar payasadas y ridiculeces. En el momento, cuando tenga en frente a Benjamín, algo se me ocurrirá. Algo improvisaré.

Benjamín perdón. De verdad los iba a traer, los tenía listos y todo, como una prioridad, pero es que las idas y las vueltas y el tiempo y las maletas. Mucha cosa. De verdad. No fue mala voluntad. Soy un descabezado. ¿Me entiendes? No. No lo va a entender. Hace un mes que el paquete me lo llevó su hermano. Soy un marica. La última vez que hablamos le dije que todo bien. Que estaban listos en mi mesa de noche. Y era verdad. Es verdad. Pero se me olvidó. Sólo se me olvidó. Benjamín. Señores pasajeros recomendamos permanecer sentados porque entramos en zona de turbulencia. ¿Y si los libros no eran libros sino paqueticos rellenos de droga con forma de libros? Guiso de carne con arroz. Jugo de naranja con hielo. Gracias. Puedo decirle que los libros me los quitaron en la aduana. O mejor que en el avión me los refundieron y que la aerolínea no se responsabiliza por esas cosas. Señorita, ¿me puede dar más jugo por favor?

Voy a decirle la verdad. ¿Por qué temerle a la verdad? Simple descuido. Despiste básico y tradicional en momentos en los que uno tiene que acordarse de muchas cosas. Él me conoce. Pero una mentirita piadosa sirve de vez en cuando. Para uno no quedar tan mal. Benjamín me va a dejar quedar en su casa mientras consigo a dónde irme. Lo único que me pidió fue esos putos libros y yo como el reverendo imbécil que soy los dejé. Señores pasajeros les informamos que estamos arribando a la hermosa Ciudad de México. Por su seguridad recordamos que los cinturones deben estar abrochados y las sillas rectas. Qué fastidio, viajar en avión es peor que un paseo de jardín infantil: les recordamos que esto, les recordamos que aquello, les volvemos a recordar que… Estoy podrido de que me recuerden todo. Falta es que me recuerden que tengo que mear, que tengo que comer, que tengo que dormir. Benjamín, qué dolor de cabeza.

Gracias por viajar con nosotros. Bienvenidos al D.F. Temperatura ambiente 16°. Hora local 17 horas y 20 minutos. ¿Será que esos libros no se consiguen aquí? Yo he escuchado que aquí se mueve bastante el tema de los libros y las editoriales. ¿Y si eran álbumes de fotos familiares? ¿O sus diarios íntimos de la adolescencia? La cagué. La re cagué. Como por variar. Voy a decirle la verdad. Que se ponga como se tenga que poner. Me importa un culo. Ya fue.

¿Dirección a la que se dirige? Ermita Iztapalapa N° 2058. ¿Quién vive ahí? Mi amigo Benjamín. ¿Qué vienes a hacer? Estudiar. ¿Tienes carta de la universidad? Sí. A ver. Perfecto. Tres meses. Sí, está bien. ¿Sabes lo que tienes qué hacer para la residencia temporal? Sí. Mi amigo Benjamín me dijo. ¿Benjamín es colombiano? Sí. Tenemos mucha gente de Colombia. Sí, eso parece. Bienvenido a México. Gracias. Buena suerte. Gracias. Somos como una plaga. Más exactamente un virus, dice Benjamín, mi amigo, al que le corté cara y no le traje lo que mi pidió. ¿Cuánto valdrá un hotel? Debe haber baratos. Unos ocho días y listo, mientras me ubico y consigo una residencia estudiantil. Benjamín se va a emputar.

Hola Benjamín. Se me olvidó el encargo. Lo siento. Pero no te preocupes que de alguna manera lo mando traer. No. No. Perdón Benja, olvidé sobre mi mesa de noche los libros. Tampoco. Mejor dejaré que él pregunte y ahí, justo ahí, le digo. Lo que salga. La verdad quizá. La dolorosa verdad.

¿De Colombia verdad? Sí, señor, de Colombia. Una vez fui a Cartagena. Qué bueno, señor. Sí, muy lindo. Pero tienes que conocer las playas de Jalisco. Yo no soy de aquí. Yo nací en Barra de Navidad, un pueblito de Jalisco donde queda la mejor playa de México. Sí, señor, lo tendré en cuenta. Gracias. ¿Cómo te llamas? ¿Perdón? ¿Qué cuál es tu nombre? Benjamín. No, Benjamín no.  Carlos. ¿Carlos Benjamín? Que mezcla rara. Los nombres se prestan para todo. Yo me llamo Ramón José. Mucho gusto Benjamín. Benjamín no, me llamo Carlos. Carlos. Perdón. Te entiendo. A mí no me gusta que me llamen José. Es un nombre feo. Sí, entiendo. ¿Falta mucho? No. Unos minutos. ¿Por qué no te gusta Benjamín? No es que no me guste. Simplemente ese no es mi nombre. Mira, es ahí. Son 320 pesos. Tengo 20 dólares. Discúlpame José, olvidé cambiar en el aeropuerto. Ramón, me gusta más Ramón. Eso, Ramón. Está bien te recibo los dólares. Gracias, Ramón.

De ahora en adelante no me acordaré de nada. Y así tampoco tendría que olvidarme de todo. Que sea lo que tenga que ser. Benjamín no traje tus libros. Punto.

Hola Benja. ¿Qué tal el viaje? Bien, todo bien. ¿Estás bien? Sí. ¿En serio? Te veo como medio estresado. Sí, es cierto, no me gustan los vuelos largos. Eso es todo. Ok. Recién me escribió tu mamá para preguntar si ya habías llegado. ¿Y qué dijo? Pues que si habías llegado. ¿No dijo nada más? No. Que saludos. Tan linda mi mamá. Ah sí, también me dijo que le avisaras apenas llegaras. Ok. Que te acordara. Ok. Y me escribió Juan. ¿Juan? Sí. ¿Mi hermano? Sí. Y ¿para qué? Sólo me dijo que olvidaste mi paquete. Tremenda güeva. Sí, yo sé, se me olvidó. Juan sapo. Está bien. Me dijo que había sido responsabilidad de él. Que él había cambiado el paquete de lugar y que por eso tú lo olvidaste. Que tú lo tenías encima de tu mesa de noche. Sí, sí, sí, es verdad. Perdón. Todo está bien. No te excuses. Los hermanos la cagan todo el tiempo. Son unos trogloditas. Sí, son cosas que pasan. Pero mandaré traer el paquete. No, no pasa nada. Quédate tranquilo. Conozco alguien que viaja el mes que viene. No, Carlos, todo bien. Déjalo así. La semana pasada estuve en Guadalajara y traje mezcal. ¿Un trago? Bueno.

Estoy muy borracho. Es mientras te acostumbras. Al principio pega duro el trago. Y la comida en general es muy condimentada. Pero después no puedes vivir sin el picante y sin el tequila. Benja, te traje algo. Olvidé tu paquete. Pero te traje algo. Bueno, ahora me lo das. Benja. ¿Sí? ¿De qué eran los libros? ¿Cuáles libros? Los que tenía que traer. No  eran libros. ¿Entonces? ¿Qué era? Aguardiente mijo. Aguardiente que siempre envía mi hermano cuando alguien viene. Pero parecían libros. Él siempre envía un par de litros y dice que son libros porque nadie se niega a transportar libros mientras que el trago sí. ¿De verdad? No puedo creerlo. ¿Qué no puedes creer? Que haya sido justo eso. Fijo si te hubiera dicho que era aguardiente sí lo traías. Seguro, esas cosas no se olvidan. ¿No? Sí, esas son cosas imposibles de olvidar. Definitivamente uno sólo se acuerda de lo que olvida. Vea pues, qué inteligente. Inteligente no, borracho. Además es una obviedad. Carlos, ¿qué fue lo que me trajiste? Ah sí, mira. Prohibido reírse. ¡Aguardiente!

 

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