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Nubes

Por Andrés Pinotti

-A los veintitrés años no jugué más a la pelota porque me jodí los meniscos. Empecé a jugar al ping pong. Mientras me tomaba alguna copa jugaba un partido con alguno. Por desgracia empecé a tomar de muy joven. Pero igual hice muchas cosas en la vida. Lo mejor que hice fue mi hija. Después tuve otro hijo que se me murió a los seis años -dijo el viejo de pelo blanco.

-Qué se le va a hacer -dijo el cantinero sin sacar la vista del televisor que colgaba de un arnés en la pared.

-Y no se me murió, lo mataron. Que en paz descanse -dijo el viejo, y se puso el vaso en los labios y tomó un sorbo de cerveza. Frente a él, otro viejo aún más demacrado, de cara filosa y oscura, lo miraba fijo.

Faltaban diez minutos para las ocho de la noche. Todos los negocios del centro habían cerrado, no se veían autos en la calle. En la plaza principal había dos grupos de chicos con motos y bicicletas, todos tapados hasta la nariz con camperones y sentados en dos bancos que flanqueaban un gomero de raíces inmensas que se retorcían sobre la tierra. Uno de ellos se divertía haciendo tronar el caño de escape de su moto. Al rato tres muchachos se incorporaron de uno de los bancos que ocupaban, pusieron en marcha sus motos y se desperdigaron por distintas calles. Frente al bar quedó flotando una pesada nube de humo. De entre esa bruma brotó una persona que caminó en dirección al bar. Antes de abrir la puerta le dio una última pitada al cigarrillo, tiró la colilla y entró. Caminó entré las mesas, dio la vuelta a la barra y se detuvo junto al cantinero, las manos dentro de los bolsillos de la campera de jean. Era el dueño.

-¿Todo en orden?

-Sí –dijo el cantinero mientras en la pantalla seguía un avance de Racing.

Una ráfaga de viento helado abrió un poco la puerta y al bar entraron las risas de los muchachos que quedaban en la plaza.

-Lo mató mi mujer a mi hijo. La que era mi mujer –El viejo se terminó la cerveza del vaso y se metió unos maníes en la boca-. Le di la plata para el barco a Uruguay, fue a una fiesta al lado de la casa de la prima y el chico se murió de asma. Murió solo, en la casa. Dejó solo a un chico de seis años que estaba durmiendo para irse un rato de joda y lo mató, lo dejó morirse sólo y se enteró al rato, cuando volvió. Después ya era tarde. Me enteré a la semana, no me lo quería decir. Me llamó la atorranta de la prima. -Se quedó mirando el interior del vaso vacío-. Tendría que haber ido presa. ¿Cómo va a matar a un chico y no la meten presa?

El viejo de cara afilada y oscura lo miraba fijo como si estuviese atento a la charla. Pero estaba ausente de espíritu.

-Después de eso me separé y me casé dos veces más –continuó el viejo-. Con la última estuve diez años. Pero hijos nunca más, dejame de joder con los hijos.

El relator levantó la voz y anunció  el fin de la primera parte en Avellaneda, en el Estadio Presidente Perón. Racing 0, Newell´s  0.

-Hay que cerrar la caja –dijo el dueño del bar, que todavía tenía las manos dentro de la campera.

-Ya la cerré –dijo el cantinero.

-Pero hay gente todavía.

-No van a pedir nada más.

-¿Y vos cómo sabés que no van a pedir nada más?

-Porque los conozco.

El dueño del bar bufó con la nariz y movió la cabeza de un lado a otro. Miró a los viejos sentados en la mesa. Después dijo:

-Cuando termine el partido cerrá. Y acordate que mañana capaz caen estos tipos. Al Club Social le cayeron hoy. Dejame todo el papelerío a mano. No vaya a ser cosa que nos clausuren como la última vez por un papel de mierda.

-Te dejo la carpeta acá.

-Sí, dejá todo a mano, que no falte nada. Ahora me voy yendo, te veo mañana –dijo el dueño y enfiló hacía la puerta del bar. Cuando salió, se bajó el elástico de la campera hasta la parte baja de la cintura y cruzó la plaza.

-La vida es perra pero también tiene sus cosas lindas –dijo el viejo canoso mientras doblaba su cuerpo hacia un costado para meter la mano en un bolsillo trasero del pantalón. Sacó unos billetes arrugados y unas pocas monedas y colocó todo encima de la mesa. Después apoyó la espalda en el respaldo de la silla, se cruzó de brazos y se puso a mirar, forzando la vista, las mejores jugadas del primer tiempo-. Yo jugué en Alsina, en la canchita que estaba atrás de los monoblocks. Jugábamos con una camiseta azul con una franja ancha y amarilla en el pecho. Parecía la de Boca. Con dos muchachos amigos íbamos a jugar los sábados al mediodía, todavía medio mamados de la noche anterior. Una vez uno vomitó. Una vergüenza. Terminamos jugando con uno menos. No había ni suplentes. Maestro… -le dijo de pronto al cantinero.

El cantinero se dio vuelta.

-Otra cerveza –dijo el viejo.

-Ya cierro.

El viejo oscuro de cara afilada pareció salir del estado de ausencia y giró su cuerpo levemente. Le lanzó una mirada al cantinero.

En el Club Social estaban encendidas las luces del pool, las de la barra y otra luz de tenues tubos fluorescentes que se desparramaba sobre las mesas vacías. Los dos mozos estaban sentados en banquetas frente a la barra, donde por lo general se acomodaban los viajantes.

-¿Y cuánto llevás de casado? –dijo el mozo más joven.

-Treinta y dos años para treinta y tres.

-Una vida. Ya estás curado de espanto, Tito.

-…

-Con la flaquita dijimos de casarnos el año que viene. Vamos a ver cómo anda todo. Sin fiesta, sin nada. El civil y algo sencillo para la familia y listo.

-Qué ganas de complicarte.

El mozo joven se rió. Después dijo:

-Repetís lo mismo que mi viejo.

-¿Cómo anda tu viejo? Hace rato que no se lo ve.

-Está guardado, no sale mucho.

-¿Qué era que tenía?

-Cáncer de pulmón.

-…

-Quedó medio asustado. Ahora va de la casa al almacén y a ningún lado más. Tiene miedo de morirse en la calle.

La puerta corrediza del Club se abrió lenta, con un chirrido. Entraron los dos viejos que hasta hacía poco habían estado en el bar. El de cara afilada y oscura se ubicó en una mesa cercana al ventanal. El otro viejo les dijo buenas noches a los mozos y fue hasta el baño. El mozo más grande dio la vuelta y se ubicó detrás de la barra. Su compañero se quedó sentado en la banqueta, agarró el control remoto, apuntó al televisor y puso un noticiero. Racing 2, Newell´s 0. El viejo canoso salió del baño y terminó de cerrarse la bragueta en el transcurso del camino hasta la mesa. Miró al mozo más joven y dijo:

-¿Se puede pedir un vino o acá también cierran temprano? -se río fuerte.

-Pida, pida –dijo el mozo.

-Un tinto de la casa y maní.

-Cómo no –dijo el mozo joven y se bajó de la banqueta, dio la vuelta y buscó los vasos en la parte baja de la barra. El otro mozo sacó una botella de vino de una pequeña bodega de madera, con un cuchillo rompió el plástico que envolvía el pico, clavó el sacacorchos y lo empezó a enroscar con fuerza.

El viejo de cara afilada y oscura miraba a través del ventanal. Cuando colocaron el vaso frente a él estiró un brazo y lo dejó reposar sobre la mesa de madera. Jugó con un paquete de cigarrillos mientras contemplaba cómo el otro viejo le llenaba el vaso. No lo tocó. Giró la cabeza y reposó su mirada en la plaza desierta. Un muchacho entraba a la plaza y bajaba de una motito con una chica, cerca del busto de Florencio García, el fundador del pueblo.

-Antes sí que hacía frío. Ahora la escarcha ya ni se ve. Con todos los venenos que tiran hasta el tiempo han cambiado. Antes no alcanzaba con un pullover de lana. A la mañana temprano cuando íbamos a la escuela estaba todo congelado, blanco de escarcha –dijo el viejo canoso y tomó un trago despacio.

El otro viejo lo miró serio y después se separó con lentitud del respaldo de la silla y metió los dedos largos y oscuros adentro del paquete de cigarrillos. Sacó uno. Se lo puso en la boca y miró hacia la barra. Uno de los mozos lo vio y le hizo señas a su compañero para que se acercara a la mesa. El mozo joven se acercó rápidamente, buscó dentro del pantalón y le convidó fuego. El viejo aspiró, se sacó despacio el cigarro de la boca y puso los ojos en la plaza. De la nariz le bajó una nube gris y espesa de humo.

Durante casi una hora los viejos y los mozos estuvieron en silencio. Sólo se escuchó el susurro del televisor. Pasadas las once de la noche, el viejo canoso consultó su reloj, apuró el vaso de vino, corrió la silla para atrás y se levantó con dificultad, medio encorvado.

-Que la termine bien, Cardozo –saludó.

Y el viejo de cara afilada habló por primera vez:

-Buenas noches -dijo.

Después de cerrar la puerta corrediza el viejo canoso bajó los dos escalones y miró al cielo. Estaba despejado, sólo algunas nubes naranjas avanzaban hacia el lado de la estación sur. Se subió el cierre del abrigo hasta el mentón y enfiló hacia la plaza. Cuando estaba llegando a la mitad sintió ganas de orinar, así que buscó alguna planta que estuviera en un lugar oscuro. Se bajó el cierre de cara a un pino. Esperó un rato pero no pudo. Mientras se acomodaba el pantalón escuchó la voz de la chica. Pará, tarado. La chica estaba apoyada contra el busto de Florencio García y encima de ella había un muchacho que le llevaba una cabeza y media. Se besaban con pasión adolescente. Y de tanto en tanto él buscaba meter su mano por debajo de la campera de ella. Y otra vez: pará, te estoy diciendo, Martín. El viejo los miró un rato. Esperó a la tercera reacción de ella. Cuando el joven intentó nuevamente y la chica dijo basta, salí, el viejo se escapó de la oscuridad y fue directo hasta el busto de Florencio García. Se quedó inmóvil y los miró.

-¿Qué pasa, viejo? –dijo el muchacho.

La chica se alejó de los dos hombres y se subió a la moto. Llevame a mi casa, gritó. El viejo no le sacaba los ojos de encima al muchacho.

-Tomatelás, borrachín –dijo el muchacho y se rió y miró a la chica. Ella estaba seria.

-¿A quién le decís borracho? –dijo el viejo.

Y antes de que el joven respondiera el viejo se abalanzó sobre él, lo agarró del cuello y los dos se cayeron al piso. El viejo le quiso dar una trompada pero el joven fue más hábil y enseguida se recuperó. Hijo de puta, te voy a matar, dijo mientras se subía a la moto. Y luego de arrancar rápido se perdió por una calle. El viejo se quedó un instante arrodillado y se levantó con dificultad.  Se tocó la parte baja de la espalda y se fue caminando despacio a su casa.

Tardó quince minutos en llegar. Vivía en la primera manzana después de la circunvalación, sobre una calle de tierra. Su casa estaba a mitad de cuadra. El tilo que tenía a metros de la puerta tapaba la luz del único foco que colgaba a mitad de la calle, y hacía que se proyectara una sombra densa sobre la vereda. Cada vez que volvía de noche el viejo caminaba con cuidado antes de entrar, por miedo de no ver alguna raíz o una imperfección en el suelo y caerse. Ya en su casa prendió la luz y sintió el olor a encierro. Pateó una toalla sucia que estaba en el piso. Fue hasta la cocina y se dejó caer en una silla. Sobre la mesa había una tabla con migas de pan, un cuchillo y dos cuadrados secos y oscuros de mortadela. Con la punta del cuchillo el viejo hizo rodar uno de los cuadrados y después se incorporó y fue hasta su habitación, que daba a la calle. Se acostó así como estaba, sin siquiera encender la luz para desvestirse. Al cabo de unos minutos empezó a sentir frío y sed, mucha sed; pero la pesadez del sueño ya hacía efecto y prefirió quedarse quieto con las manos cruzadas sobre la panza, y dormir.

Había empezado a soñar con su padre, con los tomates que él mismo arrancaba de la quinta y metía adentro de un saco de arpillera, cuando de pronto escuchó los caños de escape y las risas del otro lado de la ventana. Abrió los ojos y agudizó el oído. La detonación de las patadas en la puerta de entrada lo sacaron de la somnolencia y entonces el viejo abandonó la cama y corrió instintivamente hacia la cocina, que seguía con la luz prendida. Se quedó quieto y escuchó cómo los jóvenes abrían a patadas la puerta y la persiana de madera de su habitación. Después el vidrio de la ventana de la habitación estalló y la mitad de un ladrillo rodó por la casa. Escuchó un gritó, risas y el estruendo de las motos saliendo a toda velocidad hacia la avenida de circunvalación. Hijos de puta, dijo el viejo, y fue hasta un cajón de la alacena y revolvió hasta encontrar una cuchilla vieja y oxidada. Le temblaba el pulso. Se asomó por el marco de la cocina y vio que la puerta de entrada estaba abierta. Caminó lento con la cuchilla en la mano y de repente tomó coraje y corrió hacia la vereda. No había nadie. Solamente oscuridad. Los jóvenes habían hecho estallar la cerradura de la puerta. Entonces el viejo entró a la casa y encendió todas las luces. Buscó tornillos, un destornillador y un martillo. Se puso una linterna en la boca y alumbró la cerradura. Trabajó un rato y después se puso a martillar. Martilló a puño firme durante algunos minutos. El viento trajo un insulto apagado de la vereda de enfrente, como si alguien hubiese gritado del otro lado de una persiana entreabierta. El viejo pensó que sería cerca de la medianoche, o tal vez más tarde. En un día de semana como ese la mayoría de los vecinos estarían durmiendo. Así que decidió dejar todo como estaba y terminar de arreglar los destrozos al otro día. Cuando estuvo adentro de su casa, todavía tenso, ingresó a la habitación y pisó pequeñas astillas de vidrio. Después cerró la persiana, ajustó las manijas con las mangas de una camisa vieja y entornó la ventana sin vidrio. Luego se metió adentro de la cama, debajo de dos frazadas gruesas. Se quedó quieto y pensó en las motos, en los jóvenes, en la chica. Estuvo así durante más de tres horas. De tanto en tanto abría los ojos y miraba la claridad que entraba por la persiana. Tendría que hacer la denuncia, estos hijos de puta van a volver, se dijo. Pensó también que primero sería mejor denunciar a ese muchacho que intentaba violar a la chica. Y recién después, al otro día, ir y decir que casualmente un grupo de gente joven había intentado destrozar su casa. Tenían que ir presos todos. Todos. De pronto, al notar que no iba a poder conciliar el sueño, se levantó y se metió una vez más en la cocina. Tomó un vaso de agua, agarró la radio que estaba en una alacena llena de tierra y se sentó a la mesa. Mientras iba pasando el dial por distintas estaciones acercó una oreja a la radio. Un locutor anunció las seis en punto de la madrugada y dijo que llovería todo el día y que en la ciudad de Buenos Aires ya habían empezado a caer las primeras gotas. El viejo se levantó, abrió la heladera, agarró una botella de vino y se tomó del pico el último sorbo que quedaba. Después se quedó parado en medio de la cocina y escuchó, afuera, el murmullo del viento en la copa de los árboles. Pensó que si en Buenos Aires ya estaba lloviendo, en unas horas las nubes se vendrían para este lado. Más tarde se daría una vuelta por el bar y después, claro, iría a la comisaría.

 

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