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Robledo y el cadáver

Por Sergio Fitte

Con la boca pastosa luego de dormir más de diez horas como consecuencia de la ingesta de una botella de caña, Robledo entró al lugar del crimen. Sus ojos algo nublados le impidieron detectar las huellas dactilares que relucían en la mesa colocada bajo la ventana. El hermoso óbito de ojos celestes, cintura de avispa, enormes pechos y un pubis algo ralo lo sobresaltaron por completo. Algo agitado por el esfuerzo de haber caminado a lo sumo tres minutos a paso acelerado el oficial limpió el sudor de su frente con un pañuelo infestado de secreciones nasales que le había regalado Clarita, su mujer; luego lo colocó de manera tal que cubriera la parte más hermosa de la desafortunada: su rostro.

“Clarita sí que es fea”, manifestó en voz alta mientras despegaba una de las secreciones que se había adherido cerca de su ceja derecha. Sin dejar de observar la deliciosa figura sin vida retrocedió dos pasos hasta depositar su enorme y fofo trasero sobre la mesa borrando por completo una prueba fundamental para poder resolver el enigmático caso. Por suerte la niña ya no lo miraba, por un momento sintió escapar de los sentimientos que su corazón marcaba.

Mientras admiraba el celular que mantenía con una de sus manos intentó recordar el número telefónico de la central de Policía sin obtener resultados satisfactorios. De mal humor se puso Robledo al notar que su cabeza podía almacenar el recuerdo de la fealdad de su mujer con facilidad y no hacer lo mismo con el número de la Central. “Mi cabeza se está atrofiando por la bebida”, pensó mientras se juramentaba no dejar nunca de beber. Con insistencia marcó el ciento diez, luego de varios minutos de espera una sensual voz de computadora femenina lo interrogaba. Robledo buscó por todos los medios seducir a la cordial e inerte señorita, de todos modos ésta mantuvo su castidad hasta un punto inimaginable para alguien que se encuentra detrás del sistema eléctrico. Solo obtuvo como recompensa a su insistencia el bendito número de la Central de Policía. Se alegró momentáneamente al notar que su cerebro guardaba con comodidad los nueve dígitos dictados por la sensual voz femenina. “El sistema eléctrico es el segundo gran invento que ha realizado el hombre”, se dijo mientras movía la cabeza para ambos lados.

El óbito tan blanco y puro observaba con sus ojos celestes ciegos, grandes como nuez, disimulados debajo del pañuelo, todos los movimientos del oficial Robledo. Del otro lado de la línea aullaba la famélica voz del Mayor de Jefatura.

– Disculpe Mayor, con todo respeto, ¿usted ha querido burlarse de mí?
– Por el amor de Dios Robledo, qué está diciendo.
– Sabe qué pasa. Lo que pasa es que me mandaron a buscar o a ver que había en el vestuario de la cancha de Atlanta y resulta que no hay nada. Ahora yo me tengo que ir a Mataderos y cuánto me pierdo de tiempo. Tengo que ir a ver una vieja que se acaba de tragar un pájaro hace tres días- disimulaba Robledo mientras jugueteaba con los rizados cabellos de la jovencita.
– Pero cómo que no hay nada si tuvimos una denuncia de homicidio.
– Mayor, ¿quiere venir usted a realizar la requisa?- gritó Robledo mientras con ternura acariciaba uno de los rozados cachetes de la joven.
– Disculpe por el error- manifestó algo compungido el mayor- pero… ¡cómo al tema de la tragada del pájaro no la atendió Massa!
– Qué sé yo. La cosa es que tengo que ir hasta Mataderos de lo contrario el bicho le va a hacer un nido en las tripas a la vieja.
– Ja, ja, ja- respondió algo consternado el Mayor.

Acto seguido se escondió detrás del característico tu tu que realizan los teléfonos cuando se corta la comunicación, pero en este caso él era quien realizaba el sonido. Robledo conocía el ruido que solía emitir su superior y colgó pensando nuevamente en la fealdad de su mujer.

Una vez más observó con detenimiento la habitación y solo encontró una gran bolsa de consorcio. Además de la hermosa señorita que lo continuaba mirando con sus preciosos ojos azules. Este caso es imposible de resolver, hay que cortar por lo sano pensó. Midió el cuerpo, el tamaño era perfecto. Colocó la niña sobre el plástico y contempló sus redondeces por algunos minutos sin atreverse a tocarlos. Algo acalorado logró incorporarse. Introdujo el cuerpo en la bolsa y la cargó en los hombros. Era obvio, había que sacar el cuerpo de aquel lugar de otra manera podría ser sancionado como cuando tuvo que esclarecer la muerte de Masanes; el hecho se parecía bastante a este, salvo que Masanes era largamente un hombre por lo visto al observar el cuerpo, y ahora estaba frente a una mujer con todas las letras. La falta de pruebas sumado al desprolijo accionar lo habían llevado a tener que purgar una condena agradable; pero claro, en la localidad de Chapaleofú, a quince kilómetros de Corrientes, lugar al cual debió llegarse luego de tener un encontronazo con un grupo de abejas hambrientas. No estaba dispuesto a volver a soportar lo mismo.

Caminó lentamente hasta la parada del treinta y seis cargando con sumo cuidado a su doncella. Solicitó boleto hasta Mataderos, luego de introducir la última moneda en el aparato que da el boleto, recordó que era policía y se encontraba exento de realizar tal erogación. Se maldijo y volvió a achacarle a la bebida su cuota de responsabilidad en lo que le había ocurrido, de todas maneras su cerebro le dictaba: no dejarás de beber, no dejarás de beber. Realizó un gesto como para espantar los malos pensamientos y como por arte de magia desaparecieron. Transcurridas varias cuadras bajó en la calle Baigorriti. Caminó en dirección de la casa de la vieja. Al llegar junto a la puerta que informaba Ayacucho tres tres cuatro golpeó con fuerza.

Lo que dijo ser el marido de la vieja le abrió la entrada. En el fondo descansaba una anciana con la boca entreabierta. Sobre su cabeza cuatro urracas revoloteaban alegremente.

-En realidad todo fue tan de golpe que casi no nos dimos cuenta. Y pensar que las urracas comenzaron realizando solo una inspección en la cavidad bucal de mi querida y ahora parece que han llegado para quedarse- balbuceaba lo que dijo ser el marido de la vieja.

Robledo volvía a mover la cabeza mientras depositaba la bolsa de consorcio sobre una silla de roble con una mano y con la otra se masajeaba un sector de la espalda. Colocó la diestra dentro de su guante verde y se acercó a la vieja que a cada momento abría más y más su boca. Con la actitud de los grandes metió la mano dentro de la vieja y palpó su cavidad. Ante la pregunta inevitable de lo que se dijo marido de la vieja, de manera inesperada Robledo, sonriendo nerviosamente, indicó que las aves ya habían puesto sus huevos y que nada quedaba por hacer. Su interrogador se descompuso de los nervios. Robledo tomó entre sus manos el bulto que lo venía acompañando desde la cancha de Atlanta y se alejó del lugar.

Caminadas dos cuadras divisó una discoteca de onda, miró el contenido de la bolsa de consorcio mientras creía estar recibiendo mentalmente los recuerdos de la fealdad de alguien en especial. Hizo la cola para ingresar, el estrecho pasillo le dificultó algo su desplazamiento puesto que era complicado sortearlo de a dos. Una vez adentro pidió un whisky y un guindado, hacía mucho tiempo que, por culpa del trabajo no pasaba una verdadera noche de diversión. Acomodó a su acompañante junto a su lado, lentamente fue quitando la bolsa pero solo hasta los hombros, tampoco era cosa de hacer demasiado alarde. Las luces del lugar la favorecían a ella. Una vibración en la cintura le dio a entender a Robledo que alguien lo llamaba al celular. El visor transcribía el número de la Jefatura que no tuvo inconveniente en recordar. Con una sonrisa en los labios le hizo una señal al mozo para que le acercara otro whisky.

 

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