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Volver a casa

Por Sergio Fitte

Comenzar a volver a casa. Hoy por hoy una de las cosas que más placer me producen. No reniego del laburo que tengo, pero la incertidumbre de los horarios y en definitiva de los días laborables es todo un tema. De pura casualidad terminé manejando este camión de mediano porte. Recuerdo que hasta fui abogado aunque a eso habría que revisarlo si no fue en otra vida. De todas maneras la tarjeta de la matrícula vencida desde hace casi siete años descansa tranquila en el fondo de la guantera y de tanto en tanto me da una manito, mostrando un destello de lo que en algún tiempo atrás fue. Ir dejando atrás los caminos me otorga una cuota de poder que en mi soledad de camionero full time me infla el pecho, y me hace sentir como un superhéroe.

Al revés de lo que se podría pensar, siempre tardo menos tiempo en realizar el viaje de regreso. El de ida me da como una especie de pachorra. Como si lo hiciese de compromiso, sin ganas. Cosa que puede ser. Yo sé más o menos qué es lo que transporto y no puedo estar orgulloso de lo que llevo. Igual qué le voy a hacer, uno es un poco víctima de las circunstancias que le toca vivir y con el correr de los años se la va arreglando como mejor le sale. Podría haber sido fiscal, abogado de la policía y no sé cuantas otras cosas más. No logré adaptarme a ninguna de esas actividades. Mi sistema nervioso, un tanto agresivo en alguna oportunidad me jugó en contra. Qué querés que le haga. Al menos en esta actividad me he acostumbrado y con óptimo resultado a la mitad del trabajo. Al de volver.

Por lo general tengo que mentirle a mis superiores con el registro de horarios y decirles que estoy a 100 km. de la ciudad cuando en verdad ya estoy en casa jugando con los niños. En este trabajo la mentira suele ser al revés.

El solo hecho de ver la punta del primer edificio que visualiza desde la curva de Galloso me trae una catarata de imágenes instantáneas a la cabeza. En este recorrido es inevitable, creo que le debe pasar a todo el mundo, ver al costado derecho de la ruta, como quien entra a la ciudad, el enorme monolito que le construyó la familia al recordado Alfonso Galloso, el hombre más rico que ha existido nunca en la ciudad y seguramente que existirá. El hecho. Hará unos 14 años, yo todavía era chico, se produjo en esa curva que hasta ese entonces no tenía nombre, el deceso del recordado Alfonso mientras regresaba de su exitosa gira por Centroamérica dando sus memorables recitales de baladas amorosas. A todo esto Alfonso ya era millonario, había firmado grandes contratos con compañías discográficas internacionales, quienes a la larga y producto de su muerte inesperada, se quedaron con todas las regalías que produjeron la difusión de sus canciones. La familia fue quedando a un lado y finalmente se conformaron con tener que firmar un acuerdo por muchísima menos plata de la que le hubiese correspondido, pero era eso o nada, les había advertido su asesor letrado. Casualmente el mencionado asesor se mudó a la Capital Federal donde compró una docena de departamentos y nunca volvió a la ciudad que lo vio nacer, ni siquiera cuando fallecieron sus padres. Por último y para hacerla corta, los Gallosos terminaron comprando un puñado de camiones para transportar algo que no se sabe bien qué es, aunque yo algo intuyo, y uno de esos camiones es éste, el que yo vengo manejando desde hace unos 1200 kilómetros.

Pero todo eso no importa, porque rápidamente esa imagen lúgubre desaparece y es reemplazada por otra, la que más me entusiasma y me hace galopar el corazón. Los nenes. Qué estarán haciendo. Tendrán tantas ganas de verme como yo a ellos. La chiquita seguro que me va a decir que no y va a estar mintiendo, pero el nene me va a decir que me extrañó mucho y que si quiero jugar a la pelota. Como siempre, aunque esté muerto, voy a jugar y a perder 5 a 0, su resultado favorito. Claro que también va a estar ella. Mí mujer. Qué le vamos a hacer, todo no se puede. Un hola qué tal y listo. Creo que puedo aguantar casi cualquier cosa con tal de tener a esos dos pequeñitos cerca o arriba mío si es necesario.

Quién lo hubiera adivinado, después de todas las que pasamos, es como si se hubiese creado un velo infranqueable entre los dos. Pensar que en alguna época remota poníamos el reloj a las cinco de la mañana para poder matarnos en la cama dos horitas antes de levantarnos; el mismo reloj que hoy solo me despierta para mandarme a laburar. Ahora, si te he visto no me acuerdo y si tenés insomnio andate a la otra pieza. Yo sé que ella sabe que no nos soportamos, lo nota. De qué manera no habría de hacerlo. Pero ambos mantenemos un pacto tácito de silencio que nos permite continuar con esto de la mejor manera posible. Igual, para filósofo no nací, por lo tanto me chupa un huevo y la mitad del otro. Mientras tenga a los nenes conmigo que se vaya todo al carajo.

Cuando distingo la punta del edificio de Gendarmería desde acá, la curva de Galloso, me lo imagino como algo enorme, importante y después cuando lo tengo encima, paradito a escasos metros, me cuesta creer que sea el mismo que se ve desde la ruta. Me da pena contemplarlo de tan cerca, todo descascarado, escondiendo todo el pasado de atrocidades que se cometieron puertas adentro, pobres ladrillos las cosas que habrán visto. Lo que hacen las distancias.   

La curva de Galloso es hacia la izquierda. Después viene la estación de servicio abandonada, que luego se convirtió en un vivero, luego abandonado, que luego se convirtió en un lugar para comer picadas camperas, luego abandonado. En momentos como este me parece que todo y todos estamos abandonados. Que todo es la nada misma y nada tiene sentido.

Por suerte están los nenes.

Ahora está la caminera. No pasa nada. Me conocen de antes. De mi otra vida. De cuando era abogado y andaba de traje y corbata. Más de uno de esos que andan por ahí haciéndose los cocoritos me deben la vida o casi. La rotondita y en unas 15 cuadras estoy estacionado frente a la puerta de mi casa. Porque a la vuelta larga, la reglamentaria del transporte pesado digamos, no la hago ni loco. Que se rompa todo el asfalto, total, si se rompe lo mismo. Al intendente lo putean igual y todo sigue. Listo ya está. Las cuatro y media de la tarde justitas. Le gané casi dos horas al tiempo. Cuando esté en horario doy el parte de que estoy en la ciudad y listo. Lo que me cuesta bajar del camión. Cómo me duele la cintura. El partido de fútbol va a ser doloroso, menos mal que tengo que perder 5 a 0 y no ganar 3 a 1, eso sí me complicaría aun más.

Qué silencio viene del lado de adentro de la casa. A lo mejor están durmiendo los chiquitos.

-¡Coquito! ¡Tatita! ¡Hola, hola! -y más fuerte- ¡¡¡Hola!!!

Qué silencio. Qué mierda es el silencio a veces. Raro que no haya nadie. ¿Raro? Cómo puede ser que en esta casa no halla nadie, pienso.

Dónde quedaba el baño. Tanto hace que me fui. Me recontra meo. Mirá la tanguita que colgó de la canilla de la ducha. Qué ganas de ponerla. Cómo me sigue calentando, de a ratos, cuando pasan un par de días que no la veo. Pero tranquilo, no me tengo que excitar, no me tengo que excitar. Si me excito meo todo afuera.  A ver, al menos tendría que haber una nota o algo arriba de la mesa, de la mesada o donde mierda fuera. Qué yegua. Si le habré dicho veces que me informe donde se mete. Lo hace a propósito de mala leche nomás. Para alejarme de los chicos. Los debe tener paseando sin rumbo, solo para perder el tiempo. Si no fuera por ellos bien lejos que estaría de esta atorranta ahora mismo. Y quedate tranquilo que ella de mí también. La cantidad de horas que le metí pata en la ruta para ganarme un rato más con los nenes y ella se los llevó. ¡¡¡Se los llevó!!! Pero dónde. A lo mejor no vuelve hasta la noche, la desalmada. Igual no va a lograr que me quede encerrado dentro de estas cuatro paredes mortificándome.

Listo, ya lo decidí. Me voy a tomar unas cervezas con los muchachos al bar de la esquina. Escribo. “Estoy en la esquina con los chicos, si se te canta avisame cuando regreses. Lo digo por los nenes, así los veo un rato antes de que se acuesten, no te vayas a creer que estoy insinuando otra cosa. Acordate que en dos días me voy por dos semanas al sur. P/D: yo no vivo de vacaciones.”

Antes me peino un poco. La verdad que no se si será el efecto de las luces de este baño o qué, pero el espejo me devuelve un muy buen semblante. Escuchame semblante: que las cervezas no sean más de dos. Tenés que descansar bien, las dos semanas que vienen van a ser bravas. Ahora sí, a tomar algo.

Mirá con qué me encuentro. La señora leyendo mi nota. Ni la escuché entrar. El nene tomado de su mano. Fijate en el poder de mi palabra.

-¡¡¡Coquito, mi amor!!!

Qué te dije, se transforma en un rayo. Me agacho para abrazarlo. Se cuelga de mis hombros. Más fuerte de lo acostumbrado. Lo miro a los ojos antes de besarlo en la frente. No articula palabra. Parece a punto de llorar. Me da la sensación de que algo no anda bien. Entonces pregunto.

-¿Y la nena?

La miro a ella. No puedo determinar la distancia que nos separa. Son kilómetros y kilómetros de sinsabores. De tiempo. De vida. Cuándo fue que pasó todo, dónde estaba. Pero allí está, sigue parada, como cuando la sorprendí al salir del baño. Pensar que estaba entusiasmado con ver a mis amigos y compartir una cerveza charlando de cualquier cosa. El tiempo va y viene. Pasa y no pasa. Mientras, allí está ella. Sigue parada. Como cuando la sorprendí al salir del baño. Una lágrima se le escapa del ojo que ya no resiste la presión y comienza a recorrerle la mejilla. Viaja por su piel hasta desprenderse. Inicia un recorrido aéreo. Eterno. Tardará un millón de años antes de tocar el suelo. Y para cuando eso ocurra ella aun todavía no habrá dicho nada.

Entonces el tiempo vuelve atrás. Ella está parada en el mismo lugar que ahora. Llorando también. En silencio. Raro, porque veníamos de comprar ropa para la criatura que ella llevaba en la panza desde hacía casi ocho meses y la mantenía tan feliz. Hasta ese momento. Te duele, mi amor, te duele. Sentate, calmate, a lo mejor tanto caminar…ella que no, que no, que no le duele nada, pero que me tiene que decir algo y que el que me tengo que sentar y calmar soy yo. Habló durante escasos dos minutos: que una fiesta el día que yo me tuve que ir de raje con el camión; que un ex novio; que se habían mamado y se empezaron a dar besos en joda y se terminaron calentando y terminaron garchando de parados en la plaza y que un amigo en común los había visto y que ya no podía mirarlo a la cara cada vez que nos juntábamos a comer, pero por nada del mundo me iba a decir jamás de quien se trataba. Y para terminar, que tenía una angustia. Y que el hijo que esperaba no era mío.

El maldito tiempo que no cierra ninguna herida haría que yo le dijese Coquito, lo amara como a nada en el mundo y luego me regalara la nena, la mía. La que no está de su mano cuando entra de la calle regresando de vaya uno a saber donde. Con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas que le dificultan la lectura de la nota que le acabo de dejar sobre la mesada, porque yo sí pienso en ella cuando me estoy por ir de la casa.

Espero que hable. Aun no lo hace.

Pienso que lo que va a decir esta vez es mucho peor que lo que acabo de recordar.

 

 

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