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29-08-2016 Ficciones

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Por Enrique Balbo

Cuando conocí a Suedenborg, en la única tienda de cafés y envasados selectos del barrio, experimenté una sensación doble. Primero se me antojó que un hombre de su envergadura no tenía cabida en un recinto tan preciso y aromático (Suedenborg mediría, exceptuando el sombrero, cerca de los dos metros y su espalda era tan ancha como el expositor de mieles y tisanas); y segundo me pareció haberlo visto en otro sitio, ahora lejano, que ese día no quise recordar.

Distraídamente, mientras la dependienta molía mi semanal cuarto kilo de supremo de Colombia lavado, observé la compra del hombre: una lata ínfima, de apenas veinticinco gramos, de Prince of Wales en hebras de la casa Twingings de Londres, un paquete en grano fino del Pure Kona Extra Fancy de Hawai, cien gramos de malta sin tamizar, ciento cincuenta gramos  de Milds colombiano, variedad Excelso y doscientos gramos de Blue Mountain Jamaicano. Un hombre exquisito, exquisito y rico pensé, en tanto la dependienta alistaba los paquetes y se preocupaba por ignorarme. Miré mi café que ya estaba molido, dispuesto en el envase para recibir el precinto, pero no me atreví a decir nada.

Todo menos éste, por favor, dijo el hombre cuando la dependienta cortó el papel para el envoltorio. Apartó el Blue Mountain del resto y lo colocó frente a mí, en el mostrador y casi entre mis manos.

El jamaicano es para el señor, exclamó con amabilidad. El acto me confundió, ese pequeño prisma de café costaba una suma que yo no podía permitirme [1].

¿Nos conocemos?, pregunté.

Soy  Suedenborg, respondió extendiéndome la mano, y vivo encima de su casa. Somos vecinos, habito el ático…

Volví a desconcertarme, en casi un año que llevaba en el barrio nunca me había cruzado con él. Mucho gusto, atiné a decir, pero no puedo aceptarle el café, es un regalo muy caro y además no tengo como molerlo, completé avergonzado.

Entonces lo espero el sábado a las seis, yo tengo un molinillo holandés de muelas planas. Suba con el Blue Mountain, sea puntual.

Salió del local y tuvo que encoger su inmenso cuerpo para atravesar la puerta, no me dio tiempo a ofrecerle mi compañía hasta la casa. La dependienta me entregó los dos paquetes de café con una sonrisa. Un buen amigo, me dijo y cavilé que rara habilidad tendría  Suedenborg para con tan pocas palabras seducirnos a los dos, y lograr una confianza que no se desvaneció sino que empecé a contar con ansiedad los días que faltaban hasta el sábado.

Nuestro barrio es modesto, de casas bajas desconchadas y aceras estrechas. Decidimos el alquiler con mi mujer porque a los dos nos agradan los edificios grandes, antiguos y silenciosos. La calle es arbolada y arroja en los tórridos y húmedos veranos de esta ciudad, unas sombras profusas. Viven aquí, en su mayoría, ancianos y algunos artistas gracias al módico precio de los pisos. En nuestra finca somos sólo cinco vecinos, a dos pisos por planta y un último, el ático de Suedenborg. Data la construcción de 1876, así lo anuncia el acceso en un esculpido en piedra del dintel: Berlín. 1876. Siempre me he preguntado que significará el Berlín, no es el nombre de la calle (2) y ninguno de los edificios vecinos cuenta con este topónimo o similar, sí con la fecha pertinente a su ejecución.

El sábado, ese primer sábado, emprendí la escalera rumbo al ático de Suedenborg. Reconozco que en los días previos tuve la tentación de hurgar la escalera, pero sólo me remití a observarla cada vez que entraba y salía de mi casa.

Su enorme cuerpo me esperaba en el vano a las seis en punto. Me invitó a pasar y nos sentamos en el salón.

Celebro que haya venido, me dijo mostrándome la palma de la mano, donde adiviné que debía depositar el paquete de Blue Mountain al que me aferraba no sé si por avaricia o temeridad. Regreso enseguida, afirmó condescendiente levantando las cejas. Recorrí con la vista el entorno: el salón era espacioso, con una luz proveniente de un único ventanal que lindaba a una terraza, donde vi una cantidad de plantas muy verdes; los suelos y casi toda la habitación eran de madera; no había más que dos sillones y una mesa redonda, ni cuadros en las paredes, ni fotos en sus marcos, ni telas y cortinados.

Suedenborg regresó al rato con la cafetera y dos pequeñas tazas de porcelana que inundaron el modesto salón con el aroma del jamaicano. Al beber la segunda taza me relajé; confieso lo que el lector ya habrá supuesto: un miedo extraño, un temor animal basado en la ignorancia me tenía aplastado y me había impedido el trato. Supe entonces que  Suedenborg era médico y su especialidad había sido la siquiatría, pero ahora se hallaba retirado. Esa primera tarde hablamos con cautela, él se centró primero en el café, en cómo creía que debía prepararse, con qué instrumentos y temperatura, y cuánto debía beberse diariamente. El tema nos cabía a los dos perfectamente. Luego se refirió a los cambios que había sufrido la ciudad en todos estos años, pero se alegró que el barrio permaneciera casi intacto. Conversamos durante horas, hacia la noche me vi obligado a despedirme. En la puerta no me estrechó la mano para augurar futuras visitas, pero como el acto no le bastó me entregó otro paquete de Blue Mountain, me dijo que hubiera sido de mal gusto devolverme un paquete que estaba casi acabado. Si puede, lo espero el sábado próximo, a las seis. Y el café lo invito yo, amenazó mientras cerraba la puerta.

Los sábados se sucedieron, no me atreví a contarlos ni el número de veces que debí subir esa escalera hasta el ático. Suedenborg empezó a convertirse en alguien providencial para mí, en una suerte de báculo de cálida paciencia. Yo aguardaba cada semana la llegada del  sábado y las seis de la tarde y en uno de esos días me atreví y subí con un manuscrito bajo el brazo. Se lo entregué antes de despedirme y pasé momentos de verdadera incertidumbre hasta conocer el veredicto. El acto favoreció nuestra amistad y enriqueció nuestras conversaciones. Pronto comprendí que  Suedenborg no dominaba sólo el arte del café, las plantas y la siquiatría; era un hombre versado en numerosas disciplinas. Me habló del movimiento modernista de la ciudad, detalló sus desprecios a la novela y su amor al cuento, habló con causa de urbanismo, geografía, idiomas y religiones. Inició, gracias a mi escrito pobre y titubeante, algo que resultó videncial: empezó a prestarme sus libros y algunos de ellos, que yo desconocía por completo, se hicieron (ay) indispensables a mi formación y objetos de consulta permanente. También -lo reconozco- he usufructuado a Suedenborg para expresarle mis desdichas: la delicada salud de mi mujer, mi escasez de relaciones sociales, el tedio por un trabajo que me hace compartir las horas con un grupo de primitivos, mi aversión a la ciudad y sus rumores inacabables. Pero, sobre todo, siempre me he preguntado qué encuentra en mí para escucharme, me trata como a  su igual cuando la diferencia cultural es tan acusada como nuestra edad. Años luz separan sus conocimientos de los míos.

Así, cada sábado se ha vuelto bálsamo y sólo tenemos que interrumpirlos en verano cuando, por indicación del médico, llevo a mi mujer a pasear por los muelles y tomar el aire fresco del mar. La humedad de la ciudad y la polución de las fábricas afectan a sus pulmones, el frescor de los malecones y el trabajo de los pescadores en la distancia a veces parecen mejorar su débil salud. Disfruto viendo en sus ojos cómo la vida se expande por su cuerpo y el aire salado le aminora los estertores.

Una tarde, mientras disfrutábamos con Suedenborg una selección de tés negros de la China y un estupendo tabaco belga, animé la confesión. Jamás había referido a nadie el suceso, ni siquiera a la mujer que yo tanto amaba. Tampoco me lo propuse, recuerdo que las palabras salieron desde mi estómago, se entrecortaron al principio pero luego lograron un ritmo de calma y fluidez. Le dije que había matado a un hombre. Narré los hechos, le conté la pelea, por qué intervine en un asunto que no era el mío, por qué entré, aquella noche, en un bar que aún hoy me persigue. Y la desdicha del pensamiento: admití que en un momento del forcejeo me dije que si conseguía quitarle el cuchillo lo usaría para matarlo. Le expliqué los juicios que tuve que soportar, juicios que acabaron por absolverme; los interminables trámites y gestiones, los interrogatorios, los testigos. Le dije que soñaba con el cuchillo, no con el muerto, y que el pensamiento, la amenaza que me vi obligado a cumplir, me asaltaba por las noches. Le transmití mis fuertes deseos de escaparme, de irme a vivir al campo, solo y alejado de las urbes para siempre.

Cuando acabé, el doctor Suedenborg se recostó en el sillón y estiró las piernas. Bien, dijo, yo también quiero confesarle algo. He estado en Saturno, voy cada semana, normalmente los viernes, aunque allí los días no son como aquí los conocemos. Me habló de los seres que allí moran; de un río que no contiene aguas sino un fluido denso y verde que permite navegar con barcas abanderadas que levitan; me dijo que hay muchos soles y uno que todo lo oscurece; me dio detalles de los cielos, de las tierras, de las casas como pagodas de colores; de animales como tapices; de la puerta de la muerte y la escalera de la vida. Me explicó que allí no existe el alma única, allí habitan los dioses que huyeron de la tierra y que regresarán cuando el hombre crea. Así habló durante un tiempo que no pude medir, no supe cuantos detalles iba a poder retener con mi memoria tan falible. No perdió el hilo de la descripción, ni el modo de acentuar las frases, no buscó sorprenderme, habló como si no estuviera.

Cuando terminó, y supe que acaso se habría guardado miles de detalles y situaciones que iban a perderse para siempre, produjo un silencio contagioso. Ya es tarde, dijo finalmente, no deje a su mujer sola, necesita de usted, aconsejó mientras me indicaba el camino hacia la puerta. Antes de que emprendiera los peldaños escaleras abajo me regaló su molinillo holandés de muelas planas, y arriesgó que cuando quisiera podía acompañarlo a Saturno.

Esa semana fue la más larga de mi vida, el sábado parecía no querer llegar nunca. Medité sus palabras y la cabeza me ardía, sin embargo procuré no olvidar mis actividades. El trabajo se me hizo aún más pesado pero, en el transcurso de los días, las palabras y el relato de Suedenborg me ayudaron. Con mi mujer nada cambió, el amor que yo sentía por ella se vio inalterado e incluso creo que a partir de ese día la amé más que nunca, y me esforcé en su cuidado con una sensación de liviandad. Creo, no estoy seguro de ello, pero me pareció que mejoraba y que ya no respiraba con tanta dificultad.

Pero un día, más exactamente ese viernes, todo cambió. Un hombre se presentó ante mi puerta; iba bien vestido y portaba una sonrisa permanente. Se identificó como el ayudante del administrador de la finca, expresó no sé qué problema con la cisterna, preguntándome si yo tenía la llave para acceder a la terraza. Sentí, debo decirlo, un golpe de celos porque alguien iba a invadir el espacio de Suedenborg que yo creía destinado sólo para mí.

Bueno, respondí en un esfuerzo evaluando la visita, yo no tengo la llave pero desde el ático del doctor Suedenborg, desde el salón, usted puede acceder a la terraza. Luego, supongo, tendrá que eludir el muro y así arribará a la cisterna.

¿El doctor Suedenborg?, preguntó el hombre un tanto perplejo.

Sí, insistí, es una persona muy amable y vive aquí encima, en el ático. ¿El ático?, volvió a preguntar, esta vez mirándome con ciertas dudas y ladeando la cabeza. Sí, el ático, desde allí… Señor, me interrumpió y ahora con una piedad manifiesta, el suyo es el último piso, no hay en esta finca ningún ático. La afirmación me enfureció; dejé la puerta sin decir palabra y corrí por las escaleras hacia arriba, decidido a resolver la ignominia a la que aquel extraño me sometía. Cuando arribé al rellano una multitud de imágenes se sucedieron ante mis ojos. Una puerta, una puerta profundamente obscena, de chapa y colocada en sus uniones a la pared con brutales golpes de mortero, comunicaba la escalera directamente con la terraza. La puerta ofendía toda la estructura noble y adusta del edificio y todas mis vivencias.

El hombre se despidió, bajó apresurado las escaleras y me pareció oírle que iba en busca de un cerrajero. Permanecí de espaldas a la escalera, con la vista clavada en la puerta. Luego, al oír que el hombre cerraba la puerta de acceso y ganaba la calle [2], me volví. Miré el hueco de la escalera y aunque eran sólo dos plantas vi un abismo infinito y oscuro que acababa de abrirse para mí.

El suceso, más la muerte de mi mujer en pocos meses más, aceleraron mi ida al campo. Adquirí a plazos por un precio irrisorio y ante la sorpresa del vendedor, unas hectáreas en la montaña. No había luz ni agua, sólo una pequeña pero acogedora cabaña de piedra de apenas veinte metros cuadrados, que me tocó reconstruir dado su abandono. Después las tierras me fueron diciendo por dónde debía continuar y con el tiempo tuve un pozo y las primeras construcciones que yo mismo diseñé y ejecuté. Fueron tiempos duros e infelices. Conseguí publicar algunos relatos, todos muy breves y algo dilatados, pero aquí se puede vivir con poca cosa. Pienso, a veces, en  Suedenborg y en el ático de Berlín. Creo que me acompaña cada vez que acciono el molinillo y los granos suenan dentro de la caja y esparcen el aroma entre estas piedras milenarias. Lo de mi mujer, sus ojos, su piel y, en definitiva su pérdida, no la he podido superar. Me pesa tanto no tenerla que a veces, en la soledad de la montaña y en el ruido del viento entre los árboles, creo que me contempla con sus ojos, esos ojos que mirando el mar y las barcas se llenaban de vida.

 

[1] El Blue Mountain procede de Jamaica, más precisamente de la Martinica. Se cultiva en las llamadas Montañas Azules a unos doscientos metros sobre el nivel del mar. Reúne unas condiciones únicas; perfumado, exquisito en aroma y gusto de chocolate, gran cuerpo y fina acidez. Es el café más caro del mundo.

[2] Por razones que pronto se verán he decidido omitir el nombre de la calle y el barrio. La ciudad puede intuirse.

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