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Esa cosa no es mi hijo

Por Luciano Sáliche

Decepciones. Todos tenemos decepciones. Pero como decía la escritora Sylvia Plath, si no esperás nada de nadie nunca te decepcionarán. Nadie podría estar en desacuerdo, porque parece obvio, incluso hasta vacío, pero hay una puerta que se abre, la de lo inevitable. Vivimos en una sociedad que pide, suplica y obliga, que dota de responsabilidades a sus miembros, sujetos sujetados, buscadores de una felicidad que no existe, o sí existe, pero es un producto más en el supermercado de las sensaciones. La simbiosis social es esquemática: la sociedad te necesita, vos necesitás a la sociedad: dos aros de acero imposibles de separar por más que un Harry Houdini resucitado lo intente hasta volver a morir. Al fin de cuentas es un contrato consciente. Amigos, familia, compañeros de trabajo, colegas, círculos profesionales. Lo que sea. Todos esperamos algo del otro: desde un saludo hasta lealtad. ¿Cómo sería vivir en un mundo sin expectativas?

En las últimas décadas, el cine hollywoodense ha forjado esta clase de héroes: tipos sin sueños, conscientes de que el futuro de la humanidad está perdido, entonces deciden matar funcionarios corruptos y militares deshumanizados y salvar a su chica para escapar a algún rincón donde la modernidad aún no haya llegado. Aquí empieza la contradicción: tenemos un contrato social por el cual dependemos, que nos moldea y nos da estabilidad, sin embargo ese contrato es una farsa porque vivimos en una sociedad rota donde las desigualdades son hegemónicas y el sentido común y las leyes tienden a preservarlas. ¿Qué le sucede a Mark Wahlberg en El tirador, a Matt Damon en la saga Bourne y a Vin Diesel en Rápido y furioso? Más que decepcionados, están desencantados con el mundo. No son utopistas, no les interesa transformar las cosas, nos le interesa ninguna revolución ni llevar a la sociedad a una nueva era de amor y paz. Se cagan en el devenir, saben que es bullshit; el apocalipsis ya pasó y por eso optan por sobrevivir.

Decepciones. Todos tenemos decepciones, pero hay algunas que son más pesadas. Quizás podría pensarse la que sufre el personaje de Australia, la novela de Santiago La Rosa, cuando cae en la cuenta que su mujer, luego de perder al bebé que iban a tener juntos, lo que tiene es un embarazo psicológico. Decepciones, pero hay aún mayores. La ciencia ficción todo lo permite:

–Usted no entiende –dijo mi madre–. Ese chico es otra persona. No es mi hijo.

¿Hay algo más inquietante que darse cuenta que eso que luce como tu hijo no es tu hijo? El diálogo corresponde al cuento de Luciano Lamberti titulado La canción que cantábamos todos los días y publicado en el libro El loro que podía adivinar el futuro. Lo narra Tomás, el hermano del muchacho que se perdió en el bosque y al rato apareció, y ya no era él: “Se quedó mirándonos. Recuerdo esa expresión y me da frío”. ¿Cómo sobrelleva una madre esta decepción sino es con desesperación y con la imposibilidad de recurrir al olvido como un sedante? La mujer intenta matarlo porque, le asegura a todo el mundo, esa cosa no es su hijo. Termina internada en un instituto psiquiátrico y la familia, rota; mucho más rota que esta sociedad. En su última novela (La maestra rural) sucede algo similar sólo que la cuestión pasa por el padre, Héctor, que descubre que Jeremías, su hijo, es parte de una logia alienígena.

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Un año después de El loro…, en 2013, se publicó Bloody House: la morada del mal, novela del español Javier Haro Herráiz, que cuenta con una línea prácticamente idéntica: “Esa cosa que hay en la habitación de Alan no es mi hijo. Sé que no es mi hijo, Selma”. Una casa embrujada, varios demonios dando vueltas, un muchacho poseído, una madre que comienza a desesperar. Parece ser un recurso bastante empleado en las narraciones del género terror. ¿Cómo no iba a serlo? Posiblemente la relación entre madre e hijo sea una de las piedras fundacionales de toda nuestra construcción identitaria como especie. Bastan dos ejemplos arbitrarios: 1) al buscar en Google “Madre e hijo”, en las primeras páginas saltan sitios pornográficos con videos de incesto, 2) el aborto está prohibido en la mayoría de los países.

Es difícil entender este temor (también puede leerse como su opuesto en Trainspotting cuando Allison descubre que el bebé muerto en la cuna sí es su hijo) porque golpea en lo más profundo de la experiencia humana, en las zonas oscuras del dolor y la pérdida. Al igual que en Australia, cuando el narrador entiende que esa cosa que crece dentro del vientre de su esposa –un vientre vacío, relleno con el simulacro de una ilusión– no es su hijo, al igual que Laura cuando mira a su primogénito poseído y la mujer internada en el psiquiátrico cuando ve a eso que salió del bosque, no, claro que no, esa cosa no es un hijo. Pero, ¿qué es? Pese a que las explicaciones siempre son enfáticas y originales, lo que importa –acá quizás radique el quid de la cuestión–es el instinto maternal.

Este año con Stranger Things, ese instinto volvió renovado, con su mejor cara: la de la desesperación. Winona Ryder es Joyce Byers, una mujer soltera de una pequeña ciudad estadounidense donde comienzan a suceder cosas extrañas. Su hijo Will desaparece y, desde otra dimensión, le da confusas señales. En medio de esta locura, el cuerpo del muchacho aparece flotando en el río. Ella lo ve y entiende que esa cosa pálida y fría que está en la morgue, y luego dentro de un cajón barnizado en el funeral, no es su hijo. Y efectivamente no lo es. Pero, ¿cómo lo sabe? ¿cómo lo percibe? Sobredimensionar las connotaciones místicas del vínculo entre madre e hijo parece peligroso porque es santificarlo, incluso caricaturizarlo, sin embargo esa magnificación lo pone justamente frente a su opuesto: las trágicas consecuencias que puede tener su ruptura.

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Aquí aparece otra pregunta, y tiene que ver con la especificidad de nuestra época, ya que la maternidad ha adoptado un aparente status sensibilizador. ¿Cuántas celebridades pasan a convertirse en criaturas bondadosas a partir de dar a la luz, como si la condición de ser mamá equivaldría a una suerte de renovación espiritual? Es sabido, aunque siempre viene bien recordarlo, que termina siendo una imposición que una mujer transite como natural el camino de la maternidad, básicamente porque ya no hay un origen natural al cual remitirse. Claro, puede transitarlo, posiblemente lo disfrute –aunque convengamos que al mundo no le anda faltando ejemplares de la especie humana– pero entender esta condición como el empoderamiento de una virtud, bueno, eso ya es demasiado. Winona Ryder estaría de acuerdo, o al menos su personaje Joyce Byers, ya que la búsqueda desesperada de su hijo la tiene demasiado preocupada como para alardear y creer en eso que aparece tan seguido en las tapas de revistas, que ser madre es lo mejor que le puede pasar a una mujer. Lo sería si no ocurrieran estas grandes decepciones.

Hay un largo debate dentro de las Ciencias Sociales sobre cómo analizar la sociedad a la que pertenecemos. ¿Es posible lograr el punto arquimédico, esto es, salirse de la historia, habitar por unos segundos un limbo y desde allí mirar al objeto de estudio sin que nuestra membresía nos determine? Desde luego, es imposible, sin embargo la pretensión de objetividad no puede abandonarse –sería como sumergirse en la depresión del relativismo– porque en este mundo extraño, siempre cambiante y opresivo, se necesita cultivar la reflexión y entender las decepciones. Entonces, ¿es posible evitar la decepción? No, porque nacemos en un lugar donde sus reglas implican dar amor y recibirlo. Presas de esta trampa –la más hermosa, sin dudas– nos lanzamos a un mundo roto, brutal, desigual, que nos devuelve, como una cachetada de mil látigos, decepciones. Hay dos formas de actuar frente a ellas: el desencanto de los héroes postapocalípticos del cine o la desesperación de las madres protectoras. Mientras que estén bien narradas, ambas historias pueden resultar fascinantes.

 

 

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