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El diablo se cuece en la sopa

Por Anabella Carpenito

Lo peculiar de nuestro gran calabozo
es esta especie de terror por el bosque
L. A. Spinetta

 

Laberinto primero, iluminado por la fluorescencia de tubos parpadeantes y ecos que rebotan contra las paredes, soledad. El sonido en graves se agudiza, dos pasos adelante encuentro el laberinto segundo. Azules violetas siguen resonantes las luces previas, ausencia. Una puerta evidencia el laberinto tercero, un nuevo punto de vista al revés, olor a rancio, humedad, vacío.

Dos minutos para el encuentro, sin saber si restar o sumar. Las voces que siempre hablan en mi cabeza son el engranaje que sostiene el reposo. El trayecto por los tres laberintos discurre entre pensamientos ambiguos. La angustia, la imposibilidad de evadir lo obvio, la mente cruza recetas que me arrastran a un lugar seguro. Cocinar siempre me hizo sentir libre. Repaso mi heladera: apio, cebolla, zapallo, entonces sopa, paz. La angustia cede, las agujas se detienen. Nunca fui muy original, batalla absurda la pérdida. Las dudas las tengo en la mano. ¿Es necesario ahora competir la inteligencia que se presume ajena?

Las escenas están del lado opuesto del espejo, el espacio conocido, absoluto, diferente. Hay historias que no escribí nunca porque las llevé siempre. Me asfixio, ¿por qué distraerme por conformar a uno que es otro? Enumero mis especias: cúrcuma, jengibre en polvo, canela, entonces té, paz.

Los caminos son siempre el mismo, aquella receta negada por el tiempo y el olvido, descansa en un abrazo viejo, bifurcaciones que terminan en un mismo lugar. Un recuerdo es un salvavidas, olor a limones y el delantal de mi abuela repleto de verano.

El final recita la habitación última, no hay ventanas, la puerta se cierra y desvanece. Una pequeña mesa, dos sillas y los dos, los cuerpos se contraen y se repelen. Muero un segundo. ¿Puedo preguntar lo no dicho?, ¿puedo ser olvido?, ¿alcanzar el perfecto absoluto?

Revuelvo en mi mente mi jardín: romero, lavanda, entonces casa, paz.

Nacer, otra vez. Le muestro una foto que guardo en mi bolsillo, sin voz y con la misma mirada acompaño disculpas.
-El infierno y el invierno tienen la distancia en una letra -dijo.
-¿Alguna vez la sorpresa te encontró?
-Nadie, nunca.
-¿Por qué no desbordar la oscuridad?
-…

Su silencio es un terremoto, el piso tiembla y aunque brusco, me cuelgo de mi alacena: harina, levadura, si alcanzo el agua, entonces pan, paz. No puedo ser otra que la que soy en este instante. La habitación muta en un telón, deshago los tres laberintos para llegar.

Laberinto tercero: poner cebolla, apio y zapallo en cubos a hervor suave. Laberinto segundo: revolver. Laberinto primero: si pudiera vendería el alma por tomar la sopa de mi abuela, más no sea, una vez más. Entonces sopa. Paz.

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