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El torniquete de la angustia de Santiago La Rosa

Por Luciano Sáliche

Fogwill es un grano en la piel aterciopelada de la literatura argentina. No sólo en sus libros, también en cada entrevista que daba, su pasatiempo era la provocación. En la RollingStone de junio de 2007, decía: “Tenés escritores como Piglia, que una vez declaró no haber tenido hijos para dedicarse de lleno a la literatura. ¡Qué horror! Cuando escuché eso yo tenía cuatro hijos, y me imaginaba un tipo usando forro todas las noches para que después no venga un chico a molestarlo cuando está en la computadora, y luego chupándole la concha a su mujer con gusto a goma. ¡Qué horror!”

Más allá del ya divertido bardo a un jeque de la literatura argentina como Piglia, está también el tema con que lo hace: los hijos. La descendencia es materia primordial para continuar con la especie, la tradición, el apellido, la herencia. Pero sin obviar el diálogo de Rezar, comer, amar que da ideas para standuperos hambrientos “tener un hijo es como hacerse un tatuaje en la cara”, ¿qué lugar ocupan los hijos en una sociedad como la nuestra? Quien mejor lo aborda, desde la negativa, es Santiago La Rosa en su debut literario titulado Australia que editó este año Metalúcida.

Una pareja se escapa de una Argentina apocalíptica para probar suerte en el país de los canguros. Todo iba bien, el clima, la playa, el romance, la adaptación, hasta que deciden, como todo mandato social lo indica, tener un hijo. Lo que parece destinado a ser el sentido de la existencia, la alegría de vivir, el motor de los días, la continuación de la especie, puede transformarse en su opuesto: la más profunda y angustiosa soledad. Gabi pierde al bebé. Así comienza la novela, el personaje principal narrando la llegada a casa junto a su esposa, luego de la pérdida en el hospital, con las manos vacías y las esperanzas rotas.

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¿Cuál creés que es o debería ser el rol de la literatura en una sociedad como la nuestra?

No estoy seguro de poder definir un rol único de la literatura en la sociedad y se me ocurre que habría que diferenciar la literatura de la lectura de cualquier texto, de las narraciones con otros soportes y adaptaciones, toda una serie de aclaraciones antes de poder empezar a contestar. A mí la literatura me articula el tiempo, la relación con el mundo. Leo mucho y tiendo a buscar interlocutores que hagan lo mismo. Imagino que es algo bastante marginal en el conjunto de la sociedad, algo a contramarcha de la propuesta y los discursos de la época. Hace un par de meses leí un libro de James Wood que está muy bien en cuanto a tratar de definir esa relación que se llama the nearest thing to life y cuenta su recorrido como lector y su formación como crítico.

En un principio el personaje presenta ciertas similitudes con el autor, sin embargo después los hechos hacen que eso se disocie. ¿Te interesa la cuestión autobiográfica a la hora de escribir?

Me gustan algunos autores que trabajan la autoficción como María Moreno o lo que hace Osvaldo Baigorria en varios de sus libros. Pero no me interesaba escribir dentro del género. Entiendo que la primera persona puede dar lugar a una pregunta en ese sentido. Nada de lo que sucede en Australia se basa o tiene una relación directa o consciente con mi vida.
La primera persona fue un recurso que me permitió trabajar con el castellano y el inglés, los efectos de vivir en otro idioma, de atravesar la pérdida de un hijo y la distancia de la mujer que vive el narrador en esas coordenadas.

Toda obra intenta dialogar con su presente, y creo que Australia tiene varios elementos para hacerlo. Por ejemplo, la pérdida del embarazo de Gabi que termina afectando a la pareja. ¿Creés que hay ahí un mandato social que, al frustrarse, termina por volverse determinante?

Hay algo del ideal sobre el modo en que se tiene un hijo con el que la novela tal vez dialogue. No solo en relación a la pérdida sino a la edad, el dinero, las condiciones materiales en los que una pareja debería tener un hijo. En Australia se pregunta incluso por el país y el idioma donde ese chico debería nacer. Después del 2001, circulaba la fantasía de irse como fuere, el destino del primer mundo como un salvavidas. Ese territorio donde hay mejores escuelas, mejores trabajos, más seguridad y toda una serie de lugares comunes que de algún modo esquivan la pregunta por el deseo.
Ahí es donde la medicina aparece como un discurso que plantea nuevas fugas: no hay edad para tener un hijo si se tiene el dinero para pagar los tratamientos, el cuerpo no sufre las marcas porque se las puede reparar, no hay chicos con enfermedades genéticas porque se puede saber si las tiene o las tendrá mucho antes del parto, verlo en tres dimensiones, escucharlo latir. Ese movimiento y agenda del embarazo de algún modo puntúa el proceso, la espera, la normativiza: un bebé sano, en una familia sana, al que no le va a faltar nada. Me interesaba que los protagonistas encaren de algún modo una pérdida innombrable. Qué se hace con la angustia ahí donde no hay palabras ni guías.

Luego aparece la medicina y la hostilidad de ese mundo. Allí el protagonista no tiene más remedio que confiar en lo que el médico hace. ¿Por qué te interesó retratar este terreno de la ciencia desde, justamente, la literatura?

La medicina me interesaba en su aspecto de negocio, de la venta de certezas, de medidas. Y sobre todo como disciplina que no sabe hacer con la angustia más que aplacarla, postergarla, sedarla. En la novela los médicos se quedan sin recursos, no saben. Entonces el saber está desplazado hacia el comercio: si no se puede entender ni curar, se vende. La excepción entra así en la serie. O al menos es lo que se intenta.

Y el tercer elemento es el de la exhibición y esa suerte de reality show que se gesta a partir de lo que tiene Gabi, que parece ser un embarazo psicológico. Una espectacularidad que banalizarlo todo, incluso al mundo de la medicina, algo que crece en los medios de comunicación actuales. ¿Cómo surgió esa idea?

Lo de embarazo psicológico es un nombre insuficiente en la novela para lo que le pasa a Gabi. La comercialización de la anomalía, de la certeza del embarazo que ella tiene surgió como una necesidad de la estructura de Australia. Un amigo, después de leerla me dijo que funcionaba como un torniquete de angustia, la negación es lo que mueve al protagonista siempre hacia delante. Cuidar a su esposa, buscar soluciones, negociar con los médicos. Los reality shows o la masificación de lo íntimo permite que lo privado esté justamente nombrado por otros: embarazo, milagro, farsa, lo que sea. Posterga el momento en que el narrador tenga que lidiar con lo que sucede. Ponerle nombre y decidir.

Hay algo de la globalización muy presente en la novela, no sólo de la tecnología, también de la cuestión económica. Por ejemplo, el protagonista contrata con tarjeta y en cuotas el servicio de preservación del cordón umbilical. ¿Se podría pensar “Australia” por fuera de este presente?

No pensé la novela fuera del presente, aunque quise desde estas coordenadas insistir en la pregunta por el lugar del hombre durante el embarazo. Había pensado en una película a la que vuelvo siempre: Anticristo de Lars Von Trier. Ahí la operación va por otro lado pero ese hombre que también pierde a su hijo tiene el consuelo obsesivo de encargarse de la tristeza de su mujer (después la película tiene un giro y va hacia registros mucho más aterradores). Quise que el protagonista de Australia no tuviera ni eso, ni la función de hombre, de esposo, porque no tiene una experiencia en común con su mujer.

La angustia que siente el protagonista se vuelve intolerable, entonces huye, sale, camina, intenta mantenerse alejado de esa realidad negándola. ¿Creés que es un síntoma de época?

Sí, claro. Eso está en la novela. La fantasía de ciertas experiencias ascépticas, compartidas e iguales para todos, de un sentido común como mecanismos de fuga sobre la angustia. El no tener que elegir y el dinero como un sin límites, comprando salud, sexo, amor. La idea del país Australia misma en el imaginario de cierto sector de la sociedad argentina, como dice Roque Larraquy en la contratapa, apunta a eso: un espacio sin contradicciones, mejor, merecido, un lugar de llegada, de los vencedores. Un territorio donde ya no se sufre los males, todo funciona.

Cuando Borges escribió, 46 años después, el prólogo de Fervor de Buenos Aires (1923) dijo que en ese libro “prefigura todo lo que viene después”. ¿Cuáles creés que serán los elementos de esta Australia que estarán en tus siguientes?

No sé qué pasará el año que viene pero el trabajo sobre la verdad y sus versiones dentro de lo familiar, por la enfermedad, los silencios y su interpretación son preguntas que mueven mi escritura y en las que insisto.

El debut literario es un momento bisagra pero también especulativo. ¿Se piensa en una posible “carrera literaria”, en que tenga una correlación con las próximas publicaciones?

Escribí Australia bastante rápido y alejado de todo circuito literario: no estudié letras, no conocía editores ni a otros escritores. De algún modo el proceso de escritura de la novela fue una construcción como escritor, de ver lo que podía hacer, lo que quería. El envío a las editoriales fue un momento importante de encontrarme con que Australia podía interesar a distintos proyectos de los que yo era lector. Estoy escribiendo otra novela en la que pienso permanentemente, corrijo, trabajo, investigo. La carrera literaria o lo que pueda surgir o producir la escritura lo imagino más como el efecto que como una búsqueda que yo pueda programar o decidir.

¿Disfrutás más de leer o de escribir?

De leer, que es condición para poder escribir. Leo todo el tiempo y escribo cada tanto, después de pensar mucho.

¿Qué le recomendás hacer a alguien que nunca leyó un libro?

En principio no creo que le interese mucho lo que yo pueda decirle. A algunos amigos que no leen habitualmente suelo regalarles (nunca me piden recomendación) algunas novelas de Sergio Bizzio o los cuentos de Fabián Casas y en general funcionan como primeras lecturas, dan ganas de seguir.

 

 

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