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Nadie se arrepiente de este amor

Por Fabián Claudio Flores

Cine Metropol de Chivilcoy. Miércoles, una y media de la mañana. Unas doscientas personas comienzan a dejar sus butacas caminando lentamente hacia la salida. Algunas salen tarareando levemente, otras en silencio. Una adolescente le comenta a su abuela octogenaria a quien asiste al caminar: “cómo la extraño”; su abuela asiente con un gesto y duplica la apuesta secándose una lágrima: “ella sigue con nosotros”.

El 7 de septiembre de 1996, los medios anunciaban la trágica muerte de la cantante Myriam Alejandra Bianchi, para ese entonces ya conocida –aunque no con los cánones que lo será en tiempos posteriores– como “Gilda”, en plena ruta 12 camino a Chajarí en la provincia de Entre Ríos.

Veinte años después, la biopic de la talentosa Lorena Muñoz reflota el mito, la trayectoria biográfica y el fenómeno que se desató tras la partida de la “bailantera” que revolucionó el universo de la denominada  “movida tropical”. Desde su estreno a nivel nacional el pasado jueves 15 de septiembre, Gilda, no me arrepiento de este amor fue vista por más de 300 mil espectadores en casi trescientas salas del todo el país.Todo un récord en lo que va del año para el cine nacional.

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Pero: ¿qué hay atrás del fenómeno de la figura de Gilda?, ¿cómo retoma la película las narrativas sobre el mito que se gestará posteriormente a su muerte?, ¿qué razones o mecanismos explican este fenómeno que trasciende clases, edades y sustratos culturales? Todos enigmas que nos animan a reflexionar.

El film comienza por el final. Final que ya conocemos: un ataúd que es trasladado en un escenario de llantos de fans, amigos, parientes y extraños que gritan, lloran y arrojan flores. Y ese comienzo es el mejor punteo para pensar estos interrogantes.

El fenómeno “Gilda” estalla tras su muerte, que no es cualquier muerte, un final trágico de una treintañera en plena gira musical acompañada de su familia y en el que también mueren su hija, su madre y algunos de sus músicos, aunque como menciona la antropóloga Eloísa Martin: “no es sólo la muerte trágica la que inscribe a Gilda como partícipe, aún antes de su muerte, de una textura diferencial del mundo compartida con sanadores, carismáticos, santos populares y otras figuras extraordinarias”. El acercamiento de una madre con su niña que dice haberse sanado porque escuchaba su música en el hospital, y el diálogo de abuela y nieta a la salida del Metropol testifican esta sacralidad.

Hasta ese entonces su carrera era incipiente, iba en crecimiento y había logrado -junto a su representante y compañero- editar seis álbumes. Los años posteriores a la tragedia cuadriplicaron este número, vendieron millones de discos, su imagen se multiplicó y propagó en infinitud de objetos y llegó a los lugares menos imaginados, como el balcón de la Casa Rosada durante la asunción del actual presidente argentino. El fenómeno había estallado.

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Algunos aspectos de su biografía -y que son retomados en la película- valen la pena destacar: su carácter femenino singular en un contexto socio-cultural donde reina el neoliberalismo, el universo de los sectores populares y sus consumos, y la dimensión popular de su figura, que entronca con una matriz peronista que amalgama la figura de Gilda a una Eva posmoderna.

El primero de estos aspectos queda reflejado en la imagen de una maestra jardinera de estratos medios, casada con dos hijos, que alejadas de los estereotipos de clase consume desde Spinetta a Gal Costa pasando por Sui Generis o Franco Simone. Fuertemente apegada a un “Electra” que la agobia todo el tiempo, la figura de su padre aparece como el redentor que le permite dejar su vida llana y cumplir el sueño que empezó a germinar en su infancia: la música. Es cierto que su identidad femenina dista bastante de los cánones de época donde el universo de lo tropical se nutría de pocas y avasallantes mujeres como Lía, Marixa o Gladys (todas presentes en los vericuetos del film). Sin embargo Shyll, como era conocida hasta que un inescrupuloso pope del género la bautice como Gilda, se abrió camino en ese universo popular seduciendo a hombres y mujeres que transitaban espacios y tiempos de las periferias marginales, pero también se introdujo en otros ámbitos cautivando señoras bien y jóvenes de los sectores más acomodados y los “nuevos ricos” que supieron florecer en los albores del menemato. Retomando la facultada voz de Eloísa Martín, la construcción de la femineidad de Gilda se sustenta en la imagen de “una princesa plebeya blanca” que desentona en un mundo de desposeídos y que se juega en el espacio público sin tapujos y enfrentando poderes.

En segundo término, el contexto en el que se desarrolla su trayectoria como artista y los espacios en donde se va abriendo camino, difieren mucho de su Devoto natal. Son territorios donde reina la marginalidad, la ilegalidad y las tensiones. Pero también hay otros ámbitos que cristalizan este contexto: el de la fiesta y el encuentro que representa “la movida tropical”, y allí -una vez más-  la imagen de la cantante condensa la devoción y la santidad. Gilda besa los papeles que le acercan, firma autógrafos, se saca fotos y toca cabezas, como jugando a los dados entre lo profano y lo sagrado. En este sentido, el film de Muñoz es una postal compleja y multifacética de lo que fueron los espacios y las prácticas de consumo de los sectores populares en plena primavera neoliberal. Un rompecabezas inacabado de lugares y tiempos.

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Finalmente me tomo la licencia de deslizar una serie de analogías que tienden un puente entre su carisma popular y la matriz peronista condensada en la figura de Eva Perón. Varios momentos de la película (y de la vida de Gilda) enlazan ambos íconos populares: el de la mujer sencilla y común (salvando las distancias de clase) que sale de su entorno familiar a la esfera pública y se antepone en un mundo regenteado por hombres; el de dos mujeres que desafían a poderes fuertemente establecidos en las estructuras impuestas: el empresario mafioso en el caso de la cantante y los poderes del statuo quo en el de Eva; el de la sensibilidad social presente en las trayectorias de vida de sendas damas, reflejado en la visita de Gilda a una cárcel de hombres o a una radio villera rodeada de sus fans, o en las campañas de Evita en los barrios más populares del país, y finalmente el del desenlace fatal de dos jóvenes que lucharon hasta el final frente a la adversidad; y en este sentido, una analogía interesante es la del último recital donde los fanáticos de la cantante levantan sus encendedores emulando los candiles prendidos en la puerta Palacio Unzué por los “cabecitas negras” que venían a despedir a la abanderada de los humildes.

Muchos interrogantes continuarán abiertos, pero de los que podemos estar seguros es de que Gilda ya es un mito, un mito popular. Un reflejo de nuestro tiempo, y para muchos, como la abuela octogenaria del Metropol, “ella sigue con nosotros”, presente y vigente.

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