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Neurosis de PH

Por Horacio Bonafina

Cualquier conocimiento que tengamos sobre los vecinos resulta, por definición, excesivo. Esto se explica porque la felicidad crece en ese silencio, en esa intimidad, que sólo es posible cuando no hay vecinos o, por lo menos, resultan inaudibles. Es por eso que conocer los horarios, los rituales sonoros previos a acostarse, el cuándo mete gol Huracán (su equipo), su ringtone de siempre, el horario en que empezará a sonar la música e identificar con quién habla (grita) por teléfono esa persona viviendo del otro lado, no hace sino horadar esa delgada trama de bienestar que intentamos hilvanar día a día y que las paredes delgadas de un hogar promedio no consiguen proteger.

Comparto medianera con Leila desde hace unos tres años. La conozco bien. A esta altura entiendo cuándo se despierta, qué la altera y en qué circunstancias golpeará una botella vacía de plástico contra las paredes. También puedo diferenciar cuándo bufa a boca vacía y cuándo con una pelota desinflada entre los dientes; sin verla reconozco hasta esos detalles de su existencia. Leila es un ovejero alemán, presa en una terraza contigua a la mía, y que odié hasta desearle la muerte e incluso fantasear diversos métodos para terminar con su vida, porque sus ladridos me hicieron detestarla a ella y su dueño, a mi existencia, a mi pobreza, y todo lo que implica estar sometido a ruidos. Porque si hay una manera sencilla de evaluar la pobreza material y espiritual, es preguntarse sobre los ruidos a los que estamos sometidos diariamente. A mayor cantidad de decibeles, más pobres somos. No es difícil evaluarlo. En una ciudad el silencio debe o debería ser el bien que más alto cotiza, y los ladridos tan cerca son un recordatorio constante de lo mal que vivo.

Por suerte, conseguí ampliar el espacio de reclusión de Leila después de explotar en furia y confrontar a su dueño a los gritos, victoria con la cual ella dejó de estar confinada a una terraza y ahora puede también subir y bajar hasta el patio interno, despliegue de motricidad que la hace ladrar mucho menos. La estocada a través de la cual logré hacer prevalecer mi posición y, quizás -¿qué importa- hacerme entender, fue bajar el tono de la discusión y apelar a un sentimentalismo que de modo milagroso perforó la coraza de tosquedad de su dueño. Le pregunté: “decime, con una mano en el corazón, ¿vos la querés a la perra? porque si la dejás encerrada ahí todo el día, quizás lo mejor sea regalarla”. Incluso me ofrecí a ayudar a buscarle nuevo hogar, pero mientras le contaba que un amigo tenía campo y que seguro daría buena vida a Leila, noté en sus ojos que no era necesario seguir diciendo nada, que lo pinché en el lugar indicado. “Yo la quiero mucho a ella”, me contestó con voz temblorosa, haciéndome notar que en verdad, para él, dejar al bicho todo el día encerrado no representaba padecimiento. Lo que para mí y el animal constituía una prisión, para él era el mundo. Obviando la necesidad de pasear de su mascota, para el viejo su casa era el lugar ideal en donde estar la mayor cantidad de tiempo posible. Lo entendí pronto, porque si bien en esa batalla verbal fue la primera vez que mi vecino me escuchó la voz, después de ese episodio tuvimos que hablar seguido, más de una vez, por culpa de ese enemigo invencible que es una humedad que terminó por atacar medianeras; y en ese intercambio fui anoticiándome de su amor desmedido, inútil, infantil, por su PH que se cae a pedazos y contra lo cual todo esfuerzo se evidencia, tarde o temprano, inútil.

Cada mañana, durante los siguientes meses, cuadrillas de albañiles entraron y salieron mientras Leila los miraba desde arriba ya sin ladrar, entendiéndolos parte de la rutina, contratados con la misión de identificar fuentes de humedad, combatirla, y restituir pisos, paredes o lo que hiciese falta. Porque cada vez el trabajo se ampliaba más, a un punto en que ya no me molestaba el ovejero sino las máquinas taladrando y puliendo desde las ocho de la mañana a las seis de la tarde. Se iban unos albañiles dejando trabajos inconclusos porque mi vecino se peleaba con ellos o tenía desacuerdos, o los contratados desistían. Y entraban otros nuevos. Varias veces, demasiadas. Pero mi vecino no bajaba los brazos a sus intenciones de dejar el viejo PH como nuevo. Su lucha de Sísifo se motorizaba por fuerzas poderosas que me resultaban un misterio, ya que no podía ser la mera inercia del jubilado aferrado a algo para inventarse una rutina.

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En el último tiempo mi termotanque empezó a fallar y las primeras señales de mal funcionamiento fueron que se apagara varias veces al día. Cuando subía a la terraza a prenderlo, Leila me recibía con sus potentes ladridos, cosa de recordar viejos tiempos, hasta que una mañana de domingo me despertó el lamento de mi vecino puteando contra la humedad antes de irse dando un portazo, situación que entendí mejor cuando me levanté y encontré una serpiente de agua bajando por la pared de mi cocina, desde la terraza. El termotanque había colapsado en algún momento de la noche y regó durante horas las paredes de ambas casas para empaparnos una vez más en la certeza de que cualquier esfuerzo es inútil ya frente esas casas.

Sabiendo que tarde o temprano tendría que asumir mi responsabilidad en el desperfecto doméstico, es decir encarar al vecino y ofrecerme a reparar los daños, el siguiente encuentro con él no me entusiasmaba. Pero se me adelantó y esperó a que yo volviera de trabajar, dejando la puerta que da al pasillo abierta y cuando atravesé el corredor ya estaba esperándome; en definitiva yo soy su vecino y por lo tanto también conoce, quiera o no, mis horarios. No me dijo ni hola, abrió la charla diciendo “la humedad tiene que venir de tu casa” y, aunque pudiera interpretarse como una forma hostil de arrancar a hablar, en verdad estaba yendo al grano de lo que le importaba: No me refiero a mi responsabilidad en que se hubiera arruinado la pared sino a la humedad. Me dispuse a contar lo que había pasado pero él me cortó cuando se puso a enumerar entre suspiros, con pesar, uno a uno los arreglos que hizo con el correr de los años. Su habitación, el piso de la cocina, sacar y poner azulejos, revocar, arreglos con cerecita, pintar y volver a pintar. Todo una y mil veces. Esta nueva mancha en la pared le resultaba desconcertante, algo que no podía poner en relación con las otras batallas que venía librando, ya que a su criterio la humedad en esa zona de la casa fue declarada oficialmente vencida.

Cuando por fin me dejó explicar lo que había pasado con mi termotanque, su reacción me descolocó. Estaba feliz, sonreía, se golpeaba las piernas como quien cae por fin en el chiste, diciendo “¡con razón!, ¡ahora sí!”, y desestimó mi ofrecimiento de pagar la albañilería mientras seguía contando cosas, no ya con pesar sino con alegría. Ahí me enteré que él vivió en esa casa toda su vida y que incluso su madre, de chica, ya vivía ahí, y que ella se había pasado su adultez combatiendo, como él, la humedad de ese PH mientras su padre nunca se interesó demasiado por el asunto. Entendí entonces la importancia de su lucha, una pelea no propia sino de su lazo, algo identitario, que lo definía a él y su ascendencia, contra un enemigo de presencia constante y frente a quien se disputaba no ya las ruinas de la vivienda sino el honor de su madre, y entonces quizás los ladridos constantes de Leila no fuesen sólo por padecer estar encerrada sino una advertencia de que el enemigo invisible de la familia seguía presente. Lo despedí sintiendo que me había dado la justificación de su lucha. El Edipo obra de maneras misteriosas y se manifiesta en síntomas de lo más diversos; incluso a nivel psicosomático, algunos dirán que lo hace en manchas de la piel. Así que no sorprende tanto que las manchas de humedad de una pared también pueden favorecer el despliegue de la trama edípica de algún vecino, no hay que olvidar que los viejos jubilados también tuvieron padres.

 

 

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