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Luis Chaves frente al espejo del tiempo

Por Nando Varela Pagliaro

La obra de Luis Chaves incluye varios géneros. Lleva ocho libros publicados. Dos de narrativa, una novela y cinco de poesía que acaban de ser reunidos en Falso documental (Seix Barral). Además, es considerado uno de los escritores contemporáneos más importantes de Costa Rica y su obra ha sido traducida al inglés, alemán, holandés, italiano y esloveno. En esta conversación vía correo electrónico, entre otras cosas, hablamos de la escena literaria de su país, de los prejuicios en torno a la poesía y de la importancia de los géneros literarios.

En el prólogo de Falso documental decís que volver a releer tus libros fue una experiencia perturbadora, ¿qué tuvo de perturbador reencontrarte con tus textos más viejos?

Con la generosa e inesperada propuesta de la editorial me sentí halagado a la vez que pensé que era muy sencillo: buscar los PDF de cada libro, ponerlos uno detrás del otro y listo, poesía completa. Estaba equivocado. Antes que los archivos digitales, leí los libros, los impresos. Empecé con Los animales que imaginamos, un libro que saló en 1997 en Costa Rica y en 1998 en México. Digo las fechas porque para que entendamos que los textos que venían allí adentro fueron escritos de uno a dos años antes y muchos de los cuales nunca había vuelto a leer completos después de escritos. 1995, 1996, parecen años de otro mundo, de otra vida. Me empecé a sofocar. Y aunque algo de lo que cuento tiene que ver con lo que Luis Chaves de 2016 piensa que es “bueno” en un poema, hablo en realidad de algo más importante: fue reencontrarme con esa persona que fui. Es decir, fue pararme frente al espejo del tiempo. Allí pasé del pudor a la resignación. Me dije: ese sos vos de entonces. Allí también empecé a desdramatizar la situación. Le vi el otro lado, con la lectura de ese libro y el siguiente, empecé a ver a todas las personas, los lugares y los momentos que están en cada texto, en cada libro.

El título del libro implica que detrás de lo documentado, de lo escrito, hay una cuota de falsedad, de mentira. Sin embargo, al leer tu poesía uno tiene la sensación de que hay mucho contenido autorreferencial. ¿Con qué tuvo que ver la elección del título?

El libro lleva el nombre de uno de los textos de un libro que publiqué en 2011, Monumentos ecuestres. El texto en cuestión es una prosa de un par de páginas que inició como una carta después de una separación. Ese fue el detonador anecdótico, circunstancial, pero como sucede siempre, tomó otra dirección. Fue una especie de paneo sobre todo un periodo. Entonces vivía, por cierto, en Villa Crespo. El repaso que hace el texto tiene que ver ya no con sucesos, sino más bien con preguntas. Es decir, pasa de las personas a los conceptos. El texto original tiene un subtítulo, a partir de “Esta es la nueva canción de la que te hablé hace 20 años” de Badly Drawn Boy. Un gran título de canción, ¿no?

Falso documental Chaves Seix Barral

En Las mujeres de la casa decís: “Esto era más largo. Contaba cosas que no le importan a un poema”. ¿Qué es lo que verdaderamente le importa a la poesía?

Ese poema del libro Iglú se redujo a unos versos, el primer borrador tenía dos o tres páginas. No podría decir con certeza qué le importa a la poesía, sin duda eso nos mantiene escribiendo. En ese texto en particular, creo, lo afirmo como esos casos donde se pregunta con una respuesta (al revés de lo conocido, quienes responden con preguntas).

Tu poesía y tu narrativa van por carriles muy similares. ¿Cómo decidís qué va a ser un poema y qué un texto narrativo?

No hay un modo exacto, como decía aquella canción. He usado en narrativa fragmentos que primero fueron poemas. Y en poesía, pasajes que saqué de textos narrativos. Hay algo de principio del Lego, me refiero al juego de bloques de construcción. Alguna vez que un autor se preocupaba por el autoplagio, me sorprendió que se pudiera pensar así. Eso por un lado. Por el otro, creo que en realidad me estás preguntando sobre la materia prima (para la poesía o la narrativa) y en ambos casos, vienen del mismo lugar. Luego pasa que un impulso de escritura se extiende más que otro. Se acomoda diferente, pide más o menos aire. Y sucede también que uno patina, que le da el formato equivocado, la horma que no era. Como meter el pie izquierdo en el zapato derecho.

¿Pensás que cada vez tiene menos sentido seguir hablando de géneros literarios?

Las categorías, las agrupaciones, la taxonomía, tienen otra utilidad, facilitan otras cosas. Tampoco creo que pierdan sentido en términos generales. Lo que sí es cierto es que muchos autores no parten de allí para escribir. O directamente no se lo plantean. Luego viene el momento con el editor, ¿y esto qué es?

“Las poetas hacen fila en la disco gay”, dice otro de tus versos. ¿creés que todavía hay cierto prejuicio en torno a la poesía?

No creo. Lo que tiene la poesía es pocos lectores. Y está bien, es así. Es raro que alguien lea poesía si no la escribe también.  Me refiero a la poesía publicada como tal, con la categoría “poesía”. Porque ya lo sabemos, la poesía está en todas partes.

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“Termino de escribir esto que le debía a varias personas. Es tarde y hubiera querido hacerlo mejor. Pero es lo que hay”, escribís en un pasaje de Salvapantallas. Pedro Mairal dice que “escribir  es algo que va a suceder mejor, más adelante”. ¿Estás de acuerdo? ¿qué es escribir para vos?

Comparto lo que dice Mairal. Va en la línea de que uno va haciendo lo que puede, lo mejor posible. Y eso no es suficiente, por supuesto. En mi país, como en cualquiera, hay unas batallas campales entre escritores que defienden una u otra forma de escribir. Por supuesto que tuve hormonas literarias cuando joven, pero ya pasó. No me meto ahí, no tengo el carácter para ir a defender algo que apenas estoy aprendiendo a hacer. Algo que no sé bien para dónde va. Algo que me hace bien y mal al mismo tiempo. Y con “mal” no me refiero al cliché del escritor que sufre, esa postura más bien juvenil. Para nada. Aquí digo mal para decir que me mantiene en ese estado constante de insatisfacción, de “la pegué en el palo”.

El primer fragmento de Salvapantallas cierra con una línea muy graciosa: “¡Mirá, ma, mirá! ¡Estoy escribiendo un libro! ¡Ahora sin manos!” ¿Cuánto pensás en el lector a la hora de sentarte a escribir?

Hay tres o cuatro personas a las que les paso los borradores de lo que hago. Dos de esas personas no son escritores/as pero son muy cercanas y me resulta interesante su modo de ver las cosas. Su opinión es tan importante como la de las que sí escriben y les muestro los borradores. Mentiría si digo que escribo solamente para mí.

Nacho Iraola de Planeta se refiere a vos como el “Fabián Casas tico”. En la obra de Casas, el barrio y la infancia tienen un lugar central, en la tuya, ¿qué lugar ocupan ambas cosas?

A Fabián además lo conozco desde fines de los ´90. Ya conté alguna vez que cruzamos, antes de conocernos personalmente, cartas escritas a mano. En Salvapantallas hay un pasaje donde voy con él y su padre a la cancha. Es, como otros amigos de Buenos Aires, parte de lo que llamo mi familia molecular (la familia ampliada vendría a ser). Hay, claro, puntos de contacto con Fabián. También tengo como materia prima todo lo que está cerca. Hay poemas de Fabián que he compartido con gente que me importa mucho.  Luego está, también, el universo que es propio a cada autor, y más que a cada autor, a cada vida.

los animales que imaginamos luis chaves CR

Viviste en distintos países. De hecho del 2003 al 2006 te instalaste en Villa Crespo, ¿qué extrañás de tus días en Buenos Aires?

Extraño, primero, a los amigos y amigas. A esa gente que te digo que es parte de mi familia molecular. Luego, la vida de ciudad grande, de metrópoli. Sé que ustedes son muy críticos con su propio lugar, es lo normal. Pero yo veo Buenos Aires a través de los ojos de alguien que viene de un lugar diminuto. Siempre queremos lo que está más allá, al otro lado de la cerca. Las aceras anchas, los árboles en plena ciudad, la pasión para todo (que sería lo bueno y también lo malo de Buenos Aires), la carne por supuesto. Pero vuelvo al inicio, hay algo de los argentinos que cuando se hacen tus amigos es para siempre. Y si no es así, yo tuve suerte porque esa ha sido mi experiencia.

Si no tengo mal entendido, sos el primer autor de Costa Rica que es editado en un sello tan prestigioso como Seix Barral. ¿Por qué es tan poco lo que se conoce de la escena literaria de tu país? ¿qué autores deberíamos conocer?

Este es un lugar muy pequeño. Cuando el mundo puso la mirada en Centroamérica (guerra de los 80) Costa Rica estaba del lado de los malos, participamos del conflicto centroamericano de forma contradictoria, por un lado solidarios; por otro, traidores. No hay ejército, no hay guerras, hay poco atractivo para el mundo mediático y para el editorial. Es un país fuera de los radares.

Usás Twitter, Facebook, seguís administrando tu blog. ¿Cuál es tu relación con las redes sociales? ¿te sirven como motor de inspiración o de distracción?

Soy muy disperso. No me ayudan mucho. El blog, que abrí en el 2004 como una especie de libreta de apuntes, se fue convirtiendo en un lugar para anunciar publicaciones o lecturas o talleres, poco más que eso. En Facebook tengo solo una fan page, la peor forma de Facebook tal vez. Es sólo un lugar para anunciar lo mismo del blog: publicaciones, etc. Twitter es otro soporte para la escritura, hay un personaje-de-twitter, cierto carácter que uno le confiere. No es uno, no soy yo, claramente. Pero me gusta ese personaje a veces provocador, a veces ridículo (que viene a ser cosas parecidas); otras veces, las más, inocuo que se ejercita en ese plano efímero.

Aunque Abelardo Castillo dice que preguntarle a un escritor qué está escribiendo es obligarlo a mentir, luego de Salvapantallas, ¿qué viene? ¿estás escribiendo algo? 

Mintamos: viene otra novelita (siempre corta) y más poesía.

 

 

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