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Rayuela

Por Sergio Fitte

Desde hace un tiempo siento que se me han cambiado algunas cosas en la cabeza. Lo digo porque antes, cuando salíamos al recreo, en lo único que pensaba era en correr carreras de pared a pared con algún compañero. En cuanto se nos quería entrometer algunas nenas yo me volvía loco. Las echaba a los gritos. Y si las tenía que amenazar con pegarles, las amenazaba. Es más, a alguna le tuve que pegar realmente para que entre en sus entendimientos. Pero eso ha cambiado. Un día cambió de repente. No hace mucho. Fue la semana pasada cuando Luchi me llevó por delante.

Como todos los segundos recreos ni bien sonó el timbre me levanté desesperado para salir al patio. Siempre quiero ser el primero en todo. Cuando digo todo es todo. En salir del salón. En terminar la tarea. En ponerme la campera. Todo.

Realicé mi ritual de atropello al igual que siempre. Pero esta vez ocurrió un hecho inesperado. A poco de llegar a la puerta de salida del salón me encuentro con que Luchi, la nena que se sienta en el primer banco, intenta ser la primera en traspasarla. Me vuelvo loco en los últimos dos metros. Me muero si me gana una nena.
Y me morí.

No solo porque me ganó sino porque me puso el hombro para lograrlo. Es decir que lo hizo de manera deliberada. Metiendo el cuerpo tal cual se dice comúnmente. Luego de su movimiento quedamos enfrentados uno con otro. Cara a cara. Instintivamente levanté los ojos para mirarla con la mayor violencia que existiese, pero no pude. Los ojos de ella eran suaves, chispeantes. Recién me daba cuenta de que eran azules. Hermosos, me dijo la cabeza. Un calor me subió por la espalda hasta hacerme presión en la cara. Quedé paralizado mientras ella se iba caminando despacito dejando un aroma dulzón a chicle de banana. Muy despacito, como esperando, a que la acompañara.

Cuando reaccioné era el último en llegar al patio cubierto. Algo me había ocurrido. Algo adentro de mi cuerpo. No lo podía explicar con palabras pero era indudable. Ya no era el mismo. Me extrañaba no sentir nada por no haber ganado. Fue la primera vez que decidí no participar de esas carreras de pared a pared. De repente me parecían tontas. Insulsas. Se me mezclaban los pensamientos. Yo, que había sido el gran campeón de carreras a lo largo de los primeros cuatro grados de primaria, ahora las rechazaba.

Las piernas gobernaban mis movimientos. De otra manera no me hubiese dirigido al lugar en el que jugaban las nenas al elástico. A medida que me iba acercando una especie de remolino se formaba en la boca del estómago y me cosquilleaba hasta las rodillas. El corazón me saltaba y se me hacía dificultosa la respiración. Me debo estar por desmayar pensé y en un acto de autodefensa dí media vuelta y salí corriendo. Llegué al patio de los varones, mi lugar en el mundo. Enseguida me desafiaron a un par de competencias que acepté de inmediato para cambiar de pensamientos. Inexplicablemente perdí las dos con compañeros que no había perdido jamás. No estaba enfocado en la competencia. Era raro. Parecía que me hubiesen abandonado mis poderes.

-Te pasa algo- me pregunta Pancho.
-No, nada, ¿por?

Los fines de semana se me vuelven monótonos y aburridos. Tengo ganas de tener que ir a la escuela para verla a Luchi. Estar más cerca suyo aunque no me anime a hablarle. Las molestias estomacales, que en algunas oportunidades se pueden confundir con ganas de ir al baño, se intensifican cada vez que me la cruzo o la veo de cerca.

La necesidad de enfrentar el problema es tan grande que un día creo que voy a vomitar cuando nos encontramos en el pasillo en dirección al esperado segundo recreo, el largo. Abro la boca para vaciar mi angustia y en lugar de vomitar le digo:

-¿Querés jugar a la rayuela?

Las palabras se enciman. La dicción no es clara. Inentendible para ser sincero. Quiero que la tierra me trague y me escupa a otra vida.

Para mi sorpresa Luchi me dice que sí. Que vamos a jugar a la rayuela.

Le digo que hay que hacer cielito ida y vuelta y que para ganar también hay que hacer borrachito con un solo pie. De esta manera me aseguro de que el partido se torne casi interminable.

Tiro primero y hago el uno. El dos. En el tres la piedra queda sobre la línea. Pierdo. Le toca a ella.

Arranca por el uno. El dos. Tres. Cuatro. La disfruto ir y venir. Es perfecta. Hermosa. No presto atención a si pisa o no línea. No me importa. Solo quiero que siga yendo y viniendo delante de mis ojos por siempre. En un abrir y cerrar de ojos ya está haciendo cielito. Desde allí gira y vuelve a acercárseme una vez más.

-¿Te gusto?- me pregunta.

Digo que no con la cabeza y salgo disparado. Abandono el patio de afuera y me recluyo en el patio cubierto. Detrás de un vidrio la sigo mirando.

Desde algún lugar aparece Pancho, quien debería haber estado observando nuestro partido desde un escondite. Yo no lo escucho, pero él contesta la respuesta que yo dejé en el aire.

-A mí sí me gustás- dice y luego agrega, agachándose para agarrar la piedra- Me toca.

Sigo sus movimientos con la mirada; negando una y otra vez con la cabeza. El vidrio a dos centímetros de mi nariz se va empañando con los bufidos que largo. Pido que pierda. Que se caiga y haga un papelón. Pero no pierde nunca. Hace cielito ida y vuelta. Borrachito. Todo. Luchi no lo puede creer, se agarra la cara con las manos, y yo también. Antes de que termine el recreo Pancho dio por finalizado el partido sin haber perdido una sola vez.

El timbre hace que todos vuelvan al salón. Todos menos yo. Porque yo me quedo para siempre detrás de ese vidrio. Siguiendo el caminito que una gota de aire condensada y llena de amor va dejando sobre la superficie fría, inerte. Esa superficie transparente que me dejó en la retina una postal imborrable.
La vida pasa para todos. Menos para mí.

Ellos se ponen de novio. Un noviazgo vertiginoso. Son inseparables. En un par de años se casan. Primero llega el nene y después la nena. Son muy felices. Tienen una casa nueva, luminosa y bella.

Yo no.

Yo sigo teniendo ocho años. Sigo detrás del vidrio observando pasar las cosas. Maldiciéndome porque aquel día yo fui puto. Puto y cagón por no haberme animado a hacer lo que debía. Lo que anhelaba con el alma. Por no haberme atrevido a gritarle mi desesperado amor de niño. Es obvio que no tengo hijos. Novia. Casa ni nada.
Pero me alquilo una cerca de la de ellos, a unos veinte metros del lado de la vereda de enfrente. Los vigilo. Los asecho. Se que en algún momento algo va a pasar y yo debo estar en el lugar indicado en el momento indicado.
Llevo un registro de los movimientos de ambos. Entradas. Salidas. Horarios de escuelas y jardines.

Me los cruzo en la calle infinidad de veces. Voy a los mismos negocios. En varias oportunidades me tocó hacer cola hasta ser atendido con uno de los dos o con los dos. A veces les lanzo un “hola” tibio, un “buenas tardes”, no me contestan. No me conocen. No me reconocen en verdad. Ellos también están muy cambiados con relación a cuando éramos chicos.

Nadie se da cuenta pero yo lo sigo siendo. Yo sigo teniendo ocho.

Se los ve jóvenes. Lindos. Acomodados. Se besan mientras esperan. Él siempre la apoya y le toca las tetas como al descuido. Ella lo saca sin hacer escándalo pero le gusta que se lo haga disimuladamente delante de desconocidos. Se siente alagada. Se sonría. Le vienen ganas de correr a su casa y arrastrarlo hasta la cama. Para después dormirse una siestita abrazados.

Pero un día ella llega a deshora pegando un portazo. Él se va de la casa de la misma manera. Empiezo a reforzar mis alarmas de observación. Los sigo más que en cualquier otro momento. Realizo algunas averiguaciones sobre ese tema que algunos llaman religión y aprendo a rezar. Lo hago con respetuoso fervor. Con desesperación. Casi creyendo.

Entonces una tarde no me quedan dudas de que ella sale llorando. Se cruza de vereda. Camina secándose las lágrimas. Pasa delante de mi puesto de control. Me parece advertir un ojo amoratado. Salgo del lugar de escondite. Decido seguirla. Salgo a la calle. La alcanzo enseguida. La toco en el hombro y ella se para en seco. Se da vuelta y me mira.

-¿Te pasa algo?- le pregunto con ternura.
-Quién sos. Soltame.
Y se va.

No hago nada para retenerla. Creo que no es el momento. Se aleja. Yo voy más despacio. Me pongo a reflexionar y me doy cuenta de todo. Pancho le pega. El hijo de mil putas la caga a palos. La va a terminar matando si nadie interviene.

En el trayecto que voy realizando, como por arte de magia, aparece el negocio del Negro Marcos. Algo me lleva a entrar, a lo mejor son los Dioses que me enseñan el camino. Aquellos a los que tanto dediqué mis palabras desesperadas ahora son quienes gobiernan mis movimientos y deciden qué es lo que debo hacer. Agradezco en silencio y dejo que las cosas pasen por sí solas. Hablamos un poco de todo, lo conozco mucho al Negro.

Le pregunto cuánto cuesta un revolver.
Me dice.
Mientras continuamos con la charla caigo en la cuenta de que es muy peligroso que un nene manipule un arma de fuego.
Voy pensando cosas.
Muchas cosas.

Me pongo nervioso, transpiro, reaparecen las ganas de salir corriendo y de vomitar.
Le doy un abrazo de despedida al Negro. Antes de irme del todo, con un poco de pudor, le digo que está bien, que me lo envuelva. Que me llevo el revolver.

 

 

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