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Skay sin mito

Por Luciano Sáliche

para Rama y Andrés

Cuando llegamos a Pompeya la lluvia nos había arrasado. Entramos temprano, quizás demasiado, pero nuestro objetivo era unívoco: encontrar una cucha tibia donde lamernos las heridas y aguardar el comienzo de la ceremonia. No era una misa, no había eslóganes místicos ni cotillón santificado ni largas colas de procesión ni guirnaldas de colores bendecidas sobre los tejados. Tampoco banderas gigantes con la cara de un santo con aureola y poderes bíblicos. Era una noche común de un día común. Entramos al Salón Sur como un oficinista retrasado: rápido y sin mirar hacia los costados.

La cerveza estaba barata y el ambiente, cálido. Un grupo minúsculo coreaba canciones de un pasado latente que ya no es, de otra época, seguramente mejor, como intentando traerlo al presente para vaya uno a saber qué. Nosotros, al costado, bebíamos y fumábamos, aguardábamos el momento en que Skay Beilinson saliera al escenario y haga lo suyo: darle rienda suelta a su música futurista de riffs biónicos y rayos laser. La espera era larga pero la conversación fluía bien. En la entrada, sobre la puerta de ingreso, un televisor daba los goles de Gimnasia y, más tarde, una Mirtha Legrand muda y platinada, que ensayaba un monólogo que jamás escucharíamos.

Finalmente el flaco salió a escena. Sombrero de cowboy, camisa de jean, guitarra colgada, movimientos pendulares. Al fin el rock no es sólo ruido, pensamos, mientras su voz salía de entre las rendijas de sus dientes -siempre apretados, mandíbula de acero- como un sonido que, de cerrar los ojos y contar con imaginación, parecía el rugido de un gigantesco león asesino. Pero, ¿quién carajo es Skay Beilinson?

Nació en La Plata, como suele decirse, en el seno de una familia pudiente. Si la paternidad es, como decía Jaques Lacan, esencialmente simbólica porque inaugura el ingreso del sujeto a la cultura con la prohibición del incesto, entonces hay que poner la lupa en la figura de Aaron Beilinson, su padre. Fue un ruso –nacido en Baku, hoy Azerbaiyán– que llegó a Argentina de niño, se crió en Bahía Blanca y se transformó en un destacado ingeniero conformando la firma constructora Babic S.A. que realizó diversos proyectos como el Yaciretá. Su afición era la navegación (se asoció al Yacht Club Argentino) y la ópera y la música clásica (impulsó la Fundación Teatro Colón), con lo cual solía viajar por el mundo a presenciar este tipo de espectáculos; pero también era escultor, actividad que realizó hasta sus últimos días, cuando falleció en 2010. En el año 1973 fue secuestrado por la Fracción Roja del ERP a cambio de tres millones de dólares, lo que puso a la familia en un momento bisagra y, desde luego, en una perspectiva compleja a la hora de evaluar el extraño presente que en aquella época se vivía.

Pero antes de eso, en el año 1968, Skay estuvo en las manifestaciones que se realizaron en el Mayo Francés y también en Londres, donde presenció un recital de Jimmy Hendrix en el Albert Hall. Luego se instaló en una comunidad hippie junto a su compañera, Carmen Castro “La Negra Poli”, con quien hoy vive en una graffitteada casa de Palermo, cientos de miles de años después. ¿Cómo tolera un cuerpo esta vorágine de sensaciones, el sube y baja del destino? La cabeza de Skay, el menor del matrimonio de Aaron y Berta Szbar, era una caja musical que todo lo soportaba, transformando el odio en amor o viceversa, según se necesite.

Escucharlo en alguna entrevista o leer las desgrabaciones que los periodistas hacen de su voz es toda una experiencia. No en el plano místico y estúpido de la idolatría, sino porque no está cubierto por la carcasa de la trascendencia y la sabiduría. Es un músico; del carajo, sí, pero solo un músico. Alrededor de su figura jamás se generó una espectacularización desmedida como ocurrió con el Indio. La futbolización del rock fue un fenómeno patente que comenzó en los noventa y envolvió la música de una -permítaseme el enredo- careta anti careta, llevando la lucha contra lo banal hacia la banalización misma. El versus entre el vocalista y el guitarrista de Los Redondos pertenece a esta génesis que, si bien hay entre ellos mucho más que chispazos, no vale la pena reavivar, aunque hay un audio que circuló bastante hace unos años que sirve como ejemplo. En un recital Skay hacía la canción “Kermesse” y gritaba “Guita / quiero mucha guita / decía el señor de la condada”. Eso se interpretó como “el señor de la pelada” y dio que hablar mucho. Hubiese estado bueno pero no, queda para las especulaciones y -eso que Leticia Martin menciona en el prólogo del libro de Nando Varela Pagliaro- el borde de la obra. Divertido y farandulesco… un juego cuya realidad nos excede. Sin embargo hay algo de verdad porque hace doce años que no se ven y esa rivalidad, que suele fomentarse porque la argentinidad convive con una necesidad chimentera, está en las concepciones –no tan opuestas, quizás– que ambos tienen sobre el mundo de hoy.

Pero, ¿en qué se diferencia concretamente Skay del Indio? Curtidos por una cultura ajena a la fama, su hermetismo es similar. No suelen tener un contacto recurrente con la bahía mediática, arriban a la tierra por una especie de túnel esquivando la espuma brillosa de la sobremediatización. Entonces, ¿es su diferencia sólo una cuestión de masividad? ¿Se le puede adjudicar a la empatía un carácter azaroso? ¿Forma parte del producto artístico el carisma? ¿Acaso la masividad es sinónimo de calidad? Preguntas que se desvanecen cuando Skay gritaba “¡suelten las amarras!” en “Astrolabio”, una forma práctica de decir: atrévanse a vivir sin mito.

¿Cómo comenzó todo? Yo estaba orinando en el baño cuando escuché los acordes de “Oda a la sin nombre”, la canción de apertura. Salí rápido, las luces eran cálidas y la música sonaba fuerte. Después de ahí vino un fundido a negro. Negro no, sino una mezcla de colores que se hace difícil dilucidar. Mucho fucsia, mucho cian, mucho absenta, mucho miel. Una paleta de colores o, mejor dicho, de tonalidades que en el recuerdo se chocan y colapsan en un asqueroso y radiactivo negro. Hubo canciones de Los Redondos, como “Jijiji”, en la que tuvimos un pico de adolescencia trash y nos dejamos llevar por el pogo pero, personalmente, flashé mal con “El golem de Paternal” y “Tal vez mañana”. En fin, lo que sucedió entre la apertura del show y el cierre es algo que puede encontrarse en las tantas crónicas neuróticas que suelen abundar en las webs de rock o, mejor todavía, en los largos posteos de esos fanáticos que aseguran haber encontrado un momento de felicidad en este mundo rancio de noticias y precarización.

Fue una noche común de un día común: tocó Skay, punto. Nosotros lo sentimos en el pulso, en el latido atrás de la oreja. No hace falta magnificar la cuestión y elevarla hasta las deidades. Luego comimos algo, continuamos bebiendo hasta que la noche dijo basta y finalmente nos dormimos sabiendo que mañana sería otro día, un día más, pero con la suficiente energía para enfrentarlo. Porque eso es la vida: un enfrentamiento permanente con lo banal. Por suerte Skay sabe dar esa batalla.

 

 

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