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Desentrañar el pueblo

Por Federico Capobianco │ Fotografía: Ezequiel Díaz

Daniel Matovani, el personaje que encarna Oscar Martínez en El Ciudadano Ilustre, inicia uno de sus libros con estas seis palabras: Irse no es dejar de estar. Lo dice alguien que se fue para no volver y que cree que la mejor decisión que tomó en su vida es haber escapado de ese pueblo. Sin embargo, aunque él ya no esté, sus libros le impiden irse por completo. Eso es, por demás, imposible: hasta el que parte odiando ese pedazo de tierra donde creció carga de odio el equipaje; de cualquier forma, esos elementos que hacen al sistema interno se llevan consigo, y para siempre.

No hay odio, quizás a veces resignación, en los que parten obligados -aunque entusiastas- de este lugar llamado Chivilcoy hacia las grandes ciudades a continuar los estudios. La mayoría de quienes se marchan del “pozo geográfico” con tal objetivo, suele terminar en La Plata o en Capital Federal, a 200 kilómetros como máximo. Sí, es poca la distancia, pero en el último ejemplo el cambio al que uno se enfrenta puede significar haber viajado una eternidad. Alejandro Sokol, ex líder de Las Pelotas, declaró que se mudaba a Chivilcoy porque “estoy cerca y lejos del quilombo”. Y es verdad, cerca por la distancia objetiva, lejos por la diferencia en el pulso que uno va sintiendo a medida que recorre el camino. De acá para allá, en un punto fácilmente identificable, se siente –porque realmente se siente- un aceleramiento en el tiempo que apesadumbra el pecho de una forma no tan descriptible. De allá para acá, bueno, la cosa es al revés: se está volviendo –aunque ya no sea- a casa. Pero puede que “volver” no sea lo exacto, cuando se cambia de ciudad la vuelta es solo de visita y la sensación no es la misma. Entonces, ¿qué se puede hacer con toda la tromba de sensaciones, transformaciones y remodelaciones que uno experimenta? La respuesta es simple pero no sencilla: hay que expresarlas.

En este camino, Tomás Garibotti (Chivilcoy, 1984) acaba de publicar su primer libro de poesías El Filo de la comisura (Nuevo hacer, 2016) y no solo aporta una nueva voz literaria en el mapa local, sino que aporta una nueva forma de narrar la ciudad, y sobre todo, narrarla desde el conflicto de haber partido, de verla de lejos, de volver: En cambio mi narración/ se dibuja en el paisaje/ de la llanura,/ el cuentito de la soja,/ la vuelta al perro/ de los domingos sin risa,/ la siesta eterna, conservadora,/ y todo lo que dejamos allá un día/ para partir solos, muy solos.// Es cierto, se parte muy solo pero la soledad se dibuja en esos elementos del propio sistema. “Bien se dice que uno no encontrará en sitio alguno nada que no haya llevado consigo”, escribió Alejandro Dolina en Refutación de los viajes, algo que Garibotti entiende perfectamente; allá están casi las mismas cosas que hay acá pero no dejan de ser el retorno constante a la esencia de eso que son, y esa esencia, para nosotros, está acá: Porque son/ cosas mínimas, don,/ nada del otro mundo:/ un asadito,/ una pava de mates/ con los compañeros de estar,/ la caricia o el chirlo en el culo/ de un poema,/ la explosión del rock/ dentro de lo mío.// Para explicar mejor, las cosas de allá le dan sentido a las de acá, permiten verlas mejor, compararlas y comprobar que al no seguir contando con la cotidianeidad, toman otro significado. Cuando se toma distancia, el objeto llega a percibirse con más detalle, dicen.

Tomás Garibotti (Fotografía: Julián Bonetto)

Tomás Garibotti (Fotografía: Julián Bonetto)

Pero no todo es hermoso en esta pequeña tierra. Hernán Ronsino, el escritor que mejor supo narrar Chivilcoy, cuando le preguntaron por el abordaje del territorio en sus novelas, respondió: “A diferencia de la idea mítica que se puede tener desde una gran ciudad que la tranquilidad se encuentra en el campo o en un pueblo; me interesa reflexionar sobre las distintas formas de violencia que funcionan en los pequeños pueblos. Y que funcionan como una forma de controlar los cuerpos. De disciplinarlos. Detrás del silencio y la supuesta tranquilidad del pueblo hay un sistema que poda, corrige, ordena”. Esto, si alguien pretende alguna vez crear un mínimo sentido artístico a través de su vivencia en la ciudad, debe percibirlo; Garibotti lo hace y lo lleva al límite: “que no les quepa ni la menor duda,/ en esta materia/ tienen una comisura/ implacablemente filosa/ y si te pueden matar, / te matan.//

Con más razón, lo que no entra en el combo de lo entrañable debe narrarse aún con más fuerza porque de no hacerlo se pierde todo poder de autoridad sobre las palabras, y en ese caso salen solas y no de la mejor manera, lo que queda claro en uno de los mejores poemas del libro titulado La Resistencia: Cargado,/ como una espesura,/ capa sobre capa,/ sedimentación angustiante./ Late,/ se obtura,/ quema las sienes,/ me abraza la nuca./ Las ideas se licúan,/ desfasadas por la velocidad de la imagen,/ se comen el amague de la percepción,/ mecanismo de gomas girando en el vacío./ Ahora se retuerce la tripa,/ duele,/ se endurecen los mulsos,/ los brazos tensos,/ comienza la arcada,/ la sustancia se hace cuerpo,/ se pone el traje de vómitos,/ se expresa, quizás/ se manifiesta.//

El Filo de la Comisura es la forma en que el autor se busca y se desentraña. “Para encontrarse a uno mismo –dice también Dolina- no es necesario caminar mucho. Se los digo yo, que me he rastreado por todas partes y me encontré en el patio de mi casa, cuando ya era demasiado tarde”. Garibotti logró encontrarse con este primer libro, y lo hizo temprano. El camino que le queda es por seguro prometedor.

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El filo de la comisura
Tomás Garibotti
Grupo Editorial Latinoamericano
65 páginas

*Presentación: 8 de octubre en Sociedad Francesa (Chivilcoy)

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