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No tomarás en vano el nombre de…

Por Federico Capobianco

I.

Un par de domingos atrás salió en los medios nacionales una noticia que se presentaba como una especie de batalla cultura y contaba que el gobierno está elaborando un proyecto de ley para que los bienes estatales –calles, edificios, lugares públicos- no puedan llevar nombres de personas antes de los veinte años de su deceso. De ahí que la mayoría de los principales diarios, siempre pillos, hayan titulado, palabra más palabra menos: “El gobierno busca reemplazar el nombre Kirchner de los lugares públicos”.

En resumidas cuentas, un único artículo del proyecto desató la polémica ya que propone la retroactividad: “Las restricciones son de aplicación a las denominaciones existentes en la actualidad, los que deben adaptarse en un plazo de 120 días”. Más claro: en cuatro meses todos los edificios que se llamen Kirchner deberían rebautizarse, así como, por ejemplo, los que lleven los nombres de Raúl Alfonsín o René Favaloro.

¿Es por todos los nombres la polémica? Los medios parecieron prestar atención solo a uno y quizás hayan acertado. El titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, Hernán Lombardi –el funcionario que se encarga de defender el sentido propuesto por el gobierno–, declaró: “Es parte del objetivo central sacar una ley que pueda cambiar el nombre del ex Palacio de Correo. No debe llamarse Néstor Kirchner. Es parte de un populismo del cual estamos tratando de salir todos los argentinos, los valores simbólicos son muy importantes. En el CCK todavía hay placas con el nombre de José López”.

 

II.

La práctica de erigir la figura del líder es tan vieja como todas las Alejandrías fundadas por Alejandro Magno, o la Roma de los monumentos de Augusto y Trajano. Según las proezas bélicas o pacíficas –la historia se dirimía entre esos estadios- se construían estatuas personales o se refundaban ciudades con el propio nombre. Por otro lado, fue en la Francia estatal del siglo XIX donde empezó a considerarse que el patrimonio nacional debía ser puesto al servicio de la comunidad al fin de crear una identidad nacional. Y fue el populismo el encargado de fundir ambas prácticas.

Haciendo hincapié en el que nos atañe: el kirchnerismo tuvo una narrativa clara, manifestada en sembrar su nombre en cada lugar que pisaba. Pensemos en el caso más emblemático que destaca el proyecto de ley: el Centro Cultural Kirchner. Pensémoslo como objeto cuya función es ejercer como espacio físico encargado de gestionar y reproducir diferentes manifestaciones culturales. Hannah Arendt expresó que un objeto cultural es tal si su objetivo es perdurar, pero que se anula si se lo considera una mera función de los procesos de la vida social como si no tuvieran otra razón de ser que la satisfacción de alguna necesidad. ¿Anula el nombre el objetivo? ¿Es el valor simbólico del nombre la satisfacción de una necesidad que se posiciona por encima del carácter cultural del edificio? ¿Modifica en algo al objeto llamarlo de tal o cual manera? ¿Genera más sentido la apertura de un centro cultural estatal o su nombre?

Apenas asumió la nueva gestión macrista el CCK estuvo cerrado al público por varios meses debido a consideraciones en problemas de infraestructura pero que de igual forma sirvió para reuniones de gabinetes y para recibir al Presidente de los Estados Unidos Barack Obama; también hubo inconvenientes con la planta de empleados de la que el gobierno llegó a desvincular cerca de seiscientos. La idea de cambiarle el nombre del CCK la expresó Lombardi en febrero, mucho antes de manifestarse en contra de los demás nombres en el patrimonio público. ¿Es entonces este proyecto de ley el sustento legal para borrar la identificación kirchnerista de uno de los centros culturales más importantes del país? ¿Es un problema de identificación? ¿Es un impedimento para el funcionamiento del lugar o para el funcionamiento del gobierno?

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III.

De la noticia, algo que se extendió hasta el lodo que todo lo absorbe de las redes sociales y que Lombardi tuvo que salir a aclarar, se resaltó la sensación de estar rememorando a la Libertadora que derrocó a Perón en 1955 y donde Aramburu, una vez asumido, impuso, mediante el decreto 4161, la prohibición de todo elemento y simbología peronista. A esto, Lombardi declaró que el objetivo no era revanchismo: “No es el objetivo de la ley, en su momento se prohibió en la Argentina el nombre de Perón, y eso no hizo más que alimentar el mito. Estamos muy lejos de ese pensamiento, buscamos que todos estemos incluidos, pero no podemos dejar de señalar esta deformación demagógica y populista de los últimos años”. En esta declaración está el verdadero sentido de la propuesta.

Hace algunas semanas, se publicó en el suplemento Ideas de La Nación una nota titulada ¿Qué sería hoy un “cambio cultural” en el país? donde se analiza la intención del gobierno de generar un nuevo sentido. Eso no puede discutirse: cada gobierno que llega intenta lo mismo. Lo que sí debería discutirse y aprender a identificar es si las intenciones a lo largo de la historia fueron las de generar un cambio cultural a futuro o imponer un relato en el corto plazo; si son políticas de Estado llevadas a cabo con la intención de modificar la estructura heredada o la simple intención de mostrarse diferente a lo anterior con dos o tres manifestaciones en línea contraria. ¿Tiene algún sentido para crear este nuevo gobierno? ¿No tuvo la oportunidad de hacerlo en el Bicentenario de la Independencia y la desestimó? ¿O acaso esa ausencia de sentido es, justamente, el sentido que quieren generar? ¿Es aquel proyecto de ley un cambio cultural o la copia del revanchismo de la Libertadora?

Podrían ser ambas o ninguna. Podría pensarse que Cambiemos es un partido antikirchnerista convencido y que las manifestaciones colectivas –que podrían identificarse con el gobierno anterior- les molestan y mucho, y podrían querer borrar todo vestigio identificatorio con esa masa que en vez de manifestarse debería estar produciendo. O podría pensarse que ese antikirchernismo no es real, al menos no para adentro. Que a Cambiemos le convino, le conviene y le convendrá la postura. Que leyó bien el agotamiento coyuntural y “la grieta” y lo aprovechó, supo que el camino era por ahí y lo tomó. Pero esa idea de incluir a todos es de por sí una falacia: los catch all argentinos nunca salieron bien; es un discurso prometedor pero inviable. En la intención de meter en un gran bol a la burguesía y los trabajadores para una ensalada “política con diálogo y consenso” siempre prevalece el sabor de la primera y los demás se verán como esos granos de choclo que quedan olvidados en el fondo, imposibles de ser agarrados por el tenedor estatal.

 

IV.

Puede haber un parecido –solo un parecido- en el cambio cultural hacia la economía entre este gobierno y la Libertadora –o aquellos años posperonistas que incluyen a más gobiernos: la intención macrista de “recuperar la cultura del esfuerzo y la productividad” poco se parece a la cultura peronista de “el trabajo dignifica y entrega derechos”. En la lógica liberal, la productividad es siempre de los empresarios y el esfuerzo de los trabajadores. También, en aquella época como en esta, se dijo que la herencia económica fue nefasta, se dejó hacer a las patronales agropecuarias y se decidió volver a contactar al FMI. Hasta el “sinceramiento” actual es exactamente igual al hecho por -¿casualidad?- Federico Pinedo hijo –el de hoy es el bisnieto del primer Pinedo- durante el interregno pseudo institucional y antiperonista de José María Guido en 1962. Pero como lo definió Natanson, Cambiemos es una nueva derecha y como tal, debe aportar a aquello algo nuevo, que es el abandono de la condición estatalista para mediar, algo que mantenía la derecha militar post Perón. ¿Es esa actitud de alejar al Estado de los conflictos el sentido a construir?

El refuerzo liberal de fomentar los valores individuales es la política más desindividualizante que puede llevarse a cabo, y como tal, la más desideologizante. La masa social que se mueve en la marea pública y política cobra identidad como especie colectiva, al separarlos no tienen nombre, no tienen nada. Entonces, ¿qué tipo de fuerza constituye y desarrolla este cambio de sentido?

Los cambios culturales deben estar acompañados por fuerzas sociales que demandan ciertas cuestiones. Así pasó, por ejemplo, en las revoluciones argentinas del siglo XIX -1810 y 1890-; pero hay una diferencia entre la elite que lo generó en la revolución de mayo y la elite dirigente actual: entre medio de ellas se dio el peronismo –quizás el más importante cambio cultural de la historia local. Antes la elite era el único sector social concreto –el resto era una masa difusa sin nombre, sin poder y sin nada-, hoy no. Por eso, cuando Macri dice “esto no es un cambio de modelo sino un cambio cultural”, ¿a quién le habla? ¿Qué cambio propone? ¿Sobre quién lo propone? O cuando el Ministro de Educación Esteban Bullrich, en un improvisado discurso –por tanto sin filtro- ante la inauguración de un hospital en Río Negro, declara que hay que realizar “una nueva Campaña del Desierto pero en vez de espadas con educación”, ¿a qué desierto se está refiriendo? Porque antes, se sabe, allá por el último cuarto del siglo XIX la expresión roquista de llamar desierto a la Patagonia no era literal; puede entenderse la intención de considerar así a una extensión de tierra repleta de barbarie indígena pero vacía de hombres blancos civilizados, y la elección de las “espadas” como medio para limpiar ese vacío porque el fin era llenarlo de otra cosa. ¿Pero hoy? ¿Cuál sería ese territorio, esa barbarie que necesita “educarse”, esa civilización a llevar?

Mientras nos metemos en la imposible tarea de buscar las respuestas a todas estas preguntas en la información que el gobierno no da, se lanzó hace tres meses un billete con la imagen de un yaguereté y en dos días se lanza uno nuevo que llevará impreso una ballena franca austral. Surge, entonces, entendiendo la simbología histórica de los billetes, una última pregunta: ¿a quiénes representan esos animales?

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