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Literatura de likes

Por Luciano Sáliche

“Las primeras publicaciones de Jlébnikov no fueron obras literarias, sino artículos sobre ornitología”. La línea aparece en la entrada de Wikipedia sobre el escritor ruso Velimir Jlébnikov. En las plataformas colectivas puede aparecer cualquier cosa, pero esta frase se me antoja irreprochable. ¿Cuántas personas pueden escribir así? Me refiero a la síntesis, al despojo de la ambición y, sobre todo, al anonimato. No hace falta decirlo, Wikipedia tiene muy buena información porque se hace entre todos los usuarios de la web. Hace falta clickear en el botón de editar y ya se puede modificar una entrada. Claro, luego vendrá el filtro de los editores de la plataforma pero ese ya es otro cuento. Lo cierto es que se pueden crear nuevas entradas de personajes irrelevantes, pero con una condición: mantener el anonimato. Esto significa darle prioridad a lo narrado más que al narrador, una ecuación que cuesta asociarla a la época en que vivimos.

Podría pensarse a internet como una contrateoría del Big Bang ya que presupuso un cambio en la forma de pensar todas las disciplinas. Si los escritores se movían dentro del campus literario de una determinada manera, a partir de las redes sociales la lógica cambió y ese gran océano con costas inamovibles pasó a ser un delta frondoso que regala pequeñas muestras de arte a los paseantes que navegan en catamarán. Si para el siglo pasado, la literatura era todo aquello que se imprimía entre dos tapas, entonces los lectores debían esperar ansiosos qué tenían para decir los escritores, que preferían condensar todo su trabajo en los libros que publicaban cada uno, dos o diez años. La figura del escritor se limitaba a hablar en sus libros, quizás alguna que otra aparición pública en charlas, conferencias o entrevistas, y -¿por qué no?- en columnas firmadas para diarios y revistas. Un esquema sencillo, claro, con estructuras prácticamente invariables, y fácil de seguir.

La cosa viene de antes. Ya lo decía Fogwill en una entrevista de 2007, cuando le preguntaban si creía que lo que el escritor diga en los reportajes era parte de su obra: “Sí, por supuesto. Es una actividad ficcional; si la ficción pertenece a la literatura, es literaria. Para un escritor creo que todo es parte de la obra. También la elaboración de su imagen pública.” Eso mismo, la imagen pública, no es otra cosa que todo lo que se muestra, todo lo que se exhibe. Pero, ¿vale la pena hacer una división entre el autor y la obra? ¿entre el nazismo acérrimo de Louis-Ferdinand Céline y Martin Heidegger de sus Viaje al fin de la noche y El ser y el tiempo? ¿entre los homicidios a sus esposas de Louis Althusser y William Burroughs de sus La revolución teórica de Marx y Yonqui? Claro, son hechos trascendentes, jugosos frente a las mandíbulas amarillistas de la espectacularidad, pero ¿qué sucede con lo cotidiano? Esa cadena de montaje monótona que actúa a partir de un engranaje repetitivo cambia su rumbo a partir de la exposición diaria de las redes sociales. ¿Forma parte de la obra de un autor los desbocados posteos coyunturales de Facebook sobre la actualidad política del país? ¿Y los chistes diarios en Twitter? ¿Y las sensuales selfies en Instagram? ¿Y los espontáneos y oscuros videos de Snapchat?

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Si la historia es, como sugería Karl Marx, una serie de rupturas, entonces podría pensarse que esas rupturas no siempre son iguales y que, en su diversidad, pueden llegar a ser justamente lo opuesto. Si internet rompió un rumbo para traer a esta época narcisismo y exhibición, algunos siglos atrás la Modernidad trajo su sentido contrario: el anonimato. Vale la pena, entonces, remontarse a 1840 cuando Edgar Allan Poe escribió El hombre de la multitud, un cuento que pone en evidencia las delicias de moverse en una ciudad atestada de gente que no se conoce entre sí, que nadie sabe muy bien quién es el otro y hacia dónde va. Pero la Modernidad no sólo implicó el surgimiento de grandes metrópolis, ya que fue una consecuencia del cambio de paradigma que significó la sustitución de la religión por la razón humana, también la consolidación de los Estados-naciones y la revolución industrial, todo en pos de la utopía del hombre libre. “El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato”, escribía en 1863 Charles Baudelaire en El pintor de la vida moderna sobre eso que empezaba a suceder en el siglo XIX. A Baudelaire le entusiasmaba la cuestión de volverse invisible, y hablaba de flâneur: el paseante que vaga sin rumbo por las calles, mirando todo, dejándose llevar. ¿Existe hoy este espíritu positivo de anonimato? ¿Cómo pensar la Modernidad en la Posmodernidad? ¿No es acaso un flâneur el usuario que divaga por el time line de las redes sociales, dejándose llevar por los sorpresivos posteos de sus contactos, megusteando cada tanto, faveando lo que le parezca, haciendo de su existencia un paseo sin rumbo?

Hoy algo de eso, pero tal parece ser que ese anonimato está lejos de ser celebratorio ya que el reconocimiento y la celebridad tienen más luces sobre sí, más ganas de exhibirse, de autorreferenciarse. Hoy la cosa se intensificó notablemente porque la llegada de internet dio vuelta el tablero y lo hizo de la forma en que se dan vuelta los tableros mixtos. Si de un lado había un ajedrez milenario donde las reglas eran complejas pero obsoletas, ahora hay un juego de damas moderno y sencillo. Más fichas, más casilleros. Más voces, más perfiles. La muchedumbre sigue presente pero para ingresar al mundo digital hay que loguearse. No importa si el perfil contiene todos los datos del DNI o es un nickname que juega al alter ego, lo importante es nombrarse, denominarse, hacerse presente mostrando las huellas del autor. Y esa novedosa evidencia, la de construirse cotidianamente, es la que empieza a modificar de a poco los contenidos. Las miles de novelas del yo autorreferencial como estilística relevante que aparecieron del 2000 en adelante son una prueba de este cambio en el campus literario.

Hay diferentes grados. Si por un lado están los escritores que prefirieron el distanciamiento, como Salinger, o directamente la soledad, como Thomas Pynchon, también están los casos extremos de obras anónimas como Lazarillo de Tormes, Las Mil y Una Noches, Poema de Mío Cid. ¿Quién sería capaz hoy de entregar su poder creativo al patrimonio desinteresado de la humanidad y perderse en el anonimato sin buscar el rédito del reconocimiento? En Wikipedia hay una respuesta posible, sin embargo es una inmolación moral que no tendría sentido si lo que realmente se busca es engendrar una obra literaria. La analogía tiene más que ver con las formas de comprender la identidad, nuestra subjetividad y los productos culturales que se elaboran en un mapa literario que se ha abierto como una flor para aceptar a todo aquel autor que quiera escribir lo que sea desde donde sea.

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Al respecto, hay una pregunta que resuena entre los círculos de estudiantes de Comunicación más o menos avispados que tiene que ver con el valor de los discursos: si todos tenemos una voz en todo momento para opinar de cualquier cosa, ¿cuál es el valor de esas voces? ¿cuáles son las jerarquías, los parámetros de relevancia, los focos de profundidad en una sociedad que concibe el saber con la ingenuidad de lo espontáneo? Es por eso que la democratización exacerbada puede leerse como una posible amenaza a la calidad de los discursos; calidad ya no construida por la acumulación del conocimiento y del saber en tanto capital simbólico predominante, sino más bien del acto de afilar una serie de elementos propios de la espectacularidad televisiva: carisma, chispa, picardía, entretenimiento.

Los influencer son una prueba de eso. En las redes sociales existen tuitstars, instagramers, youtubers, de todo, pero ¿qué son realmente? Se los podría definir como personalidades que crearon una suerte de comunidad: un alud que va y viene entre su virtud y sus seguidores. Pero la pregunta no busca interrogar la validez del reconocimiento en sí, sino más bien los motivos, que no son otra cosa que el contenido que el influencer crea afirmando su identidad. De una forma similar a lo que sucede en la televisión, donde los mediáticos se construyen a sí mismos generando contenidos escandalosos mediante la lógica del impacto, el influencer trabaja a partir de un contrato de lectura implícito: sus seguidores saben qué van a recibir de él, hay una idea más o menos establecida de la capacidad de elaboración de productos interesantes, por eso las comunidades continúan aumentando en un camino directo a la masividad, que no siempre es lo mismo que la popularidad –ya lo decía Raymond Williams, lo popular es lo que surge de las clases populares, no lo que realiza la burguesía para que las masas lo consuman- pero que sospechosamente intenta asemejar su forma.

Los liberales dirán que tiene que ver con el lógico funcionamiento del mundo libre: los mejores productos culturales son los que se destacan por sobre el resto y se vuelven masivos dado que es el mercado el que otorga la libertad necesaria de acción y elección. Sin embargo acá podría hacerse un chiste donde alguien pregunta qué tienen en común Arturo Pérez-Reverte, Calu Rivero, El Rubius, la Dra. Pignata y Alejandro Jorodowsky, y otro contesta: seguidores.

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Al fin y al cabo no es otra cosa que una reconfiguración en las reglas del juego. Si en los dispositivos analógicos el emisor adquiere un rol activo y el receptor, pasivo, el mundo digital y su red de redes le permite al público, quien históricamente sobrevivió en la pasividad del consumo, participar de la creación. Miles de millones de personas posteando alrededor del mundo es una postal optimista que vale la pena exhibirla en la publicidad de una multinacional porque la libertad de expresión que trajo internet en un mundo como el nuestro no implica a priori la transformación del mundo en sí, sino la posibilidad de hacerlo, algo que han entendido los cyberpunks y hackers entusiastas de la deep web pero no las masas que se relacionan con el mundo digital desde el botón de share en un gif ingenioso. Hay un desfasaje entre las expectativas potenciales y los usos cotidianos, entre lo que anhelamos ser y lo que finalmente somos -tal como rezaba en el grabado de Francisco de Goya de 1799: “el sueño de la razón produce monstruos”-, entre esa gran proliferación democrática de voces y la banalidad del contenido que de esas voces brota.

La simplificación de la literatura en flyers y frasecillas descontextualizadas que abundan en las redes sociales forma parte de la cuestión. Pero evidenciar su panorama no es tan dificultoso. Cualquier pichón de escritor que se haya enfrentado al gélido cursor que parpadea en la hoja en blanco del Word lo sabe: la literatura es mucho más que eso. Sin embargo hay una puja por el sentido hegemónico que no siempre es fácil de ver. ¿Cuántos usuarios, dotados de una aceptable habilidad para narrar, se ven tentados por la tiranía del like? Podría decirse también que se trata de la vieja necesidad humana de ser aceptado, el intento por acallar las voces psicóticas de la soledad, pero esa respuesta no bastaría.

La discusión sobre si la calidad del producto artístico está determinado por su poder de circulación está más que saldada. Nadie que tenga al menos un dedo de sus pies sobre la tierra dirá que un best seller es a priori un buen libro, sin embargo es internet quien ha agarrado de los pelos esta discusión, que estaba en plena retirada, para sentarla nuevamente sobre nuestro regazo. Si hoy las redes sociales son un terreno tan transitado como los supermercados, y ya es difícil dictaminar si existe una diferencia entre el mundo real y el mundo virtual, entonces las formas de validación de los discursos requieren un aggiornamiento o, al menos, un replanteo, porque las reglas evidentemente son otras.

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Entonces surgen nuevas preguntas. Si la función de la literatura es desatar los nudos de la ideología dominante y permitirse imaginar la realidad desde un ángulo más interesante que el de la banalidad, entonces es necesario preguntarse por el papel del actor más que el de la actuación: ¿qué es un escritor? ¿el que escribe y publica? Siguiendo a Pierre Bourdieu, toda disciplina tiene un campo donde se tejen relaciones de poder. En el campo de la literatura no hay muchas vueltas: un buen escritor es el que saca buenos libros. Pero si internet propone nuevas formas de exhibir la escritura, ¿sigue siendo el libro la concreción de un objetivo que permite acumular capital simbólico frente a sus pares? Los soportes cambiaron y de alguna manera modificaron las reglas de juego. ¿Contra quién compite un escritor de Tumblr? ¿Cómo concibe el reconocimiento un escritor que realiza una saga por entregas desde Blogspot, WordPress o Medium? ¿Importa la calidad de esa escritura? ¿Importa la calidad de la lectura que esa publicación desata? ¿Cómo determinar la potencia estética de los discursos? Bueno, desde luego, para ello está la crítica literaria, que posee una pretensión que David Viñas señaló y que aún hoy vale la pena continuar: que esa crítica sea, además de científica, política.

No hay dudas que la literatura es el arte por antonomasia que tiene la facultad de acaparar todo el pensamiento de la historia de la humanidad e inmortalizarlo en una serie de libros que, dependiendo de cada época, podría ocupar varios New Century Global Center o caber en el pseudodormitorio de un PH familiar (¿habría que pensar la cuestión, ya no en metros, sino en bytes?) pero, desde luego, no es fácil pensar el oficio de escritor en un mundo como este, tan cambiante, tan extraño, tan esperanzador, tan apocalíptico. Enfrentarse a esa dificultad es la verdadera odisea, más que el reconocimiento que pueda llegar a tener.

 

 

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