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Tantas mujeres como feminismos haya

Por Leticia Martin

Una vez casi voy al Encuentro Nacional de Mujeres. Creo que ese año se hacía en Mar del Plata. Acababa de ser madre y sentí la necesidad de algún tipo de compromiso con la causa. Estaba en una parroquia averiguando qué tenía que hacer para bautizar a mi hija y una mujer me dio un papelito y me invitó a una reunión ahí mismo. Dudé, pero me quedé. Ya no era la misma mujer que venía siendo. Entré a una reunión y escuché de qué se hablaba. Había un plan de pagos y una propuesta de alojamiento y comida para quienes participaran, todo de lo más accesible. De igual forma algo en mí sugería que, si me subía a ese micro, iba a ser parte colaboracionista de un grupo de mujeres que hablaba de “prepararse para los embates de las feministas que son violentas y que no saben nada”, cosa que tampoco compartía. Claramente ese discurso ya no tenía mucho que ver conmigo y esas mujeres –que sí sabían lo que querían discutir– estaban defendiendo verdades que yo hacía tiempo había empezado a cuestionarme y no estaba en condiciones de defender. Mi posición idealista era la del debate y la de intentar hacer preguntas, sembrar dudas en sus infranqueables posiciones pro-vida. Un absurdo importante. Me bajé de ese bondi antes, siquiera, de haberme decidido a subir.

Más tarde pasé por una serie de aprendizajes y lecturas políticas y feministas; literarias y filosóficas. Ya tenía dos hijos y más libertad mental para pensar. Ser madre no inhabilitó mi formación académica ni evitó que, a fuerza de lucha, abrazara el goce por ciertos aspectos del saber que mi inconsciente iba señalándome. Ya había aprendido a confiar en mi propio tamiz y a bancarme la posición del que “duda porque piensa” y nunca tiene cerrados y resueltos todos los temas.

Leí algunos textos fundacionales de ciertos feminismos actuales del primer mundo, surgidos a la luz del hastío que provoca la casi completa satisfacción de las necesidades básicas. Leí intentando sentirme parte, con apasionamiento pero siempre con distancia, haciéndome cargo de lo que traía en la mochila, de lo sintetizado para seguir pensando. Comencé a juntarme con Paula Puebla a discutir textos de Judith Butler o de Beatriz/Paul Preciado, e incluso muchas veces no pudimos ponernos de acuerdo. Más tarde se sumaron Ingrid Sarchman y Mercedes Dellatorre. Siempre supe que pensar era un ejercicio colectivo, una construcción, un devenir de influencias. Siento una particular simpatía por una idea de Heráclito que ironiza la actitud de los ¨librepensadores¨ y dice: “aunque el logos es común, casi todos viven como si tuvieran una inteligencia particular”. Elegí confiar en las dudas comunes y seguir el impulso de profundizar en las cuestiones que nos hacían ruido. Puede sonar soberbio, incluso pretencioso, pero pensar sobre lo que otros sedimentan en el presente, y luego cierran con moño y presentan en los medios masivos y las redes sociales como “verdades indiscutibles”, es una sana práctica y no tiene mayor finalidad que plantear posiciones “otras” en los debates sociales.

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¿Desde cuándo hay que hacerse llamar de una forma y pensar exactamente igual que las demás personas para apoyar punto por punto lo que una mayoría reclama?

Hace un tiempo entrevisté a una cantidad de mujeres que a mi juicio podían problematizar la cuestión del género. Las hice hablar de las causas de los feminismos y de sus posiciones particulares. No dije nada. Sólo pregunté. Incluso entrevisté a varones antipatriarcales y escribí algunas notas cuestionando los aspectos del tema que no termino de compartir. Nunca alguien rebatió esas ideas. Supongo que tampoco muchas mujeres las habrán leído. Tal vez sus posiciones feministas consolidadas –como las de las señoras de aquella parroquia– no hacen lugar a la duda. Tuve contacto, en más de una oportunidad, con Eva Giberti y Zaida Gatti. Trabajé en campañas contra la violencia de género escribiendo guiones desde la voz del Estado y colaboré en el debate de la reglamentación de la ley 26.485. Presencié descripciones detalladas de los operativos de rescate de las víctimas de trata. Escuché a mujeres argumentando que elegían “no vender el sudor de sus frentes y sí vender el sudor de sus conchas”, como el de las víctimas indefensas obligadas a hacer algo que no querían. Pensé muy bien qué posición tomar frente a la masiva marcha preelectoral #NiUnaMenos, y elegí mantenerme al margen. Enfaticé demás la cuestión del nombre de la marcha y observé a la distancia cómo, a pesar de mi posición, mi hija participaba activamente junto a sus amigas del colegio y volvía a casa llena de preguntas y nuevos cuestionamientos. Después leí a los hombres arrepentirse en nombre de todos los hombres. Me avergoncé de sus pedidos de perdón por las muertes que ellos mismos no habían cometido, y por los golpes que jamás habían propinado. Supe que eso tampoco ayuda en nada. Me proclamé no-feminista y no adepta a ningún “ismo”.

Hago todas estas aclaraciones para que se sepa desde donde hablo. Sin embargo sé, de antemano, que nunca es posible atajar los cuestionamientos que se nos hacen a diario a las que no marchamos con la boca cerrada donde se nos informe por las redes sociales.

Suelo preguntarme qué significa ser feminista. ¿Se trata de una pregunta por el ser o de una declaración de principios? ¿Es realmente, hoy, una praxis política el feminismo? ¿Qué fuerza tiene enunciarse parte de una causa que ya conquistó buena parte de sus reclamos? ¿Y qué significa no presentarse como tal? ¿O no ser tal cosa? ¿Por qué provoca tanto enojo? ¿Se puede pensar por fuera del “movimiento”? ¿Qué implica? ¿A qué nos empuja? Me hago estas preguntas no porque me importe imponer mi posición, sino porque me incumben los temas más allá de los rótulos, porque veo y sé qué cosa es el machismo y porque cada día recalculo mi posición para ubicar mejor la estrategia de supervivencia en el campo cultural, familiar, y laboral. No alcanza con estudiar y tener ideas propias. Tampoco alcanza con la tolerancia, los reclamos, o con hacerse cargo de la parte del camino recorrido. Tampoco tiene que ver con hacerse llamar de alguna forma. Cambiar la realidad es mucho más que aportar el granito de arena del “me gusta”, levantar una pancarta, o adherir a los aires de la época. Pasa como con la solidaridad. Nadie puede decir que no sirve el aporte individual. La lata de arvejas que se deja en el canasto de una iglesia. El paquete de azúcar que se intercambia por la entrada de un recital a beneficio. El partido de fútbol que juegan los famosos para ayudar a unos chicos ciegos, o a una escuela del litoral. El tema es que a veces, algunos, no sin su cuota de perversión, confunden solidaridad con eficacia estatal. Lo que haga uno por ser buena persona y colaborar con otros que lo necesitan, no achica la brecha de desigualdad creciente. Las políticas sociales son las que cambian la realidad. Algo así es lo que quiero decir de la fuerza voluntarista de las mujeres que se expresan por todos los medios en favor de la abultada suma de causas feministas. Esas acciones sirven, contagian, envalentonan; pero no dejan de ser intentos des-sistematizados, reclamos sin organicidad. ¿Tienen que dejar de hacerse? No. Pero es sabido que la cosa cambia cuando las problemáticas entran a ser debatidas en el recinto, o producen políticas concretas desde los organismos estatales. O cuando una situación de gravedad se traduce –como en el caso de la Ciudad de Buenos Aires– en una tobillera para mujeres que cuenta con un botón antipánico para prevenir ataques, y que ya debería funcionar a nivel nacional y no solo en el distrito más rico del país.

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Digo todo esto antes de decir que no entiendo un “paro feminista” para que no se me descontextualice y trate de porteña desconocedora de la realidad. No entiendo. No me cierra un paro que no se le hace a un empleador sino al universo en general. No entiendo, tampoco, dónde se inscribe esa jornada de lucha, a quién se dirige concretamente el reclamo, cuál sería la medida de fuerza que se opondría a la inacción de quien debiera recibir ese reclamo. ¿Y si la empresa en la que trabajo es de una mujer? ¿Paro igual? ¿Y si mi empleador es feminista? ¿Y si mis empleadores marchan a la par mío a reclamar lo mismo?

Pongo por ejemplo uno de los ítems del reclamo que expresa esta superposición de planos del debate que sólo conducen a más dudas. ¨Paro porque las tareas de cuidado que asumimos nos exponen a mayor precarización laboral¨. ¿A quién se dirige este reclamo? ¿Al capitalista que te emplea? ¿A tu marido que no te ayuda con las tareas de la casa? ¿A la sociedad en la que vivís que no te enseñó a ser menos “atenta” a las necesidades de cuidado de los que te rodean?

No sé si se trata de un problema de comunicación. Creo, mejor, que el gran conflicto que hoy tenemos las mujeres es estar planteando mil batallas en una, sin conseguir articular un colectivo orgánico que permita inscribir políticamente y con cierto posible orden de prioridades los conflictos por los que se pelea. Se peca de idealismo. De pancartismo. De unidad de género. Se supone que una mujer debería defender cualquier cosa que haga otra mujer, por el sólo hecho de ser mujer. Cosa que medimos de otra forma cuando se trata de hombres, o que nos provoca hasta cierta incomodidad cuando caemos en la cuenta de que estamos involucrando la identidad sexual del otro, ante cualquier situación en disputa.

Me pregunto si se está definiendo con astucia y claridad a quién se le reclama cada cosa. Porque la sensación es que el pedido “de todas”, es para “todos los que quieran escuchar”. Y cuando el tiempo pasa y las mujeres siguen muriendo, o las estadísticas no llegan, o se sigue criminalizando a las víctimas, probablemente ya es hora de replantear las tácticas. Sin medir la eficacia de los gestos con los que se reclama, sin producir un cambio incisivo, se infantiliza el intento de ir por más, como de conseguir lo que se pretende. Pero además, el del feminismo es un problema que el género tiene con su propio objeto, siempre en construcción, indefinido, aún intercambiable y fácilmente modificable con hormonas que, al final del día, lo vuelven su opuesto, su propio blanco de ataque. ¿Podría el feminismo no pensarse contra el hombre? Y en ese caso, ¿cuál sería su amo? ¿Qué pasaría con ciertas posiciones femeninas si no fuera el hombre el patriarca del que habría que desmarcarse, o si el verdadero contrincante fuera la alienación del capital, el hastío del consumismo, o la diferencia de clase? Puede sonar materialista la pregunta, pero a la vez no puede ser acusada de dialéctica.

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Recuerdo que hace unos años, en una reunión laboral, pregunté si contábamos con estudios de campo que aporten números reales de muertes según corte de clase. Silencio. Cambio de tema. Esas cosas no merecen ser discutidas. Son impertinencias. ¿Será más fácil pensar que todas las mujeres de todos los niveles socioeconómicos sufrimos las mismas violencias que ubicar cada problemática en su base material?

Por último un párrafo atrofiado y cansado, sobre la cuestión de las manifestaciones destructivas. Del mismo modo que la tolerancia nunca alcanza, es sabido que tampoco sirve su reverso. Me refiero a la violencia verbal y simbólica de los grafitis, o a los contenedores ardiendo que vimos recientemente, sobre el final de la multitudinaria marcha de Rosario mientras la policía reprimía a las manifestantes. ¿Qué vamos a hacer con toda esa fuerza que colma las calles? ¿Qué pasaría si ese poder desbocado entrara en el cauce de los lugares que corresponde y no fueran las mujeres un dato de color en las webs, blogs, y medios masivos? ¿Y si forzáramos un plebiscito para saber quiénes están a favor del aborto? No es mala idea para el próximo año electoral que se avecina. Un nuevo plebiscito para tener un número real. Un número del siglo XXI que actualice el estado de la opinión pública de nuestros abuelos. La mejor forma de dar un diálogo nunca es monologar, gritar de un lado, escuchar el propio eco contra la inacción. Exijamos datos concretos. Demos las batallas en serio. Acordemos unos reclamos, sepamos ceder otros, aprendamos de una vez a exigir y negociar en democracia, ocupemos los lugares que importan, seamos parte de la toma de decisiones. Pero por sobre todas las cosas: aprendamos a ejercer lo conquistado, para lo cual, antes, hay que hacerse cargo de eso y dejar de verse como todas, siempre, como víctimas.

 

 

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