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El problema de la familia

Por Sergio Fitte

El noviazgo que inicié con Lorena me llenó de energía los primeros meses. Estaba loco por ella, en el buen sentido, por lo que no fui tomando nota de las cosas en las que iba cediendo dentro de la relación. Cuando me quise dar cuenta habíamos cumplido uno, luego dos y tres años de novios. Con esta fecha en la mano, Lorena preparó una especie de fiesta para toda la “familia”, como siempre llamó a los habituales invitados a aquellas reuniones. No todos eran estrictamente familiares.

Cuando estuvimos todos reunidos, durante la parte de los postres Lorena se paró, golpeó con una cucharita su vaso y llamó la atención de los comensales. Estaba un poco borracha como casi todos, aunque yo me excluyo de esa lista, en esa época yo no tomaba.

-Quiero contarles a todos que con mi amado novio hemos decidido irnos a vivir juntos.

El aplauso y los abrazos fueron inmediatos y yo aproveché para aprisionar bien fuerte contra mi pecho a algunas de las “parientas” que estaban buenas.

Aclaro y para que se entienda que Lorena no me había realizado ningún comentario al respecto, en su decisión de irnos a vivir junto. No hice ningún planteo. Total era cierto que la mayoría de las noches dormíamos juntos en su departamento o en el mío y buscando una justificación rápida para evitar entrar en un conflicto que me llevara a dormir sin coger aquella noche; yo me dije que estaba bien tomada la decisión. De esta manera nos ahorrábamos un alquiler. De convivir jamás habíamos hablado. Igual calladito como un señorito inglés cedí a sus pretensiones.

En pocos días ella consiguió un departamentito interno cerca de una plaza que tenía uno de los mejores parques, un bar literario y juegos para niños. Como yo había comenzado a trabajar por recomendación de alguno de los “parientes” en el frigorífico de pollos de la zona, ella fue quien se encargó de encontrar nuestro lugar en el mundo.

Linda la casita, un pasillo hasta la mitad de la manzana. Sin vecinos en las medianeras. Todo colindaba con los patios de las otras casas que tenían frente a la calle. Nosotros nos conformábamos con un triángulo de espacio de baldosas y unos canteros bastante amplios que me servirían para sembrar alguna que otra hortaliza. También en un lugar escondido de la construcción, entre la habitación y el lavadero, había una especie de patio de luz de dos por dos. Durante el verano se transformaba en un sauna natural.

Recuerdo que cuando hicimos la mudanza ya estaba bien entrado diciembre. Agotados, a eso del mediodía nos desnudábamos y nos íbamos a ese cuadradito de baldosas calientes de sol. Allí no corría aire por la altura de la construcción que lo envolvía. Cuando no aguantábamos más el calor nos tirábamos agua con la manguera y nos masajeábamos hasta excitarnos lo suficiente como para volvernos locos si es que no nos descargábamos sexualmente de inmediato. Durante aquellas sesiones quedábamos tan agotados que a penas lográbamos regresar hasta la habitación para tirarnos despatarrados sobre la cama. Cuando nos despertábamos yo regresaba al laburo a pasar la noche.

Cuando más o menos tuvimos el departamentito en marcha decidimos, esta vez entre los dos, repetir la cena que se había realizado la vez que Lorena por motus propio había anunciado delante de todos los “parientes” nuestro concubinato. Suerte que se me ocurrió proponer que los invitados trajeran un postre o una bebida cada uno, de lo contrario la joda me hubiese llevado la gran parte de un mes del sueldo que me pagaban el en frigorífico al cuál había ingresado gracias a las gestiones de alguno de los comensales de la hermosa reunión familiar.

Propuse invitar a Víctor y Tincho, dos flacos con los que me había hecho bastante amigo desde que había ingresado a trabajar. Pero ella me dijo que no, que los chicos no eran “parientes”, que nadie los conocía y que además íbamos a ser demasiados. Y bueno, en el fondo ella tenía razón. Y si seguíamos juntando gente no me iba alcanzar ni el sueldo de todo un año, porque Lorena era de la idea de hacer una fiesta “bien”.

La noche de esta segunda reunión bebí el primer trago de alcohol de mi vida. Fue a pedido de Martincho, el que me había metido en el frigorífico. Me dio algo rojo para tomar que en un primer momento me pareció un poco picante y muy dulce. Lo tragué y en poco tiempo comencé a experimentar una sensación nueva. Una especie de euforia repentina, pero controlada. Estuve muy locuaz, a tal punto que propuse que las reuniones “familiares” se hiciesen una vez por mes. Todos estuvieron de acuerdo. Cuando nos quedamos solos, Lorena, en agradecimiento a mi generosidad me regaló dos polvazos descomunales.

Sin saberlo, yo había cometido una grave equivocación. En ese entonces yo no sabía lo que sabría con el tiempo.

Porque el problema de la familia es que no se va. Una vez que tuviste una es para siempre. Ni la muerte te la saca de encima. Porque en el peor de los casos te queda eso, el recuerdo, los reproches, que es peor que la familia misma.

Entonces, el secreto es el siguiente. Armar un buen asado el domingo y abrir una botella de algo que tenga alcohol, lo que sea, hasta el mismo alcohol puro sirve en el peor de los casos, pero no es lo más aconsejable. Si lo tomo solo, sin diluir, me pone un poquito violento. A la bebida hay que esconderla un poco y trabajarla de la misma manera que se trabaja el fuego. Lento. Determinante que no te vean cuando la vas bebiendo. Porque a no toda la familia le agrada la bebida. Y como nosotros amamos a “toda” la familia no queremos que ella vea cuando la besamos. De apoco vamos haciendo el asado y una vez que ya esta casi a punto, digamos unos veinte minutos antes de llevarlo a la mesa, legitimamos la ingesta alcohólica y proponemos un generoso brindis familiar. Hasta besamos a la tía, si es posible cuando nos ve el resto de la familia. Mejor si lo hacemos cerca de ese espantoso lunar negro que le crece del costado derecho de la cara. Porque la familia es lo primero. Servimos. Atragantamos a la gente. Que atragantada, no presta atención a que uno abre la tercera botella. Mientras levantan la mesa jugamos un picadito con el nene que con tal de que le jugués al fútbol y lo dejes ganar no pregunta nada. La botella está escondida detrás del palo del arco improvisado, un arbusto. Cuando reparten el postre decís, dale dame una porción, pero que sea con una copita. Volvés al partido que es de resolución interminable sabiendo que nadie descubrió el escondite. Cuando se te termina la botella se termina el partido, aunque el nene no quiera y llore un poco. Le dás un beso a todos los invitados, a la tía del lunar inclusive y pedís un aplauso para el asador. Levantás las manos. Te metés en la pieza y te acostás a dormir la siesta escuchando los partidos de la B nacional en la radio a transistores. Te hacés una paja. Estás tranquilo. Sabés que tenés asegurada una semana más de feliz matrimonio.

Entonces, después de un tiempo, un día cualquiera sentado en el jardín de tu casa caés en la cuenta de que la familia no se va. Que para pasarla más o menos bien y poder aguantar todo lo que te tenés que aguantar te volviste alcohólico. Que con Lorena, tu mujer, está todo mal y lo único que hacés de tu puta vida es trabajar en ese frigorífico de mierda. Que hace miles de años que no te garchás a una pendeja, y ni te acordás de cómo era. Entonces ese día por consejo de un amigo vas a ver a una profesional que te aseguran te cambiará la vida.

A partir de eso.

Lo único que me da un poco de satisfacción es dormir. Se lo debo a mi analista. Ella me dio a conocer el método. Mi vida es un poco mejor, solo un poco mejor, desde que la conocí. La clave es madrugar todo lo que uno pueda. Después, trabajar y trabajar hasta quedar reventado. “El trabajo es el refugio de quienes no saben qué hacer con su vida” me enseñó el primer día. Entonces cuando te metés a la cama a la noche con un par de pensamientos direccionados te dormís como un tronco. Allí se obtiene el máximo placer diario al que una persona como yo puede aspirar. Con la luz apagada me acomodo y repito mentalmente la palabra enseñada. Un sopor me va invadiendo y el cuerpo se entre duerme. Pero un día algo cambia la rutina diaria. Al parecer es Lorena quien se mete debajo de las cobijas. Raro que lo haga antes de que yo esté dormido. Rarísimo. Me roza descuidadamente y vuelvo a sentir su cuerpo de hielo. Trato de tranquilizarme. Continúo con la visualización en positivo. De repente comienza a hablar. Es que tiene que ser ella. Su voz me es familiar aunque hace mucho que no la escucho, puesto que no nos hablamos. ¿Será su método para determinar si yo continúo despierto? Dice, como recitando, estoy casi segura de que la nena no es tuya; me parece que es de tu amigo Víctor. Somos amantes desde el día que se murió tu vieja. Nos flechamos de una; solo tuvimos que mirarnos por sobre el cajón un par de segundos. El que creo que sí es tuyo es el disminuidito, no creo que vos estés en condiciones de hacer nada bueno en tu vida. Escucho detenidamente aquellas palabras y me dispongo a intervenir cuando vuelvo a notar sus movimientos. Ahora siento algo más que un roce, una especie de topetazo. Helado. Como venido del más allá, y se gira para darme la espalda. Se acomoda. Quizás me espera. Yo analizo todas y cada una de las palabras que acabo de escuchar antes de moverme siquiera un milímetro. Comienzo a pensar que si en verdad estoy dormido me vendría muy bien despertar. Y si por el contrario estoy aun despierto lo más conveniente sería dormir.

 

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