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¿Adónde vas, canillita?

Por Agustín Ciotti

Cada 7 de noviembre, desde 1947, se celebra en Argentina el Día del Canillita, en memoria del dramaturgo Florencio Sánchez, autor del sainete “El Canillita”, cuyo personaje principal era un muchacho que salía a la calle a vocear los periódicos.

La costumbre nació, según recuerda el historiador Carlos Ulanovsky, por iniciativa de un exiliado chileno llamado Manuel Bilbao, quien en las postrimerías del siglo XIX mandó a los primeros chicos a las veredas porteñas para propocionar su diario La República (ver Paren las Rotativas. Diarios, revistas y periodistas, 1997).

Eran tiempos en los cuales comenzaban a afincarse tres importantes matutinos, que todavía hoy circulan en el territorio nacional: La Capital de Rosario -fundado en 1867-, La Prensa -creado en 1869- y La Nación -aparecido por primera vez en 1870-.

La importancia de la prensa gráfica era reconocida por los más altos exponentes del entonces embrionario Estado-Nación argentino. Sin ir más lejos, el presidente Domingo Sarmiento veía en el periodismo una herramienta útil para “educar al soberano” y creía que el diario era para los pueblos modernos “lo que era el foro para los romanos”.

Los diarios se ubicaban, en la transición del siglo XIX al XX, a la vanguardia de la narración de la vida política de la Nación, así como cincuenta años antes lo habían estado las “gazetas” portuarias escritas a puño y letra.

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Como recuerda Ulanovsky, la hegemonía del periódico impreso era a tal punto incuestionable que un vespertino como Crítica, pionero en el estilo sensacionalista que en Norteamérica habían desarrollado Joseph Pullitzer y William Randolph Hearst, lograba editar en sus mejores años hasta cinco ediciones diarias: la denominada “tercera” –que, en rigor, era la primera-, a las 12; la “cuarta”, a las 14.30; la “quinta”, a las 17; la “sexta”, a las 21; y la “séptima”, a las 21.30.

Recién después de 1920, con la irrupción del fenómeno de la radio, las limitaciones de la prensa gráfica empiezan a quedar expuestas. Incluso el propio director de Crítica, Natalio Botana, advertía con la sagacidad que lo caracterizaba, que el nuevo invento representaba una verdadera amenaza para los diarios de papel y se negaba a aceptar que prosperara.

Contra viento y marea, los diarios sobrevivieron al siglo XX y, en particular, a un nuevo artefacto que llegó para redefinir la vida social en todo el mundo: la televisión. Las transmisiones en vivo de los espectáculos deportivos, las coberturas de los casos policiales, el desembarco de funcionarios públicos o candidatos a serlo a la pantalla chica y el relato con imágenes en tiempo real de episodios bélicos -particularmente, la Guerra del Golfo, en 1991-, obligaron a los periódicos impresos a reinventarse permanentemente para no quedar relegados en la carrera por la noticia, el combustible que mantiene en funcionamiento la maquinaria periodística.

¿Es posible?

Una idea que se ha instalado en los últimos tiempos en el sentido común de la opinión pública sostiene que los periódicos impresos ya tienen redactado su certificado de defunción. La afirmación está respaldada, sin embargo, por diferentes datos que dan cuenta de una caída en las ventas y el consumo de diarios.

La discusión admite distintas posiciones entre quienes se dedican al negocio editorial en los más altos niveles del mercado. Héctor Magnetto, CEO de Clarín, puso fecha a la última aparición del “Gran Diario Argentino” en las calles: sería en 2029. El empresario fue todavía más lejos y confesó su deseo de estar muerto para entonces (Ver Martín Sivak, “Magnetto y el último día de Clarín, en Revista Anfibia, 2015).

En cambio, para Edi Zunino, editor de Revista Noticias (Editorial Perfil), los productos impresos gozan todavía de muy buena salud, porque existe una barrera de tipo cultural que siempre es muy difícil de saltar para la industria. Desde su perspectiva, la tradición de la lectura sobre papel está lo suficientemente arraigada como para que se necesiten varias generaciones para erosionar sus cimientos. “No creo que el papel tenga fecha de vencimiento (…) Su peso es cultural. Y lo que más tarda en morir es una cultura”, asegura (ver Edi Zunino: “Uno de los fracasos de Lanata fue no haber podido con Noticias”, en revista Nuez Moscada, 2015).

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Los culpables de una polémica nacida a la par del nuevo milenio son las “revoluciones” informáticas y la digitalización de los procesos de almacenamiento de datos. Hasta entonces, el papel era el dispositivo de almacenamiento por excelencia, pero presentaba el insalvable escollo de que cada ayuda memoria ocupaba una porción del espacio físico.

Con las nuevas plataformas electrónicas, el inconveniente parece estar saldado, pero para la industria editorial se abre el interrogante sobre el porvenir. Hay algunos datos recientes -muy recientes- que proporcionan algunas pistas: el diario La Nueva Provincia de la ciudad Bahía Blanca, propiedad de la familia Massot, dejó de llegar a los kioscos más allá de los sábados y domingos y apuesta a congregar a sus lectores en internet.

Recientemente, el Buenos Aires Herald, uno de los pocos medios que ofreció algún grado de resistencia a la dictadura 1976-1983, oficializó a finales su conversión a semanario y en los pasillos de las redacciones de la localidad bonaerense de Junín circula un rumor que indica que el matutino La Verdad, una de las últimas “sábanas” que quedan en el país, seguiría el mismo camino, aunque sin mayores precisiones acerca de cuándo decidiría dar el paso.

La transformación de diario a semanario conlleva, a su vez, toda una redefinición sobre el discurso del medio. Las noticias ya no pueden ser tratadas de la misma manera e incluso la noción misma de noticia, entendida como novedad, impacto o excepcionalidad, entra automáticamente en crisis.

Tampoco la relación original entre el medio y sus lectores -aquello que el investigador Eliseo Verón definió en términos de “contrato de lectura”- resiste un desplazamiento semejante. Una vez adoptada la decisión, los editores deben orientar a sus lectores a nuevas búsquedas, nuevos intereses y nuevos contenidos. Pero, por sobre todo, hacer frente a la posibilidad concreta de perder antiguos lectores y al desafío de reemplazarlos por otros nuevos.

El público lector aparece, de esta manera, involucrado en un escenario plagado de incógnitas, que todavía parecen estar lejos de develarse: ¿cómo se organizará en los tiempos venideros la práctica social de la lectura y qué ocurrirá, en el futuro inmediato, con el Día del Canillita?

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