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El futuro llegó

Por Matías Pássaro

Suena el despertador y se levanta como puede. Si tiene suerte, el agua del baño va a estar caliente, si no, serán 15 minutos hasta poder ducharse. Sentado en el inodoro, mira los azulejos mientras de fondo, el ruido del termotanque acompaña una pregunta que ya lo acosa hace un tiempo largo: ¿para qué?

Como una especie de cliché occidental, cada cambio de década parece ser necesariamente una transformación. Aunque en los últimos años, la psicología prefirió bautizar esos cambios de decenio como “crisis”. Póngale el nombre que quiera: del cuarto de vida, de mediana edad, de la no tan mediana edad… Al fin y al cabo, el tiempo pasa y los expertos van a etiquetar que es lo que vos tenés.

Debatir a qué edad uno experimentará un conjunto de síntomas que solamente siente usted y millones de personas más es inocuo. No obstante, de un tiempo a esta parte, y gracias al inglés Oliver Robinson que dio a conocer algún estudio, los 30 parecen un detonante en la vida de las personas. No de todas, dado que hay que cumplir algunos requisitos: clase media, profesional, y preferiblemente blanco y heterosexual. Ya sabemos que los problemas se reparten menos equitativamente que el dinero.

¿Existe una crisis a los 30 años? Claro, si uno mira para atrás en el árbol genealógico puede que descrea. Y ciertamente, nuestros padres y abuelos vivieron épocas distintas. Parece ser que esos hombres de metal dieron paso a una generación (nuestra generación) que puede rebelarse vivamente contra costumbres, hábitos y convenciones sociales puritanas y obsoletas del pasado. Fuimos rebeldes, dignos de ponerle los puntos al mundo. Nos proponemos a “vivir el presente”, pero tenemos que cortar media hora por semana para poder hablarlo en terapia. El final del siglo XX y el principio del siglo XXI nos gana. Y lo peor, es que lo inventamos nosotros.

Se sube al colectivo, siempre lleno, lento e irrespirable. Los chicos lo empujan. Los viejos lo empujan. Hace equilibrio para no caerse en cada esquina en la que el chofer gira como si llevara solo ganado. Desde los auriculares, en una radio perdida porque ni el dial puede ver, un viejo clásico le repregunta “What has happened to it all? / Crazy, some are saying / Where is the life that I recognize? / Gone away”. Así llega al trabajo.

Los tiempos son distintos. Ni mejores ni peores. Solo distintos. Ya no hay necesidad de demostrar que la adolescencia se extendió. Como tantas otras cosas, es un fenómeno cultural que varía según las sociedades. La universidad alarga los años de estudiante, la economía no permite una independencia rápida, y aún hay un mercado que te dice que sos joven. Está garantizado que, mientras tengas una vida cómoda y sin sobresaltos, hasta los 25 no dudás de tu adolescencia.

Año más o año menos, los expertos aseguran que por los 30 años el mundo suele caerse abajo. Suelen relacionarlo con la parte laboral (no hay nota sobre el tema que no haga hincapié en eso). La vida del estudiante es más fácil que la del trabajador. Las responsabilidades aumentan, y con ellas, el estrés. Los días te desgastan más. Aparecen cuentas por pagar, alquileres, presiones desconocidas. El mundo dejó de ser tan agradable como años atrás. Pero todo se dispara con una pregunta que no te querías hacer: ¿estoy conforme con lo que conseguí? La respuesta es casi siempre la misma: no. Nada era lo que esperabas.

Llega al trabajo. Con suerte, el jefe solo lo ignora y no le grita. Los compañeros siempre son los mismos. O a veces, más estúpidos. Le muestran un video poco gracioso de internet que a ellos les divierte. Después, una foto de una mujer sobre la cual detallan las prácticas sexuales que le harían tan solo si fuera de ellos y pesaran 30 kilos menos. Gritan como salvajes. Él solo sonríe, fingiendo ser uno más. Pero la sonrisa es amarga. No quiere estar ahí. Nunca quiso estar ahí.

El futuro llegó. A los 30 no hay dudas: sos adulto. Se quiera o no. Algunos por cuestiones de la vida, llegaron a ese estadío antes. Vos tuviste que esperar. Y ese futuro vino con una sorpresa: no era el que planificaste. ¿Por qué?

La característica que hace que el futuro sea tal, siempre es la misma: llegar con una forma muy distorsionada a la ideal. Planificar es una vanidad que el hombre tiene a menudo.

En todos los aspectos de la vida es así. Pero poco ayuda el mundo que te rodea. Hoy, el arquetipo de treintañero que está inserto en la sociedad roza lo grotesco: camisa, corbata, auto, casa, familia, un perro, quince días en la costa, y alternar los fines de semana entre la casa de tus padres y la de tus suegros. Siempre una sonrisa y exitoso. The American Dream versión outlet. Pero es evidente: eso no llegó. Sí, te recibiste, pero el trabajo no era lo que esperabas, y gente menos capaz llegó más lejos. El perro se te escapó, si es que en el departamento de medio ambiente que idealizaste como casa te dejaban tener uno. ¿Familia? Quizás estés solo y cada noche sea un martirio. Quizás tengas a alguien, y cada noche sea un martirio. Reclaman todos: amigos, parientes, amores, conocidos, odiados, indiferentes. Y la sociedad te reclama: siempre bien, no hay tiempo para problemas, si vos no funcionás nada funciona, y si sos el problema atrás tuyo hay no menos de 15 reemplazos para que todo vuelva a andar; no medites, no pienses. Al fin y al cabo, todos están igual, no te sientas especial.

El consumo es el éxito. Decís que lo sabés, que lo tenés muy claro, y que no vas a caer en eso. Claro, lo dijiste antes de contratar un servicio de internet sobrevalorado y cambiar el celular porque las aplicaciones para chatear sobre nada con otros se te traban. Pero al margen de eso, lo tenés muy claro.

Día tras día, todo empieza a perder sabor, y llega un punto fatal en que ves que nada tiene sentido, salvo uno: jubilarte dentro de 30 años, y ahí empezar a darte gustos. Si el cuerpo te deja, claro.

Come lo que puede como puede antes de seguir trabajando. Termina el día rechazando invitaciones para tomar algo. No puede, porque tiene que ir al gimnasio. Con auriculares, correrá en la cinta, porque le dijeron que es peligroso correr en una plaza. No le gusta la actividad física, pero la hace porque es salud. Aunque ya no sepa ni para que quiere salud.

Pero quizá lo peor no sea el éxito que no llega. La rutina y el desgano van ganando terreno, y llega el peor momento: estás solo. Te rodean todos, y pueden estar con vos las 24 hs. Te quieren, te aman, te aprecian. Pero estás solo. Sos vos contra el mundo, si es que éste todavía te perdona la vida. Entendés que frente a la inmensidad y absurdo de lo que queda de una existencia ya consumida por la nada, estás solo con tus decisiones. Nadie las puede tomar por vos. Sabés que cada una desata un mundo distinto y que afecta a todo lo que te rodea.  Y esa soledad es angustiante. Lo que está no funciona como pretendías, lo que puede ser te aterroriza, porque solo es incertidumbre. Todos tienen un consejo, pero no la decisión, que es tuya, y te pesa.

Quizás hayas pactado con la vida una existencia mediocre, pero feliz. Sin grandes aspiraciones, pero disfrutando lo que te rodea, que no es mucho pero significa demasiado. Y la vida rompió ese pacto.

Freud en El Malestar en la cultura decía que los tres dolores del hombre venían de su cuerpo, del mundo que lo rodea, y de las relaciones sociales. Y es una buena etapa para entender este último. “El infierno son los otros” dice el existencialismo, y ya lo empezás a entender. Depositaste esperanzas en el amor y la amistad. Nadie te dijo que al fin y al cabo eran contratos sociales, y se pueden romper unilateralmente. El desengaño es francamente atroz. Las heridas vienen del “fuego amigo” y duelen hasta el ahogo y la incomprensión. Y es ahí cuando el mundo ya no te ofrece seguridad y pasa a ser un lugar hostil. Homo homini lupus. Todos te pueden dañar y ya no estás para ir a los brazos de tus padres y que te protejan. Llorás, gritás, y decís “la vida no es justa”. ¿Pero por qué debería de serlo? Te dijeron que quienes recorren el camino más difícil son recompensados, y a quienes hacen las cosas bien le pasará lo mejor. Te mintieron, pero no te enojes, porque otra cosa no te podían decir de chico. ¿Qué hubiese pasado si te decían la verdad? Era momento de aprenderlo.

El mundo es absurdo, gris, y los actos ya no tienen sentido. Hay que hacer algo, pero no sabés qué. Hay que decidir. Pero si no te paraliza el miedo, lo hará la indiferencia.

Vuelve a la casa de noche, en un colectivo ya menos vacío. La gente parece no tener vida. Mira por la ventanilla y recuerda algunos días de su infancia, donde los juegos eran el placer y los deberes la única preocupación. Todos iban a vivir para siempre. El amor no existía, y por ende, no lastimaba. El frío de una ventanilla abierta lo trae devuelta al mundo actual. Esa chica va a bajar; es hermosa, pero no lo va a mirar. Él es poca cosa, o eso siente ya.

Pero es solo una etapa, y que va a pasar. Al fin y al cabo, si fuera realmente grave, no quedaría nadie de 40 años vivo. La vieja y trillada fórmula que define una crisis como el momento donde lo viejo se niega a morir, y lo nuevo aún no nace, es aplicable tanto a la política como a tu vida.

Puede finalizar por dos maneras: la resignación, o hacer algo.

Resignarse es aceptar lo absurdo de la existencia. Pero es poco aconsejable. Al fin y al cabo, recién son 3 décadas, y te quedan todavía más para seguir viviéndolas así.

La rutina y la depresión pueden crear la ilusión de ya no quedar nada para el futuro. No obstante, es solo una ilusión. Antoine Roquentín, ese personaje que creó Sartre para La Náusea, tan solo soporta la existencia sabiendo que debe trascender dejando algo que haga que los hombres lo recuerden. Raskolnikov da “el paso” en Crimen y Castigo, aunque este sea menos aconsejable. Asumir la responsabilidad de elegir un camino distinto, es un buen paso. Es solo cuestión de disparar los pocos sueños que queden en la cartuchera. De menor calibre que los anteriores, pero igual de válidos. Todavía es muy temprano, y tenés la posibilidad de demostrar que no hace falta nada de lo que ese treintañero platónico que la sociedad ha creado te ofrece para llegar a ser feliz.

Crecer trae consigo la más horrorosa de las condenas: la libertad. Uno es uno y sus decisiones, y al tomarlas, estás solo frente al mundo. La angustia que eso provoca es inevitable. Pero al fin y al cabo, eso es existir, y aunque no lo pediste, estás acá haciéndolo. Los 30 son una buena edad para decidir. La crisis que ronda esta edad es solo eso: crecer en pleno siglo XXI. Quizás tus padres y tus abuelos crecieron de otra forma. Pero como dijo Marc Bloch, “El hombre es más hijo del tiempo que de sus padres”. Y es el tiempo que te tocó.

Se lava los dientes, se acuesta, y pone el despertador. Apaga la tele, porque ya se cansó de ver siempre culos y pésimas opiniones políticas. Apoya la cabeza en la almohada. Ya en la oscuridad, sabe que mañana vuelve a la rutina. Ya terminó el día, y todavía la pregunta sigue sin respuesta: ¿para qué?

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