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Como una vuelta a casa

Por Leticia Martin

Shea es profesora de italiano e intenta traducir El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani. Nada la desvela como encontrar las palabras correctas para trasladar el sentido exacto de un idioma al otro. Nada. Ni sus hijos, que atiende con esmero pero sin sobreactuación, ni el qué dirán, ni las miradas de las maestras o de las otras madres, ni la relación con su marido, ni siquiera lo que se espera de una mujer con hijos en una ciudad del interior del país, como San Miguel de Tucumán.

Shea aparece en mis lecturas mientras viajo a cerrar un postgrado en la ciudad vieja de Montevideo. Yo también podría entablar una relación intelectual con Shea. En esta realidad, o en la ficción. Podría estar representada en esa mujer de mediana edad, apenas insatisfecha e incapaz de entregarse a la rutina, que lee libros pero que nunca son todos los que querría leer, y que está convencida de que –si un día llega a leer los libros suficientes– su vida dará por fin un giro.

Shea está casada con Pipo y tiene dos hijos: Junior y Fernán. Los hijos de Shea juegan al Minecraft con otros chicos de otras partes del mundo, aunque ni siquiera se conozcan o apenas sepan sus nombres. Shea entabla una relación distante con la familia de David, compañero de aula de su hijo mayor, hijo, a su vez, de Fernando y Lila, una escritora con la que, eventualmente, Shea podría concebir una amistad.

Shea es el personaje principal de la novela Los planes, de María Lobo. Una construcción narrativa que piensa que la vida es “precisamente el paso hacia ser mejores, el período de transición a otra cosa”.

Suspendo mi lectura voraz de Los planes porque el plan es ir a presenciar “la llamada”, en Isla de Flores y Santiago de Chile. Una especie de candombe colectivo donde los tambores marcan el ritmo y el baile se parece más a una lenta procesión que al movimiento del rock. En la esquina pactada para el encuentro con mis compañeros de viaje hay una florería de nombre Green. Su cartel está escrito en dos idiomas. Pienso en las traducciones de Shea, en ella aislándose del mundo debajo de su par de auriculares, en estar acá y allá, en Buenos Aires y Montevideo, en Argentina e Italia, en Tucumán y “la llamada”, a punto de comenzar. Los tambores suenan y el ritmo enhebra los cuerpos que avanzan en la misma dirección. Las mujeres se mueven adelante y los hombres hacen la percusión detrás. Un juego de roles que alimenta mis ideas conservadoras sobre el género. Los espectadores bebemos cerveza negra y más tarde, más alegres, nos mezclamos entre la multitud. Casi que no lo hacemos nosotros mismos sino que lo hacen nuestros cuerpos. Estamos en un verdadero carnaval. Las jerarquías se alteran, los roles no le importan a nadie, la anciana centenaria que baila podría dar a luz un hijo. Sobre los márgenes de la calle, la gente también participa. Abre las puertas de sus casas, sale a la vereda, prende braseros y asa carnes al pan, que luego vende a los que están de paso. Las luces de los pequeños fueguitos completan la puesta en escena. Regreso al hotel antes del final, sola, cansada, y a paso agitado por la calle Gardel. Mientras camino vuelvo a abrir el libro y mido si todavía soy capaz de leer en movimiento, una habilidad que aprendí en los colectivos destartalados de mi barrio natal. El sonido de los tambores va quedando atrás. Ahora el ritmo es el de la lectura y mis pasos. Estoy sola pero no me siento sola. Como Shea, ando sin celular y sin reloj, así que, como debe ser, el hambre y el deseo de leer marcan mi ritmo.

La novela es breve, leve, triangular. Su trama, sin embargo, tiene cierta complejidad. No entiendo por qué percibo una prosa profunda, melancólica. No hay arabescos en las palabras de Lobo. Su retórica es simple y material. Los objetos y las acciones que narra ordenan la historia. Sin embargo esa profundidad está ahí, como si pudiera olerse. Es una profundidad que no pesa como el habla de los moralistas, una profundidad que tiene cuerpo en la mirada propia, en el hecho concreto de saber observar la realidad para tergiversarla con maestría en la ficción.

"Los Planes" de María Lobo, editado por Punto de Encuentro

“Los Planes” de María Lobo, editado por Punto de Encuentro

Una vez sola, en mi cuarto, leo que Shea se cruza una mañana con Fernando, el papá de David. Nada me produce más ansiedad que esa tensión que comienza a gestarse. Porque la protagonista ama a su esposo y ama su proyecto de familia, está orgullosa de eso, y de todos ellos, pero de pronto, un día, en un acto escolar, Shea y Fernando están llegando juntos, casi al mismo tiempo, y el destino quiere que se miren. Lo cómico es que ellos casi ni se conocen. Los disfraces que ella carga en los brazos, con el apuro y los nervios, se caen al piso. Todos están en el hall del colegio, y Federico la ayuda con el percance, pero la sensación de Shea es la de estar en un ascensor. “Demasiada luz pálida, poco espacio, la obligación de saludar”. Ese cruce casual, y colmado de equívocos, aparece como indicio de algo más, que el lector irá imaginando. Ese percance habilita un hilo nuevo, hace de eje para ir desenhebrando la trama más adelante, reúne los sucesos en un sentido nunca explícito.

¿Qué hacer con la contradicción? ¿Cómo enfrentarla? ¿De qué modo resolverla? ¿Tiene sentido esa disolución? Pienso –ahora con el libro sobre la panza– en mis propias contradicciones. Pienso, como Shea, que siempre es mejor mirar de frente, aun cuando en apariencia no tenga sentido resolver una contradicción que, de seguro, antecede otras que vendrán.

Shea vive algunos días sin Pipo que cada vez tiene más guardias y responsabilidades laborales. Para ella hay cosas más difíciles que vivir con esa ausencia. Es una mujer fuerte que se siente cómoda siendo invisible entre las madres que pasan por la peluquería antes de ir a la escuela, o esas otras que toman fotos cada tres minutos desde sus celulares modernos. Sin premeditarlo, Shea comienza a cruzarse con Federico. Lo hace cada vez más seguido. También comienza a sentir que él la mira como buscando algo. “Sabía que, indefectiblemente, Federico le miraba los labios”.

Esa sensación de que le miran los labios, sumada a la sensación de estar en un ascensor cuando se está en un hall, me hacen anotar al margen del libro el apellido: Bachelard. Más tarde voy a buscar una cita en La poética del espacio. Mientras tanto, mis compañeros de viaje llegan al hotel y se preparan para la cena. Pero yo no puedo sacar los ojos del libro. Espero a alguien. Me agita algo. Observo a Montevideo con la misma nostalgia de El jardín de los Finzi-Contini y, pese a todo, no puede dejar de leer. Asocio, como María Lobo, felicidad y nostalgia. Anoto entonces esta cita para analizarla en este contexto:

“En esos ángulos, en esos rincones, parece que el soñador conoce el reposo mixto del ser y del no-ser. Es el ser de una irrealidad. Hace falta un acontecimiento para echarlo afuera”.

Habitante momentánea de un rincón irreal, imaginario, propio, Shea sueña y se expulsa de su realidad. El acontecimiento es mínimo y no habrá una rápida reacción de ella. Tendrán que pasar los años y el agua bajo el puente para que la tensión planteada se diluya. Tendrá que escapar Federico a su vida, también, vivir separado de Lila, sentir la ausencia de su hijo, tener una amante en México y volver más tarde a San Miguel, para cruzarse otra vez con ella, casi por casualidad. Tendrán que encontrarse estos dos cuando el devenir de los acontecimientos ya hizo lo suyo, se atravesaron alegrías y dolores, crecieron los hijos, se aprendió a sobrevivir a las propias frustraciones.

Más adelante Lobo escribe: “Su sensación de mujer cortejada por un desconocido estaba ahí, en la habitación”. De esta forma, una sensación indeterminada se humaniza, es ubicada en un sitio concreto y materializada. ¿Se trata de una forma puntual de sentirse deseada? ¿Qué aristas tiene esa sensación? ¿Es vergüenza? ¿Es una especie de explosión del narcisismo? ¿Es más deseos que se proyectan, ahora, en la dirección contraria?

No voy a spoilear la historia de Lobo, ni el final de mi viaje, que no viene a cuento. Solo decir que encaré la lectura de la última parte de la novela en el tramo final de mi recorrido, durante el trayecto en micro desde Tres Cruces a Colonia y de allí en barco a mi ciudad. Podría decir que esa coincidencia no es fácilmente traducible, que anoté como tema bien resuelto en la novela el de los límites robados a la maternidad y la ampliación del campo femenino y también que emití improperios cuando leí la última página. Siento una especie de admiración profunda por la prosa de María Lobo, que podría calificarse de montevideana por su aspiración a ciudad grande, amplia, llena de cemento y hormigón, pero que a la vez es opaca, sepia, cansina, como una parienta lejana, pero no tanto, nostálgica y triste como una vuelta a casa

 

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