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Aplastar la palabra

Por Federico Capobianco | Fotografía: Florencia Vaccari

Las creaciones de Diego Scarpellino se reconocen rápido y su desarrollo no pasa desapercibido. Nadie que las presencie sale como entra. Su intención es concreta: se tiene que producir un choque. Uno puede olfatear el peligro y apartarse para ver de lejos o dejarse alcanzar por el golpe, pero nadie puede evitarlo. Esa reacción dicotómica él la tiene estudiada ya que la búsqueda constante de elaboraciones complejas lo lleva a atenderlas. ¿Cómo se elabora un choque con ambas salidas posibles? ¿Cómo se crea esa combinación de espacios?

Ésta vez, nuevamente al frente del grupo teatral Trac, pone en escena Hace Lorca en la disco, cuya sinopsis tiene estas tres líneas iniciales: “En una discoteca contemporánea irrumpen esporádicamente personajes femeninos de obras teatrales de Federico García Lorca. Mujeres que tienen algo para decir en un mundo que no quiere escuchar.”

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¿En una discoteca? ¿García Lorca? “Cuando apareció la idea pensé en un problema –cuenta Scarpellino-, es como un cruce de rutas sin iluminación, en un auto con luces apagadas, y encima medio borracho. Pensé en mujeres queriendo decir y no pudiendo. Y eso lo encontré en Federico García Lorca. Sus personajes femeninos siempre están cruzados por la imposibilidad de desarrollar: sus vidas, sus deseos, sus palabras. Y por otro lado fui en la búsqueda de un contexto en el que la palabra sea un problema. Y ahí apareció el boliche que me aporta el ruido, pero sobre todo, la idea de que la fiesta tiene que continuar pase lo que pase.”

La trama resulta interesante: uno supone que oficiará de espectador, sentado en su butaca y verá cómo se desarrolla una discoteca y Lorca aparece en forma de mujer. Pero no. .

La cosa es distinta desde lejos. Uno se acerca al teatro y ve que la boletería está afuera. La puerta está bloqueada por dos patovicas que no permiten ingresar a nadie y van ordenando a los asistentes en una fila. En vez de entrada, una pulsera fluorescente marca la muñeca y algunos de la fila están por demás de producidos para ver una obra de teatro. La música se escucha por demás de fuerte apenas se ingresa a la antesala. El problema es que no hay sala. Uno pasa la cortina y donde solía haber butacas hay un Dj, donde solía verse la obra hay gente también demasiado producida que baila, bebe y parece divertirse, y donde solía estar la escenografía hay una barra que dispensa bebidas a quien lo quiera. No es una recreación, es realmente un boliche y se siente.

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Me incomodan las discotecas. Siempre me resultaron un espacio extraño pero aún así, durante varios años, supe concurrir todos los fines de semana con una firmeza entrañable. El abandono de la adolescencia coincidió con el inicio del abandono de la salida bailable de los sábados por la noche. Por aquellos años, en un asado con amigos, con la duda bastante masticada, comencé un debate que terminó a los gritos con la pregunta ¿para qué íbamos a bailar? Me acuerdo de una sola idea en la que coincidíamos varios: no era que disfrutábamos la idea de ir a bailar, en realidad, casi siempre, a la hora de entrar estábamos cansados y con pocas ganas de ver gente –a medida que la cotideaneidad sumaba responsabilidades se estaba más cansado y con menos ganas de socializar-; pero uno llegaba, bebía algo –hay tantos algos como capacidades de resistencia- y se dejaba llevar por la marea. Mientras más se bebía, más adentro se iba. ¿Por qué uno, aunque cansado, igual se sumergía? La discoteca es el lugar por excelencia de la enajenación, uno mientras baila no puede escuchar ni hacerse escuchar, por lo tanto no habla o, si lo hace, es sobre cuestiones que pueden perderse en el ruido sin importar demasiado. Distendido o no, los problemas que uno tiene debe olvidarlos o suspenderlos, y lo hace de forma manual o automática. O bebe o se zambuye porque durante un rato las personas que lo rodean no prestan atención. Si no hay problemas que afecte a uno, el resto no importa.

Recuerdo una noche en la que la marea se abrió debido a que dos se encontraron en ese cruce oscuro. La pelea duró lo mismo que tardó en caer, inconsciente, uno de ellos, al piso; más los segundos que la seguridad tardó en intervenir y limpiar la pista. Porque la acción fue esa, la de limpiar, para que la marea vuelva a cerrarse y continuar con su movimiento oscilante al ritmo de la música.

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La misma sensación de incomodidad la sentí al ingresar y la tuve durante. De entrada uno presiente que una obra no puede desarrollarse sin inconvenientes en un espacio así. Y durante, lo que se presentía aparece. La interrupción es el choque. Dos mundos estéticos y culturales se confunden y entran en crisis, y, como sucede, todo lo que esté capturado por la posmodernidad anula y banaliza lo demás. Así sucede la obra. Pero no tan simple como se lee, todo lo que ejecuta Scarpellino se vuelve: los personajes femeninos de Lorca pueden parecer anacrónicos a simple vista pero el discurso no lo es. Lo que dicen, lo que intentan decir, lo que sangran, no murieron con Lorca hace ochenta años, sino que está más vivo que nunca y es algo que podría decir cualquiera de las actrices de ese presente bailable. Por otro lado, lo que parecía ser el choque en esa confluencia de mundos es solo un aviso. El verdadero choque es el después. “Si un momento se superpone al otro –explica el director- tendemos a negarlo: el sufrimiento que viene al jolgorio no se ve como sufrimiento sino como un intento desconsiderado de arruinar la alegría y se lo aplasta por desubicado”.

¿Es la realidad una tragedia que no sabemos entender o es la tragedia que no nos importa? ¿Es el padecimiento algo desubicado que debemos aplastar? Scarpellino sabe cuándo y cómo generar el choque y, como activo director, ésta vez toma la posta y marca el ritmo desde la bandejas para que un grupo de actores funcionen como espejo de nuestra mediocridad y nos terminen arrastrando con ellos hasta reírnos del padecimiento ajeno o incluirnos en la espectacularización a través de selfies. Luego de eso, la incomodidad, el golpe, el padecimiento que vuelve. Como la resaca, después de una noche a pleno en la discoteca.

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Elenco: Gina Tosiani. Romina Legnani. Rosina Ballvé. Graciana Sabi. Gustavo Berro. Victoria Jaltar. Diego Scarpellino. Lucía Fracchia. Laura Lemme. Manuel Pallero. Carla Tomasini. Hernán Pagano.

Libro y dirección: Diego Scarpellino.

Sábados 22 hs. / Domingos 21:30 hs.
Sala Grupo Trac: Humberto Primo y Pueyrredón.
Reservas: 15656055

 

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