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Lorena, Lucía, mi hermana

Por Sergio Fitte

Lorena. Lucia. Mi hermana.

Una lista corta. Pero interesante. Yo acababa de cumplir quince años. Pronto llegarían los dieciséis y sería prácticamente mayor para todo.

Entonces lo de la lista. Porque decidí que lo mejor era que se me respetara y para que te respeten tenés que ejercer poder.

Las tres eran menores que yo. Rondaban entre los ocho y los diez años. Podría decirse que tomé la decisión de hacerme grande con ellas. Sé bien que por lo general cuando se juntaban me sacaban el cuero y se reían a mis espaldas: “este es medio quedadito”, se decían y se miraban burlonas. Yo amenazaba con sacarlas corriendo, amenaza jamás cumplida, y se iban disparadas como poseídas. En parte se puede decir que las elegí por venganza. Por despecho. Por proximidad física. Por haraganería.

Una vivía al lado de mi casa. La otra al otro lado. Y una tercera directamente adentro de mi propia casa.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

Entre todas las boludeces que me dieron para mi cumpleaños hubo dos cosas rescatables. Una libretita espiralada. Una lapicera fuente. Con estos dos elementos decidí armar mi lista. Anoté cada uno de los nombres y a estos le asigné un número.

Lorena fue el UNO.

Y fue el uno porque su castidad me tenía podrido. Su permanente cara de culo había sobrepasado todos los límites que yo le podía aguantar. Además me dio mucha rabia que no me hubiese invitado a su fiesta de disfraces. Un palo vestido con trajecito sastre de la mañana a la noche. Una nena que cuando la mirás no sabés si va o viene.

Lucía fue el DOS.

Ella era otra de las que debía elegir sí o sí. Desde hacía un tiempo se venía haciendo la grande con todos, conmigo inclusive. Por ejemplo cada vez que jugábamos al doctor, la revisábamos y le hacíamos cosquillas como a cada paciente, ella empezaba a agitarse. Hacía un sonido como de gato agonizante. Se ponía en maestra sabelotodo y nos explicaba que lo que le agarraba es algo normal en las chicas de su edad. Que en cuanto te empiezan a cortar las tetas te agitas por cualquier cosa. Entonces aprovechaba para levantarse la remera y nos mostraba. Y era cierto. Le estaban cortando. Lorena en esas oportunidades, si es que estaba con nosotros, aprovechaba a tocárselas como quien toca algo muy delicado. Pero a último momento se las apretaba con las uñas y se las dejaba todas marcadas. Lucía no se quejaba. Ni gritaba. Solo gemía. Se burlaba por el retraso en el desarrollo que tenía nuestra compañera de juegos. En parte fue por eso que también la elegí.

Mi hermana fue el TRES.

A mi hermana la elegí solo por elegirla. A lo mejor por ser mi hermana. Para engrosar un poco la lista. Y nada más que para recordarle que yo era el más grande de los dos. Se tenía que dar cuenta que el que mandaba era yo. Más todavía desde que había cumplido los quince.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

Durante un buen tiempo fui diagramando el modus operandi de mi ataque. Quería que todo saliese perfecto. Que nadie me pudiese andar señalando con el dedo como responsable de haberles hecho algo malo a las enlistadas. Debía hacer las cosas bien para no dejar cabos sueltos. Debía actuar sin errores.

Tanto había repasado el plan mentalmente que como suele suceder en algunos casos el desenlace fue inesperado.

Sonó el timbre de casa. No me quedó otra que atender porque estaba solo.

Hola Lorena.

Sí, mi hermana está en la pieza. Entrá que te acompaño.

La acompañé. La encerré. La amenacé para que permaneciera lo más quieta posible y con la boca cerrada. Hice lo que tenía que hacer. Lorena me miraba. No dijo una sola palabra hasta que di por finalizada mi tarea. Todo pasó muy rápido. Demasiado. No tuve tiempo de sentir placer. Ni remordimiento. Nada.

Ahora me puedo ir.

Sí, claro. No pensarás que también te quiero tener para mí. Esto no es un secuestro. Qué te pensás, que soy un animal.

Se fue tal cual había entrado. Sin una sola mueca en la cara. A lo mejor un poco más saltones los ojos. Es probable que tuviese ganas de llorar, pero se las aguantaba.

Esa es la corta historia con Lorena.

Cuando se lo hice la Lucía la cosa fue diferente. Yo estaba mucho más tranquilo. En parte ya sabía de qué manera iba a reaccionar ella, pero solo en parte, siempre algo queda al azar.

En este segundo caso el tema fue al revés. Fui yo quien fue a su casa. Un día que sus padres no estaban. Toqué timbre con la excusa de buscar a mi hermana, que  por supuesto sabía, no estaba en ese lugar. De esta manera me fue más fácil abordarla. La modificación en el lugar me proporcionaba una cuota extra de adrenalina que me llenaba de brío y me ensanchaba todas las venas del cuerpo. La sangre corría de manera desesperada y latía como si le llevara vida a una bestia salvaje. Porque es ese momento yo era una bestia salvaje.

Lucia terminó aceptando de muy mal modo mi forma de actuar. Gritó. Me maldijo. Pude dominarla agarrándola de las muñecas para que no me pegara un par de manotazos. La forma en que se desarrollaron los acontecimientos, hizo que con ella sí, tuviera problemas posteriormente.

Durante un buen tiempo me recriminó lo que le había hecho. Qué eso no se le hace a una nena, me recriminaba, la muy zorra. Y remarcaba la palabra nena como si la dijese en mayúscula.

Y yo le decía, ahora sos una nena y ayer eras una mujer. Dejate de joder Lucía. Ya pasó. Olvidate. No te vas a morir por lo que te hice.

Y ella que no; que no se le pasó, que no podía superar el mal momento que le había hecho vivir, que así no podía seguir viviendo y muchas más cosas por el estilo. Decía que lloraba todos los días por lo mismo. Hasta me llegó a culpar de que soñaba con el tema. Por suerte a estas escenas me las hacía a mí solo. Nunca delante de terceros.

Pero la cuestión terminó pasando a mayores cuando le contó todo a la madre.

Como teníamos confianza de vecinos, nuestras familias se conocían de toda la vida, la señora entró un buen día sin golpear. Ni bien la vi ingresar me di cuenta que venía dispuesta a todo. Me refugié en la cocina.

Mi papá tomaba vino y miraba algo en la tele. Las mujeres de la casa no se encontraban presentes vaya a saber uno por qué.

La madre de Lucía fue directamente al grano y empezó a recriminarle a mi papá: cómo yo le podía haber hecho “eso” a su hija. Después de escucharla un buen rato, se ve que mi viejo se hinchó un poco las pelotas, y la mandó a la mierda.

Entonces si estás tan segura y te parece apropiado, andá y hace la denuncia en la comisaría. Ahora dejame de joder que quiero chupar tranquilo.

La madre de Lucía se fue puteando al aire y dejó la puerta de calle abierta.

Sin que me lo ordenaran fui y la cerré. Me senté a la mesa junto a mi papá, quien no me dijo nada. Pero cada tanto me miraba de costado. A mí se me hacía que se le dibujaba una sonrisa en los labios. En el fondo estoy seguro de que estaba de acuerdo con lo que supuestamente yo había hecho. A Lucía la tenía por una compadrita. Igual no me preguntó si era o no verdad. Creo que no le fue necesario.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

Me quedaba trabajar solo con uno de los nombres para cumplir con el objetivo de completar los ataques de toda la lista que había conformado en su momento.

TRES. Mi hermana.

Ocho años. Casi nueve. Un poco arrogante. Poco disciplinada. Muy calzonuda de mamá.

Si bien la tenía todos los días al alcance de la mano, me era difícil determinar cuándo pegar el zarpazo. Luego de pensarlo lo suficiente entendí que lo mejor sería actuar un día en el que hubiese la mayor cantidad de gente posible. Una fiesta era lo ideal. La fiesta de navidad sería la ideal y así lo decidí.

La tradición familiar marcaba que nosotros éramos los anfitriones de la noche mencionada. Como nos juntábamos parientes de todos lados, algunos venían de lugares remotos, la jornada y los festejos se iniciaban con una mateada mañanera debajo del nogal que para esa fecha siempre cuenta con un follaje frondoso. Por lo general eran las mujeres del grupo las que alargaban aquella ceremonia. Los hombres rápidamente pasaban al licor o a la caña. Según algunos de mis tíos yo ya tenía edad suficiente como para mojar los labios en bebida alcohólica, cosa que me encargué de hacer tantas veces como pude o me lo propusieron.

Con el correr de las horas la reunión se fue poblando de personajes de todas las edades. Se podría decir que allí convivían desde el nacido hasta quién aguardaba el número de Dios para ser el próximo muerto. Entre los arribados aparecieron varias primas de polleras cortas que me hicieron sentir calor por todo el cuerpo. Las más desenvueltas te agarraban a propósito bien fuerte y te apretujaban contra las tetas. Todo apropósito para hacerte calentar. Lo peor era que lo conseguían.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

A eso del mediodía me encontraba un poco mareado. Debe ser la presión, decía tío Carlitos y se codearon con mi padre cuando notaron mi desarreglo al caminar. Esa fue la primera vez que sentí las mieles del alcoholismo.

Comenzaron a servir los bocadillos y los aperitivos más fuertes.

Convidá con algo a los muchachos. Me indicó mi padre.

Allí me paré. Tambaleé. Fui el hazme reír por un instante.

Sí, debe ser la presión. Pero no hay nada de qué preocuparse. Ustedes quédense tranquilos. Me encargaré yo mismo en persona de que no les falte nada. Todos festejaron mi ocurrencia.

No sé cómo hice, pero traje de un solo viaje una fuente llena de sándwichitos y otra de vasos con vino blanco helado.

De ninguna manera. Al vino no me lo tomo antes de que alguien lo pruebe. Faltaría que me metan veneno y me caguen matando en esta fiesta de mierda. Gritó Carlitos. A ver, pibe, dame una mano o mejor dicho dame una boca y probate el blanquito.

El tío era todo un capo. Entendía a la perfección por donde venía la mano. Tomé uno. Luego otro. Y otro sorbo más y no quedaba nada en el vaso. Este me parece que no tenía nada raro. Querés que te pruebe otro.

No, querido, mejor me voy a arriesgar. Sos peor que tu padre. Peor que una esponja sos.

Se propuso un brindes. A mí me llenaron un vaso con coca y me dio un poco de rabia, pero me la aguanté.

Brindemos todos por la felicidad en voz alta y en secreto, cada uno, por lo que más deseeé, propuso alguien.

Unas veinte manos se levantaron y produjeron el sonido de una pequeña explosión sin que se rompiera nada. Mi brindis secreto me llevó a recordar el objetivo que me había propuesto para la fiesta.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

Agarré las bandejas vacías.

Me alejé poniendo mi plan en marcha.

No me fue difícil descubrir por dónde andaba mi hermana. Lo que sí me resultó complicadísimo fue poder apartarla del juego que estaba practicando con todos los otros nenes y llevarla a un lugar más discreto. Cuando creí que no lograría mi objetivo, pensé en pedirle ayuda al tío Carlitos. Pero después lo pensé un poco mejor y decidí que mejor no. Mejor actuar solo así no quedaba ningún testigo directo. Estaba convencido que el tumulto me favorecería. En el peor de los casos podría alegar que había sido otro. Diría que habían sido esos parientes de Córdoba que habían aparecido a último momento, que además de que casi nadie los conocía, eran bastante más grandes que nosotros. Igual me quedó la sensación de que si lo hubiese hablado anteriormente con el tío, él se hubiese prendido. Yo sé que le gustan todas estas cosas. Por éste y otro motivo su mujer siempre lo termina retando delante de la gente al grito se su muletilla predilecta: “callate, que vos sos un degenerado”.

Finalmente tuve que arreglar una especie de coima con mi hermana y le prometí que le daría cincuenta pesos si me acompañaba a nuestro escondite secreto por unos minutos.

Andá vos primera. No quiero que nos vean juntos.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

Cuando la vi doblar y meterse en el pasillito que queda detrás del limonero me levanté de la silla.

Caminé acomodándome los pantalones. Me metí la mano en los huevos a propósito para que me mirara una de mis primas más grandes. Cuando pasé a su lado le dije: “si querés jugamos al doctor”. El vino o algo me habían dado unas ínfulas desconocidas que amé de inmediato. Me sentía poderoso. Grande. Hombre.

Quiero. Me contestó ella. Largándome un aliento a chicle y cigarrillo que me convirtieron en un bebé de pecho en un pestañeo.

Qué ganas de tomarme un trago, le dije girando un poco la cabeza para mirarla a los ojos antes de dejarla atrás.

Te lo preparo y te espero, lindo.

No me tardo. Agregué ya sin mirarla.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

Una rabia me fue abrazando a cada paso que daba. Llegué hasta el árbol de referencia, lo rodeé y me metí en el pasadizo que se formaba entre el tapial del vecino y las plantaciones de arbustos de casa. Corrí la chapa que cerraba el medio del camino dividiéndolo en dos y quedé del lado de adentro de lo que nosotros llamábamos el escondite secreto.

Allí la tenía a mi hermana toda para mí. Acomodando no sé qué. Agachada entre la mesita y la silla se le veía todo el culo. Bien desarrollado, lindo, para la edad. Se lo miré bien mirado. Respiré hondo un par de veces y me largué a iniciar con decisión lo que tanto venía esperando.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

La agarré fuerte del brazo. Se sorprendió. Creo que no se había dado cuenta de que ya había entrado. La tiré al suelo. Le hice lo mismo que a sus otras dos amigas. Con más tranquilidad. La tranquilidad que da la experiencia. Pero más violentamente. Teniendo la suficiente calma como para poder sentir el placer del momento. Recién cuando acabé, pude mirarla a los ojos. Estaba roja. La respiración entrecortada. No decía ninguna palabra. Revoleó la silla y se fue luego de traspasar la chapa que nos servía de puerta.

Lorena. Lucía. Mi hermana.

Tanto escándalo pensaba yo a todo esto. Si lo único que le dije fue que Papá Noel no existe. Que Papá Noél son los padres.

 

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