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Sexo y amor en Houellebecq

Por Luciano Sáliche

“Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida?”. Esta pregunta, que bien podría ser formulada por Coco Silly en una emisión habitual de Animales Sueltos donde alguna vedette confiesa estar meses sin tener relaciones o también por Guillermo Cóppola luego de desplegar una de sus anécdotas como manager de Diego Maradona en Nápoles, es una línea que proviene de Plataforma (2001), novela de uno de los escritores más polémicos de los últimos años: Michel Houellebecq. La cuestión no radica en denostar picardía y sentido del humor al pronunciarla sino en la respuesta, porque apunta directamente al deseo, a la pulsión creciente en una sociedad globalizada y secularizada que ha dado por barridos los grandes límites morales de lo que está bien y está mal, y que ha desarrollado una imaginaria -amplificada por la publicidad y la cultura pop- donde el sexo ocupa el lugar del mayor placer posible que un ser humano puede sentir en vida.

Una lectura algo más atenta podría apostar a que la obra de este escritor francés está atravesada de una manera tajante por el sexo como temática donde transcurren muchas escenas de una profunda sensibilidad, construyendo así la identidad de los personajes. Sin contar ni spoilear las historias que narran sus novelas, se podría sugerir que son narraciones consuetudinarias, de costumbres, que se ven modificadas por hechos siempre posibles y verosímiles, y sobre todo, trascendentes. Pero lo trascendente ocurre sólo en los desenlaces de las historias, como la contracara de sus personajes que nunca podrán trascender más allá de su vida. Cuando la filósofa Agnes Heller hablaba del vacío existencial que siente el hombre al darse cuenta que no puede propagarse más allá de su vida, de su existencia, de su época, daba cuenta de algo que ya todos suponemos: nacimos parar morir.

Nicolás Mavrakis acaba de publicar el libro Houellebecq, una experiencia sensible (Galerna, 2016). Para él, su obra “refleja la esencia del conflicto de un mundo en el que las pulsiones vitales de las personas que lo habitan quedan nada más que a la espera de los efectos de saciedad material del mercado, negando toda posibilidad de trascendencia. Por otro lado, si el ‘agotamiento vital de nuestra civilización’, como se lo menciona en Ampliación del campo de batalla (1994), lleva a la mercantilización absoluta de los cuerpos, también la mercantilización absoluta de los cuerpos puede llevar, paradójicamente, a la resurrección del amor”.

El mostrador del mercado

El terreno de la sexualidad es en Houellebecq una estructura muy similar al mercado. Hay patrones de belleza que designan lo agradable y lo no agradable en el que coinciden la gran mayoría de sus actores que ofertan y demandan sexo. Así de simple en una primera lectura. “Los criterios principales de la belleza física son la juventud, la ausencia de mal formaciones y la conformidad general con las normas de la especie; y está claro que son universales”, dice en Plataforma. ¿Cómo se consigue el placer sexual? Bueno, aquí Houellebecq establece una dualidad porque no son las mismas reglas para una persona que está en pareja, alguien que consume la monogamia, y una persona que vive su soltería como un cazador que frecuenta bares nocturnos buscando a su presa.

"Ampliación del campo de batalla" (1994), de Michel Houellebecq

“Ampliación del campo de batalla” (1994), de Michel Houellebecq

En Las partículas elementales (1998) sentencia: “En un sistema monógamo, romántico y amoroso, sólo pueden alcanzarse [el deseo y el placer] a través del ser amado, que en principio es único. En la sociedad liberal (…) el modelo sexual propuesto por la cultural oficial era el de la aventura. Dentro de un sistema así, el deseo y el placer aparecen como desenlace de un proceso de seducción, haciendo hincapié en la novedad, la pasión y la creatividad individual (cualidades por otra parte requeridas a los empleados en el marco de la vida profesional)”.

Entonces las normas de la belleza son claras: o se es sensual o no se es. Houellebecq no celebra la diferencia en términos de relatividad si no que la utiliza a favor de la libre elección. Todos somos iguales en el sentido en que podemos acceder al mercado de la oferta y la demanda sexual pero somos diferentes porque el producto ofrecido -nosotros mismos- somos singulares e irremplazables.

Juan Sklar, autor de Los catorce cuadernos (Beatriz Viterbo Editora, 2014), novela donde varios de sus personajes leen e interpretan novelas del escritor francés, narra una anécdota personal para poder entender mejor este complejo universo: “‘Me llevé la mina más linda de la clase ’58. Vamos a ver qué traés vos’. La frase es de mi padre. El que la escucha soy yo a los 15 años. ¿Por qué a mi padre le interesa rankear estéticamente a mi madre? Y sobre todo, ¿por qué me desafía a que lo derrote? ‘La sexualidad es un sistema de jerarquía social’ es la sentencia houellebecqiana que explica por qué mi padre estaba tan preocupado por la apariencia de mis novias. Si su hijo trae mejores culos, el clan rankea más alto. En un mundo en el cual el discurso de la inclusión se expande y triunfa, Houellebecq viene a recordarnos una verdad molesta. Sigue habiendo ranking de cuerpos y de almas, y ese ranking devora todo”.

"Plataforma" (2001), de Michel Houellebecq

“Plataforma” (2001), de Michel Houellebecq

Sexo y amor: un zigzag constante

En sus novelas hay sexo, hay sadomasoquismo, hay violaciones, hay laceraciones sexuales pero también hay romance y cariño. La pulsión erótica del deseo aparece zigzagueando estos andariveles, por un lado la búsqueda animal de la carne y saciar, como sea, esas ganas sexuales ingobernables, y por otro la sensación de alegría cósmica que implica amar, dar amor y recibir amor. Es compleja la relación entre dos elementos que siempre aparentaron ir de la mano pero, en estos tiempos, parecen despegarse.

Para Mavrakis, la sexualidad es un factor clave en los personajes houellebecqianos “porque ilustra rápidamente una mirada sobre el mundo, una mirada particularmente masculina. Desde la perspectiva privilegiada de la carencia en sus poemas y desde la perspectiva privilegiada de la abundancia en sus novelas, es a través de la relación fundante con las mujeres como los personajes masculinos de Houellebecq narran y teorizan la imposibilidad fáctica y cultural de una asociación entre el sexo y el amor”. Aquí aparece entonces el otro gran elemento que bambolea en la obra del francés. ¿Es el amor una temática que permanece pegada al sexo como un mismo cuerpo siamés o van por rutas separadas que por momentos se tocan y por momentos se alejan?

Sklar, respecto de la problemática del amor, expone: “La única fuerza capaz de oponerse al libremercado de belleza y talento es el amor. El deseo inmotivado de alegría y bienestar ajeno. Houellebecq acepta su existencia y lo hace jugar en su literatura. Pero al revés que en la ideología Disney (el único discurso homogéneo de ficción narrativa omnipresente a nivel global) en Houellebecq, como en la vida, el amor, al final, siempre pierde. Sea la jerarquía o sea la muerte, algo siempre lo destruye. Sus verdades son incontestables. Tiene razón. Pero leerlo me genera una necesidad instintiva de contradecirlo, vital y literariamente. No puedo vivir en ese mundo. Ni voy a hacerlo. El amor está por encima de la verdad. Allá los houellebecqianos, con sus verdades y su cinismo. Yo me quedo de este lado, con la familia, la amistad, la pareja, el amor y la especie. Para ellos no habrá fusión sublime. Una pena. Se lo pierden.”

"Las partículas elementales" (1998), de Michel Houellebecq

“Las partículas elementales” (1998), de Michel Houellebecq

Las especificidades de lo femenino y lo masculino

Si hablamos de sexo, tenemos que hablar de actores y de la construcción que realizan los individuos en tanto sujetos/objetos sexuales. Entonces aparece la identidad y la cuestión de género. Su obra presenta un gran interés por las prácticas y costumbres que enarbolan la construcción de la femineidad y de la masculinidad. Pero en un mundo donde el debate sobre el machismo y el patriarcado han sido elevados a un nivel más jamás visto, ¿qué transformaciones aparecen en el mapa donde hombres y mujeres conviven con una suma cantidad de derechos en iguales condiciones? ¿Cómo se relacionan, se comunican, se seducen?

Mavrakis comenta: “Cuando las mujeres son jóvenes y bellas, los hombres con el privilegio de acompañarlas se elevan sin escalas hacia la felicidad. Lo masculino, mientras tanto, subsiste como una fuerza improductiva en términos genéticos y agotada en el plano de lo vital. Respecto a las mujeres es importante tener en cuenta que, como los hombres que las desean, las penetran y a veces las aman, los personajes femeninos de Houellebecq se construyen a sí mismos dentro de los mismos laberintos existenciales que los masculinos, y casi siempre, además, lo hacen con una conciencia mucho más despierta y sensible frente al horizonte trágico del proyecto humano”.

Y agrega: “Frente a hombres demasiado preocupados por la banalidad narcisista de la seducción y mujeres demasiado absorbidas por el egoísmo profesional, la posibilidad de ‘una dulce esposa que lleve la casa y cuide a los niños’ resulta más accesible en lugares como Tailandia que en París, y sobre eso es la novela Plataforma“. Hay algo de la especificidad de género, de lo relacionado a las características donde lo masculino y lo femenino encuentran asidero si no se tocan, si no se mezclan, si se continúan reproduciendo en sus propios senos. Las relaciones que narra el autor de Plataforma son heterosexuales, sumamente heterosexuales, aunque muchas veces se introducen en el terreno de la orgía, como un juego; sin embargo la heterosexualidad no hace más que salir fortificada de este tipo de experiencias.

"Sumisión" (2015), de Michel Houellebecq

“Sumisión” (2015), de Michel Houellebecq

Ficción total y caos

En el ámbito de la inmaterialidad, los sentimientos, la fe y las creencias, son muchos los placeres y las sensaciones de bienestar que se pueden mencionar. Desde la amistad y la camaradería hasta la relación entre padre e hijo. Incluso el amor es un ente inmaterial; si no podemos tocarlo ni encapsularlo, mucho menos podremos explicarlo. Pero en su comunión con el sexo pueden encontrarse los vestigios de alguna verdad. Lo cierto es que el sexo es un placer de la carne, que responde a la materialidad, a lo estrictamente real, y como sucede con el cuerpo, tiene una vida útil donde nace y muere sin ninguna posibilidad de trascendencia.

El autor de Los cuerpos del verano (Factotum, 2012), Martín Felipe Castagnet, conoce la obra en cuestión, su lectura es clara y precisa: “La sexualidad ocupa en la obra de Houellebecq el lugar que antes ocupaba Dios: una fuerza creadora y un motor universal, un dínamo que pone en movimiento los engranajes de la vida de sus personajes. Pero si Dios era omnipotente, el sexo es su estrella contraria: nace y termina en el cuerpo, proclive a la frustración, a la decepción y a la decadencia. Por eso la parte más scifi de Houellebecq siempre ofrece una alternativa a este fracaso, sea por medio de la técnica (la ficticia clonación de La posibilidad de una isla) o la sociedad (el ficticio islam de Sumisión). Sobre todo, la sexualidad también es superada por medio del amor, que presenta como la ficción total. Houellebecq besa y entierra el cadáver del amor”.

Si la gran ficción es el amor estamos salvados. ¿Lo estamos? ¿Cómo podría salvarnos una ficción? ¿Es el amor entonces una ficción, una historia que construimos para tapar ese vacío de trascendencia, esa puerta que nos lleva irremediablemente a la muerte? La sexualidad, en oposición, no es una ficción, está en el orden de lo tangible, de lo corporal. En la obra de Houellebecq las cosas que suceden siempre terminan mal. Hay una fuerte tensión en esperar la desgracia y el desmembramiento; una trama que invariablemente conduce al desastre. Pero cuando el desastre sucede, cuando el personaje muere o mata o pierde o se queda solo, el lector lo asume y luego continúa la lectura. Quizás esa sea la síntesis más acabada de Houellebecq, como sentencia un verso de su poema La grieta, hay que asumirlo, o no, pero al menos intentar entenderlo: “El mundo es un caos preciso e implacable”.

 

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