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El mejor barrio es al que nunca volverías

Por Luciano Sàliche

Al menos una vez al mes me pierdo en Once. Entro por Bartolomé Mitre, doblo en Pueyrredón hacia el norte y me dejo llevar por esa marea de gente que camina lenta entre los puestos callejeros, las galerías, los locales como si estuviera en la peatonal de Miramar un 20 de enero cualquiera. Podría decirse que esa marea que se mete por todos lados probándose cosas, comprando otras, regateando precios tiene la forma de un río que se desborda. Once conserva un espíritu precapitalista que se percibe al toque, opuesto a lo que sucede en esas gigantescas moles de acero que aún llamamos shoppings. Se percibe en su primitiva forma de organización donde la publicidad y el marketing, por su sofisticación, no han hecho mella. También se percibe en sus maniobras elusivas frente a los tentáculos del Estado recaudador. Ese espíritu es similar a lo que sucedía en las Ferias de Champaña del siglo XII en la Francia de la Edad Media, aunque claro, al igual que sucede con Once, los condes de Meaux y de Troyes se cobraban su impuesto.

Hay diferentes formas de explotación, similares a las del milenio pasado, como los talleres textiles clandestinos. En diciembre pasado, los vecinos del barrio junto a la ONG La Alameda contaron nueve talleres esclavistas, uno de ellos ubicado en frente de la comisaría séptima en la calle Lavalle. Once también está plagado de prostíbulos; aunque el problema no sería ese ya que nadie que se considere noble le prohibiría a alguien el derecho a prostituirse y explotar su cuerpo libremente, sin embargo hay también una mercantilización obligada, incluso con menores. En agosto se encontraron tres chicas desaparecidas de Trelew (dos de 11 años, una de 14) que eran regenteadas por una mujer en la Plaza Miserere.

Ayer mataron a un chorro en Once. Un policía de civil salió de la multitud y le metió un tiro en la frente cuando, según los testigos, el chabón estaba quieto con las manos en alto. La escena cinematográfica es conocida por todos: “¡Alto, policía!”, el delincuente que frena porque sabe, hay un arma apuntándole al cerebro, y levanta las manos, derrotado. Me lo imagino corriendo, esquivando manteros, abriéndose paso entre la marea de gente. Un celular en la mano -quizás un iPhone 5 o un Moto Z Play o un Samsung Galaxy- humedecido por la transpiración de la corrida, las calles que se abren y la salida directa. Pero en Jujuy y Carlos Calvo la suerte cambia: el policía de civil que lo corría, ya cerca, a metros, pega el grito. Al darse vuelta, un disparo en la frente lo sentencia. Alrededor, la multitud comprende el fusilamiento y lo repudia. El rati que huye, ya es demasiado tarde.

Hay un dolor en Once que se ve en el óxido de sus paredes: una injusticia que instituye y sólo se tolera con resentimiento. No es casualidad que las dos tragedias más importantes de los últimos tiempos hayan sucedido ahí. Me refiero al incendio de Cromañón en 2004 donde murieron 194 personas y al choque del tren Sarmiento en 2012 que dejó un saldo de 51 muertos. Sin embargo todo ese dolor natural, lejos de ser una victimización pedigüeña como sucede en barrios más nostálgicos como San Telmo, tiene la potestad de ser un patrimonio activo que aúlla y muestra su sonrisa carente de algún incisivo frontal autodefiniéndose por su imperfección, algo propio de Once, y que Marcelo Cohen definió en Consolación por la baratija como “una obra de arte del desequilibrio”.

Decir que Once es más que una feria implica preguntarse por sus coordenadas. En realidad Once es una abstracción, un oasis colorinche que se autodelimita como una república separatista que logró la independencia sin firmar papeles. Al igual que el Abasto y Congreso, que también forman parte de Balvanera, Once es un barrio imaginario e informal que se construye a partir de un elemento céntrico; en este caso la estación de tren Once de Septiembre (entre 1951 y 1955 Perón le cambió el nombre, pero esa es otra historia). Alrededor de esta centralidad, la extensión del barrio llega hasta donde sea porque no hay límites, sino todo lo contrario. ¿Cuál es el antónimo de límite? Anaximandro de Mileto lo nombró ápeiron: lo indefinido que, por oposición, resulta el principio u origen de todas las cosas. ¿Es Once un origen, una figura literaria que nos devuelve hacia el inicio del mundo como el souvenir del big bang? Hay algo de eso porque es también un cúmulo de culturas e identidades. Turcos, judíos, coreanos, peruanos, bolivianos, paraguayos, africanos, armenios, gitanos, todos completan el abanico de clichés que se extiende como un mantra coloreado por un niño frenético y, sumado a la variedad genérica de los productos ofrecidos, confluye en eso que Honoré de Balzac llamó gastronomía para los ojos.

Durante el atardecer, entrar a la avenida por uno de sus afluentes del este se parece a subir una colina espirituosa, esas que caminan los feligreses cuando buscan la bendición de la virgen de Salta. Al fondo, escondiéndose, el sol es un faro que dibuja los relieves de las precarias casas desvencijadas y de los carteles eróticos (diosas argentinas del onanismo de la década pasada como Melina Pitra o Rocío Guirao Díaz). Esta Navidad Once también estuvo lleno, como cuando vivía en el asqueroso dos ambientes de Paso y Lavalle con dos amigos y jugábamos a bañar a los transeúntes desde un balcón francés del octavo piso, la marea de gente parece estar intacta. Sin embargo la esencia del barrio es el cambio -además de la arquitectura de la organización: aparecen nuevas ferias como Punto Once- porque los productos que se venden están atados a una moda reversible.

¿Cuál es el mejor barrio de Buenos Aires? Ante una pregunta semejante, la mayoría de los seres humanos tienden a responder con más preguntas, como si la vida estuviera encadenada a un relativismo aliviador: ¿para qué? ¿para vivir? ¿para trabajar? ¿para pasear? ¿para salir? Es en vano abastecer el altar de Once con argumentos fenomenológicos, basta con visitarlo, estar ahí, mirarlo un rato y pensar inmediatamente en otro barrio, en el que sí querrías estar, para dejar de sentir esas llamas que sobreviven al tiempo de la historia. Quizás los mejores lugares son aquellos a los que no volverías nunca, aunque vuelvas.

 

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