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Dr. Strange, más alto que las hadas

Por Mercedes Dellatorre

“Sos un hombre que mira el mundo a través de un agujero. ¿Qué pensarías si te dijera que la realidad que conocés es una entre muchas?” “No creo en los cuentos de hadas, ni en los chakras o energía, ni en el poder de la creencia”. El diálogo en off mientras la ciudad de New York se derrumba, una secuencia de imágenes multidimensionales que envuelven a seres sobrenaturales que pelean como seres naturales, un expendedor de comida chatarra que se tambalea porque dos cuerpos astrales luchan en un plano paralelo o un aro de fuego que lleva al protagonista a la cumbre del Himalaya es sólo el trailer de Dr. Strange, la última película de Marvel Studios.

En la película, Dr. Strange es un cirujano exitoso que basa su práctica en la ciencia tradicional, hasta que un accidente automovilístico dará lugar a una transformación física y espiritual que lo iniciará en las artes esotéricas. Pero lo interesante de este personaje no radica únicamente en lo paradójico de su destino sino en que su ambigüedad dramática lo consolida como un verdadero referente de estos tiempos.

El “defecto” de Dr. Strange es la soberbia. No casualmente, el actor Benedict Cumberbatch es el indicado para encarnar este personaje. A diferencia de su performance en Sherlock, en Dr. Strange está más relajado y tiene más humor. Hasta podría decirse que hay algo más sexy en este personaje.

El director Scott Derrickson considera no sólo que la película va a ser un éxito, sino que “va a ser el comienzo del Multiverso Cinematográfico de Marvel”.

Desde luego, el juego de palabras no es casual. En el cine, no sólo la pantalla es más grande. Multiverso es un término usado para definir la hipótesis de los múltiples Universos. Este concepto integra todo lo que existe físicamente: la totalidad del espacio y del tiempo, todas las formas de materia, energía y las leyes físicas y constantes que las gobiernan. Lo particular de este concepto es que alberga la posibilidad de la existencia de universos paralelos. En la actualidad, distintas teorías científicas intentan comprobarlo aunque, por el momento, ninguna reúne la solidez necesaria.

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Es sabido que donde la ciencia se escurre, la imaginación se cuela y -más allá de las frases educativas y edulcoradas que no escapan a ninguna superproducción de Hollywood- podríamos preguntarnos si la temática de esta película no enarbola la inminencia de una nueva metafísica. Joseph Campbell en El héroe de las mil caras (1949) dice que una de las funciones de los mitos es, precisamente, la función metafísica, que se encarga de despertar un sentido de asombro ante el misterio del ser. Dr. Strange se inscribe dentro de esta función de asombro. En la misma línea que el film, Campbell sugiere que para que el mito se consolide como tal debe existir una función cosmológica en la que se manifieste una nueva explicación de la forma del universo.

Como todo héroe, Stephen Strange tiene un mentor. Hay algo muy interesante en el personaje de The Ancient one (Ancestral): su incierta edad la convierte en un ser sobrenatural, aunque su sensibilidad sugerida deja traslucir un costado muy humano. Es este giro, de índole tan femenino, el que plantea la primera dicotomía con respecto al tiempo. Ancient one es una mujer que defiende el orden del nuestro mundo pero, a su vez, está más allá de sus propios ciclos naturales. Esta particularidad se acerca a lo que podría definirse como “feminismo cosmológico”, la presencia de la mujer como diosa portadora de la llave de la eternidad.

El antagonista, Dormammu, señor de la oscuridad, posee acceso a la vida eterna aunque, para eso, se resigne a vivir en las profundidades de pesadillas que se manifiestan en otra dimensión. Ofrecer “vida eterna” es su método de conquista para acceder a nuestro mundo.

Pero no son ellos sino el héroe quien debe enfrentarse a las consecuencias desconocidas de infringir la ley natural del espacio-tiempo. Esto implicaría, no sólo acceder a nuevas coordenadas espaciales en las que el tiempo no existe del modo en el que lo conocemos sino, fundamentalmente, el poder (y el riesgo) de torcer el destino de los hombres. No es casual como símbolo que lo único que se lleva el cirujano en su “viaje iniciático” es un reloj pulsera, mientras que su gema de poder al transformarse en hechicero es el Ojo de Agamotto, con el que puede modificar el patrón de continuidad temporal.

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Dr. Strange tiene en sus manos la posibilidad de convertirse en Dios. Es en este punto en donde podemos pensar en este personaje como un nuevo Prometeo. En el mito griego, Prometeo es un Titán, una categoría que se ubica por debajo de los dioses pero por encima de los mortales. Según cuenta Hesíodo, Prometeo roba el fuego a los dioses para favorecer a los hombres y, por este motivo, activa una serie de sacrificios en cadena de los que los humanos nunca estarán exentos. A causa de su insurrección, el Titán se ve obligado a repetir su destino día tras día. Del mismo modo, Dr. Strange también accede a inmolarse de la misma manera, aunque esto no indique su verdadero fin.

Porque, tal vez, la similitud mayor con el mito prometeico sea la arrogancia que, en ambos casos, puede ser considerada como la principal característica. Lo paradójico de esto es que, si bien el impulso narcisista puede tomarse como un riesgo demasiado alto a la hora de salvar el mundo, sin este motor los hombres no obtendrían lo que necesitan. Al igual que en los mitos griegos, los personajes de Marvel son demasiado humanos. Es, justamente, esta identificación con el héroe de la mitología antigua que incorpora el universo marveliano lo que le permite empatizar con sus espectadores.

Como dice Stephen Strange al iniciar su aprendizaje esotérico, un espíritu racional no cree en los cuentos de hadas. Y es aquí donde el análisis de los distintos tipos de historias que plantea Bruno Bettelheim resulta cuestionable en este caso. El autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1977) define los distintos formatos asociándolos a los renombrados conceptos freudianos de Yo, Superyó y Ello. Así, Bettelheim dice que los héroes míticos brindan excelentes imágenes para el desarrollo del superyó, entendido éste como los pensamientos morales y éticos heredados por la cultura. Según su concepción, en los mitos este “ideal de ser” es tan riguroso, que desanima al niño a lograr la integración de su personalidad, mientras que en los cuentos esto no sucede de la misma manera, ya que la propia naturaleza de la narración los anima a encauzar el Ello, a quien define como la parte primitiva, desorganizada e innata de la personalidad.

El “héroe místico” del que hablamos no dispone de las mismas categorías, simplemente, porque está más allá del eje del espacio-tiempo. Y, tal vez, sería considerable pensar si las estructuras demasiado estancas de la concepción freudiana no se volverían más fluctuantes si se modificaran los ejes del espacio-tiempo. Si esto sucediera, la pregunta sería si el derrumbe del tiempo no implica, además, el derrumbe del Superyó. Y, de ser así, lo que verdaderamente se derrumba en la película no son sólo los edificios sino las viejas ideas del siglo pasado.

 

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