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¿Para qué están los de asistencia social?

Por Diego Abragiano

El cabo Fissore tiene su primera salida. Desde el asiento del acompañante va mirando, alternativamente, la calle semidesierta, las veredas anchas, los frentes de las casas en su mayoría antiguas, y a quien conduce, el suboficial Cruz, que no ha dejado de protestar desde que salieron de la comisaría.
—A los tres al loquero, tendrían que mandar —dice Cruz.
Entonces Fissore lo mira. Luego vuelve la vista hacia la ventanilla y observa las casas, tratando de buscar algún detalle. Le resulta útil esa táctica del uso de un detalle para memorizar. Lo ha hecho cuando ingresó a la escuela de policía para recordar los apellidos de los compañeros y lo hace ahora que está conociendo a los que trabajan con él en este sitio: Galván, el que tiene un lunar debajo de la oreja, Jiménez, la que tiene las cejas depiladas, demasiado finas y así con todos, hasta que el nombre o el apellido se le quede grabado.
—La mujer y los dos chicos, al manicomio, directo, y que se dejen de joder. No sé para qué están los de la asistencia social —sigue protestando Cruz.
Fissore de nuevo gira la cabeza para mirarlo. Cruz tiene treinta y siete años, catorce más que Fissore. Cruz tiene una mancha blanca en el párpado derecho que se le ve solamente cuando pestañea.
—No hay semana en que el borrego no haga quilombo. Y no es que sea peligroso el asunto. Se resuelve fácil, es cosa de cinco minutos. Lo que me rompe las pelotas es que todas las semanas sea la misma historia y la única opción sea llamar a la policía. ¿Para qué están los de asistencia social? —vuelve a decir Cruz—. Los tres derecho al loquero, la madre y los dos hijos.
Fissore que lo ha estado mirando protestar, vuelve la vista hacia adelante. Se termina el asfalto, la camioneta empieza a sacudirse por los pozos de la calle de tierra. Hace tres días que Fissore está en el pueblo. Apenas recibido, el padre, también policía, lo convenció de que era mejor irse a una comunidad chica, y a través de algunos contactos le consiguió el lugar. Ahí todavía respetan a la policía, no es como acá, y podés formar una familia y vivir tranquilo, le dijo el padre.

—¿Qué lío hacen? —pregunta Fissore.
—Es el loquito chico —contesta Cruz—. Bueno, de chico no tiene nada, ya pasó los veinte años. Pero no le da la cabeza. De cuando en cuando la madre lo deja afuera, le cierra todas las puertas y las ventanas y al loquito le da un ataque. Empieza a gritar y a revolear cosas, lo que encuentre. Los vecinos están cansados de aguantarlo y llaman a la policía.
—¿Cómo se llama esta calle? —pregunta Fissore.
—No sé —dice el otro—, acostúmbrate a que acá las direcciones son por referencias: la cuadra del almacén de Brítez, de la plaza doblando a la izquierda, la calle del club, a la vuelta de Aguas Corrientes y así se manejan todos. Es inofensivo el chico, ya vas a ver, —dice Cruz volviendo al tema—. Le pegás un par de gritos y se calma. Si es necesario hay que mostrarle el machete, le tiene más miedo que a la pistola. Parece que una vez lo trajeron un rato a la comisaría y se lo hicieron conocer bien. Yo no estaba, ojo, me lo contaron. Era con el comisario anterior. Yo nunca lo toqué, no hace falta. Lo amenazás un poco y se baja del caballo enseguida, se sienta en el suelo y se pone a llorar. Galván usa otra estrategia, le lleva caramelos o le da plata para que se los compre. El chico se desespera por un caramelo. Pero yo no la voy con esa. Eso a la larga termina mal. Son cinco minutos nomás, pero ya te digo, no es por lo complicado del problema que me caliento, es porque pase todas las semanas lo mismo y nadie haga nada.

Se detienen. Sobre la mitad de la calle hay una bicicleta tirada y un desparramo de macetas vacías. La casa está unos metros hacia adentro del terreno. En el frente hay una reja con una puerta central abierta y entre la reja y la construcción, dos plantas de jacarandá. En medio de las dos plantas un camino hecho con medios ladrillos recorre los tres metros que hay hasta la puerta de la casa.

Cruz se baja, Fissore también. Se escuchan gritos que parecen acercarse desde el fondo y por un pasillo al costado izquierdo de la casa viene el chico con las manos llenas de ropas.
—Yo también quiero —grita—. Yo quiero. Por qué siempre él y yo no.
Ve a los policías, se detiene y deja caer la ropa.
—¿Qué pasa acá? —grita Cruz, como si no supiera que cada semana pasa lo mismo, como si no acabara de decir que todas las semanas pasa lo mismo.
El chico se queda en el camino de medios ladrillos. Cierra los puños y con ellos se aprieta los ojos.
—Yo quiero, yo quiero —repite, y se larga a llorar.
Cruz lo toma de un brazo y lo acompaña hasta el borde de la vereda.
—Sentate acá y tranquilizate. Cuando dejes de llorar como un marica, juntá todo eso que tiraste, ¿entendido?
El chico asiente con la cabeza. Cruz lo mira a Fissore.
—Hay que quedarse unos minutos más por si le agarra un rebrote, pero ya está. Quedate vos y hacele juntar lo que tiró que yo voy a hacer un mandadito para aprovechar la salida.
Cruz sale en la camioneta.
El chico ya no llora, sigue sentado. Fissore va hasta el medio de la calle y con los pies empieza a empujar las macetas hacia el costado.
—Vamos, entrá la bicicleta —le dice al chico.
Se levanta y la trae hasta la vereda. Se vuelve a sentar.
—¿Por qué siempre él?, yo también quiero —dice.
Fissore se le acerca, disimuladamente, tiene la mano apoyada sobre el machete.
—¿Qué es lo que querés? —le pregunta.
—Quiero ir adentro, responde el chico —y revolea al aire un puñado de tierra—. Con ellos, con mi mamá y el Bubi quiero ir.
Vuelve Cruz. Viene fumando y con la ventanilla baja. Con el cigarrillo apretado entre los labios hace una seña con las cejas a Fissore como interrogándolo.
—Todo en orden —dice Fissore.
Ahora con la cabeza Cruz le señala que suba a la camioneta. Antes de arrancar le habla al chico.
—Que sea la última vez —dice subiendo el tono de voz—, a quedarse quietito.
Cuando larga el humo por la boca, entrecierra los ojos y se le ve la mancha blanca en el párpado. El chico no responde y la camioneta arranca.
Fissore permanece en silencio y mirando al frente hasta que estacionan en la puerta de la comisaría. En ese momento pregunta,
—¿Siempre se enchincha por lo mismo?
Cruz que ya se empezaba a bajar se detiene, con una mano apoyada en la manija de la puerta,
—¿El chico?
—Sí —explica Fissore—, quiero decir si siempre grita que él también quiere, que quiere ir adentro.
—Siempre igual —dice Cruz—, todas las veces el mismo versito, por eso me tiene las pelotas llenas.
—¿Y se sabe qué es lo que quiere, por qué lo dejan afuera?
—A mí no me interesa un pito —dice Cruz—, para qué están los de asistencia social, —y se baja de la camioneta.

***

A las tres de la tarde ha terminado el turno, y como en los días anteriores, Fissore, solo en ese pueblo nuevo, no sabe qué hacer. Va hasta el único locutorio que existe, en la esquina de la plaza y llama a la novia. La cabina no se ve muy hermética y la dueña parece estar atenta a escuchar todo lo que pueda. Fissore no habla cómodo. Desde que supo del destino está tratando de convencer a la novia de que se venga con él. No le está siendo fácil. Sale y se pone a caminar como para familiarizarse con la vida del pueblo. Todavía es horario de la siesta y las calles están desoladas. Cree que no le va a ser sencillo acostumbrarse. El cielo tan vasto, el campo a unas pocas cuadras, un horizonte extenso que deja bien claro que se está lejos de todo, la calma, y sin embargo en este pueblo todo le parece, lo siente, tan… espeso, podría decir. A los diez minutos se da cuenta de que está cerca del domicilio del chico. Reconoce el lugar por un detalle de una de las casas: un llamador en la puerta que representa la cara de un diablo o un monstruo. Sabe que de ahí derecho sale a lo del chico, y hacia ahí se va.
No hay nadie afuera, la puerta de la casa está abierta. No se oyen tampoco voces. Pasa de largo. Da una vuelta a la manzana y vuelve a detenerse frente a la casa. Se decide a golpear las manos.
—Pase —grita desde adentro una voz de mujer.
Fissore avanza por el camino de medios ladrillos. Al atravesar la puerta, un muchacho que estaba sentado en una silla junto a la mesa se sobresalta. La mujer, de pie detrás de él lo tranquiliza con palmadas en el hombro. El muchacho parece aflojarse. Fissore también se ha asustado. El muchacho tiene un físico enorme.
—Es sordomudo —dice la mujer, quien sostiene un peine en la mano—, no escuchó ni su llamado ni mi respuesta, por eso se asustó cuando usted entró.
La mujer habla pausadamente y sigue con lo que estaba haciendo. Es alta, elegante, tiene la piel muy blanca y un vestido azul oscuro de breteles finos. A Fissore le parece joven. El muchacho tiene los pelos empapados y una toalla celeste rodeándole el cuello. La mujer lo peina despacio y con la toalla celeste seca delicadamente las gotas que cada tanto chorrean por la cara del muchacho.
—Vine a ver cómo está el otro chico —dice Fissore—. Esta mañana estaba muy nervioso.
—Usted es nuevo, ¿no?
Fissore responde afirmativamente.
—Siempre hace lo mismo, le dan esos ataques, pero acá en el pueblo lo conocen todos, saben que no es normal, pobrecito. Algún vecino se queja por los ruidos, pero no pasa nada.
—¿Ahora no está? —pregunta Fissore mientras mira las paredes, la mesada y todo le parece impecable, limpio y ordenado.
—A esta hora va a ver cómo pasa el tren —contesta la mujer.
—Entonces está todo tranquilo —dice Fissore—. Buenas tardes —agrega, y se va.
Nota que desde una de las casas de enfrente, una vecina, detrás de la ventana, lo mira salir.

***

Fissore se aburre en la comisaría. Esta semana ya ha quedado solo en el turno, Cruz hace la noche y Galván, el tercer policía del pueblo, la tarde. La mira a Jiménez, que trabaja en la máquina de escribir, le mira las cejas finas, apenas un trazo.
—¿Conocés a esa familia del chico tiene problemas y le agarran los ataques?
—Acá nos conocemos todos —dice Jiménez sin dejar de tipear.
—¿Son raros, no? —dice Fissore.
—No hay uno cuerdo en esa casa. La madre y el más grande viven encerrados. Sólo el chico sale a hacer los mandados o a dar vueltas por ahí.
—¿Y el padre?
—Se murió cuando los nenes eran chicos. Era de familia con guita y les dejó un campo que ahora alquilan. Pero los que lo conocieron dicen que era igual que estos tres.
—¿Y nadie se preocupa por esa gente, cómo vive, qué hacen?
—Qué te importa a vos, Fissore. Dejalos, son locos. Todos acá saben que son locos y los dejan, que vivan así, como los locos.

Fissore dice que prefiere salir a dar vueltas que quedarse aburrido en la comisaría. Sale en la camioneta, mira la hora y toma la calle que lleva a la estación de tren. Está todo cerrado, se baja y la rodea para llegar hasta el andén. Ahí sentado en uno de los tres bancos de madera está el chico. Fissore se acerca, lo saluda. Ve un cartel que dice que el único servicio pasa a las dieciocho treinta y cinco. Son las cuatro de la tarde. Fissore se sienta en el banco junto al chico, que está tranquilo, mirando para el lado en que debe venir el tren. Fissore le convida unos caramelos y empieza a preguntar.

***

Está terminando la segunda semana de Fissore en el nuevo puesto. Sigue con la rutina de dar vueltas en la camioneta por las calles de las que ya no le importa saber el nombre. Dos turnos más y tendrá un franco de cuatro días que va a aprovechar para viajar a su ciudad. Está pensando en eso cuando Jiménez avisa por la radio que otra vez el chico está con un ataque. Fissore se sobresalta. El aviso que tanto esperó en esas absurdas vueltas recorriendo el pueblo durante días y días. Acelera a fondo, no necesita mirar la casa con el llamador con la cara de un monstruo. Llega y el chico está gritando y revoleando una manguera al medio de la calle.

—Yo también quiero —grita—, yo también.

Fissore frena y se baja rápidamente. Mira hacia los costados y el frente y no ve a ningún vecino curioseando. Le agarra el brazo al chico y le pone en la mano un billete de cincuenta pesos. Le dice que se compre lo que quiera en el quiosco. El chico deja de gritar y sale corriendo con el billete en la mano. Fissore vuelve a mirar alrededor y se mete hacia el fondo de la casa por el pasillo que está a la izquierda. Llega hasta el patio, lleno de canteros y macetas con flores, un patio con la prolijidad de los que se ven en las revistas de jardín. Mira la pared del fondo de la casa, la pared que da a ese patio. Todo es tal cual le explicó el chico. Ve el balde puesto boca abajo que sirve para trepar. Ve el agujero junto al tercer tirante. Todo es tal cual él se hizo contar, hasta el menor detalle, aquella tarde en la estación de tren. Se sube al balde, fuerza la vista tratando de acostumbrarse a la menor claridad del interior de la casa. Busca desesperadamente el espejo. El espejo grande que el chico le ha dicho que está frente a la cama y que desde ese agujero junto al tirante se ve clarito. El espejo del que Fissore sólo puede ver el marco de madera gruesa; el espejo ciego, que nada refleja, porque está cubierto con una toalla celeste.

 

 

 

 

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