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11-01-2017 Ficciones

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Por Sergio Fitte

Ya desde el día miércoles la idea me viene haciendo ruido en la cabeza. La decisión ya la tengo tomada, pero sé que va a acarrear problemas. De todas maneras la voy a llevar. La voy a llevar como la llevé siempre. Qué me tiene que venir a recriminar tanto mi mujer si ella me conoció de esa manera. Si me tiene que hacer un planteo está bien, se lo acepto y escucho, pero de ahí a armar un mundo con el tema de la camilla es otra cosa. Una exageración. Un despropósito y un egoísmo extremo de su parte. Yo a la camilla, a esa fiesta del orto, la llevo y se terminó el asunto.

Me acuerdo como si fuera hoy el día que nos conocimos. Fue en una de esas reuniones que se hacen en la casa de alguien. En este caso, como la mayoría de las veces, nos juntamos en lo de Raúl que tiene un buen patio. Era enero. Un enero muy caluroso. Ella había sido invitada por un grupo de amigas de la novia de turno del anfitrión. Ni bien nos vimos nos gustamos al toque. Ella me preguntó que era lo que llevaba pegado y colgado con una suerte de arnés a la espalda. Yo le di una clase de sabiduría y le expliqué que lo que llevaba era una camilla. Que siempre fui muy piola e independiente. La camilla me proporciona soberanía, le dije, autosuficiencia. Cuando el alcohol me tumba o el cansancio me voltea la despliego y duermo. Soy un caracolito con su casa a cuesta. Vení que te la enseño.

Le hice la demostración debajo del árbol más alejado de la concurrencia. No me daba para apurarla; ni quería hacerle pasar un momento incómodo. Todavía no la conocía a la piba.

—Qué copado, ¿la puedo probar?

Antes de que la autorizara se acostó boca arriba y cerró los ojos.

Dejé que mi instinto actuara y la besé profundamente. Ella abrió la boca y dejó que nuestras lenguas jugaran un rato. Cuando nos despegamos agregó:

—No lo puedo creer. ¿Esto es real?

—Sí, chiquita. El limonero que nos cobija es real.

Desde ese primer día comenzamos a ser la parejita ambulante. De esa manera nos bautizó el grupo. Nuestra relación fue idílica. Nunca tuvimos un problema. La camilla nos proporcionó y nos facilitó muchísimas situaciones que nosotros hacíamos prosperar estuviésemos donde estuviésemos y mirara quien mirara. Esa camilla sí que podría escribir un libro de anécdotas.

Algo cambió un día. Creo que tuvo que ser a partir del nacimiento de nuestro hijo. Ella comenzó a rechazar sutilmente mis invitaciones a recostarnos o a realizar las andanzas de otros tiempos. Que no puedo. Que me hace doler la cintura. Que el bebé tiene hambre. Mientras, yo bancaba la situación con un acostumbrado “bueno, no importa”, “bueno, no importa”. Estas actitudes suyas se fueron consolidando en el tiempo. Hasta llegar al colmo de: “por qué no sacas esto del medio de la cocina que no se puede ni caminar”.

—Cómo sacar —consulté estupefacto.

—Cómo sacar, cómo sacar… —contestaba irónica a la nada o a ella misma, para el caso es lo mismo. Luego se metía adentro de la pieza con el nene y pasaba horas y horas allí dentro. No me atrevía a molestarlos de ningún modo. Nunca fui de romper las pelotas. Entonces para calmarme, porque yo también puedo ponerme nervioso, la desplegaba y me acostaba un rato aunque no tuviese muchas ganas. Creo que lo hacía por compasión. Me daba un poco de lástima la camilla. Si mi mujer regresaba a la sala antes de que yo me hubiese incorporado y me encontraba en aquella posición mirando televisión se ponía de los pelos. Se volvía a guardar y no reaparecía vaya a saber uno hasta cuándo. No tengo ni idea cómo no moría de inanición durante esos largos períodos de ausencia. Por lo descabellado de la situación comencé a imaginarme que era el bebé quien le metía cosas raras en la cabeza y me la ponía en mi contra. No pude comprobar en modo alguno esta suposición. Pero me queda claro que el cambio en nuestra relación se produjo a partir de la irrupción de Carlitos en nuestras vidas. Unos ocho años.

Nos vestimos con las mejores galas. Subimos al Renault 12 verde impecable que conservo como recién salido de fábrica. Fue de mi tío Farón en su momento, única mano. Yo me siento al volante. Mi mujer en el asiento del acompañante. El nene atado atrás. Enciendo el motor que ruge contento, sabe que sale a pasear. Prendo la radio, el ruido que se genera distrae y molesta un poco a los pasajeros que aguantan sin hablar.

—Ya vengo —digo.

Abro el baúl y de atrás del árbol saco la camilla. La guardo y cierro la portezuela con cuidado.

—Ahora sí.

Cuando me vuelvo a subir al auto mi mujer, que campaneaba mis movimientos por el espejo retrovisor, ya está fumando.

Sabe que me da asco. Que me molesta y que al nene también le hace mal. No digo nada. Esta es una guerra que se disputa en silencio. Durante los primeros metros de recorrido muevo imperceptiblemente la cabeza de un lado para el otro, maldiciéndola mentalmente y tratando de borrar esa sensación de vergüenza que ella misma me ha generado con sus infantiles actitudes. Porque ella y solo ella es quien dice que llevar una camilla a una fiesta es una “vergüenza”.

El viaje no es muy largo. De todas formas como el camino es de tierra se tardan unos buenos treinta minutos si uno aprieta lo suficiente el acelerador. Es lo que yo hago. El clima se corta con un cuchillo. El calor abraza la carrocería. Tenemos prohibido bajar las ventanillas por el polvo que entraría y desmejoraría nuestros atuendos. Entonces, ella aprovecha para soplar y resoplar humo. Humo casi negro de sus cigarrillos. Todavía no llegamos al monolito de la virgen y ya consumió cuatro de esos palitos de nicotina. El nene lagrimea sin escándalo. Se da cuenta de que si grita, además de entrarle por la nariz, el aire ennegrecido también le ingresaría por la boca y se le iría hasta el fondo de los pulmones. Toma una sabia decisión y se aguanta el sufrimiento con estoicismos.

A mí también me cuesta ver bien. Me refriego los ojos y creo que me hace peor. Los debo tener rojos. Drogados de humo. Llevo el auto a una velocidad límite, sin comenzar a correr riesgos extremos, más fuerte no podría ir. Siempre traté de no matarnos. Pensándolo un poco, morir bajo estas circunstancias tal vez sea una buena manera de escapar.

Somos un rayo verde surcando un camino consolidado y dejando una estela de polvo que durará una eternidad hasta llegar al suelo nuevamente, cosa que suele ocurrir en los veranos calurosos y húmedos de esta zona. Sin aire acondicionado los tres pasajeros avanzamos, como una bola de fuego, vestidos con nuestros trajes de gala.

Hace ya varios kilómetros que no muevo más la cabeza. Ahora vengo mordiendo fuerte. Lo más fuerte que puedo y quiero. La vergüenza no se me termina de ir. No aumenta ni disminuye. Solo se queda allí. Quiero llegar cuanto antes. Quiero poder respirar. La veo a mi mujer sosteniendo un cigarrillo entre los labios y otro en la mano. Por momentos chupa de los dos a la vez. Apaga el que se quedó más pequeño en el cenicero y vuelve a encender uno nuevo, mientras el otro no se ha consumido ni en una tercera parte. Dos estelas de humo negro le salen permanentemente de las fosas nasales y eventualmente de la boca.

Entro a la finca a una velocidad desproporcionada. Antes de que el auto se detenga ya tengo la puerta abierta. Necesito oxígeno con desesperación. Estaciono debajo de un montecito. Bastante lejos del lugar propio de la fiesta. Me parece atinado no mezclar mi vehículo con los de la otra gente. Apoyo los brazos contra un eucalipto y agacho la cabeza. Jadeo como si acabase de terminar una maratón. Luego de que la madre lo desate, el nene, viene hacia mí. Se queda abrazado de mi pierna.

—¿Estás bien? —me pregunta cuando me ve escupir negro.

No le contesto.

El nene ya no lagrimea. Se ve que el fresco hizo bien muy rápido. Los chicos tienen un gran poder de recuperación. En cambio a mí me cuesta más tiempo mejorar mi estado de salud.

Comenzamos a caminar. La madre ya nos sacó unos veinte metro de distancia. Damos unos pasos juntos, de la mano. Hasta que Carlitos se aburre de mi ritmo y corre hasta donde va la madre. Voy cada vez más despacio. Me gustaría no haber venido. Termino entrando solo al grupo de festejantes.

Durante los últimos pasos voy pensando que a lo mejor mi mujer tiene un poco de razón. Que las cosas han cambiado. Que lo de la camilla es un berretín de adolescente y que debería ir pensando en deshacerme de ella de una buena vez.

Antes de comenzar a saludar se me viene encima el mozo. Lleva varios vasos de cerveza helada en una bandeja. Me conoce de otras fiestas y sabe que siempre lo alumbro con unos billetes. Nos cabeceamos amistosamente. Agarro el primer vaso y lo bebo de un sorbo. Pongo un billete en la bandeja que aplasto con el vaso y agarro uno lleno. Noto con tranquilidad que el sentimiento de vergüenza va retrocediendo.

Miro para el cielo y veo que hay un sol malísimo que está tratando por todos los medios de derretirnos. Me voy buscando un lugar a la sombra. No alcanzo a sentarme antes de que el mozo detecte mi paradero y reinicie su caminata hacia mí.

Con una copa de vino en la mano repaso un poco los últimos acontecimientos y en especial el viaje que acabamos de realizar. La miro a lo lejos a mi mujer saludando a sus amigas con efusividad. Con risas. Porque para ellas sigue siendo la misma, la de siempre, la de los chistes. La más copada de todas. La que me gustaba a mí. La que me gusta a mí. Entonces a lo lejos la admiro y la disfruto. Con nostalgia. Sabiendo que cuando vuelva a ponerse a mi lado me va a putear porque no fui con el grupo, porque no atendí al nene o por cualquier otra pelotudez. Y yo no voy a saber bien qué contestarle porque ya voy a tener unas cuantas bebidas encima. Solo la voy a mirar a los ojos y a preguntarme mentalmente dónde quedó la chica de la que yo me enamoré. Pero no me voy a atrever a preguntárselo en voz alta. Cuando ella se canse de gritarme y regrese con las amigas, sin que nadie se de cuenta, voy a mirar para el costado, voy a enfocar la mirada en la puerta del baúl del auto y me voy a felicitar por haber traído la camilla.

 

 

 

 

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