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Jugar a la maestra: la docencia profunda

Por María Bermúdez

Estoy en la plaza de Ituzaingó, haciendo un picnic con mi hijo. Delante nuestro, hay cuatro adolescentes en el playón practicando skate. Se caen, intentan un giro de 360 grados, se vuelven a caer. Uno de ellos le grita al otro, desde el lado de afuera, “hacelo bien, comepija”.

–¿Qué dijiste?
–Que no te sale, ¿la querés? –se acerca.
–Lo acabo de hacer, no lo viste.
–¡Dice que la quiere toda! –le grita a un tercero.

El pibe increpado se va.

–¿No ves? Es puto –concluye con firmeza.

El adolescente paki del conurbano es un género aparte. Los veo de lejos, uno de estos seres extraños intenta atarse los cordones parado pero, en lugar de agacharse, se le ocurre hacerlo elevando el pie en el aire hacia atrás. Obviamente, se cae. Son como lactantes deambuladores atrapados en un cuerpo de adulto hiperferomonizado, todo perforado y lleno de objetos metálicos, carente de motricidad. Pienso que en pocos días, igual que el año pasado, voy a tener un curso entero de adolescentes paki y que cada vez que empiece un tema nuevo voy a perder veinte minutos de clase explicándoles que no pueden venir a la escuela sin carpeta, que no está bueno apoyar la cabeza en las tetas de la compañera ni sacarle fotos al pizarrón con el celular, que alguna vez alllllgo (así, con ele larga) van a tener que copiar. Pienso que este año decididamente no voy a pagar las fotocopias de mi bolsillo y que tampoco voy a dejarlos salir porque durante 120 minutos el curso es mío, que eso es un dolor de cabeza y que si vienen dados vuelta, piden de ir al baño porque se les ocurre en mi hora justo agua, caca, pis y mágicamente terminan sacados en algún pasillo, pateando puertas de aulas ajenas o gritándose guarradas el uno al otro, el estatuto y la directora van a decir que es mi responsabilidad.

Y ya me quiero pedir licencia. Pienso en el mito conurbano del docente que echaron el año pasado en esa escuela privada porque sus alumnos de sexto hicieron un video que escandalizó a los padres de los de primero, pibes que no tuvieron mejor idea que filmarse con el celular mientras jugaban a apoyarse en la hora de física, y viralizarlo por whatsapp.

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Elegí ser docente porque es uno de los pocos trabajos que no consisten en hacer malabares todo el día para acrecentar la plata del patrón. Lo experimenté durante veinte años en varias empresas, el resultado es siempre el mismo: hagas lo que hagas, te cagan a pedos. No sos libre de almorzar a la hora que se te canta, no producís ninguna contribución en nada, tu cuerpo le pertenece a otro durante 8 horas, sos absolutamente prescindible y lo que estudiaste te sirve cero.

Cuando era chica jugaba a la maestra. Tenía seis barbies, jugaba a lo mismo con todas ellas, incluso con la de los mechones fucsia que movía la cintura y venía vestida con el disfraz de rockera. No me regalaban la mesita, sino “el escritorio”; no tenía cocina, pero tenía un cachito de madera con un sticker pegado símil biblioteca y yo con eso te armaba las clases de inglés para la agenda de Miss Barbie de toda la quincena.

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Me despabilo, me doy cuenta de que mi hijo de cinco años prestó atención a los skaters y ahora repite en voz baja “comepija” dos o tres veces silabeando, subrayando y tomando nota mental.

Salimos de ahí, nos vamos a la calesita. Pienso si este año la Provincia de Buenos Aires finalmente me va a reconocer la capacitación de ESI que hice en el Ministerio de Educación el año pasado. Capaz me dejarían intervenir si otra vez un pibe de 5to me invitara gentilmente a tirarle un bollo de papel para que él experimentara el placer limítrofe de decir que lo para “con la chota” delante de todo el recreo. Capaz, en lugar de hacerlo tener una charla de quince segundos “de hombre a hombre” con el profesor de Historia.

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Probablemente no. No les conviene reconocerlo. Para obtener un punto en capacitación en el sistema bonaerense, en cambio, hay que comprar varios cursos truchos que estén incorporados por resolución al nomenclador oficial. A la salida de cada acto público los promotores te encaran como moscas, ofreciéndote paquetes de hasta cuatro puntos en 18 cuotas. Los docentes seremos pobres, pero una vez que llegamos a titularizar muy difícilmente se nos echa. El Banco Provincia lo sabe, por eso nos llena de préstamos por cajero. Estos institutos privados también lo saben, por eso tienen facilidades con tarjeta de crédito y venden certificados a pagar en un monto mensual equiparable a dos horas semanales de clase.

Cuatro puntos es una cantidad importante que te permite subir muchas posiciones en el orden de mérito, el equivalente a dos maestrías realizadas en universidades públicas pero, en este caso, se trata de cursos breves facilitados en cuadernillos preimpresos. Para que no tengas que pensar, las respuestas te las brindan en un Word aparte, lo hace el mismo vendedor muy gentilmente desde un email apócrifo, para que puedas copiarlas cómodo desde el sillón de tu casa y tener todo listo a tiempo antes de que te las pase a retirar. Tenés un mes, solamente un mes para transcribir las respuestas de los diecinueve o veinte cursos. Un mes antes de que la Secretaría de Asuntos Docentes de tu distrito abra la actualización de puntaje docente para 2018. Mejor pedile ayuda a tu mamá.

No entiendo cómo es que algunos colegas adhieren a estas prácticas. Pero vale la pena –supongo- para los funcionarios que años atrás las autorizaron, para los mercenarios de los institutos (y universidades) que promueven este mercado pujante y para los docentes que pueden ahorrarse años de peregrinar por los actos públicos sin conseguir horas para titularizar.

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La titularización es todo un tema. Cada año en diciembre sale la oferta de módulos y horas cátedra para el nivel secundario. No se trata de cargos vacantes, sino de puestos que ya están ocupados por otros docentes en situación de provisionalidad. Los provisionales tienen a su cargo la materia durante todo un ciclo lectivo –de marzo a febrero- con opción a posible continuidad. Esta fortuna no depende de ellos, depende de que una mesa de sindicalistas y funcionarios seleccione el porcentaje de cargos titularizables, ya que el sistema promueve la precariedad. Cuando tu cargo sale a titularización, a menos que seas de los primeros en orden de mérito, muy probablemente lo pierdas sin solución de continuidad. Y tengas que volver a empezar.

Dicen los que saben que esa precariedad tiene una doble cara: por un lado, el riesgo de poder perder tus horas en cualquier momento; por el otro, la imposibilidad de perder esas horas en su totalidad.

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Las horas pueden perderse por MAD (Movimiento Anual Docente, alguien que pide traslado), acrecentamiento (un colega que pide más horas en la misma escuela) o por acto público de titularidad. En cualquier caso, el criterio es siempre el mismo: para estar del lado de los que ganan, hay que tener mejor puntaje que los demás. El sistema, además de la precariedad, promueve la competición entre los colegas. El sponsor de esa competencia es VISA gold.

La lógica competitiva y anti-solidaria es otro tema aparte. He visto docentes muy brillantes que no pueden pagar cursos naturalizar su condición de subalternidad, salir con la cabeza gacha de un acto público y explicarle al compañero “es que yo no pago cursos, sólo vine a constatar qué iban a sacar”. He visto a otros quedarse con el cargo de sus propios colegas de escuela y tener que seguir saludándose en la máquina de café. A ninguno de los dos se le ocurriría plantear un dilema moral, porque así es como funciona el sistema.

En suma, a un profesor de secundaria le lleva muchos años juntar las horas suficientes para cobrar el equivalente a un salario mínimo. Hoy la DGCyE paga a un profesor de escuela media que recién ingresa al sistema unos 725 pesos el módulo de 60 minutos (all inclusive, contando algunas sumas en negro, como el incentivo docente). Dirán que es buen sueldo, pero –anoten– fes hora mensual. Es decir que si yo tengo una materia que se dicta de 10 a 12 de la mañana en una escuela todos los lunes, a fin de mes cobro 1450 pesos y ni un peso más. Por más que esas dos horas me anulen toda la mañana, por más que haya viajado hasta la concha de la lora, por más que haya preparado el acto del 9 de julio, haya corregido los domingos en mi casa o me haya levantado dos horas antes para repasar.

Las horas, encima, nunca se toman todas juntas. Un curso de prácticas del lenguaje en primer año puede darse los miércoles de 7.20 a 8.20 y los viernes de 10.45 a 12.40. Hacer que todas tus horas encajen de modo eficiente en la grilla contemplando los tiempos de viaje es una hazaña que metería miedo al mejor jugador de Tetris: correr de una escuela a otra, madrugar los martes pero no los lunes, no superponer mesas de examen, cuidar la compatibilidad horaria, nunca llegar tarde, nunca faltar. No en vano se nos conoce como “docentes taxi”.

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Si tomás horas como titular, vas a saltar como Soldán cuando la llave giraba la cerradura del cofre de la felicidad. No te deprime ni siquiera el dato anecdótico de que tu condición pase a ser durante todo el año “interina” porque –¡ey! ¡titularizaste interinamente tus dos primeras horas!- es un detalle que todavía te falten otras OCHO, o tengas que obtener una calificación anual superior a 7, que todavía te falte reservar turno en La Plata y pasar el examen médico, o que durante 90 días corridos no puedas faltar. Vas por la calle caminando con la sonrisa de Jacinta Pichimahuida.

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Me olvidaba de contarles: las horas que podés titularizar son solamente diez. Cuando llegás a esta cantidad te quitan 10 puntos. Así, volvés al final del listado con un sueldo inferior a 8000.- pesos y con una enorme posibilidad de que el resto de las horas que consigas vayan a ser toda tu vida horas de trabajo precario.

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Al cabo de un año, ya asumiste que hay días en que vas a poder llevar a tu pibe al colegio, hay días de la semana en que no. Días en que te lo va a retirar un pariente porque te toca el 5to vespertino y días que no. Tu prole desorientada cada vez que se levante te va a preguntar qué día de la semana es hoy. Tu vieja te va a obligar a “sincerar” tus horarios con un imán en la heladera. Te vas a querer anotar en un posgrado y no vas a tener cuatro horas libres todas seguidas. Vas a querer empezar el gimnasio y no vas a encontrar una clase de stretching que se dicte con la irregularidad que vos necesitás de martes de 13.30 a 14.30 y jueves de 20 a 21. Nunca, pero nunca, vas a poder ir al acto del jardín, no importa cuando leas esto ni qué edad tu niñito tenga, te van a mandar la notita siempre para el horario en que vos tenés que trabajar.

Primero no te vas a dar cuenta porque vas a transcurrir dos meses sin cobrar. Cuando te llegue el primer COULI (recibo de sueldo) vas a tomar la resolución de cancelar el delivery. Al 3er mes vas a buscar un segundo empleo freelance. Al 5to mes vas a desarrollar la capacidad de comparar 17 marcas de yerba para saber cuál es la que tiene mejor relación precio- solubilidad.

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Pero a los dos años ya aprendiste cómo caerle bien al preceptor en la primera semana de clase. Desculaste para cada institución del distrito si la información circula por facebook, mail o whatsapp. Desarrollaste un método novedoso para reciclar por tercera vez la agenda docente. Te hiciste amigo de cada chofer de las líneas 238, 153, 441 y 317. Sabés por qué vereda de la escuela tenés que volver caminando de noche hasta la parada.

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“Los docentes no tienen conciencia de clase” –se escucha a menudo– y en muchos casos es verdad. Aquellos profesores de media que logran abarrotarse de módulos y tienen la suerte digna del ganador del jackpot de Montecarlo, pueden trabajar 4 horas frente a un curso los 5 días de la semana (léase más del doble en horas totales) para llegar a cobrar unos 15 mil pesos y gambetear el alquiler. Las amenazas del ministerio son redundantes, ya que lo habitual es que cada vez que un docente hace paro se le descuente. (Imagino, no fueron a creer el mito de que se para por parar). El paro docente es un sacrificio humano que no promoverían los aztecas. Porque el asunto es que esas horas que paraste allá lejos y hace tiempo suelen descontarse todas juntas con un asombroso efecto disciplinar. Ya sabemos la sensación que un descuento de mil pesos produce en una economía de subsistencia: la próxima vez que te castiguen no te convertís en héroe, te convertís en deudor del gas.

Así y todo, los docentes bonaerenses no paramos a cada rato: lo hacemos generalmente a principio de año, cuando se está negociando nuestra paritaria y ya el porcentaje ridículo que ofrece el Ministro salió en la tapa de todos los diarios hegemónicos de la provincia y de la capital. Justo un par de días antes de que TN empiece a difundir su documental de turno sobre el docente sacrificado que recorre 70 kilómetros por día a lomo de esa lindísima llama que apodan Blanquita y llega congelado a la única escuelita de frontera que el gobierno de Jujuy decidió abrir en esa zona desértica y pauperizada cuyo nombre jamás oíste pronunciar. Generalmente un mes después de la devaluación controlada de rutina y el tarifazo que tu gobierno te hizo pasar sin que te dieras cuenta mientras estabas tomando mate en la pelopincho tu vieja.

Las paritarias docentes son importantes, ¿sabés por qué? Porque son las primeras del año y muy probablemente sienten un precedente para cuando a vos y a tu gremio les toque negociar.

Las paritarias docentes se negocian exclusivamente sobre la parte remunerativa del magro sueldo que nos toca cobrar. Una paritaria del 18% es un aumento efectivo de un 16% para un maestro y un 15% para un profesor. Con amor, de un saque; sin amor, en numerosas cuotas invisibles.

Los docentes casi nunca paramos en el transcurso del año, pero este año que pasó justo- justo los que firmaron con nosotros el acuerdo se nos quisieron hacer los vivos de varias maneras:

–En 2016 nos dieron un aumento mucho menor a lo esperado, con la promesa de que se reabrieran las paritarias en el receso invernal de julio, si es que la inflación se disparaba minando el poder adquisitivo de los sueldos. ¿Adivinás qué pasó? Se disparó, ¿no? Sí, pero nunca la reabrieron.

–Así, fuimos tan bestias que al principio nos pareció un chiste imposible, luego una injusticia y cuando caímos que era verdad se nos ocurrió parar dos días en Agosto y dos en Septiembre. “Qué zarpados. Se quejan de sus ostentosos sueldos, aprendan del pobre docente abnegado que se inmola cada día recorriendo 70 kilómetros a lomo de burro llueva, truene o nieve”. Era una llama, pelotudo. Blanquita. Y ese docente cobra el 100% extra de ruralidad pero, bueno, no vamos a desmerecerlo porque es un colega y todo lo que hemos explicado a él también le pega.

–El año pasado, asimismo, una ley nacional instó a la gobernadora Vidal a firmar un acuerdo para armonizar nuestro sistema jubilatorio con el de ANSES. Que lo haga o no lo haga ahora es una decisión política, tiene tiempo de concretar la armonización hasta dentro de 4 años. En caso de que el abuelito levante el teléfono y llame a Heidi y la apure porque el Banco de París no le toma más la cabra en garantía por el crédito, y entonces necesite la plata feo, nuestra edad jubilatoria va a subir de mínima 5 años y nuestros haberes pasarán a calcularse sobre el promedio de los últimos 120 meses en lugar del mejor sueldo, perderemos el 82% móvil y querrán darnos el 70; es decir, ahora no son de un lujo asiático, pero en el futuro nuestras jubilaciones van a ser tan mierda como la que cobra hoy tu mamá.

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Hablemos de las de vacaciones, que son el dato más asombroso del imaginario social. Los docentes debemos cumplir horario hasta el 30 de diciembre, si en algún momento esto no se da es porque te pusieron jornada del INFOD sin pagarte extra o porque te toca preparar algún acto de terminalidad. El 13 de febrero, ni más ni menos, los docentes que tienen más antigüedad ya tienen que estar trabajando. A los que tenemos menos, no se estila pero a partir del 1ro de febrero ya nos pueden llamar. Igual, la mayoría de nosotros se preguntaría de dónde, ya que hasta pasados los actos públicos provisionales, que son a mediados de febrero, no tenemos claro dónde y cuántas horas vamos a trabajar.

O sea, a esta altura ya debés haberte dado cuenta de que ni nos rascamos 4 meses al año trabajando el resto del año 4 horas -como vociferaba Cristina- ni cobramos sueldos managereales, como pretende hacer creer el PRO.

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Me encantaría hablarles también de lo mal que funciona nuestra obra social IOMA, lo voy a hacer ni bien tenga la valentía –o el apremio- de darme de alta. Me dijeron que los lugares de atención son casi los mismos de PAMI. Por ahora, la secretaria del pediatra de mi hijo me lo desaconseja y prefiere cobrarme la consulta al 50% porque sale más barata que el copago. Ella, claro, además de secretaria, por la mañana también es maestra.

 

 

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