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Galgo

Por Enrique Balbo Falivene

Tenía unos ojos enormes que parecían querer abandonarle la cara y en ellos, o en la languidez de la imagen que balanceaba apenas la cabeza, se adivinaba la práctica inevitable del hambre. Al principio le había dolido un poco el estómago y ese dolor se le había instalado en los músculos como una aguja; luego, cuando su cuerpo se supo ineficaz y los órganos entendieron que  sus funciones se limitarían a los líquidos, el hambre se le hizo costumbre.

Pero Galgo conocía bien todos esos avatares: había nacido sin comer y subsistía por alguna broma del destino.

En la delgadez de las patas, que aguantaban la sucesión de huesos por vital obligación, portaba la raza. “Mal corredor”, se dijo Ramírez mientras continuaba la revisión del animal en el pelaje manchado. Esperaba encontrar pozos de sarna y los consabidos parásitos; halló, en cambio, una herida infectada, seguramente en el decurso de una pelea, en una de las patas traseras. Sin embargo el perro no cojeaba y tampoco se quejó cuando Ramírez introdujo los dedos torpes en la herida para extraer los gusanos. Galgo no sólo no arriesgó una sola tarascada, sino que se mostró un tanto apático pero afable. El hombre finalmente controló el rabo, cortado casi a la mitad, y decidió subirlo al camión para llevarlo a la casa.

Enseguida lo hubo entrado en la jaula Galgo tuvo que resolver los inconvenientes con los de su especie. Lo hizo con prontitud y a dentelladas. Marcó con fiereza a los dos machos dominantes y se retiró a descansar con el hocico bañado en sangre. Pudo hacerse dueño de la manada, pero Galgo buscó sitio a la sombra, apartado y solo, contra el alambre del improvisado corral.

Al cabo de una semana, después de las magras comidas que Ramírez aportaba y que a Galgo le molestaban en el estómago, salieron al campo.

Al llegar al primer montecillo Ramírez preparó la escopeta y soltó a los perros para la batida, sin perder de vista a Galgo. Si no respondía como los demás iba a abandonarlo o, algo más práctico, le pegaría un tiro lamentándose por el mal gastado cartucho.

Los perros salieron lanzados en busca de la liebre, hocicando entre los surcos buscando un rastro. Galgo permaneció detrás del grupo, ajeno a los nervios que mostraban incluso los más veteranos. Así continuaron hasta que uno de ellos, un animal joven de pelo renegrido y cara manchada, inició la carrera. Galgo, en los primeros veinte metros, se distanció en varios cuerpos, y en el lapso de los giros y los arañazos entre los espinos y zarzales, corrió más que ninguno. Ramírez, mientras montaba la escopeta, admitió que se había equivocado con el animal. Buscó con la mira a Galgo para hallar la liebre pero el perro fue más veloz que el cazador. Arribó en un brinco certero y mató a la liebre de un golpe en el pescuezo, para de inmediato comérsela en dos o tres bocados. Los perros permanecieron un instante en un desconcierto que provocó una grave disputa, que Galgo volvió a zanjar con autoridad. Esta vez el final fue más trágico: hirió a una de las hembras en el pecho y en la cara, y a un macho adulto le desgarró los genitales. Ramírez gastó los dos cartuchos sacrificando los perros que Galgo había herido de muerte, y resolvió volver a la casa con el hallazgo: Galgo valía más que los dos perros muertos y que toda la jauría, sólo debía enseñarle.

Lo apartó del grupo para evitar peleas, ya sabía que el animal tenía carácter y podía costarle nuevos perros. Galgo  estuvo durante un mes apersogado junto a la casa, sin mayor cobijo que la tenue sombra de un limonero maltratado por las plagas.

Ramírez varió las raciones, Galgo comió pienso, pan mojado en leche y los desperdicios de la familia. Alguna vez algo de carne y verduras del huerto en un caldo quemado.

Todas las mañanas, en sesiones dobles, Ramírez lo entrenaba con más dedicación y cuidado de los que había tenido nunca con ninguno de sus animales. El método era el mismo, lo que variaba era la velocidad: ataba al coche un  muñeco de peluche al que había envuelto en una piel de conejo. Hacía correr al perro detrás del coche mientras aumentaba la velocidad hasta 80 kilómetros la hora. Y Galgo siempre atrapaba el muñeco.

Con el tiempo aprendió a no destrozarlo, lo cogía entre los dientes y de un tirón seco cortaba la cuerda que lo unía al coche. Se sentaba, agotado, hasta que el cazador paraba el coche, volvía a atar el señuelo y reanudaban el ejercicio.

Cierto día Ramírez se dijo que ya estaba listo. Convocó a  su familia y a unos vecinos para el domingo por la mañana temprano. Les anunció que iban a ver al galgo lebrero más veloz de la provincia, pero no comentó sus verdaderas intenciones. Si Galgo respondía con las liebres como con el coche pronto lo apuntaría en las carreras y ganaría una fortuna. Al pensar en el dinero Ramírez recordó, no supo por qué extraña simetría,  que a Galgo no le había puesto ningún nombre. “Luego”, se dijo mirando los ojos del animal que pese a las comidas le seguían pareciendo enormes y encendidos.

Ramírez sentó a su lado, en el coche, a Galgo y detrás  al resto de la familia. El hijo mayor condujo la furgoneta con los demás perros. Al llegar compartieron con los vecinos un termo con café y unos dulces, en tanto Ramírez aprovechaba para narrar algunas de las proezas de Galgo.

Se dispusieron a caminar y alejarse de los coches hasta el primer cerro. Llevaron los animales con los correajes, Ramírez a Galgo, y un vecino y su hijo al resto de la jauría. Ascendieron el cerro desde donde dominaban el valle y verían las evoluciones del animal. Alguien preguntó por la escopeta y Ramírez sonrió: con Galgo, si sus enseñanzas habían calado, no haría falta un solo disparo.

Los soltaron. Como la primera vez Galgo se mantuvo en la retaguardia hasta que surgió el primer rastro. Los hombres vieron a los perros bajar el cerro y  a Galgo alejarse para tomar el valle, donde apareció la liebre por delante del perro. Subieron una cuesta hacia las vías del tren, la liebre saltó y Galgo con ella atrapándola en pleno vuelo. Cayeron sobre las vías  al tiempo que el tren salía del túnel y enfilaba hacia esa posición. Galgo, con la liebre en la boca, miró a los demás perros que se habían apartado del peligro de las vías, y luego a Ramírez y los vecinos que se divisaban como sombras anguladas en la cima del cerro. Dio un sacudón con la mandíbula y quebró el pescuezo de la liebre, con un par de mordiscos precisos empezó a desmembrarla para comérsela, mientras se acomodaba en una de las traviesas a esperar el golpe del tren.

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