Blog

La casa maldita (apuntes para una necrológica)

Por Enrique Balbo Falivene

“Pronto, pronto, bella juventud, o nunca más”
La flauta mágica – W. A. Mozart

 

Creía yo, vanamente, que era dueño de mi destino pero al volver a la casa me tocó reconocer que mi vida (acaso la de todos), estaba signada por el azar.

Volví para morir; determiné que a mi edad -tengo casi setenta años-, no podía decidir cómo acabar mis días pero podía, épicamente, elegir el dónde. Y aquí, en esta augusta casa, murieron todos mis antepasados. Mi bisabuelo se colgó con una maroma, un recuerdo del barco que lo trajo a estas tierras del sur, de la viga mayor de la bohardilla; mis tías, las mellizas, bebieron una calurosa y húmeda noche de verano, té helado y cianuro; mi abuelo cayó escaleras abajo, desde el palomar hacia uno de los patios, partiéndose el cráneo a la mitad; mi padre sufrió un infarto debajo de la centenaria higuera; mi hermano mayor desapareció en el fondo del aljibe: lo encontramos una semana después con los ojos hundidos y un profundo color morado. La casa permaneció vacía durante décadas, hasta que una familia decidió ocuparla; todos sufrieron la  llamada muerte dulce por la mala combustión de una estufa. Desde aquel último suceso el pueblo se alejó de la casa y la escogió como referencia. La llamaron la casa maldita.

En mi caso decidí volver después de haber recorrido mundo y fatigas; quizá, pienso ahora, la casa me ha estado reclamando. Mis antecedentes son numerosos: caí en Basilea con mi viejo Seat por un acantilado, en el accidente murieron mi única mujer y mis dos hijos; estuve en el dos mil cuatro en Atocha cuando las explosiones, desperté en un andén desnudo, sordo y rodeado de cuerpos mutilados; padecí, en Tijuana, un tiroteo entre bandas en plena calle, una bala me rozó la sien y otra el hombro, el resto mataron a una amiga y a dos de sus hijas. Íbamos a comprar el pan.

Así, solo y con el peso de tantas muertes en todos los huesos, volví como quien renuncia. A todo.

La casa se empezó a construir en mil ochocientos sesenta y siete y se acabó en el setenta. Es una casa  que resume las labores del campo; alta, distribuida en amplias habitaciones, de tres plantas, con sus corrales y huertos, sus sótanos y bohardillas, sus fantasmales muebles, sus patios. Ha sufrido el paso de los años pero su estructura está intacta.

Sin embargo la casa no estaba sola, estaba llena de ratas. Lo que sigue es el diario que intenté llevar desde la aciaga noche que me encontré con Pete; puede que la cronología no sea exacta, puede que mi cabeza haya perdido el sentido de los días y las noches, puede también -no me importa reconocerlo- que me haya vuelto loco.

15 de Mayo. Día de San Isidro Labrador

Recuperé el huerto y adecenté el gallinero. Coloqué sendas trampas y veneno por todos los rincones. Empiezo a preparar las paredes para pintar mi habitación.

16 de Mayo

Me desperté dispuesto a recoger ratas muertas pero no encontré ninguna. Tampoco están los cebos y las trampas. Aceito y ajusto la escopeta. Creo que hay alguien más en la casa y se mueve por las noches.

17 de Mayo

No hay trampas ni rastros. No hay nada. Es como si alguien ocultara por las noches lo que yo establezco durante el día. Incluso han desaparecido las breves pero mortales estrategias de harina y yeso que coloqué en algunos rincones.

18 de Mayo

Al despertarme encontré en el suelo, junto a la cama, las trampas, los cebos y el veneno en grano que había repartido por toda la casa. Hay hasta restos de yeso y harina esparcidos con diligencia, entre los ángulos de los zócalos. Mientras desayunaba he intentado afinar el oído, pero la casa permanece en un silencio atrapante. Sólo se oye el aleteo de los murciélagos en el altillo. Me he puesto en marcha con la escopeta al hombro y una linterna. Hay excrementos y orines de ratas por todos lados pero ningún rastro humano. Transcurro la tarde entre cavilaciones. Ajusto algunos alambres de los corrales y recojo los primeros huevos de las gallinas. Limpio el abrevadero. Bebo café. Mucho.

Noche

Me acuesto con la linterna y la escopeta al alcance de la mano. Nada, hay algún rumor de la calle. Pero de la casa nada. Finalmente consigo conciliar el sueño. Duermo con un ojo de imaginaria. Un rumor a los pies de mi cama me despierta. Me cuesta reconocer si es un sueño o la vigilia. Hay una rata en mi cama, está de pie sobre sus patas traseras y, ayudada por una enorme cola, balancea apenas su cuerpo. La luz de la luna que entra tenue por los postigos me ayuda a vaticinar sus movimientos. Enciendo la linterna que se ha quedado entre las sábanas y deslizo lentamente el brazo para coger la escopeta. Desde esta distancia, no habrá entre la rata y la lupara más de un metro, los perdigones la partirán en pedazos. Pero la rata no se inmuta. Se acerca aún más, casi hasta la boca de la recortada. Huele un poco el hierro del tubo y desciende suavemente por las mantas de la cama. En el suelo empieza a girar sobre sí misma sin dejar de mirarme y de olisquear el aire. Se dirige a la puerta y le da pequeños mordiscos a la madera. Me levanto, abro la puerta y la rata emprende una loca carrera por el largo y oscuro pasillo. Con la escopeta y la linterna la sigo.

Madrugada

Al llegar a una de las habitaciones la rata se escurre por un agujero en el suelo entre las tablas, al filo de una trampilla. Conozco esta habitación y conozco sus bajos. Es una cámara de aire, un sótano que ayuda a aislar la casa de las inclemencias del tiempo. En épocas de mi abuelo se usó como fresquera para conservar los frutos de la huerta y los embutidos de la matanza. Levanto la trampilla y la oscuridad es total. Me ayudo con la linterna y desciendo. Hay suciedad de años, restos de alguna obra, botellas vacías, una vieja alacena, un candil. También hay una treintena de ratas inmóviles. Recorro con la linterna y sus ojos rojos brillan en la oscuridad hasta que la rata que me guió  emite un breve chillido. Todas las ratas dan saltos hacia una pared y empiezan a escarbar con sus patas el muro de tierra hasta que se derrumba. Me acerco y con la linterna veo una larga galería que se pierde por los bajos de la casa.

23 de Mayo

He tenido tres (¿o cuatro, cinco?) días de inactividad. Suspendí los planes que tenía para recuperar en parte las malas condiciones de las estancias. Me hago muchas preguntas. Bebo alcohol y café y me alimento sólo con pan. La rata, la rata guía, permanece a mi lado todo el tiempo, casi como una mascota. Es un macho adulto, está en plenitud y, sin dudas, es el líder del grupo. Es de un color negro profundo, con una pequeña mancha blanca en la cabeza como un latigazo. Le llamo Pete el Negro, como aquel personaje de la Disney.

25 de Mayo

Primeras pero pobres actividades. Preparo algunas semillas para el huerto.  Reparo una ventana. Intento, sin resultados, clavar unas conejeras. Pete sigue a mi lado. Creo que me contempla con indulgencia.

26 de Mayo

Ato una correa a la escopeta para poder llevarla a la espalda. Lleno el morral con los cartuchos y un viejo farol a gas que compruebo que aún funciona. También me he provisto de dos linternas y mi cuchillo de faenar. Sólo me faltan las botas y una provisión de agua. Mañana, bien temprano, bajaré.

27 de Mayo

Hay una galería central que parece no tener fin. A los lados se abren nuevas galerías, más estrechas, que conducen a pequeños cuartos. Entro al primero y veo con la linterna algunas herramientas. Un pico, una pala y unos ladrillos descansan junto al muro. Hay también algunos puntales, creo de nogal. Alguien también ha improvisado unos ganchos como percheros para la ropa. Hay una vieja chaqueta y un pantalón. Vuelvo a la galería y veo que en las paredes hay faroles dispuestos en los muros. Me bastará cambiar las mechas y llenarlos de keroseno para iluminar este húmedo laberinto bajo tierra.

Entro en un segundo cuarto. Hay unos nichos de ladrillos junto a las paredes. Rodean la estancia casi como una biblioteca. Están llenos de huesos y son huesos humanos. Sólo hay un espacio sin terminar. Alguien empezó a construir nichos nuevos pero por alguna razón, no terminó. Decido salir. Pete viene conmigo, parece entusiasmado con el hallazgo que acabo de hacer.

28 de Mayo
Noche

La actividad de las ratas es frenética. Todas corren pegadas a las paredes de la galería central. Avanzo y encuentro un pequeño derrumbe. Quizá pueda arreglarlo, hay puntales y clavos en el cuarto que ya llamo de las herramientas. Entro en otra cavidad protegida con unos paneles y tablas de madera. Hay un jergón, una mesa, unas velas y más faroles, una jarra enlozada. También hay unos estantes. En una silla, o lo que queda de ella porque las ratas se han encargado de roerla, hay un periódico. La única página legible anuncia la pelea de Firpo y Dempsey. Está fechado el diez de Septiembre del veintitrés. Se ve a Firpo con una hermosa bata de rombos y los puños en guardia. Su mirada es franca, su cabeza parece tener el filo de un hacha. Quizá me instale aquí abajo; la habitación sólo necesita unos pocos arreglos. A Pete, que ya adivina mis actos, la idea le agrada.

3 de Junio

Me ha tomado varios días alistar los faroles de la galería central. Mientras trabajaba en ellos he visto que han entrado a la casa una pareja de ratones. El macho es tan escurridizo como revoltoso, la hembra más sosegada. Les he dejado un poco de chocolate (a los ratones les encanta). Pete y su grupo los han aceptado con indiferencia.

4 de Junio

Pete se ha lanzado con toda su furia encima del ratón. Le ha mordido el cuello ahogándolo; después de un golpe con los filosos dientes le ha abierto el estómago y ha empezado a comer sus vísceras. Ha levantado su cabeza llena de sangre y tripas para emitir un chillido, mientras me dedicaba una vaga mirada. Cuatro de sus lugartenientes, cuatro machos jóvenes, su guardia pretoriana, han salido en busca de la hembra. No pasará de esta noche. Pete no está dispuesto a tolerar intrusos en la casa.

9 de Junio

Mi habitación subterránea ya está a punto. He pasado aquí debajo cuatro días con sus noches. El espacio es austero y se ajusta a mi vida monacal.  He cambiado los hábitos, trabajo de noche y duermo de día. Las ratas me ayudan. Están muy activas durante la noche y me indican nuevos pasajes por las galerías y los posibles derrumbes.

23 (¿25,27?) de Junio

Esto es mucho mayor de lo que había imaginado. La galería central, que ya conseguí recuperar con mucho esfuerzo, no es más que una arteria de un intrincado complejo. Hay pasadizos, calles, cavidades y estancias por todos lados. Pero no consigo encontrar el final. Sólo se puede entrar y salir desde la trampilla que las tablas del suelo de la habitación ocultan. Algo no tiene sentido. También me he estado preguntado dónde estará la tierra que alguien sacó de aquí abajo.

3 de Junio

Ya puedo aventurar que este subterráneo recorre gran parte del casco urbano. Hoy me he sentado a descansar y he oído las campanas de la iglesia justo encima de mi cabeza. Y de la casa a la iglesia hay más de dos mil metros…

8 de Junio

Hoy ha sido un día particular y me gustaría saber escribir para poder manifestarlo con exactitud. Encontré una estancia, quizá la más reducida de todas. Es la única de  las que hay aquí abajo que tiene una tosca puerta de madera. Pete, y creo que todas las ratas, se han situado detrás de mí con cierta impaciencia. Dentro hallé una máscara (¿amazónica, africana?) colgada en el muro y flanqueada por dos antorchas. Es de vivos colores, con un exuberante plumaje, unos dientes que parecen tallados y dos ojos profundos y negros. Al descolgarla de la pared ha estallado el caos. Las ratas han empezado a atacarse unas a otras, un macho ha matado tres crías y las ha devorado con una ferocidad descontrolada; de inmediato la pelea se ha generalizado. Pete y sus lugartenientes han tenido que intervenir pero la masacre sólo se ha detenido cuando he vuelto a dejar la máscara en su soporte. Pete se ve agotado, pero parece feliz. He contado ocho ratas caídas en la batalla, más cinco heridas que morirán en las próximas horas. No puedo contar crías: se las han comido a todas.

12 de Junio

Hoy he decidido subir. Necesito alimentos frescos. En el huerto veo que las ratas se han ocupado de todo. Han mordido las mangueras y han creado un sistema de riego que, con finas gotas, nutre de agua a todas las plantas. Han exterminado todas las plagas; no hay un solo caracol que se coma las tiernas hojas de los pimientos, no hay una babosa que ascienda por los tallos de los tomates. Las gallinas tienen maíz y agua gracias a las ratas. Pete me mira esperando mi aprobación, le acaricio el lomo y le doy un buen trozo de chocolate con nueces. Inteligente animal. Gran trabajo en equipo. Nada tengo que hacer aquí arriba, mi trabajo sigue estando abajo, en las catacumbas.

27 de Junio

He visto un reflejo al final de uno de los pasadizos. Me he acercado y es un espejo. Está roto y cubierto por el polvo y la humedad. He visto mi cara y la de Pete, que pasa gran parte del día recostado en mi hombro izquierdo. Tengo los ojos hundidos, la piel de un tono amarillo pálido y los huesos parecen querer salirse por los pómulos. Los pelos me caen desordenados hacia los hombros, la barba me oculta todo el cuello.  Pete cumple el efecto contrario: su cara se ve cada vez más ancha y filosa, casi como la de Firpo en el periódico, y su cuerpo más delgado. A mí el trabajo con el pico y la pala en este laberinto me ha puesto los brazos como vigas, y mi pecho se ha vuelto tan ancho que por él pueden navegar, con comodidad, todas las angustias que antes me oprimían. No sé si Pete se parece a mí o si yo me parezco a él. Quizá seamos pasajeros de la misma circunstancia.

12 de Julio

Ayer he tenido que matar tres ratas. Quise disparar pero los cartuchos están húmedos. He subido a buscar agua fresca y he visto un grupo numeroso en la biblioteca. Algunas, dentro del mueble que aloja la colección de grabados que inició mi abuelo, ya se habían comido una escena de campo de Cochet, y otras, en la librería, casi la mitad de las Memorias de André Gide y las tapas de la Enciclopedia Británica. Las he ahogado en el barreño que llevaba para lavarme. A Pete la idea no le ha gustado y me ha mordido la oreja. Pero creo que le he dejado claro que los grabados y los libros no se tocan. Después he recogido una buena cantidad de periódicos y cartones y se los he bajado. Los necesitan para hacer los nidos y mantener a las crías calientes.

20 de julio (¿20 de Agosto?)

Pete lleva un par de días intentando llamar mi atención. No sé exactamente qué ocurre. Hay una serie de rumores extraños, pero no puedo establecer de dónde vienen. A veces me pierdo en estas galerías y adjudico los sonidos a las calles, al pueblo, al molesto transporte, las fiestas.

24 de Agosto (¿?)

Considerando mi ineficacia Pete se ha puesto en marcha y ha desaparecido. Finalmente se ha presentado anoche, mientras golpeaba con el pico para renovar una nueva galería, con una trampera en la boca. Esto es una mala noticia: hay alguien dentro de la casa, nuestra casa.

25 de Agosto

He subido y a oscuras he empezado a recorrer la casa. Hay tramperas y veneno por todos lados. También han cambiado la disposición de algunos muebles; he tropezado con algunos de ellos. La cocina parece tener actividad, hay platos y ollas por fregar y una bandeja de pan y frutas sobre la mesa. En una de las habitaciones, la más vecina al patio, hay una pareja durmiendo. Parecen jóvenes. En la otra habitación, justo al lado, dos niños hacen lo mismo. Pete se escabulle desde mi hombro hacia dentro de la camisa. Está temblando. Los dos sabemos lo que tenemos que hacer.

27 de Agosto

Pete acaba de enviar a tres machos viejos al sacrificio; los tres han subido a la casa y se han metido de cabeza en las tramperas. Dos hembras han comido veneno y se han ocultado en la cocina a esperar la muerte. Yo también me voy alistando.

30 de Agosto

Están aquí abajo todas las ratas de la ciudad; también han venido las ratas del campo. Las reconozco, son más torpes y fuertes. No podría establecer un número. Han ocupado la galería central y los corredores. Muchas continúan aún llegando, parecen hambrientas. Sólo esperan una orden: la mía.

2 de Septiembre

Me calzo la máscara y la ajusto a mi cabeza con una cuerda. Escojo el pico pequeño, es el que más afilado está por los sucesivos golpes en las piedras. Inicio una carrera por la galería hacia la trampilla para subir a la casa. Es noche cerrada y mi ejército y yo vamos a entrar en batalla.

3 de Septiembre

Después de asestar cuatro golpes a las cabezas de los intrusos, cuatro golpes certeros, me he sentado en la biblioteca. Las ratas han empezado a comer la carne y dada la ingente cantidad de individuos que han participado en el ataque, en un par de días no quedarán más que los huesos. Mañana quizá empiece a completar la sala de los nichos y traslade los huesos hacia las catacumbas. También parece que la primavera está tratando de adelantarse, debo preparar los nuevos cultivos para el huerto. Juzgo que esto último es importante porque mientras la historia y el mundo sigan su curso, la realidad y lo cotidiano se desvanecen.

 

 

Etiquetas: ,

Comentarios

Comments are closed.

JIF Diseño y Comunicación