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Gonzalo Garcés: “La literatura no tiene que vivir de clichés”

Por Nando Varela Pagliaro

Gonzalo Garcés acaba de publicar Cómo ser malos, un libro en el que, según sus palabras, “intenta entender la casa que son ciertas obras literarias bajo la premisa de que agregar un balcón o tirar abajo un tabique no son actos de vandalismo, sino parte natural del acto de habitarla”. En esta conversación con el autor de Hacete hombre, entre otras cosas, hablamos de Fogwill y Aira, del compromiso y la polémica y de la cuestión de género y la crítica literaria.

El primer capítulo del libro se llama La cosa con el país natal. Hace un tiempo, entrevisté a Hernán Casciari y él me decía que el hecho de haber vivido afuera le había dado cierta inmunidad inicial para escribir. En tu caso, ¿qué sentís que te dieron tus años afuera?

Me dio una forma de amor y de apreciación por la Argentina que no habría tenido si me quedaba. Yo era de esa clase acomodada e ilustrada, cuyo vicio más notorio es el complejo de inferioridad respecto del propio país. De eso, me curó el haber estado afuera: darme cuenta de que Argentina, entre otros países de rango medio, es un país con peso y en algunos aspectos en su historia se ha destacado mucho más de lo que estaba llamada a destacarse. Uno de esos lugares es la literatura. La Argentina cambió la literatura del siglo XX. Eso a mí me da un tema, pero trato de que no me dé orgullo porque no es mérito mío haber nacido en este país.

¿Por qué decidiste volver al país?

Estaba harto de estar afuera, de ser extranjero, de que se me viera con indulgencia y con un poco de condescendencia por ser sudamericano. Porque quería jugar de local, de nuevo; porque me enamoré y me casé con una argentina, que a su vez no tenía ninguna intención de vivir afuera.

¿Y cuán necesario es estar acá y formar parte del tejido de amistades del mundillo literario para que una obra circule?

No creo que sea importante. Hay escritores que no aparecen nunca en la prensa y, sin embargo, su obra circula y la leen millones. Tener contactos en el mundillo o tener prensa, puede ser enriquecedor porque te puede permitir opinar, tener un foro, pero ambas cosas corren por canales paralelos a la difusión de una obra y no influyen directamente. Podés tener toda la prensa del mundo y que nadie compre tus libros y viceversa.

¿Cómo veías el país a la distancia y cómo lo  ves ahora?

A la distancia me hacía la idea de mi país como un país pobre y acá me doy cuenta de la enorme riqueza y la enorme pobreza que existe. Es decir, veo más la desigualdad y también veo vicios que no veía de lejos. Por ejemplo, la mentalidad muy dependiente que generó el modo argentino de trabajar, donde siempre el Estado es central. Eso engendró una mentalidad, un poco quejosa y un poco victimista, que también se traspasa a la literatura. Por ejemplo, en la literatura argentina una de las figuras recurrentes es la de “los poderosos”, los que tienen la pelota. En muchas novelas, siempre aparece un hombre gordo con corbata, atrás de un escritorio, que representa al empresario, al malo, al capitalista. Por otra parte, el escritor argentino siempre tiene la tentación de disfrazarse de lumpen, aunque en realidad sea un profesor de universidad, un abogado, un rentista o un dueño de canchas de paddle. El problema no es hablar de empresarios o de lúmpenes, porque los dos existen, pero cuando son figuras tan cristalizadas, tan formadas por el prejuicio, la literatura se empobrece. La literatura no tiene que vivir de clichés. A mí me gustaría una novela argentina que hablara de la vida de un empresario, pero cómo es un empresario de verdad; que hablara de sus miedos, del momento vertiginoso de hacer una inversión, de firmar un contrato, de arriesgar plata del propio bolsillo; que hablara de la crueldad, porque tampoco se trata de idealizar a un empresario; que se ocupara un poco menos del juicio moral prefabricado sobre el empresario y más del cómo, del mecanismo, de los engranajes. Lo mismo te podría decir de la política. Me encantaría una novela precisa sobre la vida de un político y que no fuera esa figura estereotipada que solemos manejar.

¿No creés que ya hay novelas buenas sobre la vida de un político? Pienso en las de Jorge Asís, por ejemplo. 

Asís, al igual que Fogwill, tiene la curiosidad y el conocimiento de primera mano. De lo que no estoy seguro es que tenga el arte para hacerlo, pero esa es otra discusión.

Me decías que el escritor argentino siempre cae en la tentación de disfrazarse de lumpen. ¿Por qué pensás que les cuesta tanto hablar de plata?

Por sentimiento de culpa, y la culpa es mala consejera para un escritor. Un escritor debería ser lo suficientemente egoísta para decir lo que realmente siente respecto de la plata, del sexo, del amor y de lo que sea.

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Antes mencionabas a Fogwill y en el libro, su nombre atraviesa varios ensayos. ¿Creés que faltan escritores dispuestos a polemizar? En ese sentido, ¿Fogwill dejó un gran espacio vacío?

Fogwill era un buen polemista porque sabía tocar puntos muy dolorosos. Cuando en una entrevista dice que “los pueblos sometidos hacen uso de los gestos faciales de un modo diferente del que lo hacen los dominantes”, refiriéndose a los argentinos de pueblos originarios y a la cara de la gente del pueblo en México, toca algo que pone los pelos de punta. Porque, en general, al escritor argentino le gusta ser progre y estar con los buenos, pero de ahí a señalar que la mucama o al negro que te arregla el escape del auto tienen un cuerpo y un modo de usarlo diferente al tuyo, es muy distinto. Eso duele por cualquier lado que lo veas. Fogwill sabía meter los dedos en esos orificios, pero también sabía ser un polemista bobo. La polémica superficial, tampoco le era ajena. Podía decir por ejemplo que si lo ponían en un taller a escribir junto con Alan Pauls, él siempre iba a ser mejor. Lo cual es dudoso, porque él era un tipo mucho más inteligente que la media de los escritores argentinos, pero no escribía bien. Era un escritor monótono y sus personajes siempre hablaban igual. Esa fue una polémica que yo tuve con Fogwill. Yo decía que él sabía cosas que eran muy valiosas para nosotros, pero no había que aprender a crear personajes de él porque a sus personajes les daba un léxico que correspondía a su ámbito socioeconómico, pero a todos los hacía hablar de las mismas cosas y desde una posición aleccionadora. Todos sus diálogos, hasta te diría toda su obra, tiene la estructura de una recriminación entre alguien que sabe y alguien que no. “Las cosas no son así, boludo, son de esta otra manera”: esa pequeña estructura dialéctica es toda la obra de Fogwill.  Los personajes existen cuando les das diferentes posiciones en el mundo. De nada sirve darles diferentes léxicos, si les vas a hacer decir lo mismo. Ese era un defecto de Fogwill, el otro era cuando vendía humo. Fogwill, a veces, era el tachero que sabe dónde están enterrados los dólares de López o el que te dice que la conspiración de la masonería está a punto de apoderarse del mundo. Porque también era paranoico y la paranoia, al contrario de lo que se piensa, tampoco es buena para los escritores.

Además de Fogwill, Aira es otro de los nombres que atraviesa varios ensayos. ¿Por qué creés que su literatura es tan influyente para los escritores más jóvenes?

Es curioso porque yo conozco a mucha gente que admira o se entusiasma con Aira, pero no conozco a nadie que evidencie un goce en su lectura. Y lo comprendo porque Aira no me parece un escritor disfrutable. La imaginación de Aira está marcada por la fealdad, y por una fealdad como la de los productos de plástico. Sus novelas me hacen pensar en esos negocios del Once que venden osos de peluche mal cosidos o autitos con las calcomanías medio despegadas. Es un mundo colorido, lúdico, barato, imitativo que corresponde a la producción en serie de productos de baja calidad. Creo que el entusiasmo que provoca Aira se debe a que en este país hay una inusual proporción de lectores que aspiran también a ser escritores. Como son lectores que leen para encontrar modelos a seguir, Aira los entusiasma porque les propone un modelo fácil. Los hace sentir que la escritura y hasta la genialidad están al alcance de la mano.

En uno de los ensayos, el que da nombre al libro, decís que “los escritores son malos para la controversia, malos para ser malos”. ¿Realmente es así?

En Latinoamérica somos malos para la controversia porque somos mamíferos demasiado sensibles. Nos gusta demasiado tener amigos y que nos quieran. Entonces, polemizamos a la distancia. A través de internet o en los comentarios de Facebook, decimos cosas duras, pero después no las mantenemos y cuando nos encontramos somos todos amigos. Por otro lado, como personalizamos todo, las polémicas quedan invalidadas de antemano. Si yo digo que la imaginación de Aira no me gusta porque me parece un escritor estereotipado y que sus ideas sobre la literatura me parecen superficiales y torpes, lo primero que se asumirá es que tengo algo personal contra Aira, que estoy celoso de él, que me molesta su fama o sus anteojos. La personalización de todo, invalida la polémica. Y para mí, la polémica en el fondo es la realidad, en un sentido esencial. En el interior de cada uno, cada día hay una polémica entre el ser y el deber ser. En un nivel biológico, las células están todo el tiempo luchando entre la disgregación, la entropía y el impulso de permanecer unidas y seguir haciendo un organismo. En el fondo, como decía Leonard Cohen, “hay que volver a la guerra”.

Hablás de volver a la guerra como una forma de volver a la polémica. Al poco tiempo de la primera marcha del Ni una menos, escribiste una nota muy controvertida. Si bien algunas mujeres salieron al cruce, me quedó la sensación de que el texto no se terminó debatiendo lo suficiente. Hace muy poco entrevisté a Liliana Heker y ella me decía que ahora los intelectuales adhieren o rechazan determinadas causas, cuando no es eso sólo lo que se espera de ellos. En todo caso, lo que se espera es que piensen y argumenten esa adhesión, ese rechazo. ¿A qué atribuís esa falta de argumentos? ¿Notás cierta vagancia en el campo intelectual?  

Claro, siempre hubo vagancia. En el caso del feminismo es quizás el tema más difícil de debatir del mundo. Para mí es difícil porque no tengo ninguna de las dos posiciones caricaturescas a las que parece reducirse todo. Es decir, no soy machista y tampoco soy feminista. Al mismo tiempo, me cuesta discutir con mis interlocutoras feministas porque partimos de concepciones muy distintas. El feminismo parte de una idea de que la finalidad de todo ser humano, hombre o mujer, es ejercer el poder en forma abierta, institucionalizada y llevar el ideal de vida que nos propone la sociedad de consumo. Yo, en cambio parto de una idea más cercana al pesimismo filosófico. Lo que buscamos es sobrevivir y mi marco de pensamiento es la psicología evolutiva darwinista, para la que en cada ecosistema dado, cada individuo de cualquier especie hace lo que necesita hacer para maximizar sus chances de supervivencia y de pasar su capital genético a la siguiente generación o desaparece. En el ecosistema previo a la revolución industrial, lo mejor que podía hacer una mujer para sobrevivir era adoptar el rol de ama de casa, hacer trabajos comparativamente livianos en el campo o en los albores de la industria o el artesanato y dedicar lo mejor de su energía a la crianza, mientras dejaban que el hombre se ocupara de los trabajos más peligrosos: la guerra, bajar a las minas de carbón y defenderlas físicamente. Eso no fue el patriarcado, eso fue lo que en el ecosistema, previo a la revolución industrial, funcionaba. Cuando la revolución industrial cambia el mundo del trabajo, y el trabajo se transforma en el trabajo tal como lo conocemos ahora -el trabajo mecanizado, de oficina, en el sector de los servicios- el ecosistema cambia y de pronto no hay ninguna razón para que la mujer se quede en casa y se dedique a la crianza. Está muy bien que sea así. Por eso son ridículos los tradicionalistas nostálgicos, que suponen que la naturaleza de la mujer sería la casa y la naturaleza del hombre sería salir a cazar. Eso es falso, no hay tal naturaleza, no existe lo natural, existen ecosistemas y adaptaciones. Entonces, ¿qué pienso? Pienso que una sociedad igualitaria, en la que hombres y mujeres puedan decidir, según sus inclinaciones, su destino, es lo que corresponde hoy en día. Pero no llamo a eso una liberación, no hubo una lucha feminista que trajera ese orden. Lo único que hubo fue un cambio en el paradigma tecnológico y productivo que cambió el ecosistema y nos adaptamos a él.

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Te entiendo, pero en tiempos de Ni una menos, es una postura provocadora.

Yo no me enfrenté al colectivo Ni una menos, de hecho participé en las dos marchas que se hicieron. Quiero dejar en claro una cosa para que no se me malinterprete, yo apoyo al Ni una menos, apoyo que se haga una marcha para reclamar mayor protección para las mujeres víctimas de violencia. Por supuesto que estoy en contra de la violencia, pero de ahí no deduzco que vivimos en un patriarcado. El feminismo radical intenta aprovechar el pánico y la indignación legítima que causa la violencia contra las mujeres para hacer pasar su propia agenda ideológica. Y yo no quiero aceptar ese contrabando ideológico. Quiero que se pare la violencia contra las mujeres sin que por eso me fuercen a aceptar una visión espuria de la realidad, de la historia y una ideología que fomenta el odio entre hombres y mujeres.

Defender esta postura, ¿cuánto te benefició y cuánto te perjudicó?     

No me interesa en lo más mínimo. Me gustaría que no me perjudicara, pero me hizo perder algunos amigos y me imposibilitó seguir escribiendo en algunos medios. Pero a su vez, me trajo muchas conversaciones interesantes y la amistad de varias intelectuales que se consideran feministas, pero desde un lugar más abierto a la discusión.  A mí, a la manera anticuada, me interesa buscar la verdad, porque creo que existe y que no está, sin ninguna duda, en las visiones simplistas que se trafican en el debate sobre género en este momento.

Hablábamos de la falta de compromiso intelectual. En el libro hay una entrevista a Abelardo Castillo en la que él te lee un fragmento de sus diarios publicados recientemente. Ahí, Castillo dice que no sabe si va a volver a escribir otro libro que lo comprometa tanto como Crónica de un iniciado. ¿Pensás que los escritores de tu generación viven la literatura del mismo modo? ¿Tienen el mismo compromiso?

La verdad, no sé muy bien dónde empieza y dónde termina mi generación. Me viene a la cabeza el nombre de Carlos Gamerro. Para mí él es un “hombre de letras”, uso esta expresión un poco anticuada porque me gusta el concepto de que alguien más allá de su trabajo como novelista, crítico, traductor es sobre todo alguien que vive en las letras.  Me parece que el compromiso de Gamerro es tan grande como el de Abelardo, el de Bioy o el de Borges. Es alguien que ostensiblemente dedica lo mejor de sus fuerzas a la literatura. Después, creo que Pola Oloixarac, que es probablemente la escritora de mi generación que prefiero, vive para las ideas. A veces esas ideas aparecen en forma de ficciones, a veces se incorporan al personaje que ella ha creado de sí misma, pero Pola es una fanática. Es alguien a quien no le interesa nada fuera del curso de sus obsesiones literarias. En un lugar completamente distinto, Juan Terranova también es un fanático. En Argentina, es lo más parecido que hay a lo que eran en Francia Mauriac o Huysmans. Un escritor católico con una agudeza y una finura crítica impactante, también con una dosis importante de paranoia.

Me nombrás a Terranova y en contraposición pienso en una frase de tu libro. En uno de los ensayos decís que “al crítico argentino se lo reconoce por un rasgo: no critica”.  ¿Realmente ves  esa falencia de la crítica?

Creo que es bastante injusto eso que dije. Yo vivía afuera y me guiaba mucho por la crítica de suplemento, que es excesivamente cortés. Pero no me había llegado, y no estoy seguro de que ya  Terranova hubiera publicado sus trabajos críticos, como Los gauchos irónicos. Tampoco había leído a Mavrakis, que me parece otro crítico notable, y menos todavía a intelectuales como Ingrid Sarchman, que empecé a leer hace mucho menos tiempo, uno va cambiando de acuerdo con lo que va leyendo. Hay mundos críticos que son estancos. El mundo de la pequeña crítica de suplemento, salvo pocas excepciones, sigue teniendo esa impostura, basada en el tecnicismo, que se fija en el uso de los tiempos o se ocupa de señalar si hay o no un monólogo interior, pero nunca termina de decir si el libro está bien o mal. Después están los críticos que se criaron en las catacumbas de los blogs en la década pasada. Muchos de ellos recién están floreciendo ahora como críticos y son infinitamente más interesantes.

¿A quién te referís? A mí me viene a la cabeza el nombre de Martín Zariello.

Martín Zariello es un tipo que vive en Mar del Plata, lo cual ya es una excentricidad. A la manera de Fabián Casas, pero de un modo un poco más incisivo, con más ferocidad, transita sin solución de continuidad entre el rock, la filosofía, la política y el fútbol. Lo que escribe siempre es inmensamente interesante. Tiene eso que llaman la lucidez del depresivo y un humor melancólico, que al mismo tiempo le permite descubrir cosas que otros no descubrimos en los textos. Todo esto lo hace un personaje entrañable. Su libro sobre Yendo de la cama al living, de toda la moda sobre libros de rock argentino que hubo en el último tiempo, me parece lo que más merece rescatarse.

En este contexto, ¿qué lugar ocupan los suplementos culturales?

Los suplementos se van replegando sobre sí mismos. La gente que lee Radar se reconoce por ciertos códigos compartidos; los que leen Ñ, también. Ñ me parece una buena publicación que de alguna manera continúa la tradición rioplatense de la difusión de las últimas ideas de Europa y Estados Unidos. A veces me aburre, pero reconozco que una publicación con vocación cosmopolita, hace falta. De Ideas no puedo decir mucho porque escribo ahí y lo que diga queda un poco invalidado, pero puedo formular una queja casi gremial: debería tener muchas más páginas porque para la variedad de temas que aborda el suplemento, diez páginas es muy poco.

Desde hace un tiempo estás al frente de Editorial Galerna, ¿cómo es estar del otro lado del mostrador? 

Estar del otro lado del mostrador me confirmó algo que ya pensaba: el éxito de un libro es misterioso, no hay nada predecible. Podés tener una pista: un libro de política, en un año electoral, es probable que tenga más prensa. Pero nos guste o no, la prensa no hace que un libro tenga más lectores.

Por último, gastar tanta energía en libros ajenos, ¿te deja sin ganas para escribir tu propia literatura?

No, al contrario, me da más ganas. Probablemente, mi próxima novela tenga como protagonista a un editor y por una vez lo haré con la conciencia tranquila de que sé de lo que hablo.

 

 

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