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Quedarse con las ganas

Por Luciano Lutereau | Foto: Jill Greenberg

Hay un sufrimiento femenino que sólo por abuso (es la palabra justa) se diagnostica como histérico. Hay un chiste corriente, del que incluso algunas mujeres se ríen, que remite la falta de orgasmo en una mujer a la impericia del hombre. Esta sí es una fantasía neurótica, la de creer que el hombre hace acabar a una mujer. Es otro abuso de términos. Y cuántas veces ellas se quejan de que, para cuando él terminó, ellas podrían haber seguido. Y se fueron a a dormir con las ganas.

El sufrimiento de quedarse con las ganas denota a veces el modo en que una mujer durante el día, en los espacios públicos, no puede vivir su cuerpo de una forma erotizada (y si lo hace, es con culpa); mientras que el varón puede ir caliente por la vida, fantaseando, mirando tetas en la playa, culos en el celular, los videos que se manda con sus amigos, la pajereada permanente en que se basa el deseo fálico masculino, del que se dice que sólo quiere ponerla, siempre dispuesto.

En cambio, la vida pública obliga a una distancia entre la mujer y su cuerpo, cuya erotización se vive como ajena en el más simple de los fenómenos: la mirada.

Por eso el sufrimiento de quedarse con las ganas tiene que ser distinguido de la frigidez (uno de los síntomas típicos de la histeria). Mientras que en éste se trata de un objeción al goce, una forma de privación, propia de la neurosis, en el quedarse con las ganas se trata de un modo social de vivir el cuerpo, de la dificultad para asumirlo, de una autorización performativa del ser-para-el-sexo, que hace que muchas mujeres prefieran habitar la vida pública como niñas antes que como mujeres.

A este infantilismo se refería Freud en 1938 cuando decía: “Algunos neuróticos han permanecido tan infantiles que aun en el análisis sólo pueden ser tratados como niños”.

 

Publicado originalmente en Facebook.

 

 

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