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Contra el psicoanálisis “heteronormativo”

Por Luciano Lutereau

1.

En El silencio se rompe (1997) Jacques-Alain Miller dice: “Lo primero que debería hacer el feminismo es militar en pro del restablecimiento del diagnóstico de neurosis histérica”. Estoy totalmente de acuerdo. Con una condición: que lo primero que hagamos los analistas sea revisar social y políticamente la categoría de histeria para que no se diagnostiquen como tales posiciones feministas.

2.

Hoy en día necesitamos revisar la categoría de histeria, porque en eso consiste lo más propio del psicoanálisis. No le podemos pedir al feminismo que haga primero lo que nosotros tenemos que hacer antes como analistas. Asimismo, el psicoanálisis necesita revisar sus fundamentos políticos y sus prejuicios heteronormativos. No para ser un “psicoanálisis con perspectiva de género”, sino para ser psicoanálisis.

3.

En su conferencia Odio, voracidad y agresión (1937) Joan Riviere habla de lo ineliminable de la hostilidad en el humano; dice que incluso en ciertas clases sociales bajas el resentimiento es una forma saludable de mantenerse a salvo de la desesperanza, y que por eso no hay que evaluarlo con la moral burguesa; dice también que ante una huelga podemos sentir bronca por la dependencia que implica vivir en sociedad, pero que peor es “el deseo irrealizable de autosuficiencia individual”, porque la “ilusión de independencia” es una fantasía defensiva y omnipotente que el análisis debe combatir. Es un texto de psicoanálisis el de Riviere, y una posición política que muchos analistas deberían no olvidar. “El psicoanálisis no es un individualismo” espero titular un libro alguna vez.

4.

El psicoanálisis heteronormativo suele interpretar el temor a infectarse en el varón homosexual como una forma de la angustia de castración. Se olvida que nuestra sociedad distribuye el sexo de acuerdo con ideales discrecionales (por ejemplo, un varón seductor de mujeres es valorado, una mujer que no tiene pareja estable es degradada) y que muchos varones sólo pudieron asumir su sexualidad con una vergüenza suplementaria que no implica un conflicto neurótico. No se trata aquí de la represión como concepto analítico, sino de la injuria social sobre el sexo. El psicoanálisis heteronormativo puede olvidar que muchos homosexuales sostienen una heterosexualidad para la foto, o adoptan el semblante asexuado (la elección del celibato religioso, con las consecuencias que eso tiene). Mientras que muchos homosexuales se encuentran en la difícil situación de asumir una posición al costado de la heteronormatividad y, por ejemplo, sufrir en el temor al contagio una forma del miedo que, en caso de confirmarse, pone en cuestión una elección que creyeron auténtica (y lo es, como toda elección). Si se infectan, caen en la culpa que da la razón a un ideal que los melancoliza. “Puedo ser gay, pero sin enfermarme” es la dolorosa situación en que viven muchos varones homosexuales. Esto no tiene nada que ver con la psicopatología, sino con la hipocresía social. Porque nadie puede controlar un riesgo que la sexualidad implica por definición.

5.

En estos días leí el libro Homoanalizantes (2016) de Hervé Castanet. No está mal, pero no se entiende qué reúne los casos presentados. ¿Que sean homosexuales? Sin embargo, eso no lo lleva a sacar ninguna conclusión acerca de la homosexualidad. ¡Por suerte! Entonces, queda el prejuicio de que puede agruparse una serie de casos en función de un rasgo tan abstracto como “hombres que salen con hombres”. Es irrelevante. Y hubo un punto que me inquietó: que en cierta parte afirme el carácter “promiscuo” del homosexual. Si lo anterior era un prejuicio, esto es una locura. Hace tiempo, y especialmente desde que existen las redes sociales, veo que las condiciones para el sexo ocasional (si es que esto es la promiscuidad) son idénticas en homo y heterosexuales. Como analista, no podría decir que hay una diferencia en este punto (desde el punto de vista del sujeto). Sí la hay donde se impone la segregación de la diferencia sexuada (por ejemplo, un hombre y una mujer no pueden tener fácilmente una relación furtiva en el baño de un shopping). Pero esto no tiene nada que ver con un “deseo promiscuo”. Recuerdo que hace unos años un muchacho me decía, como paciente, algo así. Le dije que me aburría cuando actuaba el cliché del puto. “¿No puedo ser puto?”, me preguntó, y que me desafiara ya era el inicio de algo (además yo lo había provocado primero). “Vos podés ser lo que quieras, menos un cliché, porque si lo elegís ya no podés serlo”. Ahí escuchó, y entonces empezó su análisis, para interrogar su deseo como varón que ama a otro varones, con los tropiezos que el deseo fálico le impone (que, quizá, sea promiscuo por definición, en hombres y mujeres) y la división subjetiva de quien ya no quiere reconocerse en una identidad prefabricada.

 

*Escultura de Shary Boyle

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