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Mi húmeda amiguita

Por Sergio Fitte

Afortunadamente el reloj indicó las nueve veintisiete de la mañana. La ropa por supuesto ya había sido enjuagada varias veces. El color azul de mis manos hacía presumir la temperatura del agua con la que trabajaba. Por fin podía ver el cielo por algunos instantes, abrí la puerta que me conduciría hasta las escaleras y luego, a la terraza.

No pude dejar de notar al subir los primeros peldaños que el cuervo de la mujer del noveno “H” me seguía de cerca. Como todas las mañanas me hice la distraída y continué ascendiendo de manera presurosa. Ya en las alturas del edificio observé entusiasmada el panorama de casi todos los días. El cielo se venía a pedazos, las gotas pronto me habían empapado, el cordel hacía denodados esfuerzos para sostener infinidad de gotas que amenazaban con suicidarse y de hecho lo hacían para dejar lugar a otras compañeras que imitaban su actitud. En un rincón de la explanada se encontraba el chancho con cadena dialogando amistosamente con Horacio, cerca de ellos estaban la luz mala y José el de la esquina. Saludé tratando de llamar la atención de los presentes aunque sin lograrlo.

Me deslicé debajo de la tempestad, seguida por la atenta mirada del ave del noveno “H”, y llegué hasta la punta del cordel. En el mismo lugar de siempre estaba ella, Josefina, una enorme gota color aguaviva que desde meses atrás se hamacaba en el ángulo que formaban la pared y el alambre colocado para tender la ropa. La saludé afectivamente y sonreí al sentir cómo se mojaban mis labios al besarla. Esta actitud, de hecho, no le gustaba mucho al ave que me lo hizo saber con un horrible graznido en mi oído izquierdo. El grito molestó al chancho que ofuscado arrojó con fuerza su cadena para ahuyentar al pájaro, este se alejó solo unos metros. Continuaba lloviendo de manera copiosa.

Luego de la actitud de defensa para conmigo no pude más que ir corriendo a abrazar a mi salvador. Él descuidadamente me dio un juguetón chirlo que se depositó por algunos segundos en mis nalgas. Los dedos del chancho eran fuertes y largos pero su cara me daba miedo por lo que trataba de observar la de Horacio cuando mi protector me acariciaba.

Pasada la secuencia regresé al lugar del que había salido. La toxicidad que contenía la indumentaria que debíamos asear solía producir varios trastornos, en especial en la visión, por lo que era común que los comentarios que allí se escuchaban no fueran del todo coherentes.

Sentadita en mi silla de pana negra llamé al encargado para comunicarle el estado del tiempo y el altercado de la terraza aunque esto último en realidad no me molestaba. El jefe que trabajaba en el lugar desde el año dieciséis se encontraba en un estado que rondaba lo senil y solo contestaba con dos palabras: “sos zorrita” y el intento de diálogo concluía. Por lo que contaban algunos compañeros el fundador del lugar había sido quien en aquel entonces se encontraba al mando, o sea el jefe. En esa época era común que la gente adinerada usara indumentaria para no tomar contacto con el pútrido aire al cual la gente como nosotros ya se había acostumbrado de sobras. Eso hacía que alguien tuviese que limpiar las impurezas que a ellas se adherían, y ese alguien se representaba en nosotros. Las turbinas de los aparatos bimotores y los productos de desinfección producían un hedor que lentamente enfermaban a los trabajadores. Los más afectados perdían la razón y eran convencidos de que su mejor lugar se encontraba en la terraza en la que con gusto se quedaban hasta desaparecer de manera inesperada. Las labores se realizaban sin descanso, la lluvia ininterrumpida terminaba por concluir una obra maestra.

Por suerte era la encargada de salir a aspirar unas buenas bocanadas de aire fresco y la única designada para realizar el colgado de las prendas. Con seguridad esta tarea me permitiría sobrevivir al menos un largo tiempo antes de ser enviada a la terraza.

El martes nueve tuvo una particularidad. A la hora indicada tomé los recipientes que contenían lo que debía acomodar en las alturas. Por una extraña razón el cuervo no salió a mi encuentro, de igual modo continué con mi recorrido. Luego de abrir la puerta y observar un horrendo sol verde que lastimaba mis ojos, observé que solo José el de la esquina se encontraba en el lugar restregándose las manos. Saludé sin que se oyera respuesta. Me dirigí hasta el lugar donde columpiaba  Josefina y noté que su tamaño se había reducido a poco más del que podría tener una bolita de vidrio, de seguro el sol la perjudicaba de sobremanera. La saludé como de costumbre y ella con esfuerzo sonrió. Aquella vez no la besé.

Me agaché para tomar la primera prenda y sentí un fuerte topetazo en la parte posterior de mi cuerpo. En un primer momento no pude ver qué era lo que estaba ocurriendo pero por el restregar de las manos supuse que José el de la esquina quería sobrepasarse conmigo. Algunos movimientos rítmicos y sus piernas se aflojaron. Por suerte no había sentido casi nada. Fue en ese instante cuando comprobé lo mucho que me apreciaba mi húmeda amiguita. Con la poca fuerza que sin dudas le quedaba arrojó un fuerte chorro de vaya uno a saber qué en los ojos y en las partes prohibidas de José el de la esquina, que retrocedió llorando como nene chiquito. Esa actitud me conmovió de tal forma que decidí colocar a Josefina en una pequeña esponja que circunstancialmente tenía colocada dentro del corpiño con la función de sostener mi busto para mostrarlo más turgente y agradable al tacto de los demás.

De regreso en la comodidad de mi casa arrojé el pez y el agua de la pequeña pecera de cristal que tenía en la mesa del living; allí coloqué a mi amiga y la deposité sobre la mesa de luz de la pieza.

En poco tiempo su color había mejorado, su tamaño aumentado de una manera impresionante; además como su anhelo había sido siempre ser agua de mar, le compraba cantidad de sales minerales que al parecer le caían muy bien. Primero la trasladé a una pecera más grande; luego a una olla; más tarde a la bañadera, recuerdo con cariño que por meses no me pude bañar; y por último al tanque australiano que estaba en el patio.

En solo dos años el enorme estanque contenía lo que ella misma denominaba: una porción de agua de mar verdadera. Hasta le había comprado algunas corvinas que con el tiempo morían y le aportaban el olor indiscutible, ella sentía y lo apreciaba. Pero lo que más me gustaba era dormir la siesta y oír el rugido de mi mar.

Preocupada por las dimensiones que iba tomando Josefina, haciendo uso de unos ahorros obtenidos con mucho esfuerzo, decidí comprar una quinta en la localidad de Mar Chiquita y construí una especie de represa para poder trasladarla, así de esta manera ella conocería y se comunicaría con otros mares.

Todo estaba preparado para el traslado, el artefacto proporcionado por la Fuerza Aérea succionaría los 25000 litros y lo transportarían a la represa ya terminada. Fue después de una larga jornada en la lavandería, yo me había tirado a descansar cuando el timbre anunció la llegada de los facultativos. En poco tiempo la aspiradora comenzó a succionar.

La pobre Josefina rugía como de dolor pero había que transportarla, de lo contrario en cualquier alta marea comenzaría a derramarse por los costados del tanque. El operativo duró más de dos horas y el terrible error en el cálculo hizo que en un momento dado el contenedor se llenara hasta no poder almacenar más líquido. Esto produjo la interrupción de la tarea de chupado. Mi amiga descuartizada bramó de una manera indescriptible. Un maremoto se desató dentro del contenedor haciéndolo estallar en mil pedazos, los operarios fueron literalmente tragados por el agua marina. En poco tiempo no quedaban rastros de los trabajadores ni de sus artefactos. Pero el panorama era terrible, Josefina estaba desapareciendo en las profundidades de la tierra, se expandió a lo largo y a lo ancho sin que yo, presa de un ataque de nervios, pudiera hacer nada para salvarla. Cuando ya todo había terminado el sol tan verde y brillante como nunca lo había visto desplegaba desde las alturas una extraña mueca de satisfacción.

 

 

 

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