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Escape transitorio

Por Juan Ramón Ortiz Galeano

“… hacia las imágenes que se concertaban
y adquirían color y movimiento”
Julio Cortázar

 

Soy culpable. El bosque por el que huyo no es cabalmente intrincado ni oscuro; es desconocido. Estafar al poderoso y enérgico Don Fernando, perder su protección y confianza, robar a un ladrón (como yo) para liberar a un justo cautivo como mi hermano, fue una elección de la que no me arrepiento.

Los cazadores cercan mi escape; las armas ansían mi silueta; los perros olfatean mi organismo; lo sé aunque mis ropas emergieran empapadas luego de cruzar el río, donde perdí el revólver en braceo torpe y convulsivo.

Tras la ribera, franqueé una arboleda de aparentes abedules, surgiendo en un terreno liso y amigable, donde ensayé algunos pasos trémulos hasta caer de hinojos con la cara pegada al pecho y completamente agotado; pero raudo y tenaz, en un esfuerzo sobrehumano, levanté la cabeza para tomar aliento con la mayor amplitud posible, y así recuperar al menos una pizca de la fuerza disipada. Entonces -renovando angustia en lugar de aliento- la simulada emisión de la luna me delató, con su fingida luminiscencia, en el centro de un llano gris azulado que ascendía y descendía como una suave marea donde yo era un barco y mi corazón el náufrago jadeante; mareado, y flanqueado difusamente por aquellos árboles figurados.

Yacía en una trampa involuntaria, cuyo azar igualaba tanto a su perfección, que mis captores íntimamente lo agradecerían. No obstante -mientras padecía la enardecida resignación de un condenado a muerte- tuve la impresión repentina de que aún podía salvarme (sí, salvarme); y además, hacerlo valiéndome de una salida segura y simple, que si bien transitoria, al menos aplazaría mi cita ineludible con la muerte, concediéndome un respiro último, tal vez no rebosante de plenitud, pero ciertamente ajeno a la urgencia de mis perseguidores. Intuí que podría alcanzar esa salida -esa respuesta- con un movimiento sencillo. Pero lo apremiante de la situación me dificultaba pensar con claridad y descubrir exactamente qué debía hacer para conseguir ese escape transitorio. Veía el contorno de la respuesta, pero no podía descifrar su contenido; era como leer la partitura de una melodía muda; escuchar las modulaciones de un grito secreto; como vislumbrar la clave a contraluz de una irradiación tan intensa, que impedía el discernimiento cabal de la cifra. Una acción, un movimiento, ¿pero cuál?

Abstraído en esa suerte de acertijo velado, sentí una leve fragancia que al principio me pareció a madera rancia, pero que fue cobrando densidad hasta revelarse como el intenso aroma de la muerte, ¡y la acción se desató sobre mí!: enfrenté a las linternas cuando delataron mi posición y velaron mi vista; escuché o intuí a las armas alistar sus proyectiles irrevocables; comprendí a los hombres acatar su mandato y valer su entrenamiento maquinal; vislumbré la silueta de los perros abalanzándose contra mi cuerpo y soporté el aliento de sus fauces humedecer mi rostro. Hasta aquí no hubieron sobresaltos, todo parecía tan definitivo como previsible y trillado, pero cuando sentí el sutil inicio de lo que sería la insoportable presión de sus mandíbulas en mis brazos cerré el libro.

 

 

 

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