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Del otro lado

Por Sergio Frugoni

Del otro lado del Cerro Negro está el mar. Si no se muere antes -piensa Báez- le va a llevar una noche y medio día ladear ese pedazo de roca brumosa que se interpone entre él y la improbable libertad.

A los santos del cielo había pedido que lo asistan.

– No hay santos para los asesinos –le había dicho la india–. Hay cuchillo o agua o fuego.

Báez entrecerró los ojos buscando una señal, algo que le mostrara si la partida que lo sigue para cobrarse una muerte está cerca.

Un coletazo de viento helado le retorció las tripas. Si fuera un cabrito -piensa- podría encarar el cerro de frente, atropellar la subida de un tirón, saltando entre las piedras y los yuyos secos sin preocuparse por un tobillo roto o la cabeza abierta por una saliente.

–Pobre de mí.

–Pobre del muerto –le había dicho la india.

Si fuera un cabrito, en cuatro saltos estaría en la punta del cerro, oteando la extensión rocosa y más allá, el mar. La esperanza.

Sabe que tiene ventaja de medio día pero con el gauchaje que lo busca vienen baqueanos hábiles y experimentados. Pueden reconocer con facilidad el olor imperioso del que escapa. No se confunden ni siquiera en la piel rocosa e ilegible de la isla. Los pastos secos aplastados, la escarcha apenas resquebrajada, una huella casi invisible en el barro les alcanza para marcar el rumbo. A cada paso, Báez va reconstruyendo en su cabeza el mapa de signos que su cuerpo le deja, generoso, a los perseguidores.

Los baqueanos saben guiar a los cuchillos.

Desde que llegó a esa isla maldita siente que el viento vuelve locos a los hombres. El viento y el frío. Por ahí fue por eso que se les dio por escapar de Puerto Soledad. El caserío ruinoso no era para ellos. La noche de la fuga había hundido -con remordimiento anticipado- el facón en el cuello del soldadito que cuidaba el almacén de suministros. Chapoteando en la sangre, la banda se había alzado con vino, carne seca y pan para varios días y había huido isla adentro, para el lado de las cuevas de los cerros. El ganado salvaje, herencia de la ocupación anterior, les dio comida y material suficiente para negociar con los contrabandistas ingleses por varios meses.

–A los santos del cielo les pido asistencia y perdón por mis pecados.

–A vos no te salva nadie –le había dicho la india–. Tenés que elegir: cuchillo o agua o fuego.

El sol iba bajando sobre el cielo brumoso. Su sombra tambaleante -deformada por las piedras y los pastizales- encaró para el lado del Cerro Negro. Un chasquido lejano lo detuvo en seco. Estiró el cogote tratando de identificar el sonido como si fuera un animal asustado. Era imposible que la partida estuviera encima de él, pero un reflejo previo a toda razón le paralizó el corazón por un segundo. Se sacó el sombrero y volvió a mirar a lo lejos. Casi deseaba ver una figura humana en medio del páramo, ahora de nuevo silencioso. Un resplandor de cuchillo desenvainado, algo que le marcara un rumbo, un norte posible distinto a la oscuridad del cerro.

La primera vez que vio a la india había sido atrás de una roca. Estaba sentada, hecha un ovillo, al lado de un arroyo medio seco, tirando piedritas inútiles al hilo de agua.

– Usté se está escapando, se ve.

– Quiero llegar a Puerto Soledad.

– Eso no sé –se había corrido el poncho de la cara y ahora le mostraba dos ojos que tenían mil años.

– ¿No sabe qué, bruja?

– No sé si le conviene, gaucho.

Báez sintió como si el peso de toda la isla se le clavara en el pecho. Se imaginó el mar embravecido y, en el medio, dos piedras enormes, abismales.

– Me han dicho que hay una rebelión en Puerto Soledad.

– Eso no sé.

Cuando el viento se arremolina en los pastos resecos, Báez siente un olor húmedo y salado que llega desde lejos y se le agolpa en la nariz como una promesa. Eso le da un poco de fuerza para seguir caminando rumbo al cerro. No sabe si ladearlo o encarar la subida. Las dos opciones son malas. Si rumbea para el camino que lo bordea se va a atrasar, dándole a la partida más chances para alcanzarlo. Si intenta subir, puede hacer noche en una cueva, pero está cansado y las piernas no le rinden. La decisión no es fácil. Tampoco olvidarse de Puerto Soledad. Si lo piensa bien, la primera vez que se le ocurrió abandonar la banda fue cuando llegaron los rumores de que un grupo de gauchos alzados habían tomado el caserío a sangre y fuego. Conocía a varios de los líderes y estaba seguro de que lo iban a recibir. Alguna puteada, por ahí unos rebencazos por cuatrero y desertor, pero no iban a dejar pasar dos brazos fuertes y una cabeza fría para el degüello cuando finalmente Buenos Aires se decidiera a mandar sus fusileros para recuperar las islas.

Se tenía confianza y coraje le sobraba para enfrentar a cualquiera. Si las cosas iban bien hasta por ahí terminaba liderando al gauchaje en rebelión.

– Qué mejor que estar con los míos.

– La banda eran los suyos, m’ijo –dijo la india– y los traicionó.

– Usté que sabe.

– Eso, no sé.

La segunda vez que la vio fue hace dos días. Los ojos achinados lo miraron de reojo cuando se le acercó por atrás. Estaba sentada en una piedra enorme que de lejos parecía la cabeza de una iguana. El cuerpo de la india, flaco como una espina, estaba estirado de costado, apoyado en el codo y mirando a la lejanía. La bruma isleña le daba la apariencia de un ser venido de otro lado, de un lugar más lejos que esa isla perdida en el fin del mundo. A pesar del viento, el poncho gris y raído estaba quieto, rígido como un cuero reseco.

– En Puerto Soledad lo espera el fuego, gaucho. Usté decide.

– No sé lo que quiere, vieja, pero si no me habla claro le abro el cogote de un facazo.

La india escupió para el costado sin mirarlo.

– Pa’ mí lo que le conviene es ir pa’l lao del agua.

– El agua está por todos lados, qué dice.

– Por eso.

– ¿Y qué hago cuando llego al agua?

– Del otro lado del Cerro Negro, ahicito nomás, usté se sube a unos troncos y en un rato está en la tierra grande.

Ahí lo miró fijo y con un gesto mínimo de los ojos le mostró una piedra redonda que guardaba en la palma de la mano.

– Esto es pa’ usté, m’ijo.

– India loca.

Los pasos se le hacen cada vez más pesados. Cuando cae el sol en la isla todos los bichos corren a refugiarse dejando un silencio de muerte. Sólo se escucha el viento.

La partida debe haber ganado algunas leguas y ya debe estar cerca aunque no los vea. El viento viene de ese lado pero el único sonido que trae es un silbido ronco y sombrío, como el que sale del pecho cuando el facón se retira. Báez se persigna casi por reflejo y mira de nuevo hacia atrás. Las lomadas llenas de cardos le devuelven un bamboleo amarillento bajo la última luz.

Podría dejar de caminar, esperar a la banda y tratar de explicarles por qué lo mató, qué razón absurda lo llevó a tomar la vida de uno de los suyos. Sabe bien que esa no es opción, tampoco tendría nada para decir. Lo único que ganaría es una estaqueada o un lanzazo en las costillas. Con suerte podría sorprender a un par con un faconazo inesperado, pero tiene todas las de perder. Diez hombres lo buscan, menos por venganza que para pagar con sangre su traición. No era la primera vez que un gaucho empedao mataba a otro. Pero la traición es otra cosa. La traición se paga. Y caro.

En un hueco del chiripá ha guardado la piedra redonda de la india. Ahora la mira como a un amuleto. No entiende muy bien por qué. La piedra es leve como una pluma y al mismo tiempo pesada. Juguetea un rato con ella hendiendo la uña sucia del pulgar en el costado, como si tratara de remover la costra para que aparezca de golpe un brillo, algo que indique un valor incalculable. Pero la piedra no se transforma, sigue opaca y vulgar.

Cuchillo Agua Fuego.

Báez siente de nuevo una opresión inexplicable en el pecho. Es un hombre de coraje, no está acostumbrado a debilidades, pero la soledad inmensa de la isla le produce un sentimiento extraño, doloroso y dulce a la vez. Ya ha juntado fuerzas suficientes para seguir el camino. El cerro de golpe le parece más grande bajo las sombras alargadas del final del día. Sin pensarlo -o tal vez guiado por la piedra que guarda en el chiripá- encara el camino que rodea el cerro.

La caminata casi en trance le llevó las horas que tarda el sol en ocultarse y volver a salir. El cerro, como un animal enorme y peligroso, lo acechaba a un costado. Arriba, la luna enorme y redonda, parecía coronar una escena fantasmal.

El ruido del mar se fue haciendo cada vez más evidente con la bruma matinal. A lo lejos creyó ver una figura borroneada por el viento, confundida con el vaivén de los pajonales enrojecidos. Reconoció el poncho inmóvil y gris y después la cara de la india. Imaginó que los ojos de mil años lo miraban a él y al mismo tiempo miraban al mar, como un milagro.

El último tramo lo hizo rápido. El pedregullo crujiente de la costa parecía hecho por un millón de piedras redondas, como la que guardaba en la cintura. La playa estaba desierta. No había troncos ni árboles. Sólo pastos resecos y viento. No le importó.

En la línea oscilante del mar el agua parecía oscura como los ojos de una iguana. Báez dio una última mirada hacia atrás, hacia el camino por el que había llegado, esperando una señal postrera de los perseguidores. No hubo ni metal, ni gritos, ni sangre caliente. Apenas el quejido de un pájaro invisible.

Báez, solo como nunca había estado en su vida, se sacó la ropa de a poco hasta quedar desnudo.

Apenas dio la primera brazada, el mar lo recibió con una suave ondulación. Quiso volver la cabeza para ver por última vez el poncho y los ojos, pero la bruma de la madrugada ya había devorado la costa.

Dio algunas brazadas más y sintió como si todo el cansancio de la isla se abatiera sobre él.

 

 

 

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