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Volveré y seré billones

Por Diego Fernández Pais

Hay una serie de Netflix a la que prácticamente no le ha hecho falta publicidad. En realidad, le ha bastado con incluir la foto del Sgt. Nicholas Brody (Damian Lewis, el anti héroe de la aclamada Homeland) en la gráfica de promoción para que la gran masa de adictos a las series le diera una chance. Y el resultado es que en los próximos meses se estrena la tercera temporada. Por supuesto, hablamos de Billions, el primer thriller económico sobre Wall Street que no ha fracasado en la pantalla chica.

Si bien aborda un tema muy taquillero para el cine (La hoguera de las vanidades, Psicópata americano, El lobo de Wall Street), hasta el momento los televidentes parecían resistirse a las intrigas atravesadas por delitos financieros. Sucede que Billions incorpora un elemento que no es estrictamente televisivo, y ese elemento es el coprotagonista, un outsider, otro peso pesado: Paul Giamatti, famoso en estos lares por su participación en films como Entre copas  o El ilusionista.  

Según Wikipedia, la historia está basada libremente en la batalla legal sostenida entre Preet Bharara, el fiscal de los Estados Unidos por el Distrito Sur de la ciudad de Nueva York, y el gestor de fondos de cobertura Steve Cohen, responsable de la firma SAC Capital. Y hasta acá la serie parece muy fiel: Charles “Chuck” Rhoades Jr. (Paul Giamatti) ocupa el mismo cargo que Preet Bharara, mientras que Bobby “Axe” Axelrod (Damian Lewis), además del rey de los hedge funds, es el titular de la firma AXE Capital.

El comienzo del piloto, sin embargo, es malísimo y berreta, e introduce al personaje más inverosímil de la trama: Wendy (Maggie Siff, Mad Men), la esposa de Chuck que en simultáneo se desempeña como coach motivacional de Axelrod y su equipo de brokers. En esta primera escena se lo puede ver al fiscal Rhoades tirado en el suelo, atado de pies y manos, con una mordaza en la boca y la camisa abierta. De ella, entretanto, sólo vemos las botas negras de cuero y taco aguja estilo Gatúbela. “¿Necesitas que te castiguen, verdad?”, dice una voz femenina muy sexy. Y a continuación le quema el pecho peludo con un cigarrillo, antes de mearlo.   

Al principio, será sobre todo Wendy la que funcione como puente entre estos dos egomaníacos. Será Wendy también la que sin dudas ocupe el vértice superior de ese triángulo ¿amoroso? Wendy es una mina inteligente y una profesional exitosa, que somete a su marido en el juego sexual y que conoce las peores miserias de su jefe. Wendy es, más que nada, una psicóloga atractiva. El caso de Axelrod cae en las manos de Chuck, y da inicio a una persecución que tiene algo de Tom y Jerry.

Recién entonces empieza a perfilarse el corazón conceptual de la serie, su aspecto más interesante y revelador. Porque Chuck no sólo disfruta de interpretar el rol del dominado en una relación sadomasoquista, sino que aparte es un nene de papá. Nacido en cuna de oro, estudió en las mejores universidades, y es el tercero de su estirpe en ocupar el mismo cargo; también como su abuelo y como su padre, quienes no pudieron concretar el deseo, aspira a usar el cargo de fiscal en lo penal-económico como trampolín para lanzar su candidatura a gobernador. Y atrapar a un pez gordo como Axe, en ese sentido, le vendría como anillo al dedo.

Por el contrario, Axe es un self-made man; la personificación del sueño americano. Un tipo que se hizo solo, que arrancó desde bien abajo sin recibir ningún regalo. Un tipo que conoce la libertad de acción que otorga el no tener nada para perder. Un tipo que no se olvida de sus raíces pero que nunca regresaría a ellas. Un tipo que centuplicó su fortuna –ahora equivalente al PBI de un Estado europeo– lucrando con la muerte de sus socios en los atentados del 9/11. Un tipo que se hace cargo de la universidad de los hijos de sus difuntos socios. Un hombre de familia. Un contradictorio. En el fondo, alguien que detesta la riqueza heredada. Un resentido que, gracias a sus billones, ahora puede acusar de resentidos a los demás.

La disputa, entonces, queda clara: herederos vs. nuevos ricos. El viejo contraste proustiano entre la nobleza y la burguesía, ambas concentradas en el jet-set. “Jet-set, yo quiero ser del jet-set“, repetía Soda Stereo, la banda noventosa de los argentinos en franco ascenso social. Pero Axe, que ya es un aristócrata del jet-set, íntimo amigo del cantante de Metallica –el rock como el sonido del encumbramiento–, anhela tomar el patriciado por asalto, así que le compra un edificio histórico a la familia de Ellis Eads y, en lugar de ese nombre que apesta a old money, le estampa su asqueroso apellido con olor a plebe.

Mientras que Chuck, que sufre porque tanto su mujer como su padre ganan más dinero que él, es lo que hoy en día se considera como un inútil. Un intelectual del siglo XIX, un ganador serial de casos pero incapaz de hacer plata. Es el típico poderoso sin liquidez. Un oligarca asustado, venido a menos, que odia la riqueza mal habida. Y también es, a su modo, un resentido. En un capítulo le congelan la cuenta bancaria, y tiene que salir a vender la primera edición –dedicada al General Montgomery– de los seis tomos de La Segunda Guerra Mundial de Winston Churchill, por la que le entregan la mugrosa suma de cincuenta mil dólares. Axelrod manda a comprarla, y de yapa pide que quiten del mercado a todas las primeras ediciones del mismo libro que existan en el mundo. ¿Billetera mata a intelectual?

Lo curioso es cuando esta guerra de clases se traduce en teoría económica. Sobre el final de la primera temporada, a la par que instruye a uno de sus fiscales adjuntos, se lo oye decir a Chuck: “¿Cómo es el dicho? Cuando cambian las circunstancias, … “. (Yo cambio de opinión). Y la frase, obviamente, pertenece a John Maynard Keynes. Chuck es keynesiano, estatista, intervencionista, demócrata, liberal en el sentido roosveltiano de la palabra, descree de la mano invisible, y ubica a Axe en las antípodas de su pensamiento.

La verdad es que Axe no leyó en su puta vida un libro. Ni de autoayuda, ni mucho menos de teoría económica. Pero eso no significa que carezca de adscripción a alguna corriente. Los libertarios de la escuela austríaca afirman que, más que los economistas, son los empresarios (“exitosos”) los que verdaderamente entienden las ciencias económicas. Será Chuck el encargado de enrostrárselo en el cierre del último capítulo de la temporada estreno, cuando Axe le diga que las multas son confiscación impositiva por otras vías y él le responda: “Save the civics lesson and the Ayn Rand bullshit“. El trumpismo para la oreja.

Ayn Rand, la autora de El manantial, el libro favorito de Mauricio Macri de acuerdo a lo que declaró hace un par de años en el programa de Gerardo Rozín. Sin embargo, no podemos afirmar que Axe sea macrista; hay en Cambiemos un componente tradicional (Horacio Rodríguez Larreta) y otro radical (Gerardo Morales, por caso) que lo convierten en una opción improbable para Bobby Axelrod. Tampoco podemos afirmar que sea kirchnerista. Si nos retrotraemos a la década del ochenta, en cambio, el panorama es más transparente: Chuck sería un furioso alfonsinista, mientras que Bobby apoyaría con entusiasmo al caudillo riojano Carlos Saúl Menem.

Hay algo que emerge con fuerza en el trasfondo de Billions, y ese algo es que los progresistas son conservadores y viceversa. El fiscal, en nombre del Estado, procura redistribuir la riqueza y de ese modo cerrar el juego entre la misma élite de siempre, en tanto que el empresario defiende la libertad de mercado como una forma de movilidad social. En el número doscientos cincuenta y uno de la revista Primera plana, publicado un sugerente diecisiete de octubre de mil novecientos sesenta y siete, aludiendo a Ernesto Guevara de la Serna y con una adjetivación digna del mejor Borges, el doctor Mariano Grondona escribió lo siguiente: “El Che encarnaba el más fuerte de los ardores políticos: la oblicua venganza de las clases altas desplazadas por el cambio”.

Y esto me conduce a otro tema: la acotación de mi novia cuando le conté mi intención de escribir este artículo. “Lo que pasa es que acá esa serie no tiene éxito porque el mercado no existe”, me dijo. Algo muy parecido opinaba Alberdi al recomendar que las calles de nuestro país, en vez de nombres de políticos, como en los Estados Unidos, llevaran nombres de capitalistas ajenos a las prácticas prebendarias.

La semana pasada se estrenó el séptimo capítulo de la segunda temporada, titulado “Victory Lap” (“Vuelta de la victoria”), y, en el momento en que se trata el asunto del ajuste en el municipio deficitario de Sandicot, hay una breve referencia a Paul Singer, los fondos buitres y la Argentina. “Sí, claro”, responde Bobby a la sugerencia de que haga lo mismo que Paul Singer con la Argentina, “pero Sandicot no es un Estado pobre de América Latina”.  

 

 

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