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Si ni la Carpa Blanca dejan instalar

Por Federico Capobianco

I

En el sector privado pasa más o menos lo mismo: si hay salarios bajos, condiciones laborales desfavorables y desprecio de las autoridades hacia sus empleados, la producción no puede ser buena. Hace más de una década que se comprendió, incluso desde los sectores más abocados al mercado, que “los empleados felices son más productivos”. Pero, ¿qué sucede con la educación pública? En principio, hay un desmantelamiento que viene desde hace un tiempo largo. Sin embargo, los docentes han decidido adentrarse en el oscuro y fatigoso camino del reclamo por lo que les corresponde, por lo que nos corresponde como sociedad.

El gobierno, incumpliendo la ley vigente, no llama a paritaria nacional y ofrece, para que empiecen las clases, dura represión, como la que ocurrió el domingo por la noche cuando el CTERA intentó montar una Carpa Blanca en la Plaza de los dos Congresos. Un gesto de los sindicatos para cesar, de alguna forma, las manifestaciones multitudinarias, que tanto parecen molestar. Por su parte, los medios de comunicación, en línea con la lógica gubernamental, demonizan a los manifestantes, desvían la discusión y justifican la represión. Si ni la Carpa Blanca dejan instalar, ¿qué otra cosa se puede hacer para protestar, manifestarse en contra, expresar el descontento?

II

Con la baja de los salarios de empleados públicos a fines de los 80 y, por lo tanto, el aumento de la conflictividad con el gobierno alfonsinista, los docentes montaron la conocida Carpa Blanca para reclamar al poder político mayor financiamiento en la educación. Casi veinte años después, en la noche del domingo 9 de abril de 2017, lo que se intentaba montar era una “escuela itinerante”, un aula donde dar clases públicas y discutir, con la sociedad y la dirigencia política, la actualidad que vive el sistema educativo, atendiendo al pedido del gobierno de generar espacios de lucha que “no tomen de rehenes a los chicos” pero manteniendo el mismo reclamo estructural sobre el financiamiento nacional.

Aquella primera Carpa Blanca tuvo que soportar 10 años de embates neoliberales para lograr un consenso social alrededor de la educación pública nacional. Hoy la situación parece ir por un camino parecido. En su libro Mitomanías de la educación pública, Alejandro Grimson y Emilio Tenti Fanfani exponen con claridad que los motivos que generan las luchas educativas se logran gracias a dos elementos fundamentales: el valor clave que la sociedad le otorga a la educación y el rol del Estado.

Referido al último punto, la declaración de unas semanas atrás del Jefe de Gobierno al anunciar los resultados de los exámenes Aprender –que tienen los mismos malos resultados que 25 años atrás– deja en claro su postura: “lo que refleja la ‘terrible inequidad’ entre aquel que puede ir a la escuela privada versus el que tiene que caer en la escuela pública”.

El otro punto es un poco más complejo. No es nuevo que la clase media se volcó a la educación privada. Su imagen institucional de la escuela pública es tan mala que no quieren “comprometer” el futuro de sus hijos ahí. Hace unos días, Mariano Narodowsky dio estos argumentos y se corrió de todo juicio moral que pueda hacerse a la clase media por tal decisión. Sí le dio la importancia que merece: la clase media es el actor fundamental para voltear la balanza a favor de la educación pública. Sin ellos, el enfrentamiento tiene de un lado al gobierno y del otro a las clases populares –los “consumidores” de la escuela pública- y los sindicatos docentes; pero teniendo en cuenta que las clases populares, por coyuntura y devenir histórico, nunca tuvieron voz, los únicos visibles dando batalla son los sindicatos. El gobierno hace foco en ellos y contra ellos va.

III

La represión contra los docentes llega el mismo día que aparecen tres noticias que se encadenan. La primera es que en la provincia de Buenos Aires, el distrito con el conflicto más ruidoso –por tamaño y para correr la vista del reclamo sobre paritaria nacional–, los sindicatos docentes decidieron suspender las medidas de fuerza para mantener la unidad gremial, hay algunas diferencias dentro del Frente de Unidad Docente y eligieron priorizar la unidad y esperar el llamado del gobierno antes que generar focos individuales de lucha. En la misma línea está la “escuela itinerante”: fue el gobierno nacional el que pidió acciones alternativas al paro.

La segunda, encadenada, es que el gobierno, después de creerse fortalecido por la marcha de 1A, decidió endurecer aún más su estrategia frente a gremios y oposición. Con el discurso de que toda manifestación en contra está articulada por la política opositora y atendiendo al reclamo que pareció salir del 1A, que exige más mano dura contra la protesta social (“la gente que nos sigue nos pide que la defendamos de los malos”, fueron las palabras de un miembro del gabinete anónimo que funciona como fuente principal de los grandes medios), Mauricio Macri volvió a ponerse al frente de la discusión con una clara intención de combatir “las mafias en los sindicatos”.

El problema de las declaraciones oficiales sería interpretar el “defendamos”. Y acá aparece la tercer noticia que es que el gobierno nacional, y la ciudad de Buenos Aires acoplada, evalúan comprar nuevas tecnologías para “enfrentar” los cortes de rutas y calles. “Sin armas letales pero con despliegues rápidos para neutralizar a los revoltosos”. ¿Decisión propia? No, de nuevo el inventado argumento de que es la gente del 1A la que le pide acción rápida contra los malos.

Lo del domingo a la noche fue el primer paso de la nueva estrategia.

IV

El ataque discursivo de “estamos volviendo a los 90” pareciera cumplirse cuando nos centramos en la lucha por la educación pública. Es puramente un rasgo neoliberal el de excusar la negación al aumento en el presupuesto educativo con el reclamo de resultados. Tanto énfasis en los nuevos resultados de Aprender –que se informan malos pero no igual de malos que los anteriores– y la diferenciación –errónea– sobre la educación privada y pública los delata. “El tecnócrata es un especialista en medios, los fines no le interesan. No es casualidad que el eficientismo sea un componente central del credo neoliberal, más preocupado por achicar el Estado y ampliar el mercado que por beneficiar a la mayoría de la población”, expresan Grimson y Tenti Fanfani en su libro publicado en 2014, analizando la década de los 90, cuando también se buscó desnacionalizar la cuestión educativa. Cualquier similitud con la actualidad no es pura coincidencia.

Además, la diferencia en calidad entre educación privada y pública es una falacia. La clase media está convencida de eso y el Estado aporta todo lo que puede para alimentar esa idea. Está recontra chequeado por investigaciones que la diferencia en aprendizaje no está relacionada con el tipo de educación, lo único que garantiza la incorporación de contenidos entre alumnos de privada y pública es una condición socioeconómica. Está más que claro que no se puede distribuir equitativamente el valor simbólico sin antes redistribuir el valor material. En ciudades donde parte de la clase media concurre a escuelas públicas no hay diferencia en calidad de aprendizaje.

Si estamos volviendo a los 90, si todo se encamina hacia a un desmantelamiento definitivo de la educación pública, ¿cómo protestar, manifestarse en contra, expresar el descontento? Si desde el Gobierno avanzan en la sofisticación de las herramientas anti-protestas de las fuerzas represivas, si la policía reprime toda manifestación opositora a las políticas estatales, ¿qué se puede hacer además de levantar la voz en las redes sociales? Si ni la Carpa Blanca dejan instalar, ¿cómo protestar: gritar a los cuatro vientos que todo se encamina hacia a un desmantelamiento definitivo de la educación pública?

*Ayer, lunes 10 de abril, se hizo un abrazo al Congreso en repudio a la represión. Las imágenes corresponden a ese día.

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