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25-04-2017 Ficciones

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Por Enrique Balbo Falivene

Las cosas podían haber sucedido de
cualquier otra manera y, sin embargo,
sucedieron así.
El Camino, Miguel Delibes.

 

La gloriosa mañana en que Uve y yo nos enamoramos ocurrió un fenómeno extraordinario: la tierra empezó a girar más rápido; mientras nos abrazábamos veía cómo todo lo inerte se movía a nuestro alrededor, calles, árboles, casas, postes de luz, aceras, comercios y fachadas de deslucidos ladrillos giraban en una loca carrera.

Aquel mismo día, a última hora la tarde, cuando acudí a casa de mi abuela a cumplir la merienda del arroz con leche con canela y miel -único en el mundo-, escuché por la radio que unos científicos rusos habían detectado una variación en la rotación de la tierra. El hecho no hizo más que confirmar mis temores: Uve y yo, involuntariamente, habíamos variado el destino de este planeta para siempre.

Hacia la noche, en casa de mis padres, no conseguí cenar porque tenía en el estómago algo que llenaba más que cualquier hidrato; tampoco quise ducharme ni lavarme las manos, tenía a Uve por todo el cuerpo, mis mejillas estaban llenas de sus besos, mis hombros cargados de sus olores.  Uve se me aparecía a cada momento y me hacía dar vueltas sin sentido por toda la casa. Al final cuando todos se acostaron le confesé a mi madre que estaba enamorado, y que mi amada y yo habíamos cambiado el rumbo y la velocidad de la tierra. Mi madre, al escuchar la historia con esa rara paciencia que sólo poseen las madres, me dijo que no debía preocuparme porque al otro día, a primera hora, para salvar las diferencias horarias, llamaría al Kremlin y haría un descargo en favor de mi persona. Sin duda, Uve y yo podíamos, en aquellos hormonales años, cambiar los destinos de la humanidad, los ciclos de la estaciones, alterar las cosechas, someter al indómito planeta. Esa noche, gracias a mi madre, pude dormir con Uve palpitándome por todo el cuerpo, sin temor a que los soviéticos vinieran a derribar nuestra puerta para encerrarme en un Gulag.

Pero nuestra estrenada dependencia se presentaba con todos los inconvenientes de las relaciones que están hechas para durar, esas relaciones que han de afrontar una y mil dificultades. El problema mayor era que Uve sólo tenía doce años, y su padre, con toda la coherencia del mundo, no nos permitía vernos más que un rato por las tardes.

Sin embargo yo no estaba dispuesto a ceder; era demasiado aventurero, demasiado valiente, era un Hércules decidido a afrontar mis doce pruebas con hidalguía.  Mi estrategia era bastante simple. A la hora de la siesta, hora en que en los pueblos como el nuestro todos los adultos desaparecían y los niños podíamos acometer los siete pecados capitales –y aún otros peores-, trepaba por los árboles hasta los techos de la casa de Uve; iba provisto con unas pequeñas piedras en los bolsillos que arrojaba a su ventana y un puñado de nueces que traía del campo, y que a Uve le encantaban. Las piedras nunca las necesité porque ella siempre me esperaba en la ventana. Así, con el sigilo de dos gatos, volvíamos a trepar hacia  los techos por los árboles para luego bajar y sentarnos en una vieja esquina, ocultos por un fragante jazmín. Allí nos abrazábamos durante una hora y media, lo que duraba la siesta de su padre. En ese tiempo yo partía las nueces con las manos mientras contemplaba los gestos de admiración de Uve ante semejante proeza.

Después la devolvía a su casa, otra vez por los techos, y me iba como levitando por unas calles que empezaban a despertarse. Uve era la mujer más bella del planeta, y contemplar todos los rasgos de su cara desde un techo era como coronar la gran montaña para admirar el verde del valle.

En los meses que siguieron, en horas que no eran de la siesta, nos dedicábamos a caminar, a andar en bicicleta, a comer helados y chocolates (la boca de Uve siempre sabía a chocolate), hasta que me fui. La distancia no nos cambió nada; nos escribíamos cartas y poemas y cada vez que volvíamos a vernos lo hacíamos siempre en la misma esquina, amparados por el mismo jazmín. En ese primer viaje nuestro amor se consolidó, se empezó a forjar con la distancia algo más profundo, algo que empezábamos a intuir que nada ni nadie iba a poder romper. De hecho después, cuando cumplí los veinticuatro me fui más lejos, me fui a Europa y ya no volví. Era evidente que tenía que dejar este país y era preferible, en mi desolado caso, ser un sudamericano en Europa a un provinciano en Buenos Aires.

En todos los años que estuve fuera siempre pensé en ella; Uve se me aparecía en las más extrañas circunstancias, en las más raras geografías. Uve en la piscina del club Colón con un bañador azul, Uve frente a la ventana de la casa de mis padres, Uve en bicicleta por la calle Bolívar, Uve haciendo un bizcocho con nueces y chocolate, Uve aprendiendo a conducir por la avenida De Tomaso, Uve en el campus de la universidad, Uve comprando libros y flores, Uve en la estación de autobuses, Uve y sus amigas en una fiesta, Uve pintándose las uñas de violeta, Uve en un bar de la avenida Corrientes, Uve en un aula de la calle Viamonte, Uve comprando zapatos con flecos, Uve comiendo maníes salados frente a  la plaza Mitre.

Una noche, la más tormentosa noche de mi vida, me desperté con una mala sensación. Estaba sudado, me caía sangre desde la nariz y me costaba respirar. Tuve la certeza que Uve había estado a mi lado en la cama por unos segundos y que había venido a despedirse. Tenía un peso en las cervicales como cuando ella se recostaba en mi hombro, durante una hora y media bajo el jazmín.

Esa madrugada llamé a su casa y su madre me confirmó lo inevitable, lo que yo ya tenía navegando en el pecho durante toda la noche: Uve había tenido un accidente en la carretera y un camión, enorme, impúdico, violento, procaz, se la había llevado para siempre.

Lo que siguió a la muerte de Uve fue mi caída. En sólo dos años se me fue un montón de gente que necesitaba, gente que me dejó solo y desamparado. Murió mi abuelo, mi oráculo de Delfos, el que me había contado todo lo que sabía hasta entonces, el que me había enseñado a vivir; murió mi madre, un trozo de mí, murió mi abuela, la que me llenaba de caricias y de arroz con leche con canela y miel; murió Uve, mi vida, mis hechos, mis circunstancias.

Ese año, un año y medio casi, estuve sumergido en el alcohol y el llanto. Si alguien hubiera representado mi imagen de aquellos meses sería la de mi cabeza metida dentro de un retrete. Me quedé solo en mi casa de la montaña, perdí mi trabajo, dejé de leer y escribir, casi no comía y estaba todo el día en la cama mirando el techo sin pensar en nada. Sólo me acompañaba mi gata que no me dejaba ni a sol ni a sombra. Estaba siempre en mi cama a mis pies, y cuando me levantaba, para beber, me acompañaba desde mis hombros. Sólo desaparecía por las noches, cuando dormía, y traía a la casa pequeñas piedras que amontonaba en el baño, dónde yo iba a vomitar los desasosiegos de la jornada. Después, con el tiempo, empecé a ver las piedras como nueces, nueces para Uve.

Un día, embrujado por los ojos de la gata, me dejé caer por aquella empinada calle de montaña que imperiosamente me llevó a la biblioteca. Allí, alguien que aún no sé cómo me admitió considerando mi estado, empecé a abandonar el letargo y las penurias. Empecé a leer siguiendo los dictados de aquella persona, que me preparaba café con galletas y me acercaba los libros. Siempre he agradecido aquel gesto y hoy, aquella mujer, después de conocer mi historia, después de contemplar mi lenta y fatigosa recuperación, tiene en su mesa una foto de Uve con un puñado de nueces.

Ahora que he vuelto al pueblo después de tantos años suelo visitar la tumba de Uve. En aquel oscuro corredor, dónde el sol se dilata y se escurre hacia media mañana, llevo jazmines y nueces. Después de adecentar su tumba pruebo de partir las nueces con las manos pero ya no puedo; al cementerio llego vacío  y me voy vacío.

Nuestra vida es breve pero también es misteriosa: quizá lo que más se desea es lo que nunca se alcanza, quizá es también lo que se pierde. Daría lo que no tengo, y nunca tendré, por volver a acariciar a Uve, por volver a meterme en sus ojos, por sentir su mirada.

Uve tuvo de su matrimonio cuatro hermosos hijos, cuatro hijos como soles. Sé que alguno de sus hijos culminará la historia que su madre y yo no quisimos alcanzar. El amor puede hacer estos gestos, el amor puede eludir el tiempo, puede alterar la rotación de la tierra y puede, con una mano, romper un puñado de nueces para siempre.

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