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Un guionista muerto frente al mercado

Por Luciano Sáliche

Cuando le preguntaron a Billy Wilder cómo hizo para tener seis Oscar, fue sincero: “Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate”. Lo que suele suceder es que la figura del guionista no está lo suficiente valorada; sin embargo, los especialistas lo saben: es la edificación del cine, los trabajosos planos detrás del rascacielos. ¿Qué puede un guión? Joseph Mankiewicz lo sabía muy bien, por eso dedicó su vida a trabajar sobre esta profesión consolidándose como uno de los bastiones de eso que en la academia llaman clasicismo norteamericano y acá preferimos llamarlo la época dorada de Hollywood.

Murió un 5 de febrero de 1993, apenas seis días antes de que cumpliera los 84 años. Fue de un ataque al corazón. El final lo tomó retirado de los sets, vivía en una granja de Willow Pond y leía todos los días porque era un hombre de esos a los que le interesaba cultivarse, con una formación intelectual que no suele abundar en el mundo del espectáculo hollywoodense. Esta forma de relacionarse con el conocimiento viene de su padre, un judío berlinés que llegó a ser un prestigioso profesor de lengua y teología hebrea en el New York City College. Al igual que su hermano Herman, que escribió el guión de la emblemática película Ciudadano Kane (1941), el mundo del cine era lo suyo. Sin embargo empezó por otro lado.

Estudió psiquiatría y, pese a no poder terminar la carrera, el psicoanalisis fue su gran influencia a la hora de escribir. También estudió Historia del Arte, disciplina de la que se licenció, y cuando viajó a Berlín se entusiasmó con el teatro y el cine alemán, trabajó como corresponsal y traductor. En 1929, cuando su hermano lo llamó para que trabaje con él en Hollywood, aceptó, quizás sin saber que ese sería su gran campo de batalla de las ideas. Había un riesgo: ¿cuántos sujetos inteligentes se dejan atrapar pos los tentáculos del entretenimiento basura? Al neurótico personaje de Woody Allen en Annie Hall le sucede. Por eso, mientras camina, verborrágico, por las limpísimas calles de Los Ángeles, apunta: “Aquí guardan la basura y la convierten en programas de televisión”.

A tipos como Mankiewicz sí les cabe el calificativo de inquieto. Probó de varias formas en una época donde se hacían muchas películas por año, hasta que en su guión número 20 llegó el reconocimiento. Fue en Manhattan Melodrama (1934), traducido en Argentina como El enemigo público número uno, donde Clark Gable y Myrna Loy formaban la dupla protagónica. Le valió un Oscar aunque se lo dieron a Arthur Caesar, que era el que había puesto la firma. Cosas que pasan. Pero siguió trabajando duro hasta que entendió que para que sus obras fueran más grandes debía también dirigirlas, algo que no le permitieron hacer en MGM. Como contraoferta, la compañía lo nombró productor y de esa forma inspeccionó en otra vertiente del cine produciendo 19 películas. Le seguía pareciendo poco.

Pero como le sucede a las personas inquietas, que suelen aburrirse rápido, Mankiewicz se cansó y se fue con la competencia, la 20th Century Fox, donde le dieron la oportunidad que él buscaba. ¿El resultado? Formidable. Debutó con El castillo de Dragonwyck (1944) y siguió con éxitos de taquilla como El fantasma y la señora Muir (1947). Con Carta a tres esposas (1949) ganó el Oscar a Mejor guión adaptado y Mejor dirección; lo mismo que sucedió al año siguiente con Eva al desnudo (1950).

A partir de Operación Cicerón (1951) se ganó la etiqueta de inclasificable ya que la sorpresa era una constante entre las personas que se sentaban en una butaca a ver lo último de Mankiewicz. Así se decía: ir a ver lo último de Mankiewicz. Con el tiempo se volvió un experto en adaptaciones literarias. A saber: Graham Greene en El americano impasible (1958), William Shakespeare en Julio César (1953), Tennessee Williams en De repente, el último verano (1959), Anthony Shaffer en La huella (1973).

Pero como sucede en estas grandes vidas, el final tiene que ser -en lo posible- abrupto e inesperado. Cuando llegó el turno de presentar Cleopatra en 1963 todo se vino abajo. Costó mucho dinero y recaudó muy poco pese a contar con Elizabeth Taylor en la piel de la reina egipcia. Ganó cuatro Oscar y estuvo nominado en nueve ternas, sin embargo el problema monetario fue importante. Entonces ahí, en ese preciso momento, Mankiewicz entendió cómo la obra de arte había sido cooptada completamente por el mercado.

Posiblemente haya leído algún teórico de la Escuela de Frankfurt o de la Escuela de Birmingham, tan en boga por aquellos años, y, al compararlo con su extraña derrota, la ecuación le cerró perfecto. ¿Cómo medir la calidad de un producto cultural? Ya no tenía sentido seguir. Luego de algunos trabajos más, decidió finalizar su carrera. ¿Ser un bulto muerto frente al mercado? Los guionistas, con sus narraciones sin vuelo, con sus descripciones sistemáticas, con su funcionalidad, estaban bien adentro del mercado; vivos. La muerte era otra cosa. Sonaba bien. Por eso, desde su granja de Willow Pond, daba alguna que otra entrevista telefónica. Y bardeaba.

“Los nuevos directores han cometido un grave error al aprender a hacer cine en escuelas y universidades. Que se cultiven, que lean, que aprendan de Shakespeare, de Molière o de Cervantes, que han sido formidables guionistas”, dijo en una entrevista Mankiewicz, catalogado por el crítico Christian Aguilera como un verdadero renacentista. Es que ya no le interesaba seguir lidiando con un mundo donde el arte vale según cuánto dinero recaude. “He estado en el comienzo, el ascenso, la cima, la caída y el fin del cine sonoro”, dijo en otra ocasión prediciendo quizás de forma apocalíptica todo lo que vino después. Sus palabras sonaban fuertes, era el guionista más culto de la época dorada de Hollywood el que las decía. Murió de un ataque al corazón. Posiblemente enojado. Un guionista muerto frente al mercado.

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