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Todo orgasmo es político

Por Luciano Lutereau

1.

Freud comparaba el orgasmo con la satisfacción del bebé después de amamantar. Se nota que en el siglo XIX había hambre en los escombros del Imperio Austro-Húngaro. Para Lacan, en cambio, de acuerdo con la exageración francesa, el modelo del orgasmo fue la muerte. Se nota que el siglo XX fue batailleano y sintió dos guerras. Hoy en día necesitamos una teoría del orgasmo basada en el 70% de descuento en la segunda unidad.

2.

Buena parte de nuestra relación con la comida se basa en fantasías. La más básica de todas: que al ingerir algo asumimos propiedades atribuidas al objeto. La industria actual de la alimentación aprovecha esta fantasía, por eso cuando quieren vender Actimel dicen que tiene “L Casei Defensis” (que nadie sabe qué es, pero…).

Es el mismo razonamiento infantil de Popeye con la espinaca, pero justificado con vocabulario científico. Necesitamos una epistemología pulsional que muestre cómo ciertas teorías científicas se basan en fantasías sexuales.

Que al comer adquiero las propiedades del objeto es algo que se verifica en la práctica totémica, así trataban ciertas tribus a sus animales de cabecera. Esta identificación con el objeto, a su vez, trasciende lo alimenticio y expresa un modo de relación oral con el mundo: puedo sentir el deseo de comer a una mujer con los ojos, o al separarme digerir esos hábitos que me molestaban y hacerlos míos.

El canibalismo es parte de la vida cotidiana, el modo más común de deserotizar la relación con el otro sexo (ese otro que es el sexo) para instituir una relación de consumo. ¡Muchos varones no saben distinguir un orgasmo de la “panza llena”!, muchas mujeres temen más a los varones que a los vampiros. El mundo contemporáneo es el resultado de una regresión a fantasías orales (que, como tales, son narcisistas y melancólicas).

3.

En el chino de mi barrio el maní “sin sal” es más caro que el maní “con sal”. El capitalismo consiste en pagar de más por un objeto inexistente, por una falta, por ese plus de goce que “tiene” el maní que “no tiene” sal, por esa sensibilidad no sensible que, incluso, puede ser un síntoma. El nuevo rostro de la histeria política ya no es el del inconformista o el escéptico, sino que lo “encarnan” los fundamentalistas del naturismo. Si no ocurre que los inconformistas del siglo pasado sean los adalides de la alimentación saludable del nuevo milenio. Son una nueva fuerza política. Todavía necesitamos pensar la política en términos sintomáticos. Y para eso necesitamos menos consignas revolucionarias y más psicoanálisis. Perdón por esta provocación tonta.

4.

Ella conduce una organización política. Me dice que se enoja cuando la contradicen. Sabe que eso no es bueno. Le digo que es muy importante que nos contradigan. Que aquellos que nos odian son los más nobles. La lealtad exige el odio. Y uso una de esas imágenes que ella odia: “Si tenés un empleado que te roba $10 todas las semanas, a ese nunca lo tenés que echar, sólo tenés que incluir su costo en el presupuesto”. “Sos un burgués de mierda, pero se entiende”, me dice. “¿No es lo que decía Perón de Cafiero?”, pregunto. Y le cuento de la vez que fui a ver a un adversario para pedirle un favor. “¿Y qué te dijo?”. “Que no, por supuesto, pero yo no fui a verlo para que me diga que sí, sino para permitirle que me diga que no. Y es importante alojar la negativa del otro, eso genera confianza, saca la relación del intercambio”. Ella me dice que estoy chiflado. Le digo que es lo que pasa también en el amor. “El enamoramiento no es confiable, en cambio esas relaciones que incluyen el conflicto son las más valiosas”. “¿Vos comparás la política con el amor?”. “Claro, son lo mismo, pero con una diferencia: en la política nadie es tan amigo como para no ser enemigo, y nadie tan enemigo como para no ser amigo; en el amor las dos opciones conviven”. Y luego nos ponemos a hablar de algo más importante.

 

 

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